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El día que amaneció dos veces

Como cada domingo desde el 2011, Verónica Gil borda al lado de Regina Méndez (Foto: Karen Amparo).

Las Fuentes Rojas, bordadoras de la memoria: una víctima, un pañuelo

Karen Amparo, reportera; Sergio Rodríguez-Blanco, mentoría / Corriente Alterna el 12 de enero, 2024

Colectivo de bordadoras

Entre la bulla y la nostalgia de la música, en el Jardín Centenario, cerca de la Fuente de los Coyotes, ondean mosaicos de pañuelos bordados con un espacio entre las uniones, atados entre un árbol y otro. Se mecen con el viento, a veces con fuerza, a veces despacio.

“¿Usted pondría a los muertos en el suelo?’’, preguntó retóricamente Verónica Gil al señor Ignacio de la Peña el 25 de junio de 2023, quien había pedido que dejaran los pañuelos en el suelo porque “afeaban” el espacio y porque, en la tarde, había un acto de la alcaldía Coyoacán y el espacio tenía que “verse bonito”.

Es 24 de septiembre y, como cada domingo desde el 2011, Verónica Gil borda al lado de Regina Méndez y las y los transeúntes que se acercan y colaboran en el bordado de los nombres de personas desaparecidas o asesinadas y mujeres víctimas de feminicidio.

“Hay un grupo de compitas que van a donde lleguemos a bordar; otras solo prefieren venir aquí todos los domingos, o cada 15 días o cada mes’’, dice Regina mientras borda en color verde el nombre de Hortencia García Zavala”, desaparecida el 6 de junio de 1979 en el marco de la “guerra sucia”, un conjunto de operaciones represivas del Estado mexicano contra la disidencia política y grupos guerrilleros.

A Luchita, una bordadora de Fuentes Rojas, le encargaron bordar ese pañuelo, pero pidió a Regina que lo hiciera. Ella no lo puede terminar por ser un caso cercano: Hortencia es la hermana de su amiga Reina. Hortencia se suma a las más de 112,616 personas desaparecidas y no localizadas registradas desde el primero de enero de 1962 hasta hoy, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO).

El Colectivo Fuentes Rojas busca generar una comunidad sensible al fenómeno de las desapariciones y la violencia en el país mediante el bordado. Verónica y Regina son las coordinadoras y juntas llevan a cabo la iniciativa “Bordando por la memoria: una víctima, un pañuelo”.

El colectivo Fuentes Rojas busca generar una comunidad sensible a las desapariciones (Foto: Karen Amparo).

De perros, fuentes y bordados

Regina Méndez irradia vitalidad. Con voz fuerte, pero cálida, bromea cuando habla de los intentos por quitar los pañuelos que han sufrido a manos de funcionarios de la alcaldía. Regina sonríe siempre. Sus ojos se adornan con lentes de pasta roja. Hoy, luce una blusa blanca bordada. La acompañan sus xoloitzcuintles Tonalli y Aruma, madre e hija, todos los domingos en el jardín de Coyoacán.

“Los pañuelos y los perros ya son parte de los recorridos”, relata. “Ellos son los bordadores de los asesinados…”, imita de modo mecánico e irónico el discurso de los guías de turistas. Regina es la que lleva más años en el colectivo; desde su creación en 2011, para ser exactas.

“Nos convocamos de manera electrónica, sin conocernos, para la marcha de Javier Sicilia en 2011. Dijimos ‘vamos a hacer algo’ y convocamos a pintar las fuentes”, recuerda.

¿Cómo se dio el salto de pintar fuentes a bordar? Regina cuenta cómo, al notar la corta duración del agua teñida, Fuentes Rojas decidió ir por la toma del espacio público con los tejidos, como metáfora de los procesos de construcción política.

Transitar de una actividad a otra es una característica de Regina: brinda asesorías para tesis y consultoría a organizaciones civiles de derechos humanos; ha fungido como directora de diversas asociaciones; es activista y bordadora.

Más allá del arte y el género

—¿Cómo aprendiste a bordar?
—Aquí metida —Regina ríe.

