La Calle de las Novias: sobrevivir entre crisis e inseguridad
Foto: Mariana Monsalvo

Minerva García Flores, de 62 años, lleva casi cinco décadas trabajando entre telas, encajes e hilos. Ella partió de Guerrero con sus hermanas cuando era una adolescente y hoy en día ha logrado consolidarse como una comerciante y diseñadora de vestidos en la llamada Calle de las Novias en el Centro Histórico de la Ciudad de México, una zona conformada por la calle República de Chile y República de Honduras, repleta de comercios donde venden accesorios y vestidos para ceremonias de XV años, bodas y primera comunión. 

La mujer cuenta que la violencia en Arcelia, un municipio de Tierra Caliente en Guerrero, la orilló a migrar. Ya en la Ciudad de México un tío le dió empleo en las vacaciones de verano para crear flores de tela y de migajón. El amor por su nuevo trabajo y la necesidad de sobrevivir la impulsaron a emprender. A los 17 años dejó el negocio de su tío y rentó un departamento que adaptó como taller, donde pronto comenzó a venderle los mismos productos florales a tiendas. 

Poco a poco, Minerva fue construyendo su patrimonio: regresó a Acapulco, donde abrió su primera tienda especializada en vestidos de novia, pero debido al huracán Gilberto en 1988, tuvo que venderla a una chica que luego fue secuestrada y liberada tras el pago de un rescate.

La emergencia natural y la inseguridad condujeron a Minerva otra vez a la Ciudad de México, donde rentó dos locales en la calle República de Honduras para la venta de sus vestidos, pero tras un asalto decidió cerrarlos y reubicarse en la calle contigua, República de Chile.

Hoy Minerva cuenta con un taller de costura y varias tiendas, la mayoría en la Calle de las Novias. Dice que no ha sido fácil mantener sus locales y que en los últimos años la situación se ha complicado para los comerciantes de esa zona.

No es la única que percibe esta situación. En entrevistas realizadas a vendedores, diseñadores y costureros de este corredor comercial del Centro Histórico, varios coinciden en que la inseguridad y la competencia desleal amenazan la permanencia de estos negocios.

Algunos comerciantes han tenido que lidiar con asaltos y extorsiones telefónicas, sumado a las dificultades económicas derivadas de la pandemia y la incapacidad de muchos clientes para costear los altos precios que implican las celebraciones hoy en día. 

Además, el ambulantaje y los cierres improvisados de calles principales obstaculizan la venta de productos a posibles compradores, señalan. Otro factor que ha mermado significativamente las ventas, dicen, es la llegada masiva de moda rápida y productos asiáticos al ocupar locales de la zona y a través de plataformas digitales como Shein y AliExpress.

Esta serie de factores ha provocado el cierre de numerosos locales, la reubicación de negocios a calles aledañas, desempleo, una creciente preferencia por vestidos y productos de importación extranjera sobre el consumo de productos locales y disminución en las ventas, coinciden los entrevistados.

Ángeles Carreño Cárdenas es propietaria junto con su esposo de un local en la calle República de Honduras, donde venden accesorios y vestidos para la tradicional fiesta de quince años. Sin embargo, dice que han tenido que reducir los precios de sus productos ante la creciente demanda de “artículos chinos” y la mala economía, afectándoles directamente a su negocio. 

Mientras que antes un vestido lo vendían entre 12,500 y 13,500 pesos, hoy en día los ofertan en 8,500; asegura la comerciante de 57 años de edad.

En la misma calle, Kenia Vallejo encontró trabajo en un taller ubicado dentro de una vecindad, después de que fue despedida de su empleo como costurera. La joven de 23 años, cuenta que la empresa donde laboraba realizó un recorte de personal debido al incremento de las rentas de los locales comerciales, que se han encarecido ante la creciente disposición de algunos extranjeros a pagar precios más altos por arrendarlos.

