Laura Angélica García cursaba el quinto semestre de la licenciatura en Biología cuando, en 2015, descubrió que estaba embarazada. “Me dio mucho miedo, … ¿Qué va a pasar con mis estudios ahora? ¿Qué va a pasar con mi vida? Quiero hacer muchas cosas. No me siento lista para ser mamá”, recuerda que fue su primera reacción. La decisión de interrumpir el embarazo fue inmediata.
Angélica se ausentó varios días de clases para recuperarse del procedimiento y del desgaste físico y emocional que implicó atravesar una Interrupción Legal del Embarazo (ILE). “Falté el día que me hice el ILE y falté como otros dos, tres días más en lo que como que me recuperaba de todo, ¿no? De lo fisiológico y también como del cansancio que implicó todo el proceso”.
Para ella, como para miles de jóvenes universitarias que han decidido abortar, esos días representaron una pausa obligada, no solo física, sino también emocional y académica.
En la Ciudad de México, la ILE se legalizó en 2007. Desde entonces y hasta junio de 2024, se han realizado más de 277 mil procedimientos en clínicas públicas, según datos de la Secretaría de Salud capitalina. El 45 % corresponde a mujeres de entre 18 y 24 años, es decir, en edad universitaria.
En este reportaje, cinco estudiantes —cuatro de ellas bajo anonimato— comparten el costo académico y emocional que vivieron durante aquellos días llenos de incertidumbre y temor.
“Me daba mucho miedo que las semanas siguieran pasando … porque entonces se complica más, hay más riesgos …podría ser más doloroso”, recuerda Gina, quien entonces tenía 19 años y estudiaba Matemáticas en la UNAM.
Yamile Navarro, psicóloga egresada de la UNAM que ha acompañado a universitarias que atraviesan este proceso, confirma que el principal factor de conflicto emocional es la incompatibilidad entre la maternidad y las exigencias de la vida estudiantil.
“Mucho del discurso que se escucha en terapia es: ´no estoy lista, sigo estudiando, no tengo trabajo o sigo viviendo con mis papás´. Entonces, todo eso genera una sensación de no poder con más responsabilidades”.

Para Navarro, el estrés aparece desde el momento en que una estudiante sospecha que está embarazada y puede prolongarse incluso después de la intervención, sobre todo si no cuenta con redes de apoyo.
Las jóvenes entrevistadas coincidieron en que vivieron el proceso en silencio, con el temor de ser juzgadas por sus familias, profesores o compañeros. Ninguna habló con sus padres en ese momento. Algunas contaron con el acompañamiento de sus parejas o amistades, mientras que otras lo enfrentaron completamente solas.
Lupita, estudiante de Física en la UNAM que también atravesó una Interrupción Legal del Embarazo, cuenta que su principal red de apoyo fueron sus amigos: “Tenía mucho dolor y mi pareja, que se suponía que iba a estar al pendiente, se quedó dormido. Al final, fueron mis amigos los que me escribieron para ver si estaba bien”.
El costo emocional también se mezcla con la precariedad económica. Lorena, otra estudiante que optó por abortar, cuenta que no contaba con beca y temía no tener dinero suficiente para pagar el procedimiento. “Me preocupaba a dónde ir, … ya no tenía beca y mi novio tampoco”.
El alivio fue un sentimiento que todas vivieron de distintas maneras. Galilea, que estudiaba el séptimo semestre de Biología cuando decidió abortar, describe que tras practicarse el procedimiento se sintió liberada.
“Me sentí liberada. No tuve sentimientos de culpa, ni en ese momento ni con el tiempo”. En cambio, Lupita sí atravesó por un periodo de culpa, influida por la reacción de su pareja. “Me hizo sentir que había tomado la decisión equivocada, pero mi psicóloga me ayudó a entender que si él no me acompañó en ese momento, tampoco lo habría hecho si hubiera tenido al bebé”.
Cristina Pozos, encargada de comunicación de Fondo MARIA, una organización que brinda apoyo a mujeres que no cuentan con recursos para acceder a un aborto legal, destaca que es importante entender que decirle “no” a un embarazo no deseado, también es decirle que sí a otros planes de vida.
“Es decirle que sí a continuar mi carrera, a buscar otro trabajo, a viajar. Entonces, también implica eso”.
Desde 2007, Fondo MARIA ha acompañado a más de 17 mil mujeres que buscan interrumpir su embarazo de forma segura y digna. La organización ha brindado apoyo psicológico, información, así como ayuda económica y logística.
Las cinco mujeres entrevistadas destacaron que esta experiencia las hizo reflexionar sobre su sexualidad, a desarrollar mayor empatía hacia otras chicas que han pasado por lo mismo y, sobre todo, a continuar con sus proyectos de vida.
Galilea está por terminar sus estudios universitarios y cree que de haber continuado con su embarazo no hubiese tenido los recursos para poder sostener económicamente a un bebé.
Angélica, diez años después de esta experiencia, terminó la universidad y ha trabajado de docente. “Pues creo que sí hubo un antes y un después, pero no como un trauma, sino como una lección aprendida … me volví un poco más comprensiva con las personas que pasaban esta situación”.

