Pierre llega cada fin de semana a las cinco de la mañana a instalar su puesto en el tianguis Las Torres, ubicado en San Lorenzo Tezonco, un pueblo originario ubicado en la alcaldía Iztapalapa. En su negocio ofrece una variedad de cinturones, carteras, monederos y pecheras que consigue por internet o en la Central de Abastos.
El joven de 28 años, que pidió omitir su verdadero nombre, cuenta que lleva casi dos años viviendo en la Ciudad de México y que llegó al país después de abandonar Haití por la inestabilidad política que desde hace varios años registra el país caribeño. Para poder asentarse, tramitó una solicitud de refugio ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).
Aunque Pierre tiene un empleo y renta un pequeño departamento donde vive solo, en la misma alcaldía Iztapalapa, el proceso de adaptación laboral no ha sido sencillo. “Nunca es fácil, pero uno tiene que echarle ganas. Así es, porque la vida, la vida es, es lucha”.
Dice que una de las peores experiencias que ha experimentado en México fue un intento de robo por parte de policías. “¿Para qué sirve una policía? Es para proteger y servir, pero tuve una vez, intentaron, ah, robar. Pero allá (en Haití), eh, estamos en mala situación, digamos, hay inseguridad, pero allá la policía no, no van a hacer esto”, cuestiona.

Refugio chilango para la migración haitiana
La capital mexicana se ha convertido en un refugio para miles de personas que salieron de Haití ante la crisis política, el incremento en la violencia y las adversas condiciones económicas. En un principio, muchos decían que estaban “de paso”, pero terminaron asentándose. Algunos porque las circunstancias los orillaron y otros por decisión propia.
El “boom” de la llegada de migración haitiana a Ciudad de México cobró notoriedad en 2023, cuando cientos levantaron un campamento en la plaza Giordano Bruno en el corazón de la colonia Juárez, en la céntrica Alcaldía Cuauhtémoc. Su presencia en esa zona obedecía a que a unos metros de ahí estaban las instalaciones de la COMAR, donde hacían filas interminables para solicitar un documento que les ayudara a evitar detenciones y deportaciones inmediatas.
Aunque no existen cifras oficiales sobre cuántas personas de nacionalidad haitiana viven en la Ciudad de México, ha habido un repunte en la cantidad de solicitudes ante la COMAR entre enero de 2020 y finales de 2024. En ese periodo se recibieron 128 mil 327 peticiones de asilo de personas haitianas. El año con más solicitudes fue 2021, con 51 mil 372, seguido de 2023 con 44 mil 110, de acuerdo con estadísticas de la COMAR.
El campamento de la colonia Juárez fue desmantelado por autoridades federales a mediados de 2024 y sus integrantes reubicados en otras zonas de la ciudad e incluso, en otros estados del país, según informó el Instituto Nacional de Migración (INM) en un comunicado.
A principios de 2025, con el inicio de un segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos, y el posterior endurecimiento de la política migratoria de ese país, muchas personas haitianas que solo estaban de paso mientras esperaban una cita de solicitud de asilo en Estados Unidos a través de la aplicación CBP One, cambiaron de planes.
Uno de esos casos es el de Jean Despagne, quien ingresó a México por Tapachula, Chiapas, en julio de 2024 con su esposa y su hijo Dao, de 5 años. Él está convencido de quedarse en el país para brindarle un mejor futuro a su pequeño.
Los tres viven en el pueblo de San Lorenzo Tezonco, en Iztapalapa, donde Dao asiste a un preescolar de la zona. “Le gustan los juegos (de su escuela) y tiene amigos”, dice Jean.
La familia de Jean salió de Haití en 2018. El primer país al que llegaron fue Chile, donde nació su hijo y en el que permanecieron más de seis años. Cuenta que debido a las restrictivas políticas migratorias chilenas decidieron emigrar hacia Estados Unidos, pero al no poder concretar este plan se quedaron en México.
La Ciudad de México les pareció hospitalaria, con un clima agradable, una cultura enriquecedora y en donde “es más fácil para tener documentos” dice Jean sonriendo. Después de un año de tramitar su solicitud ante la COMAR, hoy ya cuenta con un documento de residencia permanente.
Para Jean y muchas personas haitianas que viven en México, conseguir un trabajo formal no es sencillo, ya que la primera barrera con la cual se encuentran al buscar empleo es la solicitud de documentos que validen su estancia en el país.
“Necesitamos como primero, una identificación nacional que es mi residencia permanente, y después como nuestro RFC, número de seguro social, un certificado médico también”, explica.
Jean estudió ingeniería civil en su país, pero no logró terminar la carrera debido a la situación política complicada. Su anhelo es trabajar en una constructora.

Redes de apoyo
En la periferia de la Ciudad de México, alcaldías como Tláhuac, Iztapalapa y Gustavo A. Madero concentran una parte importante de la población haitiana debido a que en estas zonas han operado albergues de organizaciones de la sociedad civil y se han instalado refugios temporales por parte de las autoridades capitalinas.
En Tláhuac, por ejemplo, la presencia de esta comunidad se explica en buena medida porque ahí se ubica el Bosque de Tláhuac, donde las autoridades capitalinas instalaron en marzo de 2023 un albergue provisional, al que fueron trasladados cientos de migrantes. Además el 30 de mayo de ese mismo año, la COMAR anunció la instalación de un módulo temporal de atención ahí mismo. La zona se convirtió en un punto de referencia para quienes buscaban un lugar donde quedarse y comenzar a reorganizar su vida.
En la colonia Vallejo de la Gustavo A. Madero se estableció en 2023 uno de los pocos campamentos de migrantes que aún permanecen en la ciudad. La mayoría de quienes llegaron ahí lo hicieron con la esperanza de obtener un espacio en el Albergue de la Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento para Mujeres y Familias Migrantes (CAFEMIN).
Mario Monroy, coordinador de incidencia de CAFEMIN, recuerda que ese año la demanda los rebasó y no se daban abasto para darle refugio a tanta gente. “Estas oficinas, todo esto se convirtió en dormitorio. Nuestra sala de juntas se volvió dormitorio, nuestro patio central se volvió dormitorio”.
Ante la saturación, a dos cuadras de ahí, relata, los migrantes comenzaron a instalar casas de campaña hasta convertirse en un gran campamento. “Entonces el campamento que actualmente todavía queda aquí en las vías del tren empezó a formarse con casas de campaña… porque eran filas de personas que estaban esperando su lugar para ingresar a CAFEMIN”.

Con el paso del tiempo, algunos dejaron el campamento, pero no la zona. Muchos optaron por rentar cuartos o pequeños departamentos en la misma alcaldía. Según Monroy esto se debe a que en el caso de las personas haitianas es muy común que se basen en sus redes de apoyo para buscar donde asentarse. Eso explicaría la concentración de ellos en zonas específicas de la ciudad.
“Uno de los grandes fuertes que tiene la comunidad haitiana, es que tiene redes muy consolidadas. Se cuidan mucho entre ellos. Que es algo que se puede ver entre otras nacionalidades, pero yo sí lo destacaría de la comunidad haitiana porque esos lazos son fuertísimos. Son muy fuertes… Digo, no es casual que estén ubicados en espacios tan fáciles de ubicar, ¿no? Porque están en comunidad”.
Linda Fortín vivió durante un mes en el campamento de la colonia Vallejo, donde pagó mil pesos por un espacio. Sin embargo, decidió irse el 19 de febrero de 2026, cuando comenzó a circular entre los residentes el rumor de que las autoridades los desalojarían.
La mujer de 36 años cuenta que salió de Haití debido a la extrema inseguridad y violencia. Relata que en su país hay zonas controladas por jefes criminales, donde no se puede vivir. “Hay zonas, vamos a decir, donde se levanta una mañana y una persona dice: voy a ser jefe de esa zona. Entonces, esa persona es jefe de esa zona, y si te dice lo que te dice es lo que tienes que hacer”, cuenta.
Un evento determinante para su familia fue el incendio provocado de la casa de su padre en Puerto Príncipe.
“Yo vengo de un barrio donde es muy caliente y recuerdo una vez, nosotros estábamos en la escuela y mi papá nos vino a buscar, o sea, corriendo. Mira, que quemaron la casa, la casa de mi papá. Entonces, nosotros tuvimos que mudarnos”.
Este hecho les obligó a desplazarse a otra ciudad, donde su papá tenía familiares que los apoyaron.
Linda llegó a México el 9 de febrero de 2025. Ingresó por Tapachula y siguiendo las recomendaciones de una amiga para evitar retenes, logró llegar a la Ciudad de México en autobús dos meses después.
En Haití se quedaron su padre y sus hijas, a quienes le manda cada mes un apoyo económico. A pesar de las dificultades y la soledad, dice que mantiene una actitud positiva. Su anhelo es conseguir una residencia permanente ante la COMAR para poder traer a su familia a vivir con ella a la ciudad.
“México es un país caluroso, para mí es como un país que abriga a las personas. En ese sentido estoy agradecida y feliz, pero lo único que me hace falta de verdad es la familia. Si yo tuviera mi familia aquí diría, bueno, yo estoy viviendo bien, estoy feliz, pero sin la familia uno no puede estar completamente feliz”.