Tiempo después llegó por recomendación a trabajar al taller de Roberto Madrid. El hombre, de 56 años, renta un pequeño local y ha logrado mantener su negocio a flote durante más de dos décadas, pese a las dificultades económicas que han afectado a la zona. 

Roberto recuerda que durante la pandemia las ventas cayeron drásticamente y tuvo problemas para cubrir la renta. Sin embargo, logró llegar a un acuerdo con el propietario del inmueble, quien le dió tiempo para ponerse al corriente con los pagos y evitar el cierre definitivo de su taller.

Además de las dificultades que enfrentan quienes trabajan en esta industria, existen otros factores que amenazan su estabilidad y crecimiento.

Uno de ellos es la disminución en el número de matrimonios civiles registrados en México. De acuerdo con la Estadística de matrimonios (EMAT) del INEGI publicada en septiembre de 2025, el número de matrimonios se redujo 12.8 por ciento. Mientras que en 2015 se registraron 558,022, para 2024 la cifra pasó a 486,645. 

Una calle en evolución

La zona que hoy se conoce como Calle de las Novias, tiene un pasado marcado por el comercio y los cambios sociales de la Ciudad de México.

Desde el siglo XVI, las calles República de Honduras y República de Chile han formado parte de una zona que siempre ha sido muy comercial y sus nombres han obedecido a lo que acontece en estas, cuenta María Dolores Lorenzo Río, investigadora en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, especializada en historia moderna y contemporánea. 

República de Chile, por ejemplo, se llamaba Calle del Esclavo, debido a que ahí se vendían personas. “Era el espacio donde se hacía esa transacción y bueno, donde también se hacían los juicios de la inquisición, donde llegaban mercancías desde el lago de Texcoco, desde la zona de la Viga. Entonces, pues era una zona muy boyante”, explica. 

La vecina República de Honduras llevó como nombre Calle de la Amargura entre 1869 y 1928, según se puede apreciar en placas antiguas situadas debajo del nombre actual de la calle. Además, según cuenta una locataria en una nota publicada hace casi dos décadas y consultada en registros hemerográficos, la calle se llamaba así, ya que antes de que existiera el alumbrado público en esa zona se cometían violaciones y crímenes.

A finales del siglo XIX, ante el crecimiento de la población mexicana, el comercio se diversificó en esa zona y empezaron a instalarse negocios farmacéuticos, comercios de cantera, de venta de cementos y gente que vendía muebles, cuenta Lorenzo Río. 

El vestido como prenda de vestir comenzó a tener auge a principios del siglo XIX, cuando un grupo de inmigrantes franceses llamados “Los barcelonnettes” llegaron a México buscando suerte tras el cierre de sederías y talleres de hilado en su país, debido a la maquinización y producción en serie de estos productos. Años después, tuvieron éxito en territorio mexicano y lograron consolidarse como productores y comercializadores importantes de telas finas, cimentando su fama en tiendas como El Palacio de Hierro y el Centro Mercantil, entre otras, relata la historiadora.

Hoy en día las ceremonias de bodas y quince años forman parte de tradiciones ampliamente arraigadas. Lorenzo Río cuenta que desde mediados del siglo XX, la fiesta de quince años evolucionó para consolidarse como una práctica en la cultura latinoamericana y sobre todo católica que marca la transición entre la niñez y la adolescencia.  

Sobre las bodas menciona que hay registros de su existencia desde la época mesoamericana y, posteriormente, durante la Colonia. En estos periodos, ya se realizaban celebraciones que incluían un ajuar y una preparación especial para la novia.

El concepto de adquirir un vestido nuevo para usar una sola ocasión es propio de una sociedad moderna, ya que anteriormente los vestidos eran piezas valiosas que se guardaban y reutilizaban de generación en generación, afirma la investigadora. “Irse a comprar un vestido de novia así a una calle en específico no es una práctica ni siquiera del siglo XIX, los vestidos de novia (en ese entonces) se guardan y se van poniendo y se van rehusando de la abuela a la hija, de la hija a la nieta”.

