Su bisabuelo era japonés, se llamó Jimpei y un junio de 1907 llegó al puerto de Salina Cruz, Oaxaca. La vida lo llevó hasta Otatitlán, Veracruz, comunidad afromexicana en donde se venera un Cristo Negro. Ahí, en la cuenca del río Papaloapan, conoció a Guadalupe Aguilar. Juntos tuvieron seis hijos, a casi todos les pusieron nombres en japonés. A una de las mujeres la llamaron Namiko, ella es la abuela de Jumko Ogata Aguilar, escritora, traductora y activista que ha hecho de la literatura una herramienta antirracista.
Desde niña, su curiosidad y gusto por los libros la llevaron a pasar muchas horas en bibliotecas públicas. Cuando preguntó por qué la llamaron Jumko, por qué se apellidaba Ogata, su abuela le contó sobre su herencia japonesa. Ya en la universidad, investigó más sobre su bisabuelo. Fue también durante su vida como universitaria, en la carrera de Estudios Latinoamericanos, cuando una clase sobre literatura haitiana desató su activismo antirracista.
Esa clase “me abrió mucho los ojos”, dice en entrevista con Corriente Alterna. A partir de ese momento comenzó a leer a autoras y autores negros. Dice que fue la novela Claire de Luz Marina, de la haitiana Edwidge Danticat, la que provocó un terremoto en su pensamiento. “No solo me gustó el texto, también fue el decirme: yo puedo escribir cosas así, yo puedo también escribir desde estas perspectivas o sobre estos temas y tener algo interesante que decir y contribuir”.
Jumko Ogata (Xalapa, Veracruz, 1996) ha escrito libros como Mi pelo chino (2022) y ¡Quiero ser antirracista! Un manual práctico (2025). En 2024, realizó la primera traducción al español de Hermanas del Ñame: Mujeres negras y nuestra recuperación, libro de la escritora y activista feminista estadounidense Gloria Jean Watkins, quien decidió firmar sus obras como bell hooks —con todas las letras en minúsculas— en honor a su bisabuela materna.
Desde 2020, Jumko imparte talleres virtuales y presenciales sobre racialización, antirracismo y literatura. Además, dirige círculos de lectura en los que se discuten obras escritas por personas racializadas.
También ha hecho de las redes sociales un espacio para difundir otras literaturas desde una perspectiva antirracista. Por ejemplo, lanza retos como “Leyendo el sol”, en el que propone “hacer a las mujeres negras el sol literario”, es decir, leer las obras de mujeres negras, afrocaribeñas, afrolatinas o que formen parte de la diversidad sexogenérica. Esta dinámica surgió como una respuesta a que históricamente los hombres blancos cisgénero y heterosexuales han sido considerados el centro del universo literario.

—¿Cómo se puede unir la literatura y el antirracismo?
—El canon literario, sobre todo dentro de la academia, lo que nos enseñan, es súper racista, misógino, heterosexista y un montón de otras cosas. No es que no exista literatura buena hecha por personas racializadas, sino que se ignora precisamente por el racismo, ni siquiera se considera. Y si los mencionas, creen que es inclusión forzada, cuando toda la gente blanca que compone el canon es realmente la inclusión forzada. Creo que tiene que ver con un acto de justicia epistémica bien importante dentro de la misma literatura.
—En redes sociales lanzas retos para invitar a leer a escritoras racializadas y parte de la diversidad sexogenérica. ¿Cómo ha sido esta experiencia? ¿Qué aprendizajes te han dejado estos retos?
—Me ha enseñado que hay mucho interés, que no soy nada más yo. No solo la gente racializada se interesa en leer a personas racializadas, sino que es algo que se extiende. Para mí es una formación más universal, de cambiar lo que entendemos como universal o como diverso. Algunos de los aprendizajes más importantes es tener esa apertura. También un aprendizaje es que el leer, el buscar libros y conocer nuevos autores son experiencias gozosas.
—En contraste con lo académico, ¿no?
—¡Ajá! Y también el acto de leer para conocerse más a uno mismo y conocer otras latitudes. No leer para demostrarle a alguien que sabes algo, sino leer para luego echar chisme y decir: este libro me cambió la vida.
—Sobre eso de echar chisme literario, tienes un club de lectura, ¿cuál es su objetivo?
