Ternuras y disidencias: una tarde de ballroom para niñxs
Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

Segundo lugar, Premio de Crónica Cultural, Festival CulturaUNAM 2022

El Festival CulturaUNAM y la Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP) convocaron al Premio de Crónica Cultural con el objetivo de incentivar el periodismo cultural entre estudiantes de educación superior.

En octubre pasado, en el marco del Festival CulturaUNAM 2022, se celebró una tarde de ballroom en la unidad de Vinculación Artística del Centro Cultural Universitario Tlaltelolco. De esa tarde escribió Hugo Armando Arciniegas Díaz, estudiante de doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras. El jurado, integrado por María Eugenia Sevilla, Sergio Rodríguez Blanco y Juan Solís le otorgó el segundo lugar por su texto: “Ternuras y disidencias: una tarde de ballroom para niñxs”.

* * *

—Dile a tu amiga voguera: “Perra, ya no alcanzaste el Metrobús, así que paga el Uber. A las 2:00 empezamos”.

Anuncia Mr. Kintsugi Magdalena a escasos 10 minutos de la hora indicada. La host exhibe un gorro blanco de peluche, una bandana que apenas si le cubre las tetillas —el chichero, según refiere—, una falda larga del mismo color. Kintsugi es integrante de la Kiki House of Magdalena, la house a cargo del evento Ternuras y disidencias.

Así que desempolven sus prendas de peluche, que esta tarde hay ball en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco.

“La heteronorma no soporta mis tacones”

—Buenas tardes. ¿Aquí es el foro La Morada? —pregunto a una mujer con camiseta de funcionaria de la UNAM.

—Sí, aquí mismo —responde ella.

—¿Se entregarán boletos para el evento o es por aforo?

—Por aforo. Pero es hasta la una. ¿Es usted participante? —me pregunta, los ojos puestos en mi mochila.

—No, no… asistente —respondo, confundido.

Respondo “asistente” al tiempo que me pregunto por qué la mujer piensa que soy participante. Después de todo, no luzco como voguero. Exhibo un pantalón de mezclilla, camiseta a rayas y chamarra azul —bastante vieja. El mío no es un atuendo glamoroso, como los característicos de la comunidad ballroom mexicana.

—Gracias —respondo, por fin, y me dirijo a la cafetería de la Unidad de Vinculación Artística (UVA).

“Cuidemos las infancias LGTBIQ+”

—Bienvenides todes —continúa Mr. Kintsugi, dirigiéndose a los recién llegados.

Pero, aquí, nadie parece tener prisa. Si bien en la programación del Festival CulturaUNAM el ball estaba previsto para la 1:00 p.m., la calma general sugiere que al número 1 habría que añadirle una patita extra para convertirlo en 2; cosa que ignoramos quienes asistimos por primera vez.

—Mueve tu pussy, mueve tu pussy, mueve tu coña, ¡ah, ah! —repite Malicia Karnala.

Malicia está a cargo del chanteo, y hoy improvisará rimas para acompañar a los participantes. Con una mano sostiene el micrófono; con la otra, un peluche amarillo que hace juego con su enterizo.

Ballroom en la UVA, CUUT.
La comunidad del ballroom mexicana ha crecido y ganado espacios. Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

En la consola, la Madre Isis Magdalena programa disco y house a la usanza de los ochenta. Es 1o de octubre en una Ciudad de México que está a un día de conmemorar los 54 años de la masacre de Tlatelolco. Mañana habrá quienes aún exijan respuestas, quienes aún se den la batalla por la justicia.

Aquí en el ball, sin embargo, están a punto de librarse otras batallas. Entre ellas, una batalla final de runway, en la que dos participantes desfilarán como supermodelos: uno en estilo americano (“masculino”), otro en estilo europeo (“femenino”). O una batalla final de baby vogue, donde dos participantes voguearán estilos oldways, newways o femme vogue,a la par que exponen prendas o accesorios de peluche.

