Elena Poniatowska: cuando el periodismo se hacía sin internet
Rodeada de periodistas de distintas generaciones, la escritora Elena Poniatowska clausuró las actividades de la séptima generación de la Unidad de Investigaciones Periodísticas. Foto: Adriana Kong

Viste pulcra de blanco y adorna sus rizos plateados con un tejido amarillo. El temblor de sus manos menea las cinco hojas que preparó para su clase magistral. “Como soy periodista, traje un texto escrito, si quieren, se los leo”, dice con voz quedita a través del micrófono.

Ella, la periodista, cuentista y novelista. La que llegó con diez años a la Ciudad de México y ahora tiene noventa y cuatro. Ella, la de Héléne, Elizabeth, Louise, Amélie, Paula, Dolores. La de La noche de Tlatelolco, la de Las siete cabritas, la de la columna de los domingos. Ella, Elena Poniatowska Amor, que acompaña como madrina a estudiantes de la séptima generación de la Unidad de Investigaciones Periodísticas, Corriente Alterna. 

Su presencia en la Sala Julio Bracho del Centro Cultural Universitario, la mañana del 23 de junio de 2026, convocó a más de un centenar de personas dispuestas a sumergirse en un viaje nostálgico por los años en los que el periodismo se hacía sin celulares, sin internet ni redes sociales. 

Llegó en 1942, junto a su madre y su hermana, a la Ciudad de México. Entonces, el aire todavía no dolía en los ojos. “Nunca se hablaba de la contaminación. Al contrario, se hablaba de la belleza de los volcanes, que eran nuestros amigos, nuestros compañeros”, cuenta.

En esa urbe de cielos limpios comenzó su camino en el periodismo. En 1953 dio sus primeros pasos como reportera en el periódico Excélsior. Para Elena, en esos años todo podía ocurrir de manera aleatoria y circunstancial, “como si ahorita quizás se nos cayera una lámpara en la cabeza”, explica. La lámpara, en su caso, llegó a través de su madre: un día se encontró con un señor gordito —así llama Elena a Alejandro Quijano, en ese entonces director del periódico Novedades— que le dijo: “Me gusta mucho cómo escribe su hijita, que se venga aquí al periódico”.

Elena Poniatowska comparte una clase magistral sobre periodismo con estudiantes de la UNAM.
La clase magistral de Elena Poniatowska recorrió capítulos de su vida y su trayectoria en el periodismo. Foto: Julián Peralta

La joven reportera que aterrorizó a políticos y artistas

“Cuando yo empecé, ni soñaban sus papás que ustedes iban a nacer”, dice mientras sonríe

La asignaron a la sección de sociales, un espacio con reglas irrompibles: “se prohibía criticar o hablar mal de los sombreros de Soledad Ávila Camacho, la esposa del presidente”, cuenta.

Aunque su llegada a la sección de sociales rompió moldes, Elena rechaza ser pionera en el periodismo, aclara que ese camino ya lo habían abierto otras, y menciona a Elvira Vargas, Rosa Castro y Sara Moirón.

Elena recuerda que inicialmente se insertó en un mundo de recepciones, cócteles y bautizos donde aterrorizaba a políticos y artistas con su grabadora electromagnética. 

“¿Y qué entiendes tú por ‘tono’?”, le preguntó al escritor colombiano Gabriel García Márquez. “¿Ya no tienes fe?”, le preguntó al uruguayo Eduardo Galeano. “Con Leonora Carrington tuviste una relación muy especial, ¿te enamoraste de ella?”, le preguntó al cineasta Alejandro Jodorowsky. “Si estás tan harto, ¿por qué sigues viviendo?”, le preguntó al escultor Mathias Goeritz.

“Decían: ‘¿Qué querrá esa enana? ¿Por qué me está llamando? ¿Por qué quiere que le conteste preguntas?’”, recuerda la escritora de apellido materno Amor, “un apellido mexicano”, dice.  

Luego se encerraba a escribir en el lugar sagrado: la redacción. Ahí dejaba el alma en un papel barato, en un papel revolución. “El periodismo se construía frente a una desgastada máquina de escribir. Eran muy viejitas. Las teclas eran muy duras, rebotaban como balas”, cuenta.

