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Paula Ya en la laguna de Gui’xhi Ro, Oaxaca. Foto: Odarys Guzmán / UIP.

Paula Ya López, una poeta con lumbre en la boca

Odarys Guzmán, estudiante / Corriente Alterna el 3 de marzo, 2024

Paula es una mujer zapoteca de 26 años que pasó de hacer poemas de amor romántico en la secundaria a escribir poesía sobre amor propio, derechos sexuales y reproductivos, así como de la defensa de su territorio y de su lengua materna, el diidxazá o “lengua de las nubes”, una de las más de 60 variantes identificadas del zapoteco.

“Xquenda’ guiruti xti’ laa, reza uno de sus versos. “Ti mani’ gui’xhi’ guiruti rizi’ laa”. Mi alma a nadie le pertenece / Porque los animales salvajes no tienen dueños.

El nombre que le dieron sus padres, indígenas originarios del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, fue Ana Paula López López. Pero “Paula Ya” es el nombre que ella eligió para sí misma.

“Ya” era el apodo de su tatarabuelo, Isaías. Ese apodo fue heredado por su bisabuelo y luego por su abuelo, pero finalmente su padre rompió la tradición de su uso y, con ésta, se perdió también el significado original, la historia que le dio origen. Sin embargo, Paula, por simple gusto, lo rescató para firmar sus versos. Ella es la primera mujer “Ya” de la familia.

Paula admite que siempre se pone nerviosa en las entrevistas, aunque a simple vista no se perciba: “Soy Ana Paula López López. Paula Ya es mi nombre artístico. Yo escribo en zapoteco, me gusta compartir lo que veo, lo que siento y, también, imaginar qué sienten los árboles, la tierra y el mar, qué nos dirían. Aprovecho mi voz para darle voz a los que no la tienen. Me gusta hablar de lo que me gusta, pero también de lo que no”.

Paula se parece mucho a su madre, María López. Ambas son mujeres altas y morenas, sus ojos se hacen pequeños cuando ríen y tienen los pómulos pronunciados, un rasgo típico de las mujeres zapotecas del Istmo. A Paula le gusta trenzar su cabello de vez en cuando, pero también dejarlo suelto para que, al moverse, quede al descubierto la parte rapada de su cabeza. Usa enagua y huipil, pero también pantalones y vestidos cortos. Y también le gusta pintarse el cabello de azul, su color favorito porque es el color de la laguna de su pueblo, Gui’xhi Ro.

En diciembre del año pasado Paula me mostró la laguna. Los pescadores nos regalaron ostión y pez roncador, que es bueno para preparar caldo. En su casa vació los pescados en el lavadero para enjuagarlos y su mamá preparó una cubeta con hielo para mantenerlos frescos.

–¿Saben destripar pescados en tu casa? –me preguntó la mamá de Paula.

Respondí que mi familia es de Ciudad Ixtepec, un poblado cercano, y que sí, sí sabemos destripar pescado.

Hubiese sido raro que yo respondiera lo contrario, pues la base de la dieta istmeña son los productos provenientes del mar: camarones, pescados u ostiones, que se acompañan con totopos o tlayudas –productos de maíz, horneados o tostados en comal–, que comúnmente se ofrecen tanto en las comidas cotidianas como en las fiestas de los binnizá o “gente de las nubes”, los pueblos zapotecos.

Estos productos también se pueden comprar en el mercado de Gui’xhi’ro’, sitio donde el diidxazá se mantiene vivo, ubicado a un costado del Palacio de Gobierno. Las mujeres envueltas en aromas de pan dulce recitan los nombres de sus productos: “¡Padiuxi jña! ¡Totopos! ¡Pollo garnachero! ¡Agua de horchata! ¡Esquites, elotes!”

