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El día que amaneció dos veces
Sergio Alvarado

/ Ilustración: Natalia Vargas

Sergio Alvarado tiene una segunda oportunidad

Luis Fernando Jarillo, estudiante / Corriente Alterna el 13 de diciembre, 2021

Iban a reunirse en secreto. Debían concretar los últimos detalles de un plan. Aquella noche de primavera ambos habían terminado sus jornadas laborales: ella, como recamarera de un hotel de paso; él, como técnico de cámaras de seguridad. 

Patricia Salinas se demoró diez minutos en salir de su trabajo, pero llegó al punto acordado: la terminal de Tláhuac, última estación de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México. Sergio Alvarado se retrasó, también: se sentía mal y bajó a los sanitarios de la estación Culhuacán. Pasaron dos trenes más antes de que volviera a abordar. Ese retraso fatal impidió que no llegara a su cita. 

El 3 de mayo de 2021 Sergio René Alvarado Hernández viajaba a bordo del tren que se desplomó en el tramo elevado de la llamada Línea Dorada. Quería reunirse con su esposa para organizar una piyamada para su hija por sus 15 años, que celebrarían ese mes. Como era sorpresa, quedaron de verse en Tláhuac para no levantar sospechas; luego tomarían la combi para regresar juntos a su casa en Valle de Chalco. 

En un instante se derrumbó el puente de acero y concreto. “Treinta segundos”, dice Patricia, “a nosotros nos cambiaron la vida”.

Hoy, Patricia es una de las víctimas indirectas del incidente.

—¿Usted recibe apoyo sicológico? —se le pregunta.

—Sí. Para mí fue un golpe muy duro porque yo lo vi [a Sergio] en la mañana. A mí se me hizo tarde y nada más le dije: “¡Ahí nos vemos!”, y salí. 

Una despedida rápida, casual. Tenía que ser muy puntual. Después de permanecer desempleada el año anterior por la pandemia de Covid-19, al fin trabajaba.

La atención y acompañamiento emocional que han recibido es privada, no del gobierno, provista por Carbino Legal, el despacho de abogados que representa a las víctimas. El abogado Juan Antonio Medina asegura que en este caso, y en el del resto de las familias que representan la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAVI) no se ha acercado para dar atención.

Como usuarios frecuentes de la Línea 12 se habían acostumbrado al ruido de los trenes en algunas curvas, a usar el servicio con las fallas conocidas: sacudidas y chirridos en las vías. A pesar de ello, la nueva línea significó una mejora en sus vidas: gracias a ella podían ahorrarse hasta una hora de trayecto diario. 

Esa noche, su familia confiaba en que Sergio se hubiera quedado a ayudar a los heridos del accidente; era una persona servicial. Quizá por eso no contestaba las constantes llamadas de su hija. 

—¿Hasta qué momento supieron?

—Hasta las dos y media de la mañana: nos dijeron que en el lugar del accidente ya no había nadie y no iban a entrar o a salir ambulancias. A todos se los habían llevado a los hospitales. Fue ahí cuando nosotros dijimos: “Sí le pasó algo”.

Soy un milagro

—Yo soy uno de los sobrevivientes de la tragedia de la Línea 12 del Metro —dice, de pie, el señor Sergio René Alvarado. Su esposa sonríe.

Sergio cuenta que fue la tercera persona que sacaron de los vagones colapsados. Tiene pocos recuerdos. Que alguien lo subía a una ambulancia, por ejemplo. Pero casi todo es oscuridad. 

Lo trasladaron a un hospital en Iztapalapa, donde su pulmón colapsó. 

—Tenía rotas siete costillas, también el brazo; se me desgastó una de las vértebras de la columna. De todos los accidentados yo era el más grave. Como me dijeron los doctores: “Era para que estuviera muerto”. Soy un milagro –expresa tranquilo, a un lado de su cama. 

Su brazo derecho permanece enyesado. El Chiquis, apodado así de manera irónica por su altura de 1.85 metros, se sostiene con muletas; lleva el cabello cano corto y su mirada inocua, a veces afable, a veces distante. Sergio Alvarado hubiera sido la víctima mortal número 27, pero, cuenta en entrevista con Corriente Alterna, los médicos lo “resucitaron”: abrieron su pecho y masajearon su corazón para reanimarlo.

Hoy es 8 de julio, han pasado dos meses desde que se desplomó el tren. La familia se mudó temporalmente a la casa del jefe de Sergio, en la Ciudad de México: allí tienen un cuarto con dos camas, sigue recibiendo sus quincenas y se apoya en la generosidad de sus colegas.

