La inagotable vida de Violeta Parra: cantar y resguardar el legado de la abuela
Javiera Parra y su ensamble en concierto en Casa de Lago en la Ciudad de México. Foto: Julián Peralta

Llegar a ella

Violeta Parra nunca me llegó por recomendación. Por desgracia, mi memoria ya empieza a difuminar la mayoría de mis primeras veces y no puedo precisar cuándo ni porqué caí en la música de la compositora chilena. Necesitaría de un querubín que convirtiera mis años en años adolescentes, para reconstruir las circunstancias que me llevaron a la autora de Volver a los 17 o Gracias a la vida, uno de los grandes himnos de latinoamérica, homenajeado por Mercedes Sosa, Joan Baez, Facundo Cabral o Chavela Vargas. 

De lo que sí estoy seguro es que conocí sobre la vida de Violeta Parra por un cortometraje de stop-motion, llamado Cantar con sentido. Gracias a la pedagogía de los muñecos animados y de la narración en décimas, aprendí que Violeta nació un 2 de octubre de 1917. En aquel documental se menciona que ella era oriunda de San Carlos, una comuna —es decir, la unidad administrativa más pequeña de Chile, lo que para los mexicanos sería un municipio— ubicada en el centro-sur del país. Sin embargo, existe una controversia respecto al lugar exacto de su nacimiento. Hay quienes afirman, entre ellos los miembros de la fundación Violeta Parra, que la verdadera cuna de la compositora fue San Fabián de Alico.

Por el cortometraje supe también que Violeta fue la tercera de una numerosa familia llena de brillantes hermanos, entre ellos el laureado antipoeta Nicanor Parra. Los hermanos Parra vivieron una infancia en constante movimiento por los pueblos del sur de Chile. 

Fue gracias a su papá (indirectamente) que Violeta se inició en la música. Él guardaba una guitarra en su armario, quizá para resguardarla del paso del tiempo, para mantener sus cuerdas afinadas el mayor tiempo posible o para protegerla de sus hijos. Un buen día Violeta extrajo sin permiso la guitarra de aquel armario —que era más bien un ataúd, porque un instrumento que no se toca es una de las tantas formas de la muerte— y muy pronto aprendió, por pura intuición, a tocar sus cuerdas. Ahí comenzó su vuelo; esa guitarra le ayudó a sobrevivir primero en la capital, Santiago, después le sirvió de puente para conocer el canto de las esquinas más ignoradas de Chile y luego fue su compañera cuando se volvió embajadora de la música popular chilena en el mundo. La guitarra también fue su punta de lanza a la hora de señalar las injusticias, sin el menor asomo de vacilación, a la hora de entonar canciones como Miren como sonríen, una de sus tantas críticas a la clase política y a los militares, que lamentablemente no pierde vigencia. 

Imágenes del documental Brodeuse Chilienne, en el escenario de Casa del Lago UNAM. (Foto: Julián Peralta)

Esa fue una de las grandes maestrías de Violeta: saber comunicar la denuncia y la poesía en el lenguaje universal de la música, y por eso su voz sigue atravesando generaciones. Después de su muerte (ocurrida en febrero de 1967), la furia viva de sus canciones alimentó por mucho tiempo la posibilidad de la utopía. Y cuando la utopía dejó de ser una posibilidad —o más bien, cuando  se volvió una industria— sus canciones quedaron como testimonio de la esperanza. Y algunos curiosos, como yo, descubrimos esas composiciones por azar, y otros tantos heredaron de sus padres el gusto por su música. 

Violeta, la que convoca

En otro documental, titulado Viola Chilensis (2003), hay imágenes de un concierto que preside la hija de Violeta Parra, Isabel Parra, en la plaza Sotomayor de Valparaíso, Chile. En las tomas se ve a Isabel cantando La Jardinera; en cierto momento, pide al público que siga la canción con las palmas. La cámara enfoca hacia las gradas que están a reventar. 

La escena posterior del documental muestra a un hombre que interpreta las canciones de Violeta en la entrada de un metro, probablemente en Santiago, pero que bien podría ser cualquier metro de una ciudad latinoamericana, y es que —como dice Silvio Rodriguez en ese mismo documental— “los latinoamericanos que queremos tener una identidad, que respetamos quienes somos, que estamos conscientes de la necesidad de esa identidad (…) tenemos uno de los más grandes y claros ejemplos en la obra de Violeta Parra”. 

