Clase magistral de Elena Poniatowska para estudiantes de la UIP

Por Elena Poniatowska

En 1953, me inicié en el periodismo en un México muy distinto al de hoy. Era una ciudad que iba hacia los 4 millones de habitantes, hoy somos 23 millones y la nuestra es una de las ciudades más pobladas del mundo, así como Yakarta en Indonesia, Dhaka en Bangladesh y Tokio, capital de Japón. 

Cuando llegué con mi madre y mi hermana, la ciudad era menos contaminada, (era) pacífica y floreada. Era el eje central de “El Milagro Mexicano” como lo llaman los historiadores. Le seguían de cerca Puebla, Monterrey y Guadalajara. Todos los poderosos, ya sea en política o en finanzas, tenían un periódico a su disposición. 

La familia O’Farril, de Puebla, contaba con el “Novedades”, que incluso publicaba “The News” en inglés, para la numerosa colonia norteamericana en México; Rodrigo Alducin dirigía “Excélsior” y la familia Lanz Duret “El Universal”, que era el diario favorito de la colonia francesa. 

Sin embargo, el periodismo de entonces enfrentaba algunos obstáculos, principalmente la censura política de cada sexenio. En tiempos del presidente Manuel Ávila Camacho se prohibió en la sección de Sociales, que era importante y voluminosa, criticar los sombreros que usaba su esposa, doña Soledad Orozco de Ávila Camacho. 

Era tabú criticar al presidente de la República, a su familia, al Ejército y a la Virgen de Guadalupe. Los regalos de bodas de las hijas de los políticos en el poder eran muestrarios de la riqueza personal de cada miembro del gobierno: un salero de plata, común y corriente, al lado de una vajilla de la platería “Ortega”, disminuía la fuerte personalidad del político donante.

Hablar del periodismo en los 50’s  era hacerlo cara a cara con el entrevistado y con una libreta de taquigrafía en la mano. Los periodistas se amontonaban en torno al poderoso para obtener una declaración que podría figurar en la primera plana. Más tarde, aparecieron las voluminosas grabadoras de cinta electromagnética. 

Mis primeros años en el periodismo los hice en el diario “Excélsior” y mi primera entrevista se la hice a un bondadoso viejito de pelo blanco, Francis White, embajador de Estados Unidos. México entonces complacía a los presidentes norteamericanos y el diario “Novedades” publicaba el tabloide “The News” en inglés para los gringos establecidos en nuestro país. 

El periodismo se me fue dando de manera apasionada, al grado de volverse una obsesión: escribir, informar, contar, entrevistar, denunciar, ayudar. En el borde de un machete leí una vez la frase: “Cuando esta víbora pica no hay remedio en la botica”. El periodismo es una adicción. 

Estudiantes de la Unidad de Investigaciones Periodísticas durante la clase magistral de Elena Poniatowska en la Sala Julio Bracho de la UNAM.
La sala Julio Bracho del Centro Cultural Universitario fue abarrotada para escuchar la clase magistral de la escritora y periodista Elena Poniatowska. Foto: Adriana Kong

Me tocó escuchar, hace más de 50 años, la voz de Alfonso Reyes, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Ignacio Chávez, María Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete, Emilio “El Indio” Fernández, Mario Moreno “Cantinflas”, Tongolele, mientras se hilvanaban los sexenios de los presidentes Adolfo Ruiz Cortines, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. También me tocaron los fundadores de la medicina mexicana, Ismael Cossío Villegas, Salvador Zubirán, Ignacio Chávez, fundador del Instituto Nacional de Cardiología. 

Los grandes periodistas de esa época eran Carlos de Negri, Julio Ernesto Teissier, Agustín Barrios Gómez, Carlos González López Negrete que firmaba como “Duque de Otranto”, así como mujeres que empezaron como yo, escribiendo en las páginas de “Sociales”, como Rosario Sansores nacida en Yucatán, Elvira Vargas y Ana Cecilia Treviño “Bambi”, quien acompañó a los grandes muralistas e impulsó mucho a Rufino Tamayo.

En esa época, el periodismo se construía frente a una desgastada máquina de escribir de teclas muy duras que rebotaban como balas. No existían las computadoras, los teléfonos celulares, el fax, Internet, correo electrónico, ni mucho menos la inteligencia artificial. Cada reportero escribía en la redacción sobre una hoja de papel barato llamado “Revolución” y se hacían pocas copias al carbón de cada artículo.

Más adelante, cuando el director Alejandro Quijano, miembro de la Cruz Roja, me llamó para entrar a la redacción de “Novedades”, tuve el gusto de formar parte del suplemento dominical “México en la Cultura” y la “Revista de la Universidad”, que dirigía Jaime García Terrés. En esa época inicié una gran amistad con José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes y el pintor Vicente Rojo.

Así, el México de los años 50’s y 60’s entraba a una modernidad que le rendía pleitesía y también denostaba a los “Tres Grandes”: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y publicaba al misterioso B. Traven, a Martín Luis Guzmán, a Mariano Azuela.