“Cuando escucho zapoteco –me explica Paula–, lo primero que se me viene a la mente es mi mamá. Porque ella es la que me enseñó zapoteco. Es algo tan mío, no sé, siento que me da fuerza, como que algo me da valor. Entonces, por qué no escribir en zapoteco. A mi mamá fue a la primera persona a la que le escribí un poema en zapoteco, como Dios me dio a entender y, según yo, así se escribía. ¡A mi mamá le encantó! Y desde ahí empezó el cariño a escribir en zapoteco”.

En Juchitán de Zaragoza, municipio al que pertenece Gui’xhi’Ro, el tronco lingüístico predominante es el diixazá (zapoteco istmeño), pero su dominio entre la población disminuyó de 62% a 59% entre 2010 y 2020.

–Mi palabra favorita en diidxazá es Ni naca’; significa “lo que soy”, lo que me conforma, tanto por dentro como por fuera. No existe en el español una palabra que signifique lo mismo; incluso, muchas palabras en diidxazá son intraducibles; esto da cuenta de la pérdida que ocasiona que una lengua muera, una determinada concepción del mundo también lo hace. Así lo menciona el escritor, historiador, traductor y lingüista juchiteco Víctor Cata: “es la palabra lo que nos hizo personas”. Ahora, imagínate si se acaba la palabra: se acabó toda la persona y se acaba toda la codificación cultural de pensamiento y espiritual que tenía ese idioma.

La lengua diidxazá tiene una milenaria tradición oral y su tradición literaria reúne, al menos, un par de siglos, como lo revela la antología compilada por el historiador Víctor de la Cruz, Guie’Sti’ Diidxazá (La flor de la palabra), que reúne autores en lengua zapoteca istmeña de los siglos XIX y XX. Pero, a diferencia de la literatura de los pueblos nahuas y mayas, que tuvieron a alguien que la recopilara desde la época colonial, en el caso de la literatura zapoteca este proceso inició a finales del siglo pasado, con el rescate y producción de mitos, canciones, leyendas, cuentos, poesía, proverbios y novelas.

Sin embargo, en los poblados del Istmo de Tehuantepec la transmisión del diidxazá se ha ido perdiendo, principalmente por la discriminación a la población indígena; de la incomprensión y los prejuicios  derivó la idea errónea de que sus hablantes no aprenden el español correctamente.

Los datos censales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) revelan que la transmisión de las lenguas indígenas se ha ido perdiendo progresiva y velozmente en Oaxaca. En 1910, 95% de la población estatal hablaba lenguas indígenas. Para 2020, año de los registros más actualizados, este sector había descendido a 31% del total de habitantes de Oaxaca.

Pese a ello, Paula creció escuchando, y amando, el zapoteco.

“Yo no fui al preescolar, aprendí en casa a leer y a escribir, y cuando entré a la primaria se me hacían súper fáciles las tareas de: ‘Van a hacer un cuento corto y no sé qué’, o ‘Escriban un poema’, ‘Escriban, no sé, unos versos, escriban rimas’. Y a mí me fascinaba, me salía súper rápido. Entonces empecé a escribir, desde los 10 años, poemas y cuentos de lo que yo sentía. Después llegué a la secundaria y empecé a escribir cosas muy románticas… Ahorita ya me da como penita, borra esa parte de mi vida”, me pide Paula, entre risas.

En su primer libro, Ti Mixtu la Antonio/Un gato llamado Antonio, publicado por la editorial independiente Avión de papel en 2019, el campo semántico era el amor, el universo simbólico zapoteca y el erotismo.

Ti mixtu la Antonio/ Cadi mixtu’ yaase ni gunaxhiee/dxi ba’du’ naa, laa/ laa la ti mixtu’ riza ne ruuna/ dxi ne gueela xiga ique’/ ruzaa xhuga xpacaanda. / Un gato llamado Antonio/ No es el gato que amé de niña/ Él es un gato que se pasea y maúlla en la jícara de mi cabeza/ araña mis sueños.