Las batallas de esta tarde, al igual que la que se librará mañana en las calles, son en nombre de la justicia, de la libertad. Con énfasis temático en las libertades de las infancias LGTBIQ+, como reza uno de los carteles que levanta un participante con orgullo.

“Las infancias no binarias existen”

Son las 12:00 del mediodía y en la cafetería de la UVA se celebra un cumpleaños. Un par de niños obsequian a Daniel, el homenajeado, superhéroes y carritos de juguete. Daniel se lleva a la boca un trozo de pastel. Si bien del pastel sobre la mesa resta sólo la mitad, aún puede distinguirse la figura de Sullivan, de Monsters, Inc. La crema es azul y morada; se antoja apetitosa.

Como he previsto que este evento puede durar varias horas (son numerosas las categorías que se anuncian en el Instagram de Kiki House of Magdalena), empaqué una manzana, una barra de proteína y un tóper con arroz y papas fritas. La manzana y la barra bien podré comerlas frente al foro La Morada; el resto será, más tarde, mi comida en el Jardín de Santiago, a escasos metros de la UVA.

Pero aun cuando estoy aprovisionado, no puedo impedir que mis ojos se posen sobre el pastel, lo que ha llamado la atención del padre del niño.

—¿Gusta un poco? —me pregunta, generoso.

—Me da un poco de pena —respondo—. Pero gracias, es usted muy amable.

Ordeno un americano en la cafetería y me dispongo a disfrutar de mi pastel. Con todo, no dejo de estar pendiente del portón de la UVA: en cualquier momento pueden aparecer los participantes.

Disidencias sexogenéricas en el ballroom de la UVA
Batallas en nombre de la justicia y la libertad. Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

“Lo femenino no me quita lo transmasc

La primera en llamar mi atención es una mujer. Tendrá alrededor de cuarenta años. Viste pantalón negro y blusa azul de peluche. De no ser por la blusa, pasaría por una ejecutiva de la UVA. Ha llegado temprano; se recuesta contra un muro y extrae de su bolso una bufanda azul. También de peluche, por supuesto.

He terminado mi rebanada de pastel, así que decido aproximarme a una de las puertas que dan acceso al foro La Morada. Para mi fortuna, no pasa mucho tiempo hasta que llega otro asistente. Un muchacho de alrededor de veinte años, camiseta de metal, pantalón de mezclilla, el pelo desordenado.

Al igual que la mujer, porta consigo un bolso. Al igual que la mujer, extrae de él una prenda: un par de mangas de malla de color negro.

En lugar de tantas provisiones, me digo, debí empacar alguna prenda acorde con la ocasión, algo que me hiciera pasar desapercibido. He ahí la causa por la que la mujer de la recepción me tomó por participante. Ha debido suponer que mi mochila guarda, cuando menos, un accesorio de peluche, como de peluche es casi todo en este lugar.

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“Defendamos las infancias trans”

“Tres, tres, tres… dos, dos, dos… uno, uno, uno: detén tu pose… ahí”, corean Kintsugi y Malicia, como si de un juego infantil se tratase. La repetición de números, la posición de congelados, la indignación contra el que rompe las reglas.

Ha transcurrido, ya, el tiempo mínimo para que yo reconozca un par de claves del ballroom. Cuando se corean tales números, los batalladores hacen una última pose y se quedan quietecitos, a la espera de la decisión de los jueces. O cuando, en medio del LSS (legends, statements and stars), una ronda de presentación de concursantes ilustres, la host canta “Oye, yo quiero ver…”, los demás respondemos “¿A quién?”.

Ballroom en la UVA, CCUT.
“Los batalladores de un ballroom hacen una última pose y se quedan quietecitos”. Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

Pero no es mi propósito describir a cabalidad el lenguaje ballroom. Para el caso, allí están decenas de páginas web redactadas por expertos. Mi propósito es sólo dar cuenta de la impresión que he tenido esta tarde: que el verdadero público de este evento es nuestro niño interior.

Ese niño interior al que no le preguntaron con qué género quería identificarse, si es que quería hacerlo. Al que no le preguntaron cómo quería vestirse, con qué pronombres quería que se lo llamase.