Para Lorenzo Río, estas celebraciones continuarán transformándose en el futuro debido a los cambios en las dinámicas sociales y comerciales que influyen en la manera en que se viven y representan estas tradiciones.

La calle que tomó fama televisiva 

En el año 2000, la calle República de Honduras tomó notoriedad debido a que TV Azteca estrenó una telenovela muy popular, cuyas escenas fueron grabadas en esa zona del Centro Histórico, recuerda José Luis Santiago Cuetos, presidente de la Asociación Civil de la Calle de las Novias y Ceremonias.

La producción, protagonizada por los actores Silvia Navarro y Juan Manuel Bernal, llevó por nombre La Calle de las Novias, en alusión al corredor comercial especializado en vestidos y artículos para ceremonias.

Para Santiago Cueto, la telenovela contribuyó a dar visibilidad a la zona. Aunque no recuerda si las ventas aumentaron de manera significativa tras su estreno, considera que la exposición mediática benefició de alguna forma a los comerciantes del lugar.

El comerciante mantiene un vínculo con la Calle de las Novias desde hace décadas. Su familia fue pionera en el mundo de los vestidos hace más de 70 años. Cuenta que su papá y su tío abuelo paterno iniciaron en el negocio con una fábrica de abrigos y uniformes para Mexicana de Aviación, hasta que un incendio consumió su lugar de trabajo y tuvieron que mudarse a la calle República de Chile, donde dieron un giro a su negocio y comenzaron a vender vestidos y abrigos para mujer.

Además su madre, con su tío abuelo, vendía diseños de vestidos a la medida en la Casa Collado, ya que en esa época no existía la fabricación de prendas en serie.

Sus padres se conocieron en esa misma calle y juntos, en los años 70, comenzaron a vender vestidos de primera comunión.

José narra cómo el negocio de vestidos de la zona se expandió con la renta y compra de locales por parte de comerciantes para iniciar su negocio o extenderlo por la calle República de Honduras, República de Chile y República de Perú, aunque ésta última ya no comercia vestidos.

El presidente de la asociación, recuerda que antes a la zona se le conocía como Mercado de la Lagunilla, hasta que en 2015 comenzaron a usar el nombre Calle de las Novias. Posteriormente en 2021 él y otros comerciantes se unieron y crearon una asociación civil para fortalecer la actividad comercial que se desarrolla en estas calles. 

Gratitud y amor por su empleo

Pese a las adversidades, el gremio de estas calles ha encontrado estrategias para salir adelante.

Para Minerva García su soporte ha sido innovar junto con su equipo en los productos que vende, desde diseñar y confeccionar los vestidos con insumos de calidad hasta promocionarlos en desfiles que se organizan en el Centro Histórico. También, asegura, es importante ofrecer un buen servicio al cliente.

La comerciante destaca el amor que siente por este empleo y con seguridad afirma: “Estoy contenta con todo lo que ha pasado, todo lo que lleva, toda la experiencia y toda la vida; me siento bien”. 

José Luis relata que desde la pandemia sus ventas bajaron y ha tenido que ser su propio administrador, gerente y encargado para economizar.

Además, menciona que desde 2015 gracias a la colaboración entre locatarios y el gobierno de la CDMX han logrado implementar un sistema de vigilancia para disminuir la delincuencia que hostiga a los comerciantes de las calles República de Honduras y Chile, Comonfort y Tacuba.

El trabajo que brinda esta industria a cada vendedor, diseñador y costurero, ha aportado a sus vidas sustento económico y momentos que los llenan de alegría. Ángeles Carreño, madre de cuatro hijos, cuenta acerca de la flexibilidad que su empleo le daba: “Podía trabajar y podía cuidar a mis hijos.”  

Roberto Madrid cuenta que dejó la costura por cinco años para trabajar en un almacén y posteriormente regresó a las telas porque se dió cuenta del amor que sentía por este oficio: “Me encanta este trabajo. Me enamoré de la costura, de mi máquina de coser”. 

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