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El día que amaneció dos veces
Alejandro Porcayo

/ Ilustración: Natalia Vargas

Alejandro Porcayo quiere volver a subirse al metro

Mónica Castro Cruz, estudiante / Corriente Alterna el 13 de diciembre, 2021

Alejandro Porcayo Bedolla llora más desde aquel día. El miedo y el malestar interrumpen sus actividades cotidianas. A veces rompe en llanto frente a su familia en medio de la comida.

–De la nada te llega el sentimiento, te llegan los recuerdos, las emociones. Y salían y salían. Me ponía muy triste todo el tiempo.

Alejandro tiene otro problema: es incapaz de abordar el Metro otra vez. En los últimos meses lo ha intentado en tres ocasiones, siempre por necesidad.

La primera, sintió un poco de miedo; la segunda, tuvo la impresión de estar pasando por un interminable camino de baches que hacían rebotar la maquinaria. Tuvo miedo de un inminente descarrilamiento; así que decidió salir de la estación y tomar un taxi. La tercera ocasión, de nuevo, sufrió un ataque de pánico.

Hoy está un poco mejor. El llanto ya no lo invade a cada rato. Pero el Metro, dice, está “clausurado” para él. 

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Ocurrió a las 22 horas con 22 minutos. Era lunes, 3 de mayo de 2021, y Alejandro Porcayo había abordado el tren minutos antes para acudir a su trabajo nocturno. No recuerda mucho el desplome.

—Estaba en shock. Yo no sabía nada. Solo recuerdo que vi el número [telefónico] de mi mamá en mi identificación de la empresa y dije “ya la hice”. A un chico de los que me atendió, un transeúnte que sabía primeros auxilios, le pedí su teléfono para marcarle a ella.

A la una de la madrugada Alejandro fue internado en el hospital de Xoco. No presentaba heridas graves, por lo que a las seis de la tarde del día siguiente ya lo habían dado de alta.

Los primeros días fueron los más difíciles.

Las luxaciones que sufrió en la pierna derecha, la cadera y el codo derecho le impedían cargar objetos y subir las escaleras de su casa, ubicada en un primer piso. Incluso bañarse era difícil.

Permanecer acostado mucho tiempo lo desesperaba. Aún después de dos semanas de tratamiento, que ayudaron a la rehabilitación física, los malestares seguían allí. Y no solo eso. Los estragos habían ido más allá del cuerpo.

—Vi muchas cosas, sentí muchas cosas. Es algo difícil de explicar. Tú te pones en los zapatos de los demás: qué hubiera sido si me hubiese roto “tal cosa”, si me hubiese pasado “tal cosa”, si hubiese muerto. Entran muchas cosas a tu cabeza y te empiezas a echar para abajo, te pesa mucho el continuar.

Experimentó varias etapas de las que se compone un duelo. Primero dudó de que, en verdad, hubiese vivido lo que vivió; pensó que “había sido un sueño”. Posteriormente sintió enojo y aflicción.

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Actualmente Alejandro tiene 21 años, pero tenía solo 12 cuando se inauguró la Línea Dorada del Metro. Lo recuerda bien porque lo hizo feliz percatarse de lo rápido que sería su trayecto escolar: su casa quedaba muy cerca de la estación Periférico Oriente y la escuela, a solo unos pasos de la estación Ermita.

—Antes yo andaba en pesero y era medio tedioso. En Metro era muchísimo más rápido. Me gustaba mucho andar en Metro.

No sólo fue un usuario constante durante nueve años; también trabajó en una empresa concesionada por el gobierno de la ciudad para sanitizar las instalaciones del Metro durante la pandemia de Covid-19.

Más de una vez escuchó los rumores sobre las fallas en la infraestructura y, también, en sus trayectos llegó a percibir el sonido de los metales chocando uno contra otro. Pero pensaba que no habría mayores problemas para él ni para nadie. Al final de cuentas, aquellas vías eran las más nuevas de todo el Sistema de Transporte Colectivo-Metro.

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El Metro es indispensable en la vida de Alejandro Porcayo, por lo que tiene la intención de recuperarse pronto. Para ello acude a terapia sicológica y agradece el apoyo de su familia y amigos:

—Le han echado las mismas ganas que yo, para darme fuerzas y yo intentar darles fuerzas, para que no se sientan mal de no poder consolarme. Su apoyo me ha dado mucho para arriba.

Antes de la tragedia, Alejandro tenía un plan: ahorrar dinero y pagar los estudios necesarios para convertirse en chef. Es por eso que trabajaba en la empresa sanitizadora. Hoy, gracias a una beca de 100% que le facilitó una escuela de gastronomía al enterarse de su caso, se dedica por entero al estudio.

Cuando se le pregunta por una correcta reparación del daño que sufrió por el desplome de la Línea 12, tiene claro que “el dinero no puede comprar una vida”. En cambio, desea que se castigue conforme a la ley a los responsables de las fallas en la estructura del Metro.

Alejandro tiene fe no solo en que se haga justicia sino, también, en que el trabajo emocional y el apoyo de las personas que lo aman logren sanar sus heridas completamente. “Con el tiempo”, dice