Para Samantha Román, estudiante de Relaciones Internacionales de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, la movilización del ocho de marzo es un ritual compartido: en la semana previa a la movilización que se realiza con motivo del Día Internacional de la Mujer, arma un grupo de WhatsApp con sus amigas universitarias y juntas preparan carteles para el 8M.
Desde hace tres años, cada 8 de marzo se reúnen en su facultad y de ahí parten hacia el Monumento a la Revolución para sumarse a los contingentes. Para no llegar demasiado tarde al Zócalo, en algún punto del recorrido se separan de las agrupaciones y avanzan por su cuenta.
La joven, de 22 años, recuerda que cuando marcharon en 2025 con el colectivo de Acatlán se reunieron entre 250 y 300 mujeres de distintas carreras. Caminar en grupo le dio una sensación de respaldo que no había experimentado antes.
Su primera marcha, en 2023, fue profundamente emocional. La describe como una experiencia de liberación. “Todas te apapachan demasiado”, dice. Se sintió acompañada y sostenida por otras mujeres, aunque también atravesada por la tristeza y la impotencia.

Desde su perspectiva, la marcha del 8M es “un lugar que te acoge y que te acompaña y que tú aprendes mucho y también aprendes a acompañar”. Ahí descubrió que muchas mujeres comparten vivencias similares y que existen redes de apoyo que antes no conocía.
Recuerda haber vivido momentos tensos en 2023 cuando se colocaron vallas alrededor de Palacio Nacional o en 2025 cuando los contingentes llegaron al Zócalo y fueron recibidos con gas lacrimógeno. Sin embargo, ni esos episodios ni los comentarios de su familia sobre los riesgos de asistir a la movilización han sido suficientes para que deje de marchar.
Al concluir la jornada, ella y sus amigas terminan exhaustas. Resume lo vivido en la marcha como “un cúmulo de emociones increíble, entre impotencia, tristeza e igual mucha euforia, porque dices: ‘Bueno, no estoy sola, aquí están ellas’.
La universidad y la protesta
Para otras universitarias, el primer paso no fue organizarse con amigas, sino enfrentar y vencer el miedo antes de asistir, como le ocurrió a Yareli Jiménez, estudiante de Administración en la Facultad de Contaduría y Administración (FCA) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A sus 21 años asistió por primera vez a una marcha del 8M en 2024, pero antes de ir, tenía miedo porque la información que había visto en medios de comunicación le generaba dudas: “dicen que a veces se ponen violentas y yo pensaba: ‘a ver si no pasa algo’”.
Al llegar al Zócalo, su percepción cambió. “Vi mucha tranquilidad y compañerismo por parte de las chicas”, recuerda. Lo que vivió ese año, la llevó a regresar al siguiente. Una amiga la invitó a sumarse a un colectivo de mujeres deportistas, ya que también es jugadora de rugby, en el equipo de Búfalos de la FCA.
En 2025, más de 200 mil mujeres participaron —entre ellas universitarias como Yareli— en las marchas por el Día Internacional de la Mujer en la Ciudad de México, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Gobierno de la Ciudad de México y la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México.
Uno de los motivos que la impulsaron a asistir fue darse cuenta de que muchas mujeres comparten vivencias similares. “Todas pasamos por algo: acoso en el transporte o en la calle, tocamientos y violencia en relaciones por parte de la pareja, pero hemos normalizado esas situaciones”.
Escuchar otras historias y compartir la propia, dice, puede ayudar a identificar patrones que a veces no se reconocen en el momento. “A lo mejor dices: ‘yo los estoy pasando, pero no me estoy dando cuenta’”.
Las situaciones que describe Yareli no son casos aislados. En México, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2021 siete de cada diez mujeres experimentaron al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida, ya sea psicológica, física, sexual, económica o patrimonial.
Desde su experiencia personal, considera importante no juzgar a quienes viven violencia en una relación. “Muchas veces se piensa: ‘¿cómo es posible que siga ahí si está viendo lo que le pasa?’, pero ninguna de esas acciones empieza con un golpe, con un insulto o con un empujón; todo empieza de diferente manera”.
Para ella, el acompañamiento y la empatía son fundamentales para que, cuando alguien decida salir de esa situación, no se sienta sola ni señalada. Al preguntarle si se considera feminista, explica que para ella implica reconocer que “las mujeres siempre hemos estado en una desventaja frente a muchas conductas de los hombres”. También señala que no todas conocen a profundidad la diversidad de posturas dentro del movimiento, pero que eso no impide nombrarse feminista.

