Un jueves a las cuatro de la tarde, nueve cámaras se encienden al mismo tiempo. No están en un salón de clases. Cada participante se conecta desde su casa: un escritorio, una sala, un dormitorio con libros apilados. El taller virtual de filosofía para niñas, niños y adolescentes abre la sesión con una consigna sencilla: pensar a través de sus propias preguntas.
Brenda Ballesteros, facilitadora del grupo, comparte desde su propio espacio un libro ilustrado. En la pantalla aparece la frase: “Lo que vive en ti no siempre se ve a simple vista. Eso que habita en tu interior, a veces no puede verse desde afuera”.

Siguen comentarios breves y la aparición de un tablero digital donde registran preguntas de cada participante. Después votan por escoger una que se discutirá en la sesión. La elegida es de una niña de 13 años: “¿Podemos confiar plenamente en las personas aun sabiendo que pueden esconder un mundo interior totalmente diferente a lo que realmente son?”.
Brenda Ballesteros interviene entonces: “Sócrates decía que él mismo era una partera”, dice. “Se refería a que él ayudaba a los demás a dar a luz a sus ideas”.
Filosofía para infancias
Brenda Karina Ballesteros Martinez tiene 30 años. Estudió Pedagogía en la UNAM y se pre-especializó en pedagogía social. Su encuentro con la filosofía para niñas, niños y adolescentes, ocurrió justo al salir de la universidad, en 2018, cuando le ofrecieron abrir un espacio filosófico en una escuela de la Ciudad de México
Para ella fue “una joya, un diamante”. Allí comenzó a estructurar un taller formal siguiendo un programa completo inspirado en la metodología filopedagógica del Centro Acertum -avalado por la Federación Mexicana de Filosofía para Niñas y Niños- donde se formó como facilitadora.

Durante seis años acompañó a generaciones, desde primero hasta sexto de primaria. Semana tras semana, curso tras curso, vio a esa generación crecer en la práctica filosófica y quería acompañarlos hasta el final. “Todas las semanas teníamos talle y cuando salieron de sexto pude ver realmente el avance de sus habilidades”.
En 2024 se mudó a Querétaro. La dificultad para encontrar espacios culturales estables y la ausencia de un entorno escolar que sostuviera grupos regulares la llevó a migrar su práctica a la virtualidad.
Un año después, fundó Cuestioners como un taller no escolarizado de filosofía. Para Ballesteros, filosofar no es obtener respuestas rápidas, sino aprender a mirar desde otros ángulos para hacer mejores preguntas.
“Cuestionar es la manera más importante de habitar el mundo, pero también la herramienta más poderosa, porque si no cuestionas, no hay forma de salirte de un lugar”, dice.
Una tarde de filosofía
La sesión virtual continúa hacia una actividad visual. Ballesteros pide dibujar una silueta humano que represente cómo se sienten ese día.
Mateo se muestra con una discoteca en la cabeza: “Me siento tranquilo, pero en realidad soy bastante alocado”.
Olivia, de 13 años, presenta un dibujo con pájaros dentro de su silueta: “A veces estoy confundida de cómo me siento y puse los pájaros porque representan la libertad que me gustaría tener”.

Samuel, que no logra compartir pantalla, lo dice de forma directa: “Puse signos de interrogación en la cabeza porque no sé qué tengo adentro”.
En los grupos de niñas y niños pequeños, las dinámicas cambian. Mat enseña un trazo amplio y Brenda le pide que cuente lo que ve. Oli sostiene su dibujo unos segundos antes de hablar. Gianna duda, pero finalmente muestra una forma abstracta y escucha sus propias palabras mientras intenta explicarla. La facilitadora solo acompaña, sin interpretar.
Hoy la sesión cierra con un “semáforo filosófico”, donde clasifican aquello con lo que coinciden, lo que dudan y lo que no los convence. Olivia escoge el amarillo: “Sigo pensando… ¿la confianza es completamente ciega?”.
Qué ocurre fuera de la pantalla
Nayibi de la Tejera Vázquez de 42 años, la madre, recuerda los primeros años de sus hijas en los talleres de Brenda: “Mientras se iban cuestionando las cosas, ellas iban descubriendo nuevas formas de ver la vida, de ver las cosas”.
Elena, hoy de 14 años, describe esas sesiones como “un lugar seguro para poder expresar todo lo que yo sentía y lo que pensaba de diferentes temas”.
Olivia, de 13, señala un cambio en su forma de interpretar imágenes y situaciones.
“Empecé a pensar más, en el trasfondo de la imagen, qué quiere dar a conocer. Hacía preguntas mejores que no solo se contestaban con sí o no”.

Daniel Martínez, el padre, observa transformaciones en la conversación familiar.
“Ellas han desarrollado un pensamiento crítico basado en compartir las ideas. El compartir no es debatir o ganar, sino escucharse”.
La filosofía, dice Nayibi, “ayuda a no centrarse solo en uno mismo, sino a ver las realidades de otros lugares”.
En algunos casos, la práctica les sirve para gestionar emociones. Cuando Elena sentía miedo al volver tarde de la escuela, su madre dice que lo enfrentó reflexionando.
“El miedo se te detona, pero después te cuestionas si es real, ves que no es real y lo puedes superar”.
Espacio sostenido en la pregunta
Cuestioners opera en modalidad virtual a lo largo de la semana. Los sábados mantiene una sesión presencial en la biblioteca del Museo de la Ciudad de Querétaro.
Trabaja con tres grupos por edades: Minis (6 a 7 años), Kids (8 a 11) y Teens (12 a 15). Las actividades varían según el nivel: canciones y materiales visuales en los grupos más pequeños; discusiones más abiertas en los adolescentes.
Antes de inscribirse, las familias reciben un temario para conocer el enfoque general. El proyecto se sostiene en la participación constante y, por ahora, no cuenta con evaluaciones externas ni métricas formales de impacto.
Olivia, que asiste al taller desde hace años, resume por qué continúa. “Cuando uno tiene amor por algo, siempre va a regresar a eso”.
Para conocer más sobre el trabajo que realizan y seguir de cerca sus actividades presenciales y en línea, puedes encontrar el proyecto en sus redes sociales:
- Instagram: @cuestioners
- Tiktok: @cuestioners
