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El día que amaneció dos veces
Consumo de Internet durante la pandemia Covid-19

Cortesía: Eugenio Tisselli

Internet y pandemia: la precaria vida digital

Lydiette Carrión, reportera, Fernanda Vega Osnaya y Ermilo Mendoza, becarios / Corriente Alterna el 29 de julio, 2020

Gracias al internet hemos podido simular una normalidad durante la pandemia: trabajamos, asistimos a conciertos, tomamos clases a distancia. En entrevista, el artista y experto digital Eugenio Tisselli reflexiona sobre los riesgos y las desigualdades del internet de hoy: la captura de nuestros datos y metadatos, el empobrecimiento de la imaginación y el impacto social y ambiental de quienes sostienen la vida virtual. Corriente Alterna presenta dos testimonios de cómo se vive esta digitalidad en generaciones tan disímbolas, la directora de un preescolar, de más de 50 años de edad, y un joven programador de internet.

En un confinamiento que parece no tener fin, las vidas de las clases medias y de aquellos que pueden quedarse  en casa, se ha convertido en un teatro de sombras virtual. Estudiamos en red, compramos en línea, hablamos mediante pantallas, pasamos más horas viendo series por streaming. Antes del covid-19 esto ya era una tendencia, pero la pandemia aceleró el proceso.

Todavía es pronto para saber detalladamente cuánto aumentó el tráfico de datos. Pero varios reportes coinciden en un aumento de al menos 40% a nivel mundial.

Sandvine es una empresa de análisis de actividad en internet. En su informe especial por confinamiento registró que el tráfico creció un 40% en dos meses y medio. En México las cifras son similares. La empresa proveedora de internet y telefonía Izzy, por ejemplo, informó al Heraldo de México, que registró un aumento de 40% de tráfico de datos para abril.

Otras compañías han narrado cosas similares: un vuelco a la “vida en línea”. ¿Pero qué peligros implica “vivir en la matrix”? Corriente Alterna entrevistó a Eugenio Tisselli.

Eugenio Tisselli: Las redes matan la imaginación

Eugenio Tisselli es ingeniero en sistemas computacionales y artista. Tiene un doctorado por la Universidad de Plymouth, Inglaterra. Se ha dedicado desde el inicio del milenio a llevar tecnología y conectividad a comunidades marginadas en el mundo. Por ejemplo, en 2004, junto a otro videoartista, Antoni Abad, impulsaron Megáfono. Se pusieron en contacto con taxistas de la ciudad de México; les dieron celulares con cámara para que se organizaran y narraran su realidad. El objetivo: subirlo a la red, y visibilizar así una comunidad por lo general silenciada. Este proyecto se replicó por varios años, y con diversas comunidades: personas con discapacidad en Barcelona; refugiadas saharauíes, inmigrantes en Nueva York. Años después hizo el proyecto ”Sauti ya wakulima” o “la voz de los campesinos”, en el que campesinos de Tanzania utilizaron los teléfonos celulares para poder intercambiar sus experiencias sobre la siembra, la lluvia, el cambio climático. Actualmente dirige el proyecto ojoVoz: una caja de herramientas de código abierto para la creación de memorias comunitarias; es decir, conoce bien los entretelones de la vida virtual, le ha dedicado su vida a la vida virtual y a pensar cómo acercar al conocimiento a comunidades usualmente invisibles. Él ha resumido en otras ocasiones que inició la década pasada cargado de esperanza y utopía por el papel que las redes tendrían en un mundo mejor; terminó 2019 con desencanto y distopía.   


–¿De dónde proviene tu desencanto?

–De mi propia experiencia, pero también de cómo internet se ha transformado. Hubo muchos cambios en la década anterior: pasó de ser una plataforma con mucho potencial para apoyar el activismo a una herramienta sólo para oprimir. 

Para Tisselli, la comunicación digital actualmente tienen tres aspectos muy problemáticos: la vigilancia y el robo de datos, la exacerbación de la desigualdad y lo que podríamos llamar la destrucción de la imaginación. 

