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Claudia Uruchurtu, en su infancia, en los años 70, en la Ciudad de México. Foto: Cortesía de la familia Uruchurtu.

Claudia Uruchurtu y la loca rebeldía

María Rocha, estudiante / Corriente Alterna el 3 de marzo, 2024

“En la estructura de la familia, si quitas un pilar, se cae todo. De pronto dices: ‘¿Ahora cómo vamos a arreglar todo y reconstruir?’”. Esta voz que se lee es de Sara, una de las hermanas de Claudia Uruchurtu, la activista oaxaqueña desaparecida en marzo de 2021 a manos (presuntamente) de autoridades municipales de Asunción Nochixtlán, Oaxaca, emanadas del partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena).

Las hermanas Uruchurtu son cuatro: Elizabeth, Claudia, Sara y Aidé. Se llevan un año de diferencia. Cada una es un pilar que sostiene la vida de las demás y, entre todas, sostienen el peso de ser una familia, ser hermanas, ser y estar juntas. Si una cae, si una es quitada, arrebatada, desaparecida, cae todo. Caen todas.

Sara es firme, su voz también. Y, en compañía de Elizabeth, enuncia su dolor sin que la voz se le quiebre. Cuentan la vida de la segunda hermana Uruchurtu. Cuentan la historia de Claudia.

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El día en el que Claudia Uruchurtu desapareció era viernes. Viernes 26 de marzo de 2021.

Por la mañana había estado en la Ciudad de México, pero sus vecinos de Asunción Nochixtlán le avisaron por Whatsapp que se acababan de llevar preso a uno de ellos, dueño de la ferretería local, por intentar cobrar un adeudo a las autoridades municipales encabezadas en ese momento por Lizbeth Victoria Huerta.

Claudia tenía cuatro años denunciando la corrupción en el gobierno municipal, así que volvió a Oaxaca y, a las 22:00 horas, acudió a la concentración organizada por la gente del pueblo, frente al ayuntamiento, para exigir la liberación del comerciante detenido.

Junto a algunos amigos, Claudia acompañó la protesta hasta que comenzaron a darse confrontaciones físicas entre policías y manifestantes. Por eso se separó del grupo.

Se alejó de la vista de las personas que la conocían.

Claudia Uruchurtu
Claudia Uruchurtu fue víctima de desaparición forzada, tras documentar y denunciar diversos actos de corrupción de las autoridades municipales de Asunción Nochixtlán, emanadas del partido Morena. Foto: Cortesía de la familia Uruchurtu.

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Claudia y sus hermanas crecieron en un hogar grande. “Una de esas casas del siglo pasado”, en la colonia Morelos, en la Ciudad de México, en el perímetro del barrio de Tepito.

Tenía un patio central y la construcción estaba alrededor. Era una casa de dos pisos. Las cuatro hermanas, junto con su mamá y su papá, habitaban el piso de arriba. Abajo, su abuela Mercedes con su hijo menor y los nietos que éste le había dado, huérfanos de madre.

Una casa siempre llena de gente. Donde las comidas se hacían en tandas: primero comían unos, luego otros, porque no cabían todos en la mesa. Con perros, borregos, guajolotes y pericos; y, dentro de todo el bullicio, la figura dominante de su abuela, la Tía Meche, como la conocían en la calle, “porque todo el mundo la conocía”: mujer grande, firme, fuerte y, sobre todo, generosa, lo que heredó al resto de las mujeres de aquella casa.

“Era la casa de todas las locas —recuerda Elizabeth—. Éramos muchas mujeres en esa casa. Esa familia fue un matriarcado… eso es innegable”. Y, ahí, en todo momento se sintieron resguardas, cuidadas y acompañadas.

De “la casa de todas las locas”, de ese mundo-hogar de mujeres fuertes, mujeres firmes y mujeres generosas, brotó Claudia.

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Claudia llegó en 2014 a Nochixtlán, a los 43 años de edad, en compañía de su hijo menor de edad, para cuidar y acompañar a su madre y a la abuela Mercedes, quien en ese entonces aún vivía.