Más de veinte años después de aquel concierto en Valparaíso, a principios de marzo de 2025, la música de Violeta Parra volvió a convocar a gente de distintas generaciones y nacionalidades en el escenario al aire libre de la Casa del Lago UNAM. En ese rincón de la Ciudad de México, chilenos, mexicanos, latinoamericanos se dieron cita para escuchar a Javiera Parra interpretar las composiciones de su abuela en un concierto que no podía tener mejor título: Violeta Infinita.

Javiera Parra y su ensamble, en el fondo se proyecta una foto de Violeta Parra. (Foto: Thelma Gómez)

Javiera Parra nació un 19 de mayo de 1968, poco más de un año después de la muerte de Violeta Parra, en Santiago de Chile. Gran parte de su infancia la vivió en México junto a sus padres, Ángel Parra y Marta Orrego. Años después, tras la separación de sus padres, regresó a Chile junto a su madre y ahí fue donde empezó su carrera musical. 

Javiera ha declarado que esta fue la etapa más intensa, pues con su banda, Javiera y los imposibles, tuvo un gran éxito durante la década de los noventas y principios de los años dos mil. En una entrevista al periódico chileno La Tercera, cuenta que esa época fue “la etapa más cerda de fama, viajes y experiencias increíbles (…). Entonces la música se hacía de otra manera. Yo era muy exitosa en el ambiente de los sellos, con ventas de hasta 200 mil discos, con videoclips que se hacían en cine y costaban millones”. En los más de 30 años de trayectoria con su grupo, Javiera grabó seis álbumes de estudio donde se exploran géneros como el synthpop y el rock alternativo, siendo el último, El árbol de la vida (2012), un tributo a su abuela, Violeta Parra.

Después de su concierto en Casa de Lago, Javiera Parra habló en entrevista con Corriente Alterna sobre su música, su conexión con México y de lo que significa llevar el apellido Parra.

—Muchos en la familia Parra se dedican a la música folklórica. ¿Por qué decidiste dar un giro y hacer música más pop? 

—Creo que era una necesidad de buscar mi propia música, de encontrar una voz mía y como yo pertenezco a otra generación, obviamente lo que me salió naturalmente fue hacer lo que se estaba haciendo en ese momento, con las influencias ochenteras, noventeras. Más que nada, la música inglesa: Talking Heads, B-52. Esas bandas me encantaban. Después, Cocteau Twins y muchas otras bandas que me marcaron. 

Era importante que yo tuviera ese sello en mi carrera, antes de ser “la nieta de Violeta Parra”. En ese momento era todo un reto tratar de dedicarse al folclore, sobre todo cuando uno es la nieta de Violeta Parra. Cualquier cosa que hagas va a estar siempre siendo comparada. Yo opté por hacer otro tipo de música. Y como que no tuve el peso ni la obligatoriedad de dedicarme al folklore. De hecho en mi familia, mi hermano [Ángel Parra Orrego] hace jazz y toca con su banda Los tres. Somos músicos muy desprejuiciados. La hija de Nicanor [Colombina Parra] es rockerisima. Cada uno elige su estilo.

Qué fuerte debe ser crecer con el peso del apellido Parra. ¿Para ti qué ha significado eso?

—He tratado que no sea un peso. Siempre he tratado de que sea una inspiración, un empuje, un power. Sentir esa sangre corriendo por mis venas siempre es muy increíble. Como que yo misma digo: “Soy la nieta de Violeta Parra”. A veces como que le tomo el peso. Y, claro, quizás eso me hubiera coartado de hacer las cosas con la libertad que las he hecho. Siempre he pensado que los Parra son una maravilla, una inspiración, una familia llena de gente genial. Genios, propiamente.

Javiera Parra comenzó su carrera musical en 1992. (Foto: Julián Peralta)

Nicanor Parra cuenta en entrevista con Leila Guerriero —Buscando a Nicanor, publicada en El País en 2011—, que la segunda y última vez que vio al escritor mexicano Juan Rulfo fue 1969, en un congreso que tuvo lugar en Viña del Mar. El autor de Pedro Páramo se le acercó y le dijo: “Amigo Parra, me parece maravilloso el poema que usted ha publicado en el periódico sobre la plaza de Tlatelolco”. Y Nicanor le respondió: “Le agradezco las felicitaciones, pero yo no soy el autor de ese poema, el autor es sobrino mío y se llama Ángel Parra”.

