En un salón donde las paredes son espejos y el piso es de madera, un grupo de mujeres se reúnen para moverse. Con cuencos de fondo y la voz suave de quien las guía, ellas pasan de la postura de yoga de la montaña al perro boca abajo. Inhalan profundo y, con la exhalación, cambian de posición. La luz tenue ha transformado la atmósfera en un espacio acogedor, donde se olvida el caos de la Ciudad.
La práctica ocurre dos días antes del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Isela Quintana, Katia Flores y Evelyn “Evy” Moreno, quienes forman parte del grupo de danza contemporánea, Hebra, y convocaron a otras mujeres a ser parte del encuentro titulado: “Movimiento. Memoria. Manifiesto”. Un juego de palabras que surge de nombrar lo que atraviesa su experiencia como mujeres, dice Evy.
Isela Quintana, bailarina, docente y coreógrafa de danza contemporánea, fundó Hebra en conjunto con dos de sus amigas hace diez años. Ella cuenta que la idea nació de la inquietud de las tres por tener un espacio para bailar y montar piezas escénicas en libertad. Con el tiempo, dice Quintana, Hebra pasó a ser un proyecto personal en donde puso en juego su pasión por la docencia.
Ahora Hebra lleva casi siete años manejándose como “un espacio donde la gente puede venir y ser quien es a través del movimiento, un lugar de continuo aprendizaje y de mucha escucha entre todas las personas que estamos convergiendo aquí”, dice Isela Quintana.
Respirar para vivir
El encuentro propone seis clases vinculadas al cuerpo, el movimiento y la expresión. Las imparten seis mujeres invitadas por las organizadoras, quienes explican que lo hicieron con el interés de habilitar un espacio donde pudieran compartir sus conocimientos y que se dieran a conocer más desde su profesión.
Pilates fue una de las prácticas que se impartieron en el encuentro. Camila Garnica, instructora, propone que, a partir del pilates, se tenga mayor consciencia de la respiración, pues dice que así el cuerpo conecta y responde diferente.

Ana Nieves, quien asistió al encuentro para dar la segunda clase, Yoga Vinyasa, cuenta que lleva tres años compartiendo esta disciplina y que lo hace porque para ella, el yoga fue algo que la ayudó a liberar tanto su cuerpo como su mente. Espera, dice, que para quienes toman sus clases, el yoga también resulte liberador.
Cuerpo y libertad
La mañana del 6 de marzo del 2026 es fría, pero dentro del salón de baile, los cuerpos de 15 mujeres generan un calor abrigador. Entre pies descalzos, oídos atentos y miradas que se cruzan entre sí, las clases transcurren una tras otra.
Es el turno de Le Gata, una bailarina originaria de Costa Rica, quien está a punto de compartir “Otro cuerpo: contemporáneo”, un taller de danza y partnering, técnica basada en el trabajo físico con otros cuerpos, que propone moverse a partir del encuentro y el reconocimiento colectivo.

Durante una hora las mujeres utilizan sus cuerpos como puntos de apoyo para sostenerse entre ellas. Guían sus movimientos a partir del contacto físico. Se manipulan a través del tacto y, como si cada parte de su cuerpo estuviera llena de ojos y oídos, se mueven acompasadas sin decir una palabra. En ese silencio, los cuerpos hacen acuerdos para acompañarse suavemente.
“Estamos muy acostumbradas a que nos toquen, pero no desde un lugar sano ni seguro ni bonito”, se le escucha decir a Le Gata a mitad de la clase, e invita a sus alumnas a dejarse sostener, a ser guiadas, a aprovechar el cuidado que sus compañeras les ofrecen para trabajar su danza.
Isabel Narezo, artista escénica que asistió como participante al encuentro, cuenta que durante las clases tuvo la sensación de sentirse acuerpada, reconfortada, escuchada, sostenida y en un espacio seguro, y añade: “Ahorita me siento suave, tranquila, en paz, lista para el día”.
Atar, liberar