Como muchas, cuenta que parte de sus saberes vienen heredados de sus abuelas. Su abuela Dolores, oriunda de Ciudad de México, la introdujo a bordar en medio de la dureza que la distinguió, según Regina.

“Mi abuela era súper ruda, me crió durante mucho tiempo y fue la abuela de coser, lavar y guisar”.

Sin embargo, asegura, en Fuentes Rojas aprendió de manera colectiva, con hombres y mujeres, a entrar de lleno en la técnica del bordado.

“Sabemos que la mayoría de buscadoras son eso: buscadoras, mamás; pero no quisiera hacerlo excluyente, porque hay casos donde también están bien metidos los papás; no es tan fácil”, sostiene.

Para Regina, el bordado es una práctica que articula comunidades donde las personas se unen mediante hilo y aguja, fuera del pensamiento occidental que pone a las mujeres como únicas sujetas bordadoras.

Y en Fuentes Rojas las discusiones occidentales en torno al estatuto de la obra de arte son, también, un tema que les interpela, pues el colectivo ha sido invitado a bordar en diferentes recintos: en el Museo de Arte Moderno, el Museo Carrillo Gil, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo MUAC. De igual manera, envió 200 pañuelos al Museo Reina Sofía, en España.

A través del bordado, este colectivo ha logrado tensar los espacios museísticos al ingresar con sus pañuelos. Si el museo se ha establecido como una institución que legitima el arte, Fuentes Rojas le da un giro: apela a la dimensión de la memoria y la deposita en recintos que establecen las versiones oficiales de la historia. Recientemente abrieron una sala titulada “Madres buscadoras” en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, donde exhiben frases bordadas dichas por las buscadoras.

Al colectivo no le interesa debatir sobre la cualidad artística de sus pañuelos. “No van a ganar un premio como obra de arte. Pero es apelar a la memoria”, señala Regina.

Dentro del museo es importante reparar en la colocación. Resulta que hay veces en que la museografía no se adapta al modo de ensamblaje de los pañuelos. Los textiles llevan un tratamiento especializado y los pañuelos no son la excepción.

Además, hay que dejar un espacio entre pañuelo y pañuelo, como un modo de representar la ausencia: los espacios vacíos representan, para los miembros del colectivo, a las personas que faltan.

Construir, bordar y acompañar

Bordar en colectivo es construir. Compartir tiempo, hilos, agujas, escuchar las historias de las bordadoras y llevar en los pañuelos el trabajo de todas aquellas que se sientan a bordar una letra o una frase, incluso sin tener nociones de bordado.

“No es necesario saber bordar ni tomar grandes clases”, cuenta Regina.

Al mirar un pañuelo bordado del colectivo hay características particulares: el hilo verde representa a las y los desaparecidos, y apela a la esperanza de encontrarles. Con hilo rojo se borda a las víctimas de asesinato, en recuerdo a la sangre derramada. En morado van los nombres de las víctimas de feminicidio.

En las esquinas del pañuelo se colocan los nombres de todas las personas que han intervenido en su confección.

Por ejemplo, los familiares que bordan el nombre de víctimas directas requiere de una forma de acompañamiento especial que va desde la contención emocional hasta el modo en que introduces y sacas aguja e hilo. Y bordar contra la ausencia de los desaparecidos y asesinados, aun sabiendo que ningún acto restituye la pérdida, constituye la búsqueda de un espacio para la exigencia de una reparación del daño.

Bordados_Desaparecidos

“Muchas veces nos ha pasado que la misma persona que perdió a su hijo llega y te dice: ‘Ese es mi hijo’. A partir de eso me ha tocado acompañar a gente con desaparición”, relata Verónica Gil.

Verónica usa el pelo recogido en trenzas y una blusa blanca; tiene manos delgadas, alargadas, y borda con facilidad; es herencia de su abuela Guadalupe, al igual que Regina.

“Pero no es que me haya enseñado”, aclara. “Aprendí viendo a mi abuelita; ella bordaba; era del Istmo de Tehuantepec. Tú le enseñabas y le decías: ‘¿Así está bien?’”, relata.

