Rompecadenas, un perro que finge su muerte para escapar de una redada policial, no parece un personaje escrito hace más de un siglo.
La escena pertenece a Memorias de un perro, escritas por su propia pata, un libro publicado en 1893 y retomado en 2025 en formato de novela gráfica por el escritor chileno Gonzalo Marín y el artista visual Adrián Gouet en una edición mexicana.
El proyecto comenzó con un hallazgo que Marín conocía sólo de oídas: la historia de su tatarabuelo, Juan Rafael Allende (1848-1909). En su familia se hablaba del pariente polémico, medio revolucionario, que había sido escritor. “Era casi un mito, hasta que un día llegó por correo un ejemplar de Memorias de un perro a casa de mi abuela. Ahí empezó todo”. Desde entonces, explica Marín, trabajar con esa obra ha sido “como revivir un muerto”.
Rompecadenas es el protagonista del libro. “El perro es todo lo humano que podamos representar en él”, señala Adrián Gouet. Marín lo describe como alguien que “se equivoca, confía demasiado, se enamora, pero no deja de creer en la gente”. Resume su carácter en tres palabras: “noble, torpe y terco”.
Allende nació en Santiago de Chile en 1848 y trabajó como periodista en varios periódicos, algunos de ellos fundados por él mismo. También fue payador, un cantor popular que improvisaba versos en la tradición chilena. Su escritura se apoyaba en la sátira política y en el uso coloquial del lenguaje, algo que Marín reconoce como parte de la “oralidad chilena” que identifica en Rompecadenas.
Parte de su obra se conserva en el Archivo de Memoria Chilena y en la Biblioteca Pública de Santiago. Según su tataranieto, Allende “se salvó en dos ocasiones del fusilamiento y fue encarcelado más de una”.

Observador incómodo
Memorias de un perro conecta con una forma de humor que en América Latina ha servido para decir cosas que no siempre podían decirse de frente.
En una conversación reciente en la Embajada de Chile, el filósofo y editor mexicano Arturo Cosme dijo que los animales en la literatura han cumplido ese papel desde hace siglos. Habló de fábulas antiguas y también de los bestiarios medievales. Estos libros reunían animales reales o imaginarios para contar historias que dejan una enseñanza. “Han servido de espejo moral en las conductas humanas”, explicó.
En esa misma conversación apareció una comparación con Quincas Borba, una novela publicada en 1891 por el brasileño Machado de Assis. En ambas obras, los perros no están pensados para ser tiernos. Funcionan como personajes que observan la sociedad sin filtros. En la novela brasileña, el protagonista se burla de la mentalidad positivista, una idea del siglo XIX que decía que todo, absolutamente todo, debía explicarse con ciencia, orden y “racionalidad”.
Rompecadenas, para Cosme, hace algo parecido. Mira de frente las contradicciones y las miserias de la sociedad chilena del siglo XIX. “La relevancia de esta novela es que, aunque parte de un contexto histórico específico, está construida de tal forma que adquiere resonancias universales”, dijo Cosme.
La figura del perro como observador incómodo no es nueva. Cervantes lo usó en El coloquio de los perros (1613), y más tarde autores como Jack London en Colmillo blanco (1906) o Paul Auster en Timbuktu (1999) retomaron esa mirada animal para cuestionar el mundo humano.

La caricatura como archivo
Durante la segunda mitad del siglo XIX, las caricaturas se volvieron una forma de protesta en Chile, igual que en México y en otros países de la región. Juan Rafael Allende fue una de las figuras centrales de esa prensa satírica.
“Las sátiras de Allende salían por entregas en El Poncio Pilatos, un periódico que él mismo dirigía. Costaba 40 centavos y se burlaba de todo: de la política, de la moral religiosa, del ejército”, explica Marín.
Gouet recuerda que revisaron esos materiales en archivos y bibliotecas.
“Sus dibujos eran precursores de lo que hoy sería un cómic político. Era un cronista de su tiempo con el lápiz como arma”.
En una viñeta del libro, un perro observa el campo de batalla y dice: “Que los hombres peleen como perros está dentro de toda lógica, pero que los perros peleen como hombres no es justo ni razonable”.
Al adaptar esa parte, Marín y Gouet decidieron convertirla en una escena de cruzada. “En ningún momento hay una batalla campal medieval en el libro”, aclara Marín. Añade que, como guionista, ese tipo de decisiones les permite “actualizar lenguaje, la imaginería”.
Para quienes construyeron la sátira latinoamericana del siglo XIX era habitual usar animales para criticar a políticos, élites y autoridades sin nombrarlos directamente.
En Chile aparecían perros como símbolo del pueblo maltratado, burros para ridiculizar a funcionarios ignorantes y gallos para representar peleas entre caudillos. En México, periódicos satíricos como El Ahuizote usaban monos para burlarse de quienes imitaban modas europeas, burros para caricaturizar a políticos tercos y lobos para aludir a gobiernos voraces. La sátira en Argentina y Uruguay utilizaba los zorros como la figura del político astuto y manipulador.

De la sátira al cómic
El proceso de adaptación les tomó varios meses. “Nos encerramos a trabajar sin prisa”, recuerda Gouet. “Gonzalo escribía de un lado y yo dibujaba del otro. No queríamos hacer una réplica literal, sino traducir el espíritu de la obra al lenguaje visual contemporáneo”.
Reconstruyeron la Santiago de Chile de 1893: las plazas, los conventos, las calles coloniales.
“El texto original tenía páginas enteras de descripciones que podían resolverse en una sola imagen. Queríamos que el lector sintiera la atmósfera del siglo XIX sin necesidad de explicarla”, dice Gouet.
Sobre sus influencias, Gouet menciona el humor popular chileno de Condorito, la crítica social argentina de Mafalda, el ritmo aventurero francés de Astérix y la imaginación visual del también francés Moebius. Son referencias que forman parte del imaginario gráfico con el que crecieron varias generaciones en América Latina. “Tomamos esa herencia para darle ritmo y color a un relato que, pese al tiempo, sigue siendo actual”, explica.
Un perro que sigue pataleando
“Uno puede decir miles de cosas sobre las injusticias sociales y la vida y la humanidad, pero creo que el humor es el antídoto”, explica Adrián Gouet, que formó con sus trazos a cada personaje.
“Allende hablaba de justicia, de libertad, de clases sociales”, dice Marín sobre su tatarabuelo. “Lo hacía con humor, pero con una fuerza muy clara”.
Gouet recuerda una escena donde el perro escapa de una redada de policías que envenenan perros callejeros. “Finge su muerte para salvarse. Cuando le preguntan si no teme que se enojen por patalear, responde que no: que el único derecho que tienen es al pataleo”.
Rompecadenas no solo patalea: también escribe. Desde las primeras páginas de la novela publicada por Comma Ediciones, un anciano le pide que deje un testimonio para enfrentar el mundo: “escriba usted sus memorias para que los hombres sepan que los perros piensan y sienten como ellos, y para que puedan alguna vez avergonzarse al saber que los miembros de la raza canina son más nobles y caballeros que muchos de los que por andar en dos patas se creen reyes de la creación”.
Esa idea aparece varias veces en la obra: escribir para entender la vida, para enfrentar la muerte y, al mismo tiempo, para dejar una memoria que vaya contra la injusticia.Es por eso que la sátira ha pataleado, como dirían en Chile, para expresar el desacuerdo.