Vigilancia

Tisselli comienza: el primer aspecto es quizá el más conocido y tiene que ver con la información que dejamos como rastro en internet. Muchas de los plataformas que usamos cada día, por ejemplo el sistema operativo Android, Windows mismo, el sistema operativo de Macintosh, funcionan con muchísimos elementos que capturan nuestros datos y metadatos y los envían a destinos que no siempre conocemos. 

Datos y metadatos

Los datos de los que habla Tisselli son rasgos muy directos de nuestra identidad: nombre, dirección, número de teléfono, correo electrónico. Los metadatos son rasgos secundarios expresados por nuestra actividad en línea; por ejemplo, la ubicación geográfica, la antena de teléfono más próxima que sirve para geolocalizar un aparato. Desde los metadatos las aplicaciones de rastreo de casos covid funcionan en muchos países. Y los mismos que utiliza Google para sus informes, y que ha utilizado, por ejemplo, la Secretaría de Salud (Ssa) en México para medir que la gente se esté quedando en casa.

“Uno puede pensar que los metadatos son anónimos: si no tiene tu nombre, pues la ubicación de un individuo en teoría debería ser anónima. Sin embargo, hay bastantes estudios de las personas que estudian teoría de redes, que han logrado reconstruir la identidad de personas individuales a partir de metadatos supuestamente anónimos”. 

El pasado 20 de junio, Amnistía Internacional publicó una investigación sobre las aplicaciones de rastreo para covid. Analizó 11 de ellas, provenientes de diferentes partes del mundo, y todas fueron calificadas entre un rango de mala y peor en cuanto a violación de privacidad y derechos humanos. En su boletín advirtió: Kuwait, Noruega y Baréin fueron tres de los países con las aplicaciones de rastreo más intrusivas.  

“Por eso hay tanta preocupación por la privacidad de estas aplicaciones; porque aunque te aseguren que tu identidad va a ser respetada, si estos datos caen en las manos equivocadas, es posible reconstruir la identidad de personas específicas.”

–¿Cuál es la utilidad de obtener esa información?

–Prácticamente cualquiera de las aplicaciones que usamos pueden saber qué estás comprando en el súper, cuánto gastas al mes, dónde vives. Lo más común de este tipo de extracción de metadatos es comercial, para vendernos cosas. Pero lo que suele ser más complejo es que a partir de las cosas compras en el súper y por qué lado de la ciudad te mueves, pueda un banco, por ejemplo, determinar si te dan un crédito o no. 

En otras palabras: si una personas se mueve por los barrios más precarios, si sólo compra en el super lo mínimo, si sus datos son “minados” sería menos probable que un banco le otorgara un crédito. 

Nuestra vida virtual tiene una base material

En estos meses, en redes ha existido la idea romántica de que mientras estamos encerrados la naturaleza se recupera. Desde notas de prensa que narran bioluminiscencia en el mar de Acapulco por primera vez en décadas, o la presencia de animales salvajes en calles desiertas. 

¿Pero realmente nuestro impacto en los ecosistemas se detuvo?

Ecológicamente, Tisselli explica, hay una “cadena brutal de problemas”, casi siempre invisibles o lejos de nuestra conciencia cuando hacemos una videollamada, cuando compramos una computadora nueva, cuando hacemos clases en línea. Y empieza con el propio dispositivo.

Todo comienza con la extracción de minerales: oro, litio, plata, el bórax, antimonio, berilio… para fabricar nuestros dispositivos. “La minería ocurre muchas veces en condiciones de guerra, explotación o de ecocidio”, basta mencionar los casos de minería a cielo abierto por América Latina, las guerras en el Congo. Y no termina ahí. 

“Después está la manera en la que se fabrican, con esos minerales, los componentes electrónicos, que normalmente los centros de fabricación se construyen en el sureste asiático, y ahí hay muchas historias de explotación, de suicidios masivos, muchas cosas bien brutales”. 