Itzel Jiménez, al igual que Yareli, tenía temor de acudir a la concentración del 8M. Antes de ir, su idea sobre la marcha estaba atravesada por lo que veía en los medios de comunicación. Ahí —dice— se reforzaba la imagen de que las asistentes solo “destrozan” o que acudir era peligroso. “Yo estaba muy nerviosa, no sabía cómo iba a ser el movimiento, justo por todo el estigma que se tiene en las noticias”.
Animarse no fue sencillo. No tenía amigas cercanas que apoyaran el movimiento y su mamá tampoco estaba de acuerdo. Aun así, decidió asistir. “Me gustó ir a luchar por lo que yo quería o por lo que veía”. Se integró a un colectivo de su escuela y asistió por primera vez al 8M cuando estudiaba en la Escuela Nacional Preparatoria Plantel 6 Antonio Caso, en 2023.
Ya en la protesta, dice que su percepción cambió. La experiencia fue distinta a la imagen previa: “Fue muy catártico ir, ver cómo era ahí, leer los carteles”.
Su interés surgió al escuchar a otras mujeres que ya habían marchado o defendían el feminismo. “Ver que lo defendían tan fervientemente me movió cosas y dije: algo está pasando ahí, quiero experimentarlo por mi cuenta y ver qué pasa”.
Uno de los momentos que destaca fue escuchar la consigna: “La UNAM no me cuida, me cuidan mis amigas”. Para ella, la frase condensaba una sensación compartida entre varias estudiantes: la percepción de que dentro de la institución aún faltan medidas efectivas de protección.
Ahora estudia Arquitectura en Ciudad Universitaria. El 8M de 2025 volvió a asistir, esta vez acompañada por su madre, una mujer de 60 años que, pese a las diferencias generacionales, decidió participar con ella. “Me gustó que pude compartir un poco con ella el sentimiento que me causaba”. También reconoce el esfuerzo de su madre por comprender su postura y valora escuchar cómo se vivían estas discusiones en otras épocas.
Entre el coraje y la protección
Montserrat Malagón, estudiante de Enseñanza de Inglés en la FES Acatlán, participó en las marchas del 8 de marzo en 2022 y 2023 movida, primero, por la curiosidad. “A todas nos ha pasado algo […] y quise experimentar qué se sentía ir a gritarlo de alguna manera”, explica.

Recuerda que en 2022 sintió la vibra de los contingentes desde el metro. La experiencia estuvo marcada por emociones intensas: mucho coraje, una sensación de impunidad y, al mismo tiempo, de protección. “Me sentía muy cómoda de estar completamente rodeada de mujeres”. En esa ocasión lloró mucho porque fue a sacar “cosas personales”.
En 2023, ya con mayor conocimiento de la dinámica, asistió sola. Escuchar los testimonios de otras mujeres le generó sentimientos encontrados. En los años posteriores no ha asistido por falta de tiempo, pero este año planea acudir sola.
Desde su perspectiva, es importante visibilizar que la violencia también está en lo cotidiano. “Yo vi muchos letreros de ‘los novios también violan’ y [sobre] el abuso intrafamiliar de padres o hermanos”.
Montserrat se mostró a favor del movimiento feminista, tanto en sus expresiones radicales como no radicales. “Creo que no soy nadie para juzgar las maneras en que se expresan y yo digo que está perfecto, mientras se expresen, pues denle”, opina.
No todas viven la marcha de la misma manera
“Siento que hay un montón de situaciones que sabes que pasan y que van a pasar, que vas a escuchar historias en la marcha, pero ya el momento de estar ahí es muy diferente. Todas las veces que he ido me he sentido muy rebasada emocionalmente”, dice Katia Cisneros, una joven de 21 años.

