31 minutos en FILUNI: el sonido de muchas infancias

A gritos de “¡liberen a Bodoque!”, “¡Álvaro, hermano, ya eres mexicano!”, en el Centro Cultural Universitario (CCU) de la UNAM se apretujaron cerca de dos mil personas, ansiosas por ingresar a la Sala Covarrubias para ver a uno de los creadores de 31 minutos. Muchos se quedaron afuera, esperando junto a la puerta, para revivir los sonidos de su infancia. 

El eco de 31 Minutos volvió a desatar un alboroto en México, esta vez en el marco de la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (FILUNI), que este año reunió a México y Chile en un puente cultural. Un puente que no sólo han construido poetas y artistas de ambos países, sino también unos títeres que hablan, cantan y conducen un noticiero demasiado absurdo para ser real y demasiado real para ser infantil.

La fiebre fue tal que las salas de cine y música del CCU tuvieron que habilitarse para que nadie se quedara sin ver a Álvaro Díaz, periodista, productor y uno de los cerebros detrás de 31 minutos, la serie que transformó la manera de entender la televisión infantil en América Latina y que hoy convoca, por igual, a niñas, niños, jóvenes y adultos. 

Álvaro Díaz, uno de los creadores de la serie 31 minutos (Foto: Luis Eduardo Escobar)
Álvaro Díaz, uno de los creadores de la serie 31 minutos (Foto: Luis Eduardo Escobar)

Manual para desobedecer a la televisión infantil

“La idea que había de televisión infantil era de estridencia y venta de productos […] Y por otro lado estaba la televisión educativa, que era muy aburrida, una extensión del colegio”, recordó Álvaro frente al público, en una sala que lo escuchaba como quien oye hablar a un viejo amigo. 

Frente a esa condena televisiva, de gritos, comerciales y muñecos diseñados para vender mochilas, Álvaro y su equipo se plantearon una pregunta sencilla: “¿Por qué no podemos hacer algo que nos gustaría ver a nosotros?”. 

La respuesta fue un noticiero lleno de títeres, un programa donde cada reportaje era una carcajada, cada entrevista un disparate y cada sección una sorpresa. Un espacio donde lo absurdo no era un accidente.

“31 minutos era un nombre raro que no significaba mucho, que se asociaba a los noticieros, pero a la vez era un nombre propio”, contó Díaz entre risas. El título no vino de un iluminado momento creativo, sino de una exigencia técnica: cada capítulo debía durar, por lo menos, treinta minutos. Treinta y uno fue el exceso que se volvió identidad.

Álvaro Díaz cuenta que cualquier objeto podía convertirse en un títere (Foto: Josue Chispan)
Álvaro Díaz cuenta que cualquier objeto podía convertirse en un títere (Foto: Josue Chispan)

Todo puede ser un títere 

Uno de los principios fundacionales del programa fue tan absurdo como brillante: “Todo, absolutamente todo, puede convertirse en títere”, confesó Díaz. Y lo cumplieron. Con algo de creatividad, una botella, un calcetín o una caja de cartón podían adquirir ojos, voz y personalidad. 

Esa libertad creadora construyó un universo donde lo cotidiano se transformaba en personajes entrañables, tan frágiles a la vista pero fuertes en personalidad, así como la infancia. 

Con esa regla, 31 minutos no solo reinventó la estética de la televisión infantil, sino que también desafió la idea de que la imaginación no necesita validación comercial para ser valiosa y divertida.

Algunos de los personajes de 31 minutos estuvieron presentes en la Sala Covarrubias (Foto: Josue Chispan)
Algunos de los personajes de 31 minutos estuvieron presentes en la Sala Covarrubias (Foto: Josue Chispan)

El corazón de 31 minutos

El programa no se sostuvo solo en guiones ingeniosos ni en títeres entrañables: su verdadero corazón fue la música. Canciones que parecían anécdotas ingenuas de la infancia, como perder un diente, cortarse mal el pelo o aprender a andar en bicicleta, se convirtieron en himnos capaces de emocionar a cualquier edad. 

“Lo importante es que las canciones no tuvieran un deber ser, que no fueran para educar, sino que fueran entretenidas y contaran historias con una sonoridad propia”, explicó Díaz.

Algunas piezas nacieron de situaciones fortuitas, como la enfermedad, en la que Álvaro escribió Mi muñeca me habló: “Sentía que me faltaba una voz femenina en el programa. Esa canción surgió de la fiebre, de la urgencia y del deseo de compensar una ausencia”. 

Otras piezas, como “Señora, devuélvame la pelota” , la favorita de Álvaro según contó, surgieron de la idea de convivencia y conflicto: “Para nosotros eso es la convivencia, no es que niño y una señora no puedan entrar en conflicto, sino que ese niño y esa señora convivan”. 

Carteles, títeres y orejas de conejo: 31 minutos se apoderó de la Sala Covarrubías. (Foto: Josue Chispan)
Carteles, títeres y orejas de conejo: 31 minutos se apoderó de la Sala Covarrubías. (Foto: Josue Chispan)

Si los títeres y los guiones eran la cara visible del noticiero, la música era su latido secreto. Cada canción no solo contaba una historia, también abría un espacio para que cualquiera, sin importar la edad, recordara su propia infancia. 

En la FILUNI, Álvaro llevó al público a reencontrarse con los sonidos de su infancia. Dejando en claro que ésta no se deja atrás ni es un período de tiempo, siempre puede ser celebrada y reimaginada una y otra vez. Ya sea cantando a media voz o con un títere en la mano.

Álvaro Díaz se despide entre aplausos y público de pie. (Foto: Luis Eduardo Escobar)
Álvaro Díaz se despide entre aplausos y público de pie. (Foto: Luis Eduardo Escobar)