Las artes y las ciencias, la arquitectura, la música, la política, el cine, los movimientos sociales y por supuesto la literatura despertaron a otras plumas como la de Carlos Fuentes con su novela “La región más transparente” y la llamada “literatura de La Onda”, con José Agustín, Parménides García Saldaña y Gustavo Sainz, ídolos del rock. Sin embargo, los grandes escritores de la primera mitad del siglo XX: Salvador Novo, Martín Luis Guzmán, Nelly Campobello, Agustín Yáñez, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Garro, la chiapaneca Rosario Castellanos, Juan Rulfo y el notable tabasqueño Carlos Pellicer, conformaban el universo literario de ese momento.

Una de las escuelas a quien más le debo es a la cárcel preventiva, entonces llamada Palacio Negro de Lecumberri. Todos los presos querían contarme su prodigiosa vida de mentiras o prodigiosa vida de verdades. Así pude entrar en contacto con hombres y mujeres que nunca habría podido conocer si no fuera por el periodismo.

El oficio de la escritura y la escucha son herramientas que a lo largo del tiempo se van perfeccionando. Los jóvenes actualmente cuentan con todos los adelantos tecnológicos; sin embargo, el reportero novato debe confiar en su intuición, en el respeto a sí mismo y en ser lo suficientemente crítico ante lo que figura actualmente en las redes sociales: las fake news o noticias falsas que contaminan la opinión pública y nos hacen aceptar, sin pensarlo dos veces, la mentira y la corrupción.

Elena Poniatowska durante su clase magistral para estudiantes de la Unidad de Investigaciones Periodísticas de la UNAM.
La escritora y periodista Elena Poniatowska compartió una reflexión sobre el oficio periodístico, basada en más de siete décadas de trayectoria. Foto: Adriana Kong

Hoy por hoy, el periodismo electrónico tiene nuevos retos. La información que encontramos en diversas redes sociales como Facebook, TikTok, Instagram, YouTube, está abarrotada de influencers o vlogueros que acaparan espacios para deshumanizar un oficio tan noble como el periodismo, que significa no sólo describir lo que le sucede a otros, sino informarlo, denunciarlo y transmitirlo de la manera más ética y profesional.

Escribir es un oficio como lo es el de la carpintería o el de la costura, no sale bien a la primera, es cuestión de constancia, práctica y dedicación. Como periodista, la escritura me ha llevado a ejercer la novela, el cuento y la poesía. Cada uno de ellos también va acompañado de la investigación, aunque finalmente resulten distintos. Me han inspirado figuras como Tina Modotti, Lupe Marín, la pintora inglesa Leonora Carrington, y cada una de ellas resultó una inspiración para poner en papel su vida y su obra.

Los cuentos que escribí a lo largo del tiempo también surgieron gracias al trajín de la vida diaria y a la inspiración. Personajes o personas que conocí, alguien que me contó algo, un suceso que me dejó una impresión o incluso imágenes impactantes que se me grabaron en la memoria y ahora regresan sin que yo las llame. Tanto en el periodismo como en la literatura, encontrar historias reales fascina y convertirlas en letras impresas es una tarea que emociona y bien vale la pena jugarse la vida por ellas.

Veo con admiración que ustedes ejercen el periodismo en diversos géneros: reportaje, crónica, entrevista, radio, podcast y documental, lo que les abre todo un mundo de posibilidades y de nuevos retos. Todo aquel que se acerca a una red social queda hipnotizado por lo que ve, pero no debemos olvidar que también escuchar es un aprendizaje que marca nuestra vida, así como un escritor hace lo posible por ser el testigo leal de lo que ve y lo que oye.

Si eres periodista, escritor, editorialista, maestro, conferencista, intérprete, cuentista, novelista o guionista que usa la escritura para dar un mensaje, un contenido audiovisual o la comunicación a través de un libro, debes sumergirte en el oficio y no olvidar tu buena caja de herramientas.

El periodismo tiene que ver con la espera y con la esperanza. Ningún político te da una entrevista de inmediato, ningún pintor te abre la puerta de su estudio, ninguna actriz te recibe luego, luego en su camerino. La perseverancia es un instrumento esencial en el periodismo, tanto como lo es la curiosidad y la constancia.

Estudiantes de la Unidad de Investigaciones Periodísticas escuchan la clase magistral de Elena Poniatowska en la UNAM.
Estudiantes y exestudiantes de la UIP escucharon el mensaje que Elena Poniatowska dirigió a las nuevas generaciones de periodistas. Foto: Adriana King

*Este texto fue preparado por la escritora y periodista Elena Poniatowska para la clase magistral que impartió el 23 de junio de 2026 a estudiantes de la Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP). Se publica con la autorización de su autora y está prohibida su reproducción total o parcial sin autorización previa y expresa de la Unidad de Investigaciones Periodísticas de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.