CU

(Foto: Cortesía Libros UNAM)

El performance de ser una puta

Cinthia de la Peña Tirado / Corriente Alterna el 3 de marzo, 2024

“El performance de ser una puta” fue el primer lugar del Segundo Premio Crónica Cultural de Cultura UNAM, escrita por Cinthia de la Peña Tirado

“Todas tenemos cara de puta”.  Lo dice con naturalidad, como quien ha repetido la frase por años, al grado de hacerla suya.

Apenas son las cuatro de la tarde del viernes cuando esta afirmación comienza a merodear por mi cabeza. No tengo un espejo, pero pienso instantáneamente en mi cara y en los rasgos que, según dicha afirmación, la convierten en una cara de puta.

“¿Quién se compra este regalito?”,  pregona, mientras camina de un lado a otro con un puesto improvisado de consignas feministas. De inmediato, diferentes mujeres levantan la mano para sostener el cartel.  “Hay mucha puta por aquí, no puede ser. Esa es la imagen de esta sala”, dice a manera de autodescripción.

Desde mi lugar soy incapaz de ver el rostro de todas las mujeres, pero, por un momento, tengo la impresión de que ninguna de ellas parece conmocionada. Incluso, parecen divertidas, resueltas, como si la idea de tener cara de putas se les hubiera ocurrido a ellas desde antes. Yo me siento poco más que consternada. ¿Quién es María Galindo y por qué me dice que tengo cara de puta? 

***

Conocí a Myriam en la universidad. Algunas veces me contó de su familia y de lo difícil que era vivir con ellos, de las dificultades que atraviesa, derivadas especialmente de su relación con su padre. 

Ella no trabaja en esto porque quiera hacerlo. Para salir de su casa necesita recursos económicos que, de otra manera, serían muy difíciles de conseguir. Me contó que contacta con hombres a partir de una plataforma de internet; que cobra extra en caso de que hubiera sexo anal; que todo lo que no fuera el sexo en sí (restaurantes, regalos, etcétera) cuenta como una especie de pago voluntario. 

Myriam intenta dejar ese trabajo constantemente. Se dedica a otras cosas, como vender ropa por internet o dar clases, aunque lo cierto es que nada le deja tantos ingresos como el trabajo sexual. Así que, a veces, cuando tiene dificultades para pagar su renta, regresa a la página de internet y contacta con algún otro hombre. 

Myriam tiene 24 años, sabe hablar inglés y está a la mitad de una carrera universitaria que quién sabe si podría darle los mismos ingresos que genera ahora. A veces, por momentos, me pregunto si capitalizar mi cuerpo de la misma manera en que lo hace Myriam sería una buena idea. 

El trabajo sexual también tiene el rostro de una universitaria que vive sola. 

***

María Galindo lleva puestas unas botas brillantes y un vestido corto de color negro. Tiene en el cuello una especie de collar hecho de partes de muñecas sin cabeza, sin piernas. Sus aretes son enormes, parecen platillos voladores. Su puesto ambulante se compone de consignas, cárteles hechos a mano con pintura negra y recortes de revistas. “Feminismo ambulante”, dice la caja que lleva sobre las manos. 

La escucho escéptica; todavía no entiendo muy bien a qué vine, qué evento es éste. 

Los performance son extraños y, a decir verdad, comienzo a preguntarme por qué elegí este evento y no otro, cuando la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (Filuni) ofrece cientos de actividades que son mucho más amigables con mi entendimiento y mi forma de ver el mundo. 

Pero, quizás, sea precisamente eso lo que me llevó a elegirlo en primer lugar; ver a María en este escenario es, por sí mismo, una sacudida fuerte a mi entendimiento. Está plantada en una Feria del Libro, un evento académico por excelencia, gritando consignas a todo pulmón. La mayor parte de lo que grita es difícil de digerir: Feminazi es el que mata a una mujer, La democracia de género es parte del proyecto neoliberal, Les cambio mi derecho al voto por el derecho a no ser asesinadas. 

Aun así, las personas a mí alrededor, sobre todo las mujeres, parecen aceptar muy bien el comprarse cada una de las consignas. Y, cada vez que María Galindo entrega una, explica, muy a su manera, el significado de cada una. 

Tal como lo anuncia su puesto, la idea es trabajar con un feminismo ambulante, un feminismo que no nazca como resultado del estudio académico o institucional. Así, por medio de un pregón que normalmente se escucha en el mercado, la performer acerca a la academia conceptos difícilmente digeribles y, en muchos aspectos, antiacadémicos. Después de todo ¿no se supone que los estudios académicos son el resultado del estudio de lo que está afuera de ella?

Parece como si, de pronto, las mujeres en los mercados y las vendedoras ambulantes del Metro, las mujeres de todos los días, de lo cotidiano, tomaran la palabra para decir lo que piensan; esas palabras que les han sido arrebatadas sistemáticamente, como si fueran ellas las que, a través de este grito, nos enseñaran a entender conceptos como neoliberalismo, patriarcado o teoría crítica. 