—Ellos ya me dicen: “¡Ahhh, es que ya queremos que regreses!”. Sí, pero pus’, primero, hay que estar al… no al cien sino a lo que yo alcance a llegar —dice.

Patricia pasó horas buscándolo aquella madrugada del 4 de mayo. Peregrinó de hospital en hospital. En el de Xoco, una de las enfermeras le mostró una fotografía en su celular. Ahí lo reconoció: “Él es mi esposo”. Pasaban de las cinco de la madrugada.

—Estaba todo entubado, todo golpeado, con los ojos morados, lleno de sangre y conectado a un montón de aparatos, en calidad de desconocido —describe.

Enseguida entró a terapia intensiva. Sergio había pasado ya por tres cirugías; y tuvo que enfrentar otras dos de costillas, una del brazo, también del abdomen, corazón y columna.

Para Patricia es complicado ser el soporte de dos personas. Por una parte, su hija vive con una arritmia en el corazón.

—A mi nena la verán que anda para arriba y para abajo, pero de repente sí me pregunta: “¿Por qué, mamá?”. Está yendo con la sicóloga para asimilar lo que nos pasó. 

Cuidar a Sergio es demandante.

—A él no lo puedo dejar caer, tengo que estar al pendiente de lo que necesita, él necesita cuidados, es como si fuera un bebé: hay que bañarlo, cambiarlo, hacerle la comida. 

Reconstruir sus vidas

Despertó del coma un jueves, 52 días después del desplome.

—¿Sabe qué día es hoy? —le preguntó un doctor del Hospital Xoco, en la alcaldía Benito Juárez. Lo habían trasladado allí desde Iztapalapa y permanecía aislado de los demás pacientes.

—Martes —contestó Sergio Alvarado.

—No, es jueves 24 —le dijo el doctor entre risas. Luego le detalló sus fracturas y le aconsejó reposo. No le advirtió que su columna estaba muy dañada y podía perder la movilidad de las piernas. 

Los sicólogos y los doctores no sabían qué impacto podrían tener los recuerdos del desplome o decirle lo lastimada que había quedado su columna vertebral. Simplemente le suplicaban que no se moviera, pero sin darle motivos. Pero el tiempo pasaba y Sergio deseaba, con impaciencia, volver al trabajo.

Una vez, incluso, se quiso parar. 

—¿A dónde va? –le dijo la enfermera que lo había dejado solo unos momentos.

—Yo no soy de los que se quedan quietos: movía mis piernas, las encogía, las estiraba y todo. Les sorprendió a ellos que yo me moviera —agrega Sergio Alvarado.

Hasta que un día recordó: “Yo me caí del Metro”.

—Iba agarrado de uno de los tubos del pasamanos, sentí cómo pegó y me hizo girar, mis pies quedaron hacia el techo y mi cabeza hacia el piso. Esto fue lo que me cubrió, ahora sí, que las costillas del lado derecho —señala su brazo.

72 grapas, una placa con 12 tornillos y dos planchas con dos tornillos en la columna es lo que le permite estar de pie en la entrevista. Dice que le cansa estar sentado todo el día.

Patricia se dice agradecida con los doctores: le salvaron la vida a Sergio. “Me gustaría que volteen a ver al Hospital de Iztapalapa, para darles un poco más de ayuda”, añade. Y es que la atención ha sido gratuita, pero deficiente. “No tenían el material, no le hacían los estudios que tenían que hacerle”, explica sin molestia, pero preocupada por la falta de recursos médicos. 

La vida ya es otra. Patricia trabajaba en hoteles de cinco estrellas. Cuando inició la pandemia por el Covid-19, la despidieron. 

Renunció al trabajo que había encontrado para poder dedicarse a la recuperación de su esposo. Sin embargo, recibe apoyo económico del gobierno de la Ciudad de México. El abogado Juan Antonio Medina, del despacho Carbino Legal, aseguró el 6 de diciembre que estos apoyos son restringidos y no se dan a todas las familias de manera igualitaria. 

—Nosotros vivíamos en Valle de Chalco, teníamos nuestra casa —repasa con cierta tristeza.

Sergio René repite las palabras de uno de los doctores que lo atendieron: “Yo soy doctor, yo no creo en los milagros, yo no creo en esto, pero tú eres un milagro, tienes otra oportunidad de vida. Tú volviste a nacer”.

—Y sí, es verdad. Para mí esa es la segunda oportunidad más grande y la tengo que aprovechar. 

Una de esas cosas es procurar más a su familia.

—¿Qué les dejó este accidente en sus vidas?

Patricia responde:

—Unirnos más como familia, como pareja, porque tú sabes que todas las parejas tienen problemas. Esto fue lo que nos dejó, que él y yo estemos un poco más unidos.

La vida es otra, pero es vida.