Vero es psicóloga de formación, profesora e investigadora en la UAM Xochimilco. En 2015 se acercó a Fuentes Rojas para un trabajo de investigación sobre memoria y espacios públicos —que no ha logrado concluir— y ya no se fue.

“Una de las razones por las que no termino es porque estoy en el activismo. No es lo mismo venir tres o cuatro meses que involucrarte en el asunto del bordado”, asegura Verónica. “No solamente es recoger datos, sino trabajar e involucrarse, venir a bordar y poner los tendederos”.

De este modo respeta el trabajo de Fuentes Rojas, colabora activamente y lo coordina junto con Regina desde hace ocho años.

“Antes de ser parte del colectivo les pedí permiso para escribir. ‘Tengo mucho material, quiero escribir’, dije. He hecho un artículo, uno solamente”, aclara Verónica.

—¿Cómo te involucraste en el activismo?
—Hasta que entré a la universidad, porque yo era muy fresa —bromea Verónica y todas reímos—. En mi casa siempre se habló muchísimo de eso. Mi mamá estuvo en el 68; te van contando cosas; escuchas canciones de protesta.

Autocuidado para las bordadoras

En particular, el bordado que realizan en Fuentes Rojas posee dimensiones políticas y comunitarias de resistencia y apropiación del territorio frente a las desapariciones y la ola de violencia presente en el país.

“Con el tiempo vas identificando dimensiones del bordado; cuando las personas bordamos, hay un proceso de interiorización bien cabrón”, explica Regina.

Dice que el bordar nombres de personas desaparecidas y asesinadas requiere de ciertas condiciones emocionales para sobrellevar el dolor y el impacto que provoca en las bordadoras: “Si no, te autodestruyes”, afirma.

“Bordar es un proceso emocional muy fuerte, es devolverle la dignidad a una persona. Simplemente, el nombrarlos es una cuestión de regresar un poquito esa búsqueda de dignidad”, señala Regina, en uno de los pocos momentos donde el tono de su voz se vuelve serio.

Verónica interviene: “No solo son pañuelos, son personas”, y dimensiona la magnitud que implica bordar por la memoria.

Tan solo en lo que va del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el número de personas desaparecidas y no localizadas asciende a 59,022, según el RNPDNO hasta el 19 de octubre de este año

Cuando le cuesta trabajo acabar un bordado, Luchita llora y les habla. “Yo no tengo culpa, dame chance, no te puedo bordar”, fueron las palabras que dirigió al rostro de uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala el 26 de septiembre de 2014. Sabe que no es la única, pues relata cómo Cristina Bautista le contó que no podía terminar el bordado de la cara de su hijo, Benjamín Ascencio Bautista, normalista desaparecido.

María de la Luz o Luchita, como le dicen con afecto en el colectivo, es pedagoga de formación y activista desde su época de estudiante en la Preparatoria Popular Tacuba. Lleva el cabello a la altura de los hombros, lacio y negro; es de voz suave, amable, contrasta con su historia de activismo. Luchita, además, es bordadora profesional: deshila, forra y borda ropa.

—¿Se imaginó algún día bordar por la memoria de los desaparecidos?
—La verdad, no. Y ni siquiera tenía la idea de que se hiciera así. Mi activismo era distinto.

María de la Luz cuenta cómo, en su época de preparatoria, ponía su cuerpo en primera línea de las marchas y mítines a los que asistió, entre los que se encuentra la movilización en apoyo a la huelga de Pascual, la refresquera mexicana. Relata, además, cuando fue detenida en una huelga y cómo esa experiencia la llevó a encontrar en el bordado un activismo aparentemente más tranquilo.

Quizás por ello Luchita se rehúsa a formar parte del comité coordinador de Fuentes Rojas.

“Yo solo vengo a bordar. Si voy a las marchas, le digo a Regis: ‘Sabes qué, hasta aquí; yo me voy”, dice. “Ya me la llevo más tranquila. Hay cosas que, tal vez, quisiera hacer, pero ya no puedo. Fui detenida y te quedas con esas cosas. Hoy día ya no aguantaría una detención”.

