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Cristal, la droga que engancha a los jóvenes
séptimo aniversario del caso Ayotzinapa, normalistas desaparecidos

Foto: Adriana Álvarez / Cuartoscuro.

Padres y madres de Ayotzinapa: morir sin justicia y sin verdad

Además del dolor que enfrentan por no saber el paradero de sus hijos, padres y madres lidian con enfermedades como la diabetes, el asma, la depresión. En el último año, con la pandemia de covid-19.

Luis Fernando Jarillo, Odarys Guzmán y Aranza Bustamante, estudiantes; Dulce Soto, reportera / Corriente Alterna el 26 de septiembre, 2021

Se acompañaban. Salían juntos a buscar a sus hijos. Eran padres de dos de los alumnos de la Escuela Normal Rural “Isidro Burgos” de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero. Clemente Rodríguez y Bernardo Campos caminaban a través de la sierra de Atoyac y en comisarías de Iguala. 

“Nos internamos en la sierra y al meternos al cerro le dije al compañero: ‘Ojalá acá encontremos a nuestros chavos, a nuestros hijos’”’, narra en entrevista don Clemente, padre del estudiante Christian Rodríguez Telumbre.

Fue en esas búsquedas que los dos padres, originarios de Tixtla, se hicieron amigos.

“A veces hasta nos tomábamos fotografías cuando íbamos a México, cuando íbamos a Atoyac. Y luego me preguntaba: ‘Oye, ¿pa’ qué me toma fotos?’ ‘Para subirlas al face. Y, así, donde quiera que esté tu chavo va a ver la chingonería de padre que tiene, que lo andas buscando’”, recuerda el señor Clemente.

Por eso le dolió tanto el fallecimiento de don Bernardo Campos. En los primeros días de este septiembre murió en un hospital de la Ciudad de México, a donde fue trasladado después de enfermar de covid-19 y atendido por complicaciones derivadas de la diabetes que padecía.

“Convivimos, ahora sí que un buen tiempo. Siempre yo le marcaba a él: ‘Compañero, ahorita nadie tiene tiempo de acompañarme, cómo anda de tiempo’”. Y don Bernardo, padre del normalista José Ángel Campos Cantor, lo secundaba.

Bernardo Campos, padre del normalista de Ayotzinapa desaparecido, José Ángel Campos Cantón
En el marco del quinto aniversario de la desaparición de los 43 normalistas, padres y madres de Ayotzinapa volaron papalotes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. En la imagen, el señor Bernardo Campos Santos, padre del estudiante José Ángel Campos Cantor. Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro.

Además del dolor que enfrentan por no saber el paradero de sus hijos, padres y madres lidian con enfermedades como la diabetes, el asma, la depresión. En el último año, con la pandemia de covid-19, que también cobró la vida de otro papá de Ayotzinapa: don Saúl Bruno Rosario, padre del estudiante Saúl Bruno García.

“Nos duele porque se va otro padre sin saber dónde está su hijo. Luego me pregunto yo: ‘Ora quién papá sigue, pues. Ora quién mamá sigue’. Así nos vamos ir yendo todos, creo yo, de tanta preocupación, tanto estrés”, lamenta Clemente.

El impacto psicosocial de las desapariciones forzadas

La desaparición forzada de un ser querido impacta en todos los ámbitos de la vida familiar. El dolor no se mitiga con el tiempo, se profundiza, explica Ximena Antillón, experta en acompañamiento psicosocial.

Las constantes movilizaciones para exigir justicia, agrega, han deteriorado la salud de los papás y mamás de Ayotzinapa, y esto los hizo más vulnerables a una pandemia como la del SARS-Cov-2.

“Es un deterioro de la salud que los familiares no atienden porque están concentrados en la búsqueda, en impulsar la investigación; y porque, también, sus recursos económicos se van acabando”.

Antillón, coordinadora del informe Yo sólo quería que amaneciera. Impactos psicosociales del caso Ayotzinapa, subraya que además de los normalistas desaparecidos hay otras víctimas de aquella noche del 2014, cuando grupos criminales en connivencia con autoridades de seguridad atacaron a los estudiantes.

Están los jóvenes que sobrevivieron y que, ahora, enfrentan el sentimiento de estar vivos en lugar de sus compañeros que fueron asesinados o desaparecidos, al tiempo que buscan reconstruir su proyecto de vida.

Las familias de los muchachos asesinados el 26 de septiembre enfrentan un duelo traumático; es decir, “un duelo que tiene que ver con una pérdida abrupta, violenta y sin sentido”.

Quizá las otras víctimas de la noche de Iguala se extiendan por generaciones: no solo sus madres, padres y hermanas. Incluso sobrinos y sobrinas, como las de Christian Rodríguez. Ellas no lo conocen, pero saben de su ausencia. Les arrebataron, también, la oportunidad de conocerse, y crecen en un contexto marcado por una de las crisis más grandes de derechos humanos en México.

Clemente Rodríguez Moreno, padre del normalista de Ayotzinapa desaparecido, Christian Rodríguez Telumbre
Don Clemente Rodríguez (segundo de izquierda a derecha), padre del normalista desaparecido Christian Rodríguez Telumbre, en una reunión con el presidente López Obrador. Foto: Presidencia.

El señor Clemente lo ilustra al narrar la siguiente escena.

Ira, él es tu tío —le dice