CU
El día que amaneció dos veces

En el jardín conocido como “Las Islas” de Ciudad Universitaria, la mañana del sábado 14 de octubre personas se dieron cita para admirar el eclipse solar (Foto: Eunice Adorno)

Cuando los astros se alinean: postales del eclipse solar en “Las Islas”

Yarazai Simbrón / Corriente Alterna el 19 de octubre, 2023

Eclipse solar en “Las Islas”: Alrededor de 60 mil personas asistieron al Picnic bajo la sombra, en Ciudad Universitaria organizado por CulturaUNAM. El eclipse solar reunió a jóvenes, madres, padres, niños, niñas, adultos mayores y hasta perritos, quienes disfrutaron una mañana familiar llena de ciencia y cultura.

En el jardín conocido como “Las Islas” de Ciudad Universitaria, la mañana del sábado 14 de octubre, se despliegan mantas, sombrillas y tiendas de campaña. Mientras algunos instalan sus telescopios, otros terminan de transformar cajas de cereal, galletas o paquetería en instrumento para mirar el eclipse anular de sol. Jóvenes, madres, padres, niños, niñas, adultos mayores y hasta perritos acuden al Picnic bajo la sombra para atestiguar cómo el sol será “mordido” por la luna.

A las 9:36, algunos asistentes comienzan a mirar el cielo con sus instrumentos profesionales o caseros. Mientras tanto, otros aún esperan, formados en las largas filas, para obtener un par de lentes especiales, obsequio del Instituto de Astronomía. Aunque el armazón es de cartón, los filtros cuentan con la certificación ISO 12312-2, lo que permite observar el sol de forma segura.

Mientras un fenómeno natural sucede en el cielo, abajo tiene lugar un fenómeno social poco común. En un mismo espacio conviven la astrofísica Julieta Fierro hablando de las estrellas; un grupo de mujeres jóvenes haciendo un ritual con cristales y hierbas; danzantes que saludan y agradecen al dios prehispánico Ometéotl; universitarios que faltaron a clases por pasar un rato entre amigos; perritos robando la comida de los vecinos y bebés ávidos de llevarse pasto a la boca.

Mirar el cielo en familia

María Vergara se coloca los lentes de cartón. Se acomoda el sombrero azul marino, el mismo color de su suéter y silla de ruedas. Sus brazos tiemblan un poco al sostener los lentes y mirar hacia arriba. En los altavoces repiten por enésima vez que no se debe observar el sol más de 20 segundos, así que las delgadas manos de María vuelven a descansar en su regazo rápidamente.

María nació en Texcoco, estado de México, el 12 de febrero de 1922. Con una lucidez admirable cuenta que, cuando era pequeña, su papá le decía que los eclipses traían algo: enfermedad, guerra… pero, también, podría ser algo bueno.

―Si fuéramos más curiosos y miráramos más al cielo encontraríamos más cosas extraordinarias. No sé si usted tenga fe, pero ahora que vuelvo a ver un eclipse creo que sí es una señal de que algo va a pasar.

Aunque este no es el primer eclipse que observa la señora María, sí es el primero en el que se reúne con algunos de sus hijos, nietos y bisnietos. Alejandra, su hija, relata que cuando ocurrió el eclipse total de sol del 11 de julio de 1991 fue a verlo al Zócalo capitalino con sus hijos y su esposo, pero como su madre trabajaba no pudo acompañarlos. La señora María recuerda muy bien aquel eclipse y dice sentirse más feliz esta vez porque pudo disfrutarlo con su familia.

―Jamás pensé llegar a los 101 años, mis hijos me cuidan mucho y tengo mucha fe. A lo mejor por eso he tenido la oportunidad de vivir tanto y compartir momentos de felicidad como éste con mis hijos, mis nietos y bisnietos ―cuenta con entusiasmo.

Alejandra explica que su familia es longeva y, por ello, es muy gratificante que observar eclipses se convierta en tradición familiar que pase de generación en generación.

A unos cuantos pasos de María están Berenice Rodríguez y Silvia Torres. Ellas son primas y, desde hace varios años, se hicieron aficionadas a la observación de fenómenos astronómicos. Cuando se enteraron del picnic les pareció buena idea acudir con su propio telescopio.

―Compré el telescopio hace unos diez años. Aprendí a usarlo leyendo las instrucciones, de forma muy empírica. Para utilizarlo este día tuvimos que comprarle un filtro y así compartirlo de forma segura con la comunidad que quiera acercarse a mirar el eclipse por el telescopio ―cuenta Berenice.

Silvia y Berenice se distinguen por ser las únicas mujeres, a varios metros a la redonda, con su propio telescopio. Silvia es artista, pero siempre ha tenido interés por la ciencia gracias a que sus papás la acercaron a estos temas desde pequeña. Fue la convivencia cercana con su prima lo que hizo que Berenice se sumergiera en ese mundo.

―Para motivar a las niñas a interesarse por la ciencia hay que predicar con el ejemplo. En mi casa nunca me acercaron a nada de esto; pero gracias a que estuve muy cerca de Silvia y su familia hoy soy aficionada a la astrofotografía ―explica Berenice mientras una fila de personas espera para mirar el eclipse por su telescopio.

Suerte de estudiante

Desde el Espejo de Agua frente a la Torre de Rectoría observo a los asistentes del Picnic bajo la sombra. Las filas para conseguir lentes, mirar por un telescopio o comprar una orden de tacos de canasta, serpentean entre quienes descansan al ras del suelo. Las cajas oscuras pasan de mano en mano, al igual que el bloqueador solar y las botellas con agua. Yo no traje ninguna de esas tres cosas.

Cerca de mí, un niño de cabello largo viste un singular traje de astronauta color naranja brillante. Pasan de las 11:00; el eclipse está en su punto máximo y yo debo volver a mi clase en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Aunque podría evadir a la multitud saliendo por Filos, prefiero atravesar “Las Islas” de cabo a rabo. Se ve muy chido. Hay que comprarnos un telescopio. ¡Bruno, sentado! Ya tengo hambre. Hubiéramos traído una bocina. ¿Dónde estarán los baños? Entre la diversidad de voces reconozco una que me es familiar.

Giro levemente la cabeza y descubro un rostro que hace años no veía. Cruzamos miradas, sonreímos a medias, más por sorpresa que por gusto.  La fractura de nuestra amistad es parte de la hecatombe que me hizo dejar la Facultad de Ingeniería, estudiar Letras y, ahora, comunicación. No hay necesidad de abrir viejas heridas, así que cada quien sigue su camino. No atribuyo este breve encuentro a la alineación de los astros; sin embargo, me resulta extraño que en medio de 60 mil personas hayamos coincidido. 

Llego al escenario y, detrás de él, un periodista entrevista a Julieta Fierro. Dudo entre esperar e intentar conversar con una rockstar de la divulgación científica o ir a cumplir mis deberes de estudiante. 

Termina la entrevista y la astrónoma es abordada por otro reportero. Es demasiado tarde y, así como el eclipse de sol no contamina la comida ni      te hace bajar de peso, tampoco detiene el tiempo ni justifica inasistencias escolares. Quizá el 8 de abril de 2024, fecha del próximo eclipse solar, la suerte esté de mi lado.

Te puede Interesar