Bordar es un acto peligroso y de valentía

Es 26 de septiembre de 2023. A las 16:30 un pequeño grupo de artistas comienza a esbozar la consigna: “Fue el ejército”, frente a las vallas que cubren el Palacio Nacional en el Zócalo de la Ciudad de México.

Ese día se celebra la marcha por el noveno aniversario de la desaparición forzada de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa “Raúl Isidro Burgos” en Iguala, Guerrero, a manos de un grupo criminal apoyado por policías municipales y funcionarios de los tres niveles de gobierno.

Frente a la entrada de la Catedral Metropolitana, Regina y Verónica instalan los pañuelos que usarán en la protesta. En algunos están bordados los nombres de estudiantes desaparecidos.

Este año no marchan. Ambas se recuperan de distintas lesiones en el cuerpo, pero deciden colocarse en la plancha del Zócalo como un acto simbólico de acompañamiento y solidaridad con los 43 y sus padres y madres.

Poco después llega un vendedor de libros que prefiere denominarse “promotor de la lectura”. Alto, pelo ondulado hasta la barbilla. Sonríe bastante. Como no tiene permitido tender su puesto, esperará a que la plaza se llene para poder vender. Mientras tanto, ayuda a tender pañuelos y es testigo de las tres veces que vendrán distintos funcionarios de Seguridad, vestidos de civil y sin ninguna identificación, a interrogar al colectivo.

—La neta, no me voy a quitar —espeta Regina frente al segundo elemento.
—Pero yo vengo en paz -responde el hombre con teléfono y cuaderno en mano. Toma un par de fotos, pregunta a qué vienen y se pierde entre la gente congregada en el Zócalo.
—Yo soy del gobierno federal —dirá el tercer funcionario: misma escena, teléfono y cuaderno, hace apuntes, pide que se identifiquen.
—Ya vinieron tres, ya vino la poli, otro señor y usted. Ya coordínense —responde Verónica—.
—Somos ciudadanas bordadoras del mundo —suelta Regina.
—Exacto. Es más, deberían venir a Coyoacán a bordar con nosotras, porque ahí también nos molestan mucho —prosigue Vero.

El hombre, sin inmutarse, las insta a meter una queja en “derechos humanos”. A lo lejos, el “promotor de la lectura”, visiblemente más alterado que las dos mujeres, grita: “Por eso hay tanta pinche violencia, por los derechos humanos, desapariciones”.

Estos actos se repiten en todo momento, a cualquier parte donde vayan las Fuentes Rojas. Pero ellas son fuertes; en el humor han encontrado una manera de reponerse al hostigamiento y la persecución institucional; bromean con sus interrogadores, se ríen, los invitan a bordar. No se irán hasta que hablen los padres y madres de los 43.

A las 18:30 comienzan a llegar los primeros contingentes: estudiantes normalistas y los padres y madres resguardados. Las consignas acaparan toda la escucha.

—Ahí viene Nicté —grita entusiasmada Verónica.

En ese momento, una batucada retumba.

Nicté es antropóloga social y bordadora del colectivo. Al término de la marcha, ella y el resto de la batucada se paran frente a los pañuelos. Nicté habla: “Esto es con mucho cariño para los pañuelos y las bordadoras”.

La batucada resuena. Tambores, saxofones y clarinetes. Con música de fondo, los pañuelos se mueven con el viento, pareciera que reconocen el ritmo y bailan. Bordado en verde, uno de ellos va dirigido a Abelardo Vázquez Peniten, normalista desaparecido.

En la tela está el trabajo de de Cinthya, Ceci, Fernanda Claudia, Tamara V. de Tejas, Budu, Ana y René, que bordan lo siguiente:


“Abelardo Vázquez Peniten es de Atliaca Guerrero, le encanta el fútbol y estudiar también, agarraba un libro y otro y otro… estudiante de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, que junto con sus compañeros fue secuestrado por la policía y desaparecido. Iguala, Guerrero”.