Sin embargo, en 2012, el poblado de Gui’xhi’Ro se convirtió en el escenario de una batalla desigual contra la construcción de parques eólicos. Y, en esa lucha, la voz de Paula cambió.

Paula y los pescados roncadores, especiales para el caldo. Foto: Odarys Guzmán / UIP.

Con el viento  a contracorriente

La casa de Paula tiene un patio con una gran extensión de diferentes tipos de vegetación, árboles medicinales —como el nim, de propiedades desinflamatorias y que da una excelente sombra; árboles de mangos, ciruelos, cocoteros, granadas y guie’chaachi o “flor de mayo”, cuyas hojas, arrancadas por el viento, van formando tapetes en la tierra de colores amarillos y naranjas. Por ahí pasean las gallinas, el gato negro Lacahui (que en zapoteco significa “oscuridad”); Coqueta, una juguetona perrita dálmata, y Charlie, aquel otro perrito de pelaje color miel que se aproxima con el hocico lleno de tierra a la silla del corredor, lugar donde se han gestado algunos de los poemas de Paula en “lengua de las nubes”.

Las ramas de los árboles que se mecen constantemente, los mangos que caen sobre el techo de las casas y la ropa tendida yendo y viniendo sin cesar en los patios istmeños, dan cuenta de los fuertes vientos de la región istmeña, rachas que en los meses de febrero y marzo llegan hasta los 150 kilómetros por hora.

La fuerza de estos vientos es una riqueza natural que, en 2013, puso a Gui’xhi’ro’ en la mira de la empresa transnacional Mareña Renovables, que vio en la zona el potencial de albergar el parque eólico más grande de América Latina, con una inversión superior a los mil millones de dólares, tal como apuntan los investigadores César Adrián Ramírez Miranda, Lilia Cruz Altamirano y Vicente Marcial Cérqueda, en la revista Eutopía en el año 2015 editada por  Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

“Lo que más nos molestaba era el cinismo –recuerda Paula–, porque los empresarios le decían a los pescadores: ‘Ustedes vendieron sus tierras’, y empezaron a burlarse. Entonces la gente dijo: ‘¿Cómo es posible que gente de fuera venga a adueñarse de lo que ni siquiera a nosotros nos pertenece?’. Entonces la población se organizó para sacar la maquinaria con la que se instalan los aerogeneradores y hubo un buen de enfrentamientos entre la gente y las autoridades.”

A la laguna de Gui’xhi’ro’, que significa “monte alto” y quienes no hablan zapoteco conocen como Álvaro Obregón, no se llega por casualidad; la bordea una playa tranquila donde se apilan botes de pesca, alineados frente al mar, listos a zarpar. Sus aguas son azul oscuro y albergan variedades de peces y otras especies acuáticas que son parte indispensable de la dieta de los habitantes de la comunidad.

Es en este lugar donde Paula regularmente se ha inspirado para escribir poesía. También es el sitio donde se realizan las festividades locales, lo que convierte esta playa en patrimonio cultural, que no tiene precio.

Ne ca guichaique’ chitiba ti’/ Con mis cabellos te voy a tejer/ guixhe huiini guizi’la’dxilu’ ne/ una hamaca en la que puedas/ gasilu’ ndaani guria nisado/ descansar y dormir a lado del mar/ naca ladxidua’/ que es mi alma.

Una tarde de 2013 los altavoces móviles del pueblo de Gui’xhi Ro anunciaron que la laguna estaba siendo privatizada para dar lugar a una planta eólica que, paradójicamente, no daría luz a la comunidad.

Con apenas 16 años, Paula fue la mujer más joven involucrada en la organización comunitaria y desde ahí libró dos luchas: una, contra las eólicas; otra, por el reconocimiento de las mujeres como sujetos activos en la defensa de su territorio, ya que en Gui’xhi Ro, por lo regular, los hombres toman las decisiones.