La estudiante de sexto semestre de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM ha asistido en dos ocasiones a la marcha. El año pasado, mientras avanzaba en uno de los contingentes, una niña de siete años le comentó que asistía porque a una de sus amigas la violaron. “Me saqué mucho de onda, no porque no sepa que en México se violan niñas, sino porque no me lo esperaba”.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), alrededor de 12.4 millones de mujeres de 15 años y más manifestaron haber vivido algún tipo de violencia sexual en su infancia.
La primera vez que asistió, en 2023, fue acompañada por sus hermanas. Recuerda este acontecimiento como algo significativo: “Me gustó mucho esa marcha. Me sentí muy conectada con todas”. También la sitúa en un contexto particular: fue una de las primeras vivencias colectivas tras el confinamiento por la pandemia. “Fue como pasar de estar en mi casa encerrada dos años a formar parte de un movimiento bastante masivo”.
Entre los temas que considera deberían tener mayor visibilidad en la marcha menciona dos que están presentes en su cotidianidad. Por un lado, las experiencias que escucha en su círculo cercano sobre relaciones de pareja. “Hablan de cosas que digo: ‘Amiga, eso está tipificado’, y se habla como si fuera un evento cotidiano”. Esas situaciones, señala, le generan temor y tristeza al ver a otras mujeres en esas posiciones.
Por otra parte, desde una postura de mujer vegana, plantea la necesidad de hablar “de las hembras no humanas, de las hembras de otras especies”, como parte de una reflexión más amplia sobre la violencia y los cuerpos.
Katia también señala que, al ser lesbiana, hay discusiones dentro del movimiento que no atraviesan directamente su corporalidad, como el derecho al aborto. Sin embargo, subraya que no deja de ser una lucha fundamental. “¿Por qué decidirías sobre lo que puedo o no hacer con mi cuerpo?”, cuestiona.
Sobre su identidad política, prefiere asumirse dentro de una tradición feminista antes que adoptar otras etiquetas. “Yo prefiero asumirme en un corpus creado desde hace más de 200 años por un montón de mujeres que simplemente decirme antipatriarcal”. Observa que en su entorno algunas mujeres han dejado de nombrarse feministas por desacuerdos con ciertas posturas del movimiento.
Otras formas de participar.
Magali Palacios, estudiante de cuarto semestre de Relaciones Internacionales en la FES Acatlán, no ha asistido a ninguna movilización del 8M porque en su familia consideran que no es un espacio seguro. En su casa, cuenta, persiste el prejuicio de que las mujeres se ponen agresivas, queman o pintan cosas.
Aun así, le entusiasma la idea de participar y si pudiera marchar lo haría para honrar la lucha de generaciones precedentes que abrieron camino para que hoy tenga una vida plena. Mientras tanto, busca otras formas de involucrarse.

En 2025 ayudó a integrantes del club de inglés Speak Up Acatlán a elaborar carteles para la manifestación. “Me encontré representada porque siento que es lo que nos une más: el no seguir haciendo lo que ha estado haciendo el sistema, pero también apoyarnos entre nosotras y ver que, aunque no puedas ir, puedes hacer otras cosas para apoyar”.

Este año planea hacer más carteles e incluso le gustaría dar una plática para personas que no conocen mucho del tema. “Aunque digan que gritan mucho, es la única forma en que te pueden escuchar”.
Sobre los discursos en torno al 8 de marzo, observa posturas diversas: desde medios que explican el fin del movimiento feminista hasta comentarios que reducen la marcha a que “nada más van a hacer revolturas”. Estos prejuicios, considera, restan fuerza a la lucha y contribuyen a que se pierda el sentido de la fecha: conmemorar y exigir igualdad.
Entre quienes marchan cada año y quienes todavía esperan el momento para hacerlo, el 8 de marzo sigue siendo un espacio que se construye desde lugares distintos: desde el coraje, la memoria, la duda o desde la compañía. Para algunas es liberación. Para otras, una posibilidad.