Me retrotraigo a mi infancia pacata de fines de los noventa y comienzos de los 2000; y me cuestiono hasta qué punto mi género y orientación sexual serían otros de haber nacido diez años más tarde. Cuál sería mi aspecto, cuál mi nombre. De tener la oportunidad de ser un niño esta tarde desearía serlo en este ballroom.

“Pisa el cistema

Los invitados al cumpleaños de Daniel comienzan a marcharse. Al mismo tiempo, concurren más asistentes al ball. Algunos portan ya los carteles que expondrán en el primer desfile del runway. Los carteles expresan rebeldía, inconformismo. Yo los anoto fielmente en mi libreta, con la intención de replicarlos en los subtítulos de esta crónica.

Disidencias sexogenéricas apuestan por la ternura
“Decenas de páginas web redactadas por expertos han descrito ya las características del lenguaje ballroom” Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

Algunos arrastran maletas de mano. Imagino que sus outfits son muy voluminosos como para caber en una simple mochila. Otros sostienen peluches rebosantes de ternura; lucen orejas felinas en sus cabezas. Hay, incluso, un furro vestido de mofeta encadenada.

Yo me pregunto si Daniel se imaginará que los peluches son regalos para él. Si la mofeta encadenada viene a proponer dinámicas a guisa de animador. Si todas aquellas personas han venido esta tarde, exclusivamente, por su cumpleaños. Si no serán, en fin, demasiados invitados para tan poco pastel como ya queda.

“El cistema no me va a enseñar cómo ser trans”

El hecho de que este evento forme parte del Festival CulturaUNAM, o sea, un festival universitario, y el que tenga lugar en el Centro Cultural Tlatelolco, permite comprobar que estamos parados en el siglo XXI.

Lejos estamos ya de los últimos años del XIX, cuando algunos afroamericanos organizaban bailes de máscaras o drags en desafío a las leyes que prohibían usar ropa del sexo opuesto. Bailes siempre clandestinos.

Lejos de los años sesenta del siglo XX en Harlem o Nueva Orleans, cuando afroamericanos y latinos montaban sus propios balls en oposición al racismo que enlodaba los bailes del Hamilton Club Lodge, ya desde la década de los veinte.

Lejos del estreno del mítico documental Paris is Burning (1990), donde Jennie Livingston exponía las houses ochenteras de Harlem, con entrevistas a figuras de culto como Pepper LaBeija, Dorian Corey o Angie Xtravaganza.

Lejos del lanzamiento del sencillo “Vogue”, de Madonna, cuyo videoclip otorgó cierta visibilidad al vogueing neoyorquino.

Ballroom en la UVA, CCUT.
La cultura ballroom ha tomado las pantallas: documentales, realitys y programas de TV. Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

Lejos, incluso, de los primeros kiki ball en la Ciudad de México, que datan de mediados de 2015, con houses pioneras como la Machos, la Shiva y la Apocalipstick, según relata Melissa Amezcua en un artículo para Red Bull.

Hoy la cultura ballroom ha tomado las pantallas. Allí están Legendary (2020), el reality de HBO en que diversas houses compiten semana tras semana. O Pose (2018), que documenta las vidas de los vogueros neoyorquinos de fines del siglo xx, prestando especial atención a la respuesta de las houses a la pandemia del VIH-sida.

O Port Authority (2019), la película de Danielle Lessovitz en la que un joven se enamora de una chica trans que pertenece a la escena ball de la Gran Manzana, y que se alzó con el Certain Regard de Cannes. Y, por supuesto, la serie RuPaul’s Drag Race, que, estrenada en 2009, cuenta a la fecha con 14 temporadas y alrededor de 200 episodios.

“Te amo, sidose

El momento más conmovedor de la tarde es la lectura de un poema. Ocurre durante la categoría Poesía con performance, donde un concursante recita versos contra toda forma de discriminación basada en género, al tiempo en que otro voguea en la pasarela. El equipo conformado por Marduk Salam (poesía) y Chula Zapata (baile) ejecuta una performance que hace saltar las lágrimas de los asistentes.