A pesar de que había ciertas estrellas que brillaban más que otras en esa maravillosa constelación de artistas de la familia Parra, siempre supieron reconocer sus diferencias y apoyarlas, no opacarlas. En aquel congreso de Viña del Mar, Nicanor pudo haberse adjudicado la autoría de aquel poema, pero sabía que hay un reconocimiento más grande, más alto, que no sabe de nombres propios, sino de apellidos, de estirpes prodigiosas. Nicanor Parra desde siempre supo que solo se llega más rápido, pero en grupo se llega más lejos. 

Décadas después, en el año 1992, en ese mismo lugar donde se encontraron por última vez Juan Rulfo y Nicanor Parra, Javiera haría su debut como artista musical: “Partí como a los 21 más o menos. Curiosamente partí en algo nada que ver, fui al festival de Viña [el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar] como por casualidad y gané. Así que de ahí para adelante como que dije:  ‘Ah, bueno, quizás podría dedicarme a esto’”, cuenta Javiera. Y de ahí se disparó una carrera que tendría colaboraciones con bandas chilenas como Los Prisioneros y Los Jaivas, y que se nutriría de fuentes muy diversas: “Mis influencias siempre han sido muy eclécticas: desde Chavela Vargas, Camarón de la Isla, Lolé y Manuel; también la música inglesa, por supuesto, que era lo que correspondía a mi generación. Hice como una batidora bastante freak en mi cabeza de toda esa influencia”.

Javiera Parra y su ensamble interpretan las tradicionales “cuecas chilenas”. (Foto: Julián Peralta)

El exilio en la Ciudad de México

En una entrevista a Isabel Parra, la periodista Vivian Lavín dice que la voz de Violeta es la voz de Chile, y que su voz —la voz de Isabel— es la del exilio. Javiera sería heredera de esa experiencia de exilio. Como en la Literatura de los hijos de la dictadura (Alejandro Zambra, Lina Meruane, Nona Fernández…), ella es una de las voces de esa generación de hijos del exilio. 

Además de ser algo así como un imán de rarezas, la Ciudad de México es también una bolsa sin fondo que puede albergar las más inverosímiles historias. Por ejemplo, que a mediados de los setenta, una niña crezca jugando con la más cándida e inocente falta de respeto en el patio de Frida Kahlo porque una dictadura, a 6,600 kilómetros hacia el sur, le prohibió a su papá, Ángel Parra, cantar sus canciones. Décadas después, esa misma niña interpretó en la Ciudad de México las composiciones de su abuela.

A muy temprana edad llegaste a vivir a la Ciudad de México, ¿de dónde dirías que eres?

—Sí, estuve exiliada acá desde los cinco años hasta los diez. No estuve tanto tiempo, pero fue un tiempo muy marcador. Vivía en Coyoacán, en la calle Londres 271, a dos casas de la Casa Azul. Nosotros no teníamos azotea, sólo teníamos patio. Nuestro patio era el patio de Frida Kahlo [ríe, como dándose cuenta de la imposibilidad del hecho] que en ese entonces —te estoy hablando del año 74 o 75— era un museo mucho más relajado, cualquiera entraba. No había tickets. La gente pasaba e iba por ahí y estaban todas las cosas, estaban los corsé. Una locura. 

Con mi hermano, corríamos por ahí. Cuando empezó todo el boom de Frida Kahlo, me daba risa que en ese entonces nosotros éramos tan irrespetuosos con el patrimonio de Frida. Corríamos por todas las piezas, nos metíamos en la cocina. 

Gracias a ese paso por México, nosotros tuvimos una infancia bastante alegre y bonita, colorida. México nos recibió con todo su imaginario, su caos, su locura que yo amo; me siento super a gusto. No tengo miedo, como que me siento parte de este lugar. Tuve la suerte de conocer a los tacubers [Café Tacvba]. El Emanuel del Real [miembro de Café Tacvba] es muy amigo mío, se queda en mi casa, yo vengo a la casa de él, así que creo que también esas cosas me han seguido uniendo siempre con México. 

Venir para acá son muchos recuerdos de mis padres, cuando todavía vivían juntos. Mis dos padres ya fallecieron, entonces este lugar está lleno de espíritus; me hace muy bien, me inspira un montón. Me declararía miti, miti. Miti chileniti y miti mexicana.