La abuela tenía unos terrenos en el pueblo y designó a Claudia como encargada de trabajarlos. Así fue como empezó a indagar la forma en que se administraban las tierras comunales en ese municipio, y como se percató de que “había un mal uso de poder, impresionante” en materia agraria, dice Sara, ya que los mismos líderes comunales chantajeaban y sobornaban a las demás personas de la comunidad para permitirles el acceso a la tierra.

Claudia, junto con otras personas de Nochixtlán, empezó a denunciar el mal manejo de los comuneros. Reclamó su derecho a esas tierras, sembrándolas. Y cuando los líderes comuneros destruyeron su cosecha, llevó su reclamo al plano judicial.

Esa fue la primera lucha de Claudia en Nochixtlán. Pero en 2017, una de mayor urgencia se impuso en su vida. La lucha por su salud.

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Todo empezó con un dolor. Claudia llamó a Sara a Inglaterra, donde ésta radica, lo mismo que Elizabeth, para comentarle que traía un pequeño dolor y que, una vez que fuera al médico a checarse podría retomar el plan de viajar a Europa para visitarlas.

Entre dolorcito y dolorcito, así lo recuerda Sara, empezó a ir al doctor en Nochixtlán. Primero le decían que tenía que ver con el riñón; luego, que con el hígado y así la trajeron. Claudia no hablaba mucho de eso.

Sara cuenta que fue en agosto de 2017 cuando Claudia, extrañamente seria, le dijo que iría a la Ciudad de México para realizarse exámenes médicos.

Claudia siempre ha sido “súper positiva”, destaca Sara. Por lo tanto, cuando le informaron en la capital que debía ser operada de urgencia, ella se lo comunicó a su familia de una forma sencilla.

“Es un tumorcito, no pasa nada”, recuerda Sara sus palabras.

–Claudia siempre es así –complementa Elizabeth–, lo último que te va a decir es algo que te va a preocupar.

A partir de eso, Claudia empieza con “quimioterapias maratónicas, de muerte, espantosas”. Así lo definen las hermanas Uruchurtu.

El “dolorcito” se debía a un tumor cancerígeno de 14 centímetros en los ovarios, y el cuerpo de Claudia, como respuesta, construyó una cápsula a su alrededor. Un médico les contó que son muy pocos los seres humanos que pueden desarrollar esa cápsula. Lo que hizo el cuerpo de Claudia fue protegerla, cercar al tumor.

Sin embargo, Claudia jamás lo llamó por lo que era. Ella afirmaba que “lo que ella pensara iba a pasar”. Y, como pensaba que estaría bien, nunca aceptó el riesgo que representaba la enfermedad. “Esa negación era el mecanismo que la tenía protegida… y que le ayudó a salir”, dice Sara.

Claudia Uruchurtu sanó. Y, cuando estuvo bien, se fue a Inglaterra. Era 2018.

Claudia Uruchurtu, a inicios de la década del 2000. Foto: Cortesía de la familia Uruchurtu.

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Claudia era coherente entre lo que hacía, lo que decía y lo que buscaba. En eso, cuentan sus hermanas, se basaba su sentido de la justicia. Además, “era una idealista” que depositaba sus esperanzas en el proyecto de nación que prometían Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena.

Por eso, aunque apenas tenía un par de meses en Inglaterra, Claudia decidió volver a México en 2018, para participar en el proceso electoral en el que López Obrador contendería por la Presidencia de la República.

Era mitad de junio y el verano estaba por iniciar. Sara y Elizabeth intentaron convencerla de quedarse más tiempo con ellas, pero Claudia se negó.

“Dijo que no, porque tenía que regresar a México. Tenía que regresar para votar por Obrador… Ella, realmente, pensaba que iba a haber un cambio significativo”, recuerda Sara.

Además, la posibilidad de un cambio de régimen significaba para ella la oportunidad de que, en su Nochixtlán, las prácticas de corrupción fueran erradicadas.

“Lo que pensó Claudia fue la lógica de una persona normal –explica su hermana Elizabeth–. Es decir, si alguien llega con el discurso de terminar con la corrupción, pues vamos a hacerlo, ¿no?”