Escuchamos un poema antirracista y, sobre todo, antiserofóbico. El foro La Morada vibra con la imponente voz de Salam, quien además es vocalista de la banda latino-queer Marduk y las Flores Silvestres. El baile de Zapata armoniza con el texto. Salam, el único de los recitadores de la jornada que se aventura a la pasarela, que desfila junto al bailarín, pronuncia de memoria:

Afrodescendencia seropositiva, / afrodiáspora emotiva, / afroalegría decisiva, / afroternura definitiva…

Si algunos de los presentes en el ball han padecido los estragos del virus, si han sido estigmatizados por la serofobia, no nos es dado saberlo. Y, a decir verdad, el hecho de indagarlo podría tildarse de discriminatorio. Lo único claro es que, aquí, todos rechazan la serofobia, que se duelen de la segregación; y, de ahí, que corran a abrazar a Salam y a Zapata al término de la performance. De haber sido ensayado, ese abrazo grupal no habría resultado tan emotivo.

Contra la serofobia, la ternura.
Un ballroom es también un espacio catártico. Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

Si bien otras parejas han conseguido conmover al jurado, Marduk Salam y Chula Zapata se alzan por unanimidad con el premio: un tierno peluche empacado en su cajita. El premio es el mismo para todas las categorías. ¿Un regalo prometido y, no obstante, vedado para el niño que llevamos dentro? ¿Un regalo que lo mismo puede ser para un niño, una niña, une niñe? Aquí se echa por tierra aquello de que una niña no puede querer una pista de carreras, que un niño no puede querer una muñeca… Aquí el peluche es el mismo para todxs, y todxs convienen en atesorarlo.

“Fuera terfas

Incendio 007 llega acompañado de una furry Mofeta. Incendio luce guantes celestes de peluche, pantalón negro de bota ancha, blazer del mismo color, orejas de gatito, el pecho descubierto. Por 007 se conoce en el ballroom al bailarín que no forma parte de una house. Ahora, como sería injusto excluir a un participante por esta razón, los agentes secretos son aquí bienvenidos.

Incendio 007 tiene hambre de victoria. Su actitud es la de un bailarín competitivo. Todavía, frente al foro La Morada, opta por practicar una vez más. Son alrededor de las 12:40 e Incendio modela en estilo americano, voguea semisentado en el suelo, los guantes de peluche cortando el aire como espadas.

De pronto, una niña de rizos negros se detiene a verlo. Me pregunto si son los movimientos del bailarín o sus orejitas de gato lo que ha traído su atención. Justo atrás de ella, un hombre de alrededor de cuarenta años, el padre, alterna su mirada entre Incendio y la pequeña, quien continúa arrobada por el espectáculo.

—¿Quién es ése? —pregunta la niña a su padre, atribuyendo un determinativo masculino al bailarín.

El padre no le responde; a lo mejor no sabe qué responder. Se sabe escuchado. Aun así, permite que la niña contemple la práctica de baile. Quien, quizás, no está conforme con que Incendio se robe el show es el cuentacuentos que está por presentarse en la Biblioteca Alaíde Foppa, ubicada frente a La Morada. Minutos antes, el cuentacuentos ha intentado convocar a esa misma niña a su evento, con ayuda de un títere en forma de abuelito; pero, de momento, el resultado ha sido infructuoso. Una simple marioneta no compite contra lo que, desde la perspectiva de la niña, puede ser un gatito bailarín; sin hablar ya de la Mofeta, que sería una especie de peluche en tamaño real.

Infancias trans, presentes en el ballroom de la UVA, CCUT.
Afuera del ballroom aún reina la heteronorma: las niñas usan vestido, los niños varones son mayoría en cualquier equipo deportivo. Foto: Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

—¿No gustan pasar a oír los cuentos mientras empieza el evento? —pregunta la mujer encargada de la recepción.

—Por supuesto —respondo, e ingreso en la Biblioteca.