Elena Poniatowska lee un texto durante su charla sobre periodismo en la Sala Julio Bracho.
Con anécdotas y humor, Elena Poniatowska compartió secretos del oficio periodístico. Foto: Adriana Kong

Cuando esta víbora pica, no hay remedio en la botica

El sonido de la máquina de escribir terminó por transmitirle un veneno irreversible. “La escritura es una inyección, una inyección de interés por los demás, de interés por lo que sucede”, dice. Para Elena escribir es un arrebato de curiosidad absoluta.

“Escribir es un oficio como lo es la carpintería o la costura. No sale bien a la primera”, explica con la autoridad de quien lleva décadas enfrentándose a la hoja en blanco. “Para escribir no hay receta mágica —describe— solo constancia, práctica y dedicación”.

Para ella, el secreto de la escritura es que no hay secreto sino naturalidad: “Yo defino la escritura como la palabra escrita. Creo firmemente que uno, así como piensa, habla y escribe”.

Para la joven Elena, el periodismo se fue dando de manera apasionada, como ella misma advierte: “cuando esta víbora pica, no hay remedio en la botica”. 

El veneno de la víbora de la escritura la llevó a escuchar y contrastar —desde hace más de seis décadas— las voces de los personajes que moldearon la cultura de México.

El poder de la prisión

Su curiosidad no entendía de jerarquías. Para Elena era lo mismo conversar con el escritor Alfonso Reyes; el muralista José Clemente Orozco; el fundador de la cardiología en México, Ignacio Chávez; la escritora chiapaneca Rosario Castellanos; el tímido de Jalisco, Juan Rulfo; su compañero de noches en el Teatro Blanquita, Carlos Fuentes; o el poeta Octavio Paz, que con las actrices Dolores del Río y María Félix, el cineasta Gabriel Figueroa —quien “mostró a toda Europa el cielo mexicano”—, la actriz y bailarina Tongolele o los comediantes Cantinflas y Tin Tan.

A todos ellos los abordaba con una ingenuidad que desarmaba. A los grandes maestros les parecía “chistosísima”, según dice, esa jovencita que ni siquiera preparaba sus preguntas.

“Cuando entrevisté a Diego Rivera, ni siquiera había visto un mural de él”, confiesa. Desde la ignorancia de quien venía de convento de monjas en Estados Unidos, como ella la describe, le preguntó a Diego Rivera por qué era tan barrigón. “Porque me como a las muchachas polaquitas”, le respondió el muralista.

Elena no se limitó a las cúpulas de la fama, salió a buscar a quienes nadie quería escuchar y se adentró en el temido Palacio Negro de Lecumberri. “Para alguien que quiere aprender a escribir no hay mejor lugar que ir a la cárcel, porque en la cárcel se obtienen muchísimos relatos de vida”, dice.

Ahí entrevistó al muralista David Alfaro Siqueiros y a cientos de reclusos anónimos. “Todos los presos querían contarme su prodigiosa vida de mentiras o su prodigiosa vida de verdades”, recuerda.

Estudiantes y asistentes escuchan a Elena Poniatowska en una conferencia sobre periodismo. La escritora compartió recuerdos y anécdotas.
“El periodista tiene que jugársela, tiene que estar dispuesto a dar la vida por lo que ve y lo que siente”, Elena Poniatowska. Foto: Adriana Kong

La paciencia para enhebrar el hilo en una tela

Sentarse frente a esas mentes brillantes y ganarse su confianza no sucedía por arte de magia. Para Elena, el periodismo tiene que ver con la espera y la esperanza: “Ningún político te da una entrevista de inmediato, a las primeras de cambio. Ningún pintor te abre la puerta de su estudio. Ninguna actriz te recibe luego luego”, explica.

El verdadero instrumento del reportero —describe— es la perseverancia. El trabajo consiste en una terquedad infinita, “hacer lo mismo, repetir lo mismo, buscar a la gente y hacerlo con una capacidad de entrega que tiene que durar toda la vida”.

El periodismo —dice Elena— es una llave maestra; una vocación que regala “la posibilidad de tratar con gente con la que jamás se hubiera podido tratar si no les decía: ‘Yo soy periodista’”.

“Como quien va enhebrando un hilo en una tela, pude ver a muchísimos mexicanos valiosos, todos me daban sus palabras y su experiencia de vida, eso me nutrió y fue un alimento enorme para seguir viviendo todavía hoy”, concluye Elena.

Retrato de Elena Poniatowska, la escritora impartió una charla sobre periodismo en la UNAM.
A sus noventa y cuatro años, la mirada de Elena Poniatowska refleja la misma curiosidad con la que desarmó a quienes entrevistaba. Foto: Julián Peralta