—Tengo un objetivo principal oficial y un objetivo principal cercano. El cercano es que yo quería tener con quién hablar de los libros que me gustan. Pero el objetivo oficial es acercar a las personas a textos que no necesariamente forman parte del canon literario, sobre todo desde una perspectiva antirracista. Entonces solo leemos a personas racializadas. Tuvimos una inclusión por diversidad: una vez leímos a una persona blanca, porque leemos de todo también. La idea es leer autores que no necesariamente están en las listas de todos los booktubers o de los libros de moda, pero que son libros que yo pienso que valen muchísimo la pena.
El club literario que organiza Jumko Ogata se realiza cada mes de forma virtual. Las sesiones duran dos horas; al inicio, la escritora lanza preguntas detonadoras para iniciar la conversación. Las personas miembros del club pueden compartir sus opiniones y experiencias de lectura.
“No impongo una forma de entender el texto, todas son válidas y las discutimos y tenemos este intercambio, este diálogo… Trato que la mayoría de los textos sean de autores que están vivos… para mí es una onda como de solidaridad regional. Si nosotros no nos leemos, ¿quién lo va a hacer? Y no es que yo les esté haciendo un favor, es porque realmente son libros muy bonitos que valen mucho la pena”.
Las reuniones del club de lectura no consisten en hacer análisis literarios rígidos o académicos, sino en hacer de la literatura una experiencia de gozo, una exploración de otras latitudes y de autodescubrimiento. Para la latinoamericanista, reconocer y dialogar sobre las implicaciones emocionales de la lectura “es una manera de revelarnos y de descolonizar el acto de leer y de compartirlo”.
Barreras contra las ideas racistas
Cuando era niña, Jumko era una asidua visitante de las bibliotecas públicas. “Las bibliotecarias eran muy lindas conmigo, tenía mi propia tarjetita, mi foto y mi firma toda chueca de siete años. Crecí leyendo y adorando la literatura infantil”. Por ello, no es de extrañarse que escribir un libro infantil era su “sueño dorado”.
“Es un género que tiene muchas posibilidades, no solo para las infancias, sino para las personas adultas. Muchas veces leemos o nos acercamos a la literatura infantil un poco condescendientes, de ay, esta cosa de niños; pero (con la literatura infantil) no pones las barreras que pones con otros géneros escritos para personas adultas y, entonces, de pronto quizá te agarra como indefenso, te toca ciertas emociones que no habías querido reconocer, confrontar o discutir”.
El sueño de escribir un libro para infancias lo cumplió con Mi pelo chino, que publicó en 2022 con Almadía. Para esta publicación, Jumko contó con la complicidad de la ilustradora Reyna Pelcastre Reyes, quien también es su compañera de vida. Es un libro bilingüe en español y en mixteco. La traducción a esta lengua fue realizada por Nadia López García. “Nos pareció importante elegir una lengua indígena que tuviera población afromexicana, población afroindígena, y por eso escogimos el mixteco”.

—¿Por qué elegiste el cabello chino como el eje temático del libro?
—Sobre todo por mi experiencia, por todas las ideas de racismo antinegro que existen en torno al pelo chino: es una parte del cuerpo que nos enseñan a despreciar, a tener que contener, a tener que domesticar. Esta idea del pelo salvaje y descontrolado es una de nuestras primeras experiencias corporales con la represión.
—¿Por qué es importante incorporar una mirada antirracista en la crianza?
—Hay esta idea de que están muy chiquitos para hablarles del racismo porque es muy violento, pero la mayoría de las personas racializadas tenemos nuestros primeros recuerdos de violencia racista de la infancia. Entonces si tienes edad para vivir la parte horrible, también tienes edad para que te expliquen qué onda, qué es y que también no lo interioricemos. Es importante tratar de ofrecer barreras, por muy pequeñas que sean, contra la interiorización de ideas racistas y coloniales, porque ya cuando eso se te afinca es dificilísimo sacárselo de la cabeza y de tu propia forma en la que te entiendes a ti misma. Entonces, ofrecer esas herramientas y ese acompañamiento desde la infancia es una manera muy importante de resistir y de crear comunidades más sólidas.
Manual para ser antirracista
En 2025, Jumko Ogata publicó con la editorial Grijalbo ¡Quiero ser antirracista! Un manual práctico, una obra conformada por diversas secciones: una dedicada a la teoría y conceptos básicos antirracistas, otra con ejemplos concretos sobre la manera en la que se ha manifestado el racismo en México y cómo se ha justificado a través de las ciencias exactas y sociales. También hay una sobre cómo las redes sociales y la inteligencia artificial reproducen ideas racistas y de blanqueamiento. Al final, el manual invita a reflexionar y a mantener la esperanza: el racismo es una realidad, pero eso puede cambiar, se pueden desmantelar los sistemas de opresión e imaginar otra sociedad.
