Imágenes de la Nasa, que muestran la Tierra desde distintos encuadres, son acompañadas por la voz de Mercedes Sosa cantando el Kyrie, de la Misa Criolla del compositor Ariel Ramírez. Así comienza Nuestra Tierra, el documental más reciente de la directora argentina, Lucrecia Martel, una película que marca una nueva etapa en la carrera de la cineasta.
El filme se estrenó en México el 9 de abril de 2026, en el marco de la 79° muestra cinematográfica de la Cineteca Nacional. Para realizar este documental, la cineasta acompañó durante casi 15 años la lucha que emprendió el pueblo indígena Chuschagasta, en busca de justicia por el asesinato de su líder comunitario Javier Chocobar, ocurrido el 12 de octubre de 2009 en Trancas, provincia de Tucumán, al norte de Argentina.
“La idea era empezar (la película) desde afuera de la Tierra, no con una idea de una visión de lo divino[…]”, explicó Martel en la conferencia de prensa donde presentó el documental. “Me parecía importante iniciar con algo que yo estaba segura que, emocionalmente, iba a ser reconfortante para la comunidad: Mercedes Sosa, que es tucumana, de la misma provincia donde donde fue asesinado Javier Chocobar y, también, esa imagen de la tecnología que nos observa todo el tiempo”.

Nuestra Tierra es el primer largometraje documental de la directora argentina. Antes ya había realizado cortos documentales como La otra (1989) y Terminal Norte (2021).
El documental resulta ser un paso casi intuitivo en el proyecto autoral de Martel, caracterizado por diseccionar la identidad argentina en películas como La Ciénaga (2001), La Niña Santa (2004), La Mujer sin Cabeza (2008) y Zama (2017).
Tejer un documental
La relación de la directora con los Chuschagasta no parte del mero interés de hacer una película que denuncie las violencias en contra de la comunidad. Martel se acercó a los chuschas motivada por hacer algo, después de ver el video que registra el asesinato a Javier Chocobar, ocurrido el 12 de octubre de 2009. La misma comunidad recuperó esa grabación y la subió a internet en mayo de 2010.
Así su vínculo con ellos comenzó como archivista, encargándose de recopilar todos los documentos que la burocracia argentina utilizaba como pretexto para frenar o bien descartar las exigencias de las comunidades indígenas. Si bien la gestación de la película se afianzó con años de acompañamiento, fue la noticia del comienzo del juicio, en 2018, lo que llevó a realizar el documental.

“Pensé: ‘este juicio va a ser histórico’, porque era uno de los primeros juicios donde era tan central un video; donde el tribunal, y esto era algo que me lo imaginé y después sucedió así, se iba a convertir en una especie de cine”.
En el documental quedan registradas las declaraciones de los acusados del asesinato: Darío Amín, Luis Humberto Gómez y Eduardo Jose Valdivieso Sassi. Martel y su equipo se encargan de llevar al espectador por el tedio del juicio y las peculiaridades del tribunal que la directora describe como “demencial, operístico”, entre ellas careos improvisados, la reconstrucción de los hechos en las que los imputados intentaron de mil maneras apelar al indulto del jurado.
Como autodefensa, los acusados grabaron —con una cámara digital de última generación— una visita a la comunidad, pretendiendo victimizarse al señalar que los chuschas despojaron de sus tierras a Darío Amín, quien pretendía explotar una cantera de piedra laja. En el video se puede ver como el hermano de Javier Chocobar capturó con una cámara de rollo las intimidaciones de Amín, Valdivieso y Gómez.
“Tenemos una fantasía sobre lo que es la justicia. En cambio, cuando ves un juicio, ahí se despliega la dramaturgia; también (se observa) lo que una nación imagina de sí misma”.

El mito identitario
Para Martel, el asesinato de Javier Chocobar y la lucha de los Chuschagasta por la defensa de la tierra son los detonantes para indagar y cuestionar el mito identitario argentino y de América Latina, un continente que se construyó negando a los pueblos originarios y que, desde entonces, no termina de entenderse a sí mismo.
La cineasta lo dice sin rodeos: “No vamos a lograr ser naciones independientes y salir de esta espiral de fracasos económicos y de culpas políticas repartidas, hasta que no comprendamos qué clase de continente somos. Si no entendemos el vínculo que tenemos con las comunidades indígenas, la importancia que tienen en nuestra cultura”.
El juicio abarca una tercera parte de todo el largometraje que dura dos horas, el resto se concentra en reconstruir la trayectoria de la comunidad Chuschagasta, su vida, las luchas constantes y todo aquello que elimina las fronteras propias de la idiosincrasia mestiza.
Hortensia Mamaní, viuda de Chocobar, despliega para el espectador la colección de fotografías familiares que cuentan la historia de los Chuschagasta, que contrario a lo que algunos historiadores llegaron a afirmar, no se extinguieron en 1807.
Los relatos de otros miembros de la comunidad dan cuenta del borrado estratégico que ha hecho la historia Argentina de los pueblos originarios. “La educación argentina se las arregló durante 200 años de nación para que los ciudadanos argentinos no sepamos de la existencia de las comunidades indígenas. Para la educación argentina, las comunidades indígenas desaparecieron en el siglo XIX”.

Nuestra Tierra hace más que evidenciar las prácticas violentas e incompetentes del sistema judicial argentino, también pone al espectador frente al espejo incómodo que lo obliga a reconocer la lucha por la defensa que desde hace décadas llevan los Chuschagasta, los Mapuches, los Wixarika y muchas otras comunidades indígenas.
A lo largo del continente, a las comunidades indígenas se les margina, criminaliza y amenaza por una constante: la disputa de sus territorios. Martel lo remarca con su documental: “Hay una voracidad por la tierra… La tierra sigue siendo una cosa de disputa en nuestro planeta y para nuestra especie”
Nuestra Tierra cierra con la condena a los responsables del asesinato de Javier Chocobar: Darío Amín, autor material, fue condenado a 22 años de prisión; Luis Humberto Gómez y Eduardo Valdivieso Sassi, sicarios contratados por Amín, a 18 y 10 años, respectivamente. Por las particularidades del sistema judicial argentino, que permitió que tuvieran prisión preventiva en sus casas, no pisaron la cárcel. En 2020, gracias a una apelación, se liberó a los tres culpables. Amín falleció impune en 2021 por COVID-19. Fue hasta 2025 que se ratificó la condena contra Valdivieso y Gómez.
La nueva etapa de Martel
Más allá de los hechos registrados en pantalla, la relevancia de este trabajo documental no reside en su novedad estilística. Nuestra Tierra inaugura lo que ella misma describe como una nueva etapa como cineasta: “Con más conciencia de algo en lo que fallamos (como cineastas) y de algo que hay que remediar”.

Martel habla de lo que hoy se vive en Argentina con el gobierno de Javier Milei y los recortes al sector cultural, en especial al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). “Cuando atacaron a la universidad pública salió la gente. Cuando atacaron al hospital Garrahan, que es un hospital de alta complejidad público, salió la gente. Cuando atacaron el cine no salió la gente”, lamenta Martel. “Es muy duro, es muy terrible. Es más doloroso que tener de presidente a Milei, darse cuenta que uno tiene, tuvo, una responsabilidad (como realizador) en donde algo pasó que no logramos una conexión con el público […]”.
En el contexto de la crisis cultural que enfrenta actualmente Argentina, que va más allá de las políticas de “motosierra” de Javier Milei, la directora argentina sostiene que la lucha debe extenderse hasta que los mismos realizadores puedan entender el rol histórico que ocupa el cine en Latinoamérica.
Por ello, la promoción de Nuestra Tierra viene abanderada de la convicción política “muy precisa de que la película se pase en las universidades, que la gente que está generando la producción académica tenga contacto con esta cuestión, tenga la experiencia de lo que está pasando en las comunidades desconocidas, ignoradas, negadas por la Argentina”.
Y eso es lo que han hecho en Argentina para difundir la película, llevarla a todo los foros posibles fuera del circuito tradicional del cine. La respuesta del público argentino al documental, Martel la describe con emoción: “Sorpresa, muchísima… Y muchísima gente muy agradecida. Mucha gente se me acercó. […] Mucha gente joven me decía: ‘Gracias, porque ahora entiendo a mi abuela’. Imagínate el agradecimiento que tengo al saber que pude, por fin, hablar con una parte de la ciudadanía con la que no tenía acceso”.

¿Cómo se evitó el extractivismo en la realización de este documental? Martel explicó la construcción de un vínculo con la comunidad chuscha durante los casi 15 años que tardó en armarse el documental, la confianza que logró y cómo fueron personas de la comunidad quienes complementaron el montaje con sus propias grabaciones.
Además, la producción entregó una cámara profesional a la comunidad para que pueda seguir documentando su historia y, a partir del 21 de mayo de 2026, cuando termine la gira de promoción, Nuestra Tierra pertenecerá por completo a la comunidad Chuschagasta.
Durante su visita a México, Martel recibió la Medalla Cineteca Nacional 2026 y participó en un conversatorio en la Casa de Lago UNAM, donde también presentó su libro Un Destino Común.
Nuestra Tierra se proyectará en las tres sedes de la Cineteca Nacional (Xoco, De las Artes y Chapultepec), durante al menos tres semanas más, así como en algunas salas comerciales y cines independientes de la Ciudad de México. Piano, agencia encargada de la distribución del filme, está abierta a compartir el documental en circuitos comunitarios, autogestivos e independientes.