Un ejemplo: del precio de un teléfono móvil, sólo el uno por ciento corresponde al salario de la persona que lo ensambló, de acuerdo con la organización Tecnología Libre de Conflicto.

Clases en línea, compras, ¿actividad “limpia”?

No termina en la minería y el ensamblaje. “Las emisiones de dióxido de carbono (Co2) asociados al uso de estas plataformas. No sólo al cargarlas en casa, sino el Co2 emitido por las plataformas de internet. Sobre todo las plataformas de video y todas aquellas que requieren un tráfico muy intenso de datos”. Aunque, admite “hay cierta controversia: estudios aseguran que no es tan grande el impacto ambiental; pero hay otros estudios que dicen que sí.” 

En particular el video en streaming, que ha sido usado intensivamente en el confinamiento. Éste “ha transformado internet y lo ha convertido en algo que no era; y ha aumentado exponencialmente las capacidades de los servidores, por lo tanto la cantidad de energía que se necesita para enfriarlos y tenerlos en funcionamiento es brutal”, resume Tisselli. 

Vidas basurificadas: nueva división de clases


“Desde mi punto de vista hay dos denominadores comunes que son las vidas baratas, empobrecidas. Por un lado son las vidas humanas que sostienen la llamada economía digital: los trabajadores mineros, los obreros de las fábricas que ensamblan, hasta los repartidores de las aplicaciones. Son miles, quizá millones de cuerpos precarizados que sostienen la economía digital. Y por el otro lado el ecocidio, el entorno electrónico, el consumo hasta el desecho. 

“Son vidas humanas y no humanas, empobrecidas. Y desde mi punto de vista esto genera una nueva división de clases a nivel planetario: quienes estamos beneficiándonos desde  este entorno, y quienes pagan el precio para que tengamos estos dispositivos y este nivel de conexión.” 

Para finales de 2019, la ITU, la agencia especializada de Naciones Unidas para las tecnologías de la Información y la Comunicación, estimaba que el 53.6% de la población tenía acceso a internet: unos  4.1 mil millones de personas. 

Es decir, casi la mitad de la población mundial queda fuera de la web. Y además, de los que sí tienen acceso, no hay un nivel homogéneo. Mientras en Europa el 86.5% de los hogares tenían acceso a internet en 2019, en África era sólo el 17.8%. Y las cifras bajan más si se trata de contar con una computadora en casa.


El programador continúa: “Hay muchas divisiones raciales, de género, de clase, y una nueva: entre los conectados y los no conectados. Y en la punta de la pirámide de esta nueva división están todas estas compañías multimillonarias que están haciendo su agosto con la pandemia. 

“Están obteniendo más beneficios que nunca, porque si antes involucrábamos las tecnologías digitales en nuestro trabajo, ahora son totalmente indispensables. Y esto crea mayor desigualdad, y nuevos niveles de desigualdad que, muchos ya habíamos advertido, y que con la pandemia se precipitó y  lo que se veía en el horizonte ahora es una realidad brutal.” 

La pérdida de la imaginación

¿Qué hay del tercer problema? Algo que Tisselli llama “numerización de la comunicación humana”. Algo como lo narrado en la serie de televisión inglesa Black Mirror: “Competir por tener una mayor popularidad, competir por más números de contactos. Es una de las consecuencias más abstractas; pero para mí es también central.”  

Y empieza por cosas sencillas y estudiadas: desinformatecnia. “La famosa desinformación, que no es propia de la pandemia, pero que ahora, al estar todo el tiempo metidos en la pantalla, estamos más expuestos.”

Y más profundo: La forma en la que están diseñadas las redes propician una forma de cinismo generalizado “donde no estamos imaginando nada, sino simplemente estamos riéndonos, apoyando o rechazando esto o aquello. Pero no estamos poniendo la imaginación en acción. Y entonces hay un imaginario colectivo empobrecido.” 

–¿Esto a qué se debe?