Al final de cada capítulo hay una sección de preguntas para que los lectores continúen la discusión, por ejemplo: “¿Qué recuerdas haber aprendido en la escuela sobre las “razas” en la Nueva España y México? ¿A cuántas autoras has leído? ¿A cuántos escritores negros? ¿Cuántos escritores indígenas?

—¿Qué te motivó y cuál era tu intención al hacer el manual antirracista?
—Había leído algunos textos de teoría o manuales antirracistas de diferentes contextos, algunos más académicos, otros más de divulgación, por ejemplo, Cómo ser antirracista, del estadounidense Ibram X. Kendi (obra que prologó). Entonces fue como una combinación de todas las cosas que he leído y las reflexiones que me surgieron a partir de eso, con las experiencias que tuve dando los talleres. Me interesaba hacer más accesible esa conversación e incorporar esa parte más teórica, con lenguaje más accesible… Así que iba por ahí: de todo lo que he aprendido, de todo lo que he hecho y qué quería compartir. Y, sobre todo, usar la teoría con ejemplos.
—¿Por qué en formato de manual?
—Quería que fuera interactivo, que no fuera algo que nada más lees como teoría. Al final decidí incorporar preguntas en cada capítulo, para que después de que yo expuse todo el contexto, mis dudas, experiencias y lo que yo investigué, ahora con esa información, tú cómo encajas. Es un ejercicio un poco tramposo, porque no lo puedes hacer con ChatGPT, porque ChatGPT no sabe tu vida. Entonces también era como: “¡piensa, piensa!” Y para mí era importante eso: fomentar el pensamiento crítico en la banda.
Jumko confiesa que el mundo se vuelve sobrecogedor en una realidad condicionada por el sistema económico, que construye sociedades hiperindividualistas y consumistas, donde resurgen las ideas fascistas, racistas y machistas. Sin embargo, ella trata de aferrarse al presente y a las posibilidades positivas: “Rendirse es perder la mitad de la batalla… Todo está terrible, pero también hay muchas cosas lindas en las que vale la pena tratar de contribuir”, dice.
La pregunta como aliada
Sus clases de historiografía le enseñaron a plantearse preguntas desde diferentes ángulos y eso, en buena medida, le ha permitido construir una mirada crítica. Esas clases, reconoce, han sido una de sus formaciones antirracistas más importantes. Preguntarse cosas todo el tiempo es parte fundamental de su experiencia vital, sobre todo en un momento en el que las personas recurren con mucha facilidad a la inteligencia artificial: “Eso es el diablo, porque es algo que te mata la curiosidad, que te dice mentiras y te enseña a creer ciegamente en lo que te diga la computadora, aunque sea mentira. Y no nos podemos dar ese lujo, sobre todo ahora”.
—¿Cuáles son los retos más grandes a los que te has enfrentado como activista?
—Uno es que muchos recursos están muy centralizados en la ciudad. Yo sé que si viviera en la Ciudad de México, quizá tendría más posibilidades de acceder a ciertos espacios o de realizar ciertas actividades o de tener otro tipo de trabajos, pero la verdad es que también es una decisión política vivir en Veracruz, que es de donde soy. Me parece bien importante mostrar que no solo en la ciudad se hacen proyectos que valen la pena y también porque me gusta vivir en Veracruz. Otro de los retos es que todavía hay mucha invisibilización de las poblaciones afro. Cada año hay más progreso: sí se reconoce más, se discute más, pero de todos modos siempre toca esas barreras de siempre. Y también el contexto internacional de, por ejemplo, la interrupción de muchísimos fondos internacionales, pues de alguna manera también influye en nuestro trabajo, porque antes era más fácil encontrar fondos en espacios internacionales y ahorita están muy reducidos, porque hay un giro hacia la ultraderecha.
—¿Qué es lo más gratificante del activismo?
—A mí me gusta mucho escuchar a la banda y ver sus procesos de crecimiento. Cuando me dicen “tú escribiste sobre tal cosa que me puso a pensar y comenzar mi proceso de reconocimiento”, me hace pensar en autores o autoras que yo he leído y con los cuales me cayó el veinte; después, poderlos conocer y decirles: “gracias”. Quizá yo le pueda posibilitar esos horizontes a otras personas, me da mucha esperanza, sobre todo el trabajo con infancias, pensar que quizás podemos contribuir a que crezcan un poco menos violentadas. Eso me parece muy lindo.