Muchas de las actividades que desarrolló Claudia Uruchurtu en Nochixtlán están basadas en el anhelo de “acabar con la corrupción”. Para Claudia, insisten sus hermanas, la propuesta de López Obrador tenía sentido y, sólo por eso, debía funcionar. “Las cosas se podían hacer bien”. Ese es su pensamiento.

Claudia siempre fue rebelde, “de niña siempre se andaba metiendo en problemas, porque quería ayudar a todo el mundo. Tenía un sentido de justicia sui generis. Era la Robin Hood del barrio: la que le quitaba a los pobres para darle a los más pobres”. Así la recuerdan sus hermanas. De ella, era dable esperar lo que fuera.

Elizabeth la define como una “rebeldía generosa”. Dicen sus hermanas que “Claudia siempre tuvo un sentido de justicia muy alto”. Ese sentido de justicia que la haría protestar las veces que no estuviera de acuerdo con “la forma en la que se trataba a los demás, o la forma en la que se repartían las cosas”.

Cuando Claudia cursaba la primaria, por ejemplo, todas las tardes llevaba a una de sus compañeras a cenar a su casa.

La llevaba, sostiene Elizabeth, porque sabía que en el hogar de esa niña no había dinero para comer. Además, en el camino, Claudia le compraba a su amiga un merengue, “con sus ahorros, dignos de una niña de primaria”.

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En diciembre de 2018 López Obrador llegó a la Presidencia de México y, a la alcaldía de Nochixtlán, su correligionaria Lizbeth Victoria Huerta, a cuya administración se acercó Claudia Uruchurtu para buscar la solución de un problema de protección civil.

Creía que la vida de algunos de los pobladores más pobres de Nochixtlán estaba en riesgo, ya que sus viviendas se ubican en una zona de barrancas que se inundaban durante cada temporada de lluvias.

Claudia decidió acercarse al Ayuntamiento de Nochixtlán para saber cómo podría solicitar que se hicieran las obras preventivas necesarias. Pero se topó con una respuesta: que no había dinero para ese tipo de necesidades. ¿A dónde, entonces, se estaba yendo ese presupuesto público?, se preguntó.

Motivada por la línea del “no se va a tolerar la corrupción”, y tras muchos rechazos de las autoridades municipales, Claudia se fijó un nuevo objetivo: transparentar los gastos de las autoridades.

Siempre positiva, siempre con la creencia de que lo que hacía podía beneficiar a la comunidad, Uruchurtu recopiló facturas, comprobantes de gastos de la municipalidad y, con el tiempo, reunió pruebas suficientes para evidenciar el mal uso de fondos en Nochixtlán.

Detectó, por ejemplo, que la administración municipal encabezada por Lizbeth Victoria Huerta usaba una empresa fantasma para desviar recursos públicos; y que la hermana de la alcaldesa cobraba salarios en distintas entidades de gobierno sin realizar ninguna de esas funciones, entre otros actos de corrupción. Todo lo denunció a través de cartas. Cartas al presidente López Obrador, al gobernador de Oaxaca, Alejandro Murat, a la entonces secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y a legisladores, tanto federales como estatales, como lo contó Corriente Alterna aquí.

Ninguno la escuchó. Pero ella no se rindió.

Al revisar las facturas, cartas y denuncias que recopiló, da la impresión de que el seguimiento minucioso sobre el mal uso del dinero público en Nochixtlán se convirtió en su trabajo. “Todos los días dedicaba un momento a escribir un mail, a darle seguimiento… lo convirtió en su labor”, dice Sara.

Claudia buscó por donde pudo. Organizó recolecciones de firmas y convocó a las personas de Nochixtlán a protestar contra la malversación de fondos públicos que, pese al cambio de partido en el gobierno, persistía.

Lo que ella buscaba era reunir a más personas para que, entre todos y todas, pudieran denunciar lo que ocurría en Nochixtlán. Juntos. Sin embargo, en no pocas ocasiones tuvo que lidiar con la frustración que genera una comunidad desmovilizada.

–Era la actitud clásica de “qué vas a ganar con esto”. Ahora (luego de que Claudia fue víctima de desaparición forzada), la actitud es peor: “Para qué, ve lo que le pasa a la gente que denuncia” –explica Elizabeth.