“Nosotras también somos parte de la tierra, les decíamos a los hombres –cuenta Paula–. Nosotras también habitamos en este pueblo, hemos ido tantas veces a la laguna, es nuestra, también. Tenemos derecho a defenderla. También podemos hacerlo y vamos a mantenernos acá”.

Aquella batalla por el territorio y por la igualdad trascendió a la escritura de la joven poeta. “Empecé a escribir diferente, sobre el mar, sobre los árboles, la tierra, las plantas”. También sobre las mujeres.

“A mí me gustaba mucho estar con las señoras (en el movimiento), que estaban ahí con sus esposos; yo era la única niña que andaba ahí. Y, la neta, sí me gusto convivir con mujeres, con las señoras, pues. Hasta ahora, en todo lo que escribo, yo siempre pienso en las niñas que me van a escuchar, en las mujeres que están pasando por lo mismo que yo pasé, o pienso en mí, en lo que me gustaría escuchar. Y digo: ‘Esto es para ellas’ y, entonces, casi todo lo que escribo está dirigido a ellas”. Gracias a las movilizaciones llevadas a cabo por mujeres y hombres la maquinaria fue desalojada de la laguna en 2013, pues el procedimiento violaba las leyes agrarias vigentes, la Constitución y convenios internacionales firmados por el Estado mexicano.

Guenda Benda

El proceso organizativo en Gui’xhi Ro acercó a Paula, de manera natural, al feminismo. Durante el conflicto, recuerda, conoció a muchas mujeres de otras latitudes que la ayudaron a reflexionar sobre su papel, sobre todo de las mujeres indígenas. Pero la primera mujer que la inspiró fue su madre, quien además de alimentar su amor por su lengua alimentó el respeto hacia otras mujeres. “Mi mamá es curandera –explica Paula–, es muy tradicional, pero respeta: cuando llegan mujeres que quieren concebir, ella les ayuda; y cuando llegan mujeres que no desean tener a sus bebés, también les ayuda. Me dice: ‘Si ella quiere, pues sí. Pero si yo estoy ayudando a que ellas puedan tener a sus hijos, yo también puedo ayudar a que no los tengan, si no quieren’.”

Así, pese que creció en una comunidad tradicional, donde la aspiración máxima de muchas mujeres es el matrimonio y las niñas se casan a corta edad, Paula fue educada en el ejercicio de la independencia. 

“En la comunidad –me cuenta–, un hombre entra a tu casa si es tu novio, si te roban o que te vayan a pedir. Y mis papás no; puedes llevar a tu novio o a quien sea a la casa, y si hasta quieren quedarse, se quedan. Y la gente habla: ‘Ay, mira, ya meten a ese hombre, y uno y otro; no, pero la semana pasada era diferente’. Y las vecinas preguntan: ‘¿Qué pasó con el güerito?’”, recuerda Paula, riendo, sobre los típicos comentarios.

A Paula no le da miedo hablar sobre sexualidad, el placer femenino, ni sobre la sororidad o Guenda benda, como titula uno de los poemas de su segundo libro, Xti Guendarannaxhii/ Otra forma de amar, publicado también por Avión de papel en 2019.

Benda’ xiñee ndi que ganaaxhiee lii / Hermana por qué no he de amarte.

lii rundiibi chaahuilu suude’/si tu amarras bien las cintas de mi enagua.

rudiinalu naa ora giaba’/me tiendes la mano cuando me caigo.

xiñe ndi que gannaxhiee lii. / por qué no he de amarte.

pa laaca nadxiiulu naa/ si tú también me amas.

Pero su poesía no es sólo feminista. En sus versos las cosas no siempre tienen género, porque el zapoteco permite no hacer distinción de género entre sustantivos, adjetivos o pronombres, como ocurre en el español. Por ejemplo, la palabra laabe corresponde lo mismo a “ella”, “él”, “lo”, “le” y “la”.

Y aunque existen palabras zapotecas que hacen distinciones entre lo masculino y lo femenino, como la palabra benda’ (hermana entre mujeres), biche’ (de hermano a hermano) y bizana’ (de hermano a hermana y viceversa), el que normalmente las palabras no tengan género es un recurso que Paula valora de su lengua.