–Yo creo que las redes sociales hegemónicas son pobres por diseño [Twitter, Facebook, Tik tok, Instagram]. Están diseñadas para ser pobres. Están ideadas para el like. Twitter está limitado por una cantidad de caracteres. Los valores implícitos que siempre hay en un diseño de software. Estos son valores que predeterminan el uso, las posibilidades.

Y esto, de acuerdo con Tisselli ha empobrecido la imaginación y las posibilidades de la propia internet. “Hoy, fuera de Facebook, Twitter e Instagram, no se imagina nada. Le pregunto a gente: ¿qué es internet? [Responden:] ‘ah, pues es Facebook’. Y Facebook ha capturado esa imaginación y se la ha apropiado”. 

“Ahora, internet como entorno… evidentemente puede ser de otra manera. Personalmente es lo que he intentado. Sí creo que internet puede ser diferente. Pero mi hipótesis es que crear una red social global no es la mejor opción. Sino crear muchas redes pequeñas que respondan a los usos de las comunidades y luego ver la forma de interconectarlas.” 

I. Desayuno


Mérida

Silvia Azcorra dirige un preescolar desde hace 10 años. A las 8 de la mañana inicia su jornada laboral: prende la televisión. Se compró una pantalla de 39 pulgadas para sintonizar “Aprende en Casa” en el Canal Once Niños. Hace anotaciones para darle instrucciones a las maestras de la escuela federal “Estado de Yucatán”. La comunidad de su jardín de niños es muy pobre. Son pocos los pequeños que tienen internet en casa, “uno que otro, pero la mayoría no”. Otros ni siquiera televisión. 

A las 9 termina la transmisión. Silvia espera a que su hija de 31 años, quien también es directora de un preescolar, le envíe un resumen de la transmisión. Se la envía junto con los videos de apoyo en YouTube. A las 10 am, con ayuda de su hija, inicia una videoconferencia en la plataforma Telmex con sus maestras, y asignarles las tareas del día.

Ciudad de México

Ocho de la mañana, en la colonia Pensil de la Ciudad de México. Yahir Trejo, de 22 años, tiene otra videoconferencia a través de Google Hangouts. Trabajar desde casa es la única forma de trabajo que conoce, y desde los 19 es programador para una agencia digital. A las 11, cuando las videoconferencias terminan, se ducha, se pone una playera negra y un pants gris. 

II. Mediodía


A las dos, en Mérida, Silvia está a punto de comer con sus dos hijos y su esposo. Aprendió a hacer puerco entomatado gracias a un tutorial de Youtube. Antes apenas sabía enviar un correo electrónico. Con la pandemia ha debido aprender a marchas forzadas. 

Las estadísticas de la UTI advierten que, de 80 países, en 40 la mitad de la población tiene habilidades básicas de cómputo: copiar o mover un archivo o carpeta, enviar correos electrónicos con archivos adjuntos y transferir archivos entre una computadora y otros dispositivos.

En la Ciudad de México, Yahir se levanta del escritorio pica verdura, cuece carne y pone todo en una olla con frijoles. La página que debe entregar no está lista, pero se apuró lo suficiente, así que da por terminada su jornada de trabajo. Son las cuatro de la tarde.

A esa misma hora, en Mérida, Silvia pone una película en Netflix, Notas secretas, que ve con su hija mayor. 

El fin de la jornada

Yahir pasará el resto de su día frente a pantallas: ve la serie Mr. Robot. El protagonista es programador como él. Tampoco es fanático de socializar en el exterior, así que enfrenta la vida desde la computadora. Cuando se aburre cambia a su celular, checa redes sociales y ve videos hasta quedarse dormido. 

En Mérida Silvia pasa los últimos momentos de su día viendo series o arreglando la casa, antes de cenar a las 11 de la noche más tarde de lo normal; antes de la pandemia, solía acostarse temprano. 

La joven generación de Yahir creció con el trabajo en casa. Silvia ha debido aprender rápido y adaptar un oficio milenario, la docencia, al distanciamiento y la pantalla. La única certeza de ambos es que, tras la pandemia de coronavirus, la vida, la educación, y el trabajo, no volverán a ser como antes.