Pienso en ello, primero, como una aparente contradicción. Si el feminismo es ambulante, si está en las calles, en los pregones de las vendedoras ambulantes ¿por qué no me hablan ellas directamente? Luego, como un recordatorio: el feminismo no surgió como resultado aislado de una discusión académica de ser así, ningún hombre lo habría hecho posible, sino como parte de un ejercicio colectivo de demanda por los derechos básicos. Las mujeres obreras, las mujeres racializadas, pobres, todas ellas son la causa de este performance

María Galindo es una activista feminista de origen boliviano. Hace unos días cumplió 59 años, que, sinceramente, no se le notan por ningún lado. María Galindo tiene, en este escenario, todo el aspecto de ser una rockstar, desde el delineador hasta la blusa de red que usa debajo del vestido. Me encantan sus zapatos. 

La escucho y sigo sin saber muy bien qué evento es éste, quizás porque ni siquiera sé muy bien qué debería esperar. ¿Es esto un performance?  Y, de ser así, ¿qué lo convierte en uno?

No existe una definición precisa que establezca las características del performance, pero su historia está fuertemente ligada a la de los movimientos de vanguardia artística del siglo XX. Es un género interdisciplinario surgido como contra-respuesta al teatro tradicional. Algunos artistas del performance, como el mexicano Guillermo Gómez Peña,  piensan en su labor como una caja de Pandora que se abre en el escenario con la única finalidad, dice, de dejar que los demonios dancen para que otros, mejor entrenados los activistas y los académicos lidien con ellos, los domestiquen o intenten explicarlos.

La labor de un artista del performance (como, quizás, la de cualquier otro artista) consiste, en otras palabras, en abrir un espacio que permita la reflexión, el diálogo con el público; un espacio que, entre otras cosas, genere interrogantes, la mayoría sin respuesta. 

Todavía no termino de comprarle el regalo cuando, al instante, María Galindo me vende otro:

Cualquier mujer, en un matrimonio monógamo, hace trabajo sexual. 

***

Myriam me dice que no tiene muchas opciones. Es la precariedad, la falta de oportunidades, incluso para una universitaria bilingüe, lo que la conduce a este tipo de negocios. No me atrevería a preguntarle si se considera a sí misma una puta, o una trabajadora sexual, o una prostituta. Creo que la pregunta misma es dolorosa e innecesaria, morbosa. Sé que no lo hace por gusto o porque sea su trabajo favorito, sino por la necesidad de solucionar sus problemas económicos de la forma más inmediata posible, Eso debería bastarme. A veces me dice, mientras desayunamos en la cafetería, que después de todo es algo que ya hacía gratis, que no hay mayor diferencia entre lo que otras mujeres hacen con sus parejas en casa.

Seguido, no sé qué decir; pero de todos modos hablo, con la misma naturalidad con la que hablamos del clima o de la tarea o de los vatos que nos cagan porque, al final, hablar de sexo con o sin dinero de por medio es lo mismo; la forma en que lidiamos con lo que somos, con esta corporalidad de mujer que habitamos y de cómo nuestros encuentros con hombres implican, siempre, cierto grado de violencia. 

A veces siento como si el dinero fuera lo mínimo que debemos esperar de ellos, ¿no te parece?

Siento que hay cierta sabiduría poderosa escondida en sus palabras, una clase de poder que me da miedo aceptar en voz alta y que contrasta con los rasgos físicos de Myriam; un rostro pequeño, redondo y fino, con un brillo particularmente jovial y contradictoriamente cansado. Los ojos oscuros, el cabello castaño oscuro recogido en una coleta alta, cuerpo delgado, pechos pequeños. 

Decir que Myriam tiene cara de puta implica pensar en toda ella, en toda su historia, en las condiciones que la atraviesan y que la llevan a pensar en el trabajo sexual como la única respuesta posible. Pero, al mismo tiempo, es una afirmación incómoda porque implica pensar en mi historia, en mi manera de entender el cuerpo, el sexo y, por lo tanto, mi relación con los hombres. Pensar en cómo soy percibida desde su mirada. Y es que, pensándolo bien, ¿qué mujer en México o en el mundo no se ha sentido como puta, un producto para consumo humano cuando, por ejemplo, es acosada?

***

De vuelta al escenario, María Galindo sigue gritando. Aquí, su voz parece expandirse con una profundidad completamente distinta a la que se le escucha en Radio Deseo, una propuesta radiofónica que surgió como parte del proyecto Mujeres creando, en Bolivia. 

María no grita para escucharse a sí misma sino que hace pausas cada tanto para observar, para escuchar el silencio, la consternación. Se mueve por el espacio como si el tiempo nunca se le fuera a terminar, con la paciencia necesaria de quien escucha a su público. 

La elección de consignas no es inofensiva. Fueron elegidas para cuestionar y, sobre todo, para incomodar, porque es desde la incomodidad donde se generan las mejores preguntas.  Y el arte, cualquiera que sea su nombre, tiene el deber de ser incómodo. 

El trabajo de María Galindo no sólo es incómodo por lo que dice sino por su manera de decirlo. Un performance no es teatro, aunque tenga rasgos teatrales. María Galindo se presenta frente a mí sin hacer de sí misma un personaje. Es María Galindo artista, María Galindo activista, feminista, preguntona. Es María Galindo gorda, lesbiana, boliviana. María Galindo cara de puta frente a Cinthia, cara de puta.

Te puede Interesar