Un poco como Roberto Bolaño. 

—¡Claro! Roberto Bolaño fue amigo de mis padres, de mi hermana Paula. Era muy asiduo a nuestra casa. Es que en ese momento era la resistencia a la dictadura de Pinochet. Silvi [Silvio Rodríguez] y Pablo [Milanés] venían mucho. En nuestra casa estuvo [Joan Manuel] Serrat, se hacían carretes [fiestas], encuentros con Mercedes Sosa. Mucha gente muy linda. Y nosotros éramos niños. 

Javiera Parra ha realizado colaboraciones con Los Prisioneros y Los Jaivas. (Foto: Julián Peralta)
Javiera Parra ha realizado colaboraciones con Los Prisioneros y Los Jaivas. (Foto: Julián Peralta)

Vivir un siglo

“La mamá de la Violeta Parra tuvo diez hijos, y jamás supimos de médicos. Y gracias a eso morimos a los cien años. Claro que la Violeta, a cierta altura, cometió el error de ir al médico. Hay que decir que la Violeta Parra se suicidó”, cuenta Nicanor Parra en la entrevista que le hace Leila Guerriero. Quizá, como dijo el músico argentino Atahualpa Yupanqui, a Violeta “ya no le cabían los pájaros azules en la cabeza, así que un mediodía de extraña luminosidad les abrió un trágico orificio de escapada y los pájaros azules se fueron, pero le llevaron la vida”.

En el documental Viola Chilensis, Javiera Parra habla de dos preguntas que la persiguen: “¿Qué estaría haciendo ahora [si viviera] la Violeta y que estaría haciendo John Lennon? Son las dos personas que digo: ¡La perdida de obra!” 

Qué no habría hecho Violeta si hubiera sido como sus hermanos, centenaria. Probablemente habría sido la primera artista musical en ganar el Nobel de Literatura, porque claro, lo habría ganado antes que Bob Dylan; habría llorado el asesinato de John Lennon. Los hechos históricos nos indican que probablemente habría huido a Europa durante la dictadura, pero a mi me gusta pensar que, como su hijo, se habría establecido en México en busca de refugio. Habría celebrado la vuelta de la democracia a Chile y el levantamiento zapatista en Chiapas, pero habría contemplado la caída del Muro de Berlín, y habría presenciado con un claro horror el incidente de las torres y los aviones. No es seguro cuál habría sido el lugar donde la vejez la habría de encontrar, si en México, en Europa o en algún rincón de Chile, lo que sí es seguro es que, si hubiera sido como sus hermanos, la senectud la habría encontrado bordando. 

La pasión de Violeta por el bordado se dio porque en 1959 enfermó de hepatitis. Ella era tan inquieta, era tanto como un huracán, que sólo guardar reposo en su cama no era una opción y se puso a bordar las sábanas que la arropaban, sin más escuela que el lejano recuerdo de su madre cosiendo telas para venderle a las vecinas y ganar un dinero extra. 

Imagen del concierto que Javiera Parra ofreció en CDMX en marzo de 2025. (Foto: cortesía Mara Arteaga Casa del Lago UNAM)
Imagen del concierto que Javiera Parra ofreció en CDMX en marzo de 2025. (Foto: cortesía Mara Arteaga Casa del Lago UNAM)

Violeta, además de la música, se desenvolvió en muchos ámbitos de la plástica (pinturas al óleo, esculturas con papel maché), pero donde fue más prolija fue, sin duda, en el bordado, sobre todo de arpilleras.

La arpillera es un tipo de tela gruesa y rugosa, por lo general, hecha a base de yute. También se le conoce por ese nombre a la técnica de bordado en yute, iniciada en Isla Negra, Chile. La tradición de las arpilleras es ciertamente más antigua que la propia Violeta, pero también es verdad que Violeta amplificó el sentido político de estas obras. Muchas de sus arpilleras son obras en contra de la guerra o a favor de los campesinos. Años después de su muerte, las arpilleras fueron usadas como forma de expresión en contra de la violación a derechos humanos, y como un proceso de memoria y de denuncia por las desapariciones forzadas. 