Allí puedo comprobar que, pasada la una de la tarde el retraso del ball ha convenido al cuentacuentos, quien presenta su espectáculo ante seis o siete niños. Para su conveniencia, entre ellos se cuenta también la niña de los rizos negros. Ha debido cansarse, por un momento, del baile de Incendio, pienso.

Y, sin embargo, me equivoco: tan pronto como termina el cuentacuentos, la niña se dirige en compañía de su padre al foro La Morada. Quieren ver más. Trasponen la cortina de serpentinas; se instalan en la silletería. ¿Serpentinas de colores, música, peluches de tamaño real, luces, atuendos similares a los de hadas o duendes? Es un mundo de ensueño; un bosque encantado que convoca a la fantasía. Es imposible abstenerse de entrar.

“No al binarismo”

No puedo dejar de mencionar a los jueces de la jornada. En la mesa frente a la pasarela, junto con los peluches que conforman los premios, se pueden leer los nombres de los jueces sobre pequeños letreros: Gitana Veneno, Wiccan Serenity, Flux Miu Miu, Mel Valentino, Zury Karnala y Suspirorum Apocalipstick. En cada caso, el apellido es indicativo de la house a la que pertenecen. Como se ve, no hay tras la mesa más que un representante de cada house, con lo que el veredicto adquiere un aire de imparcialidad.

De los jueces, la más crítica es Gitana Veneno. Se pone de pie durante las batallas, en tanto que sus pares permanecen sentados, con intención de juzgar más de cerca los pasos. Por lo general, es la última en decidirse a emitir un juicio. Incluso pide a algunos participantes que desfilen otra vez, a fin de reevaluarlos. El papel de Gitana es crucial en el jurado: establece un punto de equilibrio. A final de cuentas, no todos los jueces pueden ser gentiles y simpáticos como Mel Valentino o Wiccan Serenity. Están el juez “bueno” y el juez “malo”, como en cualquier concurso.

Un acto de liberación colectiva: los ballrooms en CDMX
“De tener la oportunidad de ser un niño esta tarde desearía serlo en este ballroom“. Foto: Cecilia Andrade / Cortesía CCUT

El duro juicio de Gitana sólo es puesto en cuestionamiento una vez. En medio del runway pide a los modelos que definan su caminado entre americano o europeo. La intención de Gitana no es reprochable; el problema está en las palabras que elige. Indica a los participantes que caminen como uno de los dos (¡dos!) géneros, número que levanta suspicacias entre la comunidad NB (no binaria) presente en La Morada.

En el Jardín de Santiago, una vez concluido el ballroom, me siento a disfrutar de mi comida.

Alrededor del quiosco, algunos niños (la mayoría de ellos varones) están en medio de una dinámica. Los trajecitos de scouts permiten que se los identifique. No consigo descifrar la actividad, pero advierto que también participan algunos padres. Se los ve felices. Es sábado en la tarde, es un parque, es un juego. Aquí no hay lugar para la tristeza.

Una limusina parquea en uno de los costados del jardín. De ella desciende una quinceañera, el vestido color rosa, escoltada por una corte de niñas. Ellas también lucen vestidos rosa, pero el de la quinceañera destaca por su mayor pompa. Con ellas desciende un fotógrafo, cámara en mano, pulsando sin cesar el obturador. Presumo que debió tomarles varias fotos en el interior de la limusina y, ahora, se dispone a hacer lo propio en el quiosco del Jardín.

Entonces comprendo que fuera del ball aún reina la heteronorma: las niñas usan vestido, los niños varones son mayoría entre los scouts. No obstante, en las poses de las niñas, en el orgullo con que los niños lucen sus trajes, intuyo una semejanza con la actitud voguera: la importancia del atuendo, el hecho de que lucirlo es como jugar a ser otro, al tiempo que se repiensa la propia identidad.

En algunos años la heteronorma se habrá debilitado todavía más. Qué bueno, concluyo, que los niños que he visto esta tarde estarán allí para presenciarlo.

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