“A mí me gusta eso del zapoteco. No sabemos quién necesita escuchar, pues. Quiénes necesitan escuchar algo. Hacerlo en lengua originaria, en zapoteco, es como para mí, ah –suspira–, maravilloso… Así yo comparto lo que tengo o lo que yo veo, lo que vivo a través de mi lengua, porque es lo primero que aprendí a hablar”. “Escribir –me confiesa– ha sido un poco complicado. Si, de por sí, hacer cosas como mujer es complicado, hacer cosas como mujer indígena es aún peor. Todo se complica, todo es difícil, tienes que luchar el doble. Por eso escribo muchas cosas enfocadas a las mujeres, a las mujeres indígenas: que vean que sí podemos, aunque nos estén pisando la enagua para no avanzar, hay que jalarla (…) La discriminación no está chida, siempre digo que hay que tomar lo que tenemos y usarlo como un escudo o una herramienta. Las que tengan una lengua, que escriban en su lengua; las que pinten, las que bailen, que lo hagan. Tenemos que batallar mucho, pero hay que rifarse, morras”.

El fuego

–¿Me pongo mi traje verde o el morado? –me pregunta Paula mientras saca de su habitación dos hermosos trajes regionales. El verde está bordado a máquina, con la técnica de cadenilla, y el morado es un traje bordado a mano por una de sus primas.

Paula escoge el morado. Me doy cuenta de que no es la primera vez que posa ante las cámaras, ni la última. Paula se prepara para su intervención en un documental llamado Huachinango Rojo, un proyecto a cargo de la directora Cintya Lizbeth Toledo, originaria de Ixtaltepec, que aborda el tema de la virginidad entre las mujeres zapotecas.

Al mismo tiempo, Paula participa activamente en actividades para la promoción del arte en la región, como el Encuentro de Mujeres Poetas del Istmo de Tehuantepec, organizado una vez al año por autoras de muchos pueblos del Istmo, y que cuenta con el respaldo de poetas como Natalia Toledo o Irma Pineda. Ambas, por cierto, desde hace un tiempo son seguidoras de la poesía y el trabajo comunitario de Paula.

“Yo, la neta, estoy muy agradecida con ellas –me confiesa–. Fueron ellas las que abrieron el camino. A nosotras nos toca mantenernos y abrir otros caminos a las próximas generaciones. Nos llevamos muy bien entre mujeres y organizamos cosas para mujeres, porque antes hacían encuentros de poesía istmeña, pero solo hablaban los hombres”.

Gracias a este encuentro Paula ha podido compartir lo que escribe, al igual que otras mujeres jóvenes de su comunidad como la actriz y poeta Sotera Cruz o la poeta y pintora Diidxazá García, entre muchas otras.

Además de su trabajo literario Paula colabora en el Semillero Creativo de Juchitán Oaxaca, proporcionando talleres de teatro a niños, niñas y jóvenes de la región, donde espera acercar el arte a su pueblo.

Paula trata de mantener viva su lengua materna de todas las maneras posibles: desde publicar sus poemas y pensamientos en sus redes sociales en diidxazá y español, hasta su trabajo cara a cara en campo junto a su comunidad. No por nada es conocida por ser buena organizadora y pachanguera.

No seré yo la última persona a la que los pescadores de la laguna Gui’Xi’Ro le regalen pescado por el hecho de conocer a Paula, orgullo de su pueblo.

Más personas vendrán a conocerla, a ver la flama en su boca.

Paula Ya
La palabra favorita de Paula en diidxazá, la lengua de las nubes, es Ni naca’, significa “lo que soy”. La poeta es parte del grupo de artistas que impulsa el Encuentro de Mujeres Poetas del Istmo de Tehuantepec. Foto: Odarys Guzmán / UIP.