En el documental de 1964, Brodeuse Chilliene, dirigido por la televisión suiza, le preguntan a Violeta Parra, mientras ella pinta: “Violeta, usted es poeta, músico, hace arpilleras, pinta. Si yo le doy a elegir uno solo de estos medios de expresión, ¿Cuál elegiría usted?” Y la cantautora responde, en un francés perfecto: “Yo elegiría quedarme con la gente”. Las arpilleras me parecen una excelente metáfora de lo que fue Violeta. 

Cuenta Javiera, en una entrevista para RTVE, Radio Televisión Española, que cuando su abuela bordaba, ella lo iba haciendo a mano alzada, que nunca bordó basándose en diseños previos, pero siempre sabía exactamente lo que quería hacer. Violeta misma fue también la punta de una aguja, que hizo incisiones muy precisas en telas ásperas, e hizo con ellas lo que quiso, pero también fue tejiendo redes, creaba vínculos cercanos con la gente. 

Javiera Parra interpreta con la fuerza debida las canciones de su abuela. (Foto: Julián Peralta)
Javiera Parra interpreta con la fuerza debida las canciones de su abuela. (Foto: Julián Peralta)

Volver a ella

—Imagino que volver y revisitar la música de Violeta Parra es muy fuerte.

—Es muy intenso. Son muchas emociones, muchas denuncias y ella exige que esas denuncias se hagan con mucha fuerza. Después de cantar sus canciones, uno queda agotado, porque no hay manera de revisitarla ni de versionarla que no sea con una profundidad que es la que ella te exige. Es como un doctorado, o sea, uno tiene que hacerlo bien o bien. No queda otra posibilidad.

Hay que dejar todo el alma como ella la dejó. Cuando uno empieza a cantar ya varias veces las palabras de la Violeta, se empiezan a hacer muchas revelaciones, revelaciones filosóficas. Y uno empieza a acceder a cierto estado. Cuando estamos ensayando de repente estamos todo el tiempo con la piel china, así como dándonos cuenta de que estamos haciendo una pequeña invocación. Entonces es bien lindo, es bien mágico. 

Leí que el álbum que grabaste de homenaje [El árbol de la vida, 2012] lo hiciste en un momento difícil de tu vida.

—Sí, es verdad, fallecieron mis dos padres y nació mi hijo. Fue un momento donde realmente me sentía perdida. Estaba con mucha pena y eso también, esos colores de la vida real, esos dolores también fueron un plus a la hora de empezar a meterme en la historia de mi abuela y a atreverme a empezar a cantar su repertorio. 

Nicanor Parra escribió un poema a su hermana Violeta [Defensa de Violeta Parra]. Él la describe así: “Eres un manantial inagotable/ de vida humana”. 

—¡Eso es! Y ese manantial acarrea todos los crisoles de la vida. Y eso está lleno de dolor, de pérdida, de lucha, de reclamo. Imagínate lo que debe haber sido nacer mujer, para la Violeta, en el campo, con muchos hermanos, con mucha pobreza, y llegar a exponer en el Museo del Louvre su arte plástico, ni siquiera era su música. [Cabe como aclaración que Violeta Parra no expuso en el Museo del Louvre, sino en el Museo de Artes Decorativas que se encuentra en el ala noroeste del Palacio de Louvre]. Es una locura si tú piensas, sin globalización. Se fue en barco, no se fue en avión, tenía tres hijos chicos. Los maridos la odiaron, le hicieron la cruz, le hicieron la vida imposible, mucha gente también porque la encontraba una piedra en el zapato. Y lo más increíble, y lo más interesante, es que su música y sus letras siguen siendo una piedra en el zapato, siguen siendo molestas, incómodas, inteligentes, ácidas, lúcidas. 

Imagínate, hemos cumplido 50 años de su muerte y está viva. En Chile, cuando fue el estallido social [la serie de manifestaciones que sucedieron en 2019], toda la gente joven salió a la calle a cantar sus canciones, como locos y con carteles de la cara de la Violeta. Se transformó en un emblema. 

—¿Qué falta conocer del legado de Violeta? 

—Hay una obra vastísima pictórica. En este momento está a cargo la Universidad Católica y la Fundación Violeta Parra, que es mi tía Isabel. Y ellos van a ser los encargados de extender toda esta obra visual, que es muy importante que lo hagan. Mientras tanto, todos en la familia seguiremos, paralelamente a nuestras carreras, siempre venerándola, invocándola y amándola.