De pronto, dice Sara, los grupos de poder se empezaron a preguntar “quién es esta mujer que viene a cambiar todo el esquema que ya tenemos bien establecido. Hay gente que la ve como la vieja histérica, loca, la que viene a cambiar el esquema con el que siempre se había trabajado. La ven como una peleonera”.

Pero no sólo eso. Para los grupos en el poder en Nochixtlán, Claudia Uruchurtu y todas sus denuncias de corrupción eran peligrosas, porque buscaban permanecer en el poder otros tres años, mediante la reelección de Lizbeth Victoria Huerta como presidenta municipal para el periodo 2021-2024.

Demasiado peligrosa.

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Esa noche, el 26 de marzo de 2021, tras permanecer un rato en la protesta frente al palacio municipal de Nochixtlán, Claudia Uruchurtu caminó por una calle oscura, sin luz.

Mientras andaba, también hablaba por teléfono.

Gracias a las cámaras de seguridad de algunos negocios, se sabe que un hombre, identificado con el apodo de El Centinela, caminaba detrás de ella. Se trataba de un empleado de la alcaldesa Lizbeth Victoria Huerta. Estas mismas cámaras registraron cómo, en coordinación con este hombre, una camioneta roja se aproximaba a Claudia.

Los tripulantes de este vehículo también eran colaboradores cercanos de la alcaldesa. Ellos, junto con el hombre que caminaba detrás, privaron de la libertad a Claudia.

La siguiente escena captada por cámaras de seguridad es frente al hospital municipal, en la salida del pueblo. La camioneta roja que la acababa de secuestrar pasa rebasando los límites de velocidad y una patrulla –la número 1–, que se encontraba estacionada a un costado del camino, la sigue; pero no en persecución sino, más bien, sumándose al secuestro.

Desde entonces se ignora el destino de Claudia.

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Después de que Claudia Uruchurtu desaparece, queda la ausencia. También, la impresión de que, aun cuando avance la investigación en términos judiciales, si sus seres queridos no saben dónde está, no se ha llegado a lo que se quiere. A lo que ellas quieren.

“Para mí es complicado poner en una balanza la aplicación de la justicia y lo que nosotras queremos, que es encontrarla”, sostiene Sara. “Sin mi hermana, pueden tener veinte testimonios (de implicados); para mí no tienen valor: yo quiero a mi hermana.”

Hay un sueño. Elizabeth intenta hablarle a Claudia. Claudia habla, pero no se dirige a Elizabeth.

Elizabeth intenta hablarle, decirle que la están buscando, pero Claudia no escucha. Hay voces, en el fondo se oyen voces que dicen: “Sí, Claudia, te están buscando”. Pero Claudia no contesta porque las mismas voces no la dejan escuchar. Elizabeth les pide que se callen, que la dejen hablar con Claudia, que guarden silencio… pero se va quedando atrás, muy atrás.

De la ausencia también queda la culpa. A veces, para sus hermanas, el descanso duele. Algo más tendrían que estar haciendo para encontrarla, se repiten. La culpabilidad también llega cuando se ven desbordadas y orilladas a compartir su dolor con los amigos, con las parejas. Pero, sobre todo, de heredarlo a las hijas.

Desde que Claudia fue desaparecida, para sus hermanas hubo una ruptura. “Esta es otra vida”, dice Elizabeth, “es un antes y un después”.

–Todos los días, todo el día, todo el tiempo: volteo y veo algo y lo relaciono con Claudia. Hago algo y lo relaciono con Claudia. Y es la familia y es mi mamá. Todos los días. Voy caminando y me acuerdo. Y no saber qué va a pasar… y no se acaba.

Que aparece en otro lugar del mundo, es otro sueño que Sara sueña despierta.

Sueña que la desaparición de su hermana es otra de las “cosas locas” que hacía Claudia. Sueña que está en Tombuctú o en otra parte. Lejos, muy lejos, pero a salvo. “Ojalá ésta fuera una de sus aventuras.”

Claudia, donde estés, te seguimos buscando.

Contenido elaborado con la mentoría de Paris Martínez