Entre trámites, informalidad y barreras del idioma
Otra de las dificultades es la obtención de documentos ante la COMAR o el INM que les permitan regularizar su situación migratoria, señala Mario Monroy, de CAFEMIN. La carencia de ellos, vuelve más complicada su integración a la sociedad.
Aunque la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político estipula que una vez ingresada la solicitud, el plazo máximo para la resolución de las solicitudes de refugio político es de 45 días, esto no siempre sucede.
Personas migrantes entrevistadas coinciden en que la falta de recursos, la burocracia ineficiente y la saturación del sistema, causan demoras de más de un año para una respuesta, la cual, no siempre es favorable. Además, las personas solicitantes deben acudir cada 10 días a firmar a las oficinas de la COMAR.
El otro documento al que pueden aspirar es la tarjeta de visitante por razones humanitarias, un documento expedido por el INM, que les permite regularizar por un año su situación migratoria en el país.
La carencia de estos documentos les dificulta el acceso a derechos básicos como la salud y la educación e incluso para obtener un empleo formal con prestaciones. Ante lo incierto de su estatus migratorio, muchos acaban trabajando en la informalidad.
En el tianguis Las Torres, la migración haitiana se gana la vida vendiendo ropa de paca, varas de canela o manojos de ajos. En las mañanas y noches se les ve ensamblando o desarmando puestos, moviendo cajas, tubos de metal y lonas. También los emplean para descargar mercancía pesada y mover bultos con tenis, ropa, electrónicos, muebles y alimentos.
Sergio Alcántara, un comerciante mexicano que trabaja en un local de perfumes cerca del tianguis, cuenta que tiene un cliente haitiano, que le compra mercancía y la revende con vecinos y amigos.

El idioma representa muchas veces una barrera. En Haití se habla el criollo y el francés. Aunque para algunos ha sido un proceso más sencillo aprender un nuevo idioma, para otros ha sido sumamente complicado.
Dave, de 18 años y quien hace trabajos de albañilería, llegó en noviembre de 2025 con su mamá y su hermano pequeño a CDMX proveniente de Tijuana. Él habla poco español, pero utiliza aplicaciones para aprender el idioma.
Pierre, el vendedor de cinturones en el tianguis, aseguró que para él no fue complicado aprender español porque se lo enseñaron en la escuela y una vez que llegó a México comenzó a practicar.
Más allá de la barrera del idioma, muchas personas haitianas han encontrado en México un gusto por su gastronomía, tradiciones y hospitalidad. Linda cuenta que uno de sus platillos favoritos es el pozole, que incluso ya aprendió a cocinar. “Yo digo: ´Dios mío, qué bendición de país´. O sea, México tiene todo. El mexicano que sale fuera, diría yo: ¿a buscar qué?, si en México tiene todo”.
El intercambio cultural también es mutuo. Algunos mexicanos aprenden de sus vecinos haitianos palabras de su lengua natal y descubren nuevos sabores, como Akinet González, quien vive en Tezonco, en la alcaldía Iztapalapa. Ella relata que uno de sus vecinos haitianos los visita con frecuencia y les prepara platillos típicos de su país. “Nuestro favorito es un pollo que hace especial, que nos lo prepara a nosotros, aunque él no come carne, pero nos lo prepara a nosotros … es como un hijo más en nuestras vidas”.