El Shibari, explica Hedone, “es un arte japonés especializado en la estética y enfocado en crear patrones con cuerdas, hacer arneses o estructuras seguras para realizar suspensiones o semi suspensiones de una o varias personas”.
Hedone es el nombre artístico de Connie, artista, modelo y performer de shibari desde hace cuatro años, donde se dedica a atar, pero también a ser atadora. Ella cuenta que a través de su práctica busca crear una comunidad donde las personas se sientan cómodas, seguras y sensuales.
La clase se lleva a cabo en un círculo. Hedone les explica a las asistentes del taller cómo atarse la cuerda que sostienen entre sus manos alrededor de sus tobillos. Hacen nudos que parecen inofensivos, pero que son capaces de sostenerlas sin deshacerse. Luego pasan a atarse en parejas: una muñeca, un tobillo, la pierna completa. Entre emoción, apoyo y pláticas que buscan cuidar, pasan de atarse con su pareja, a hacerlo con todo el grupo. Alcanzan un éxtasis emotivo que las sorprende a todas.
Memoria y resistencia
Al finalizar las prácticas corporales, comenzó el taller “Cartografía de la memoria: creación de textos”, una propuesta de Paola Romero, actriz y bailarina potosina. Para Romero, la escritura “es como una armadura de apapacho y de cariño para enfrentar las emociones y acontecimientos que se viven en el marco del 8M”.
Paola Romero invita a quienes toman su taller a escribir desde el recuerdo. Les piden que se presenten a partir de las memorias que les han dejado sus vivencias.

El espacio, dicen, es seguro, libre de juicios o violencias, pueden escribir lo que deseen sin temor alguno. Cuando las artistas hablan de su experiencia como mujeres dentro del medio de las artes escénicas, parece ser sinónimo de resistencia.
Isela Quintana cuenta que “ser mujer y artista en Latinoamérica es complicado porque tenemos muchas más barreras que los hombres, eso es una realidad. Estamos en un medio donde el 90% de las artistas que nos dedicamos al movimiento somos mujeres, pero quienes sobresalen es ese 10% que son los varones. Es un camino de mucho trabajo”.
Paola Romero, quien también opina que las oportunidades son mayores para los hombres, reflexiona: “Siempre estoy regresando a resistir. Siempre digo que es lo que nos tocó, es nuestra lucha, entonces toca resistir y enfrentar todo lo que venga, algún día cambiará, lo cambiaremos…”
Mientras que Katia Flores, al hablar de su experiencia, dice: “No sé cómo decir cómo lo vivo, sólo me sigue sorprendiendo. Me sorprende que a pesar de que el mundo de la danza esté lleno de mujeres, se les dé más foco a los hombres”.
Ella, como Romero, también habla de cambiar el medio y la industria de la danza: “Siento que hay que crear espacios seguros, porque ya todos están contaminados, eso es triste, por donde te metas todo está contaminado de este pensamiento raro de superioridad tanto de hombres como de otras mujeres”.

El último taller fue el de Collage, impartido por la artista visual, Maldito Trip. Entre imágenes y recortes, las experiencias de las asistentes encuentran un lugar de representación.
Ambos talleres, creación de textos y collage, son amenizados por la música de Carolina, una curadora de DJ sets en vinilo, y la voz de La Churrita, una hoster invitada para animar el micrófono abierto que tuvo lugar a la par.
Construir en comunidad
“Durante muchos años a las mujeres se nos ha exigido cumplir con muchas cosas. Entre esas la estética, el portarse bien, el sentarse bonito, el ser correctas, pero creo que también el cuerpo habla y podemos hablar desde otros lugares cuando lo habitamos con todas las herramientas de movilidad”, dice Isela Quintana, quien propone un acercamiento de cuidado a los cuerpos desde su investigación en la danza.
Ella cree que el lenguaje que se va a adquiriendo desde el movimiento, ayuda a las mujeres a construirse en libertad y a tener más alcance desde su propia voz.
Para la directora de Hebra, generar espacios como “Movimiento. Memoria. Manifiesto”, es importante para expresarse también desde la voz, la escritura y el cuerpo. “No sólo es bailar y ya, también pensamos, tenemos inquietudes, también hay que ponerle voz a esos sentimientos y emociones que nos atraviesan en los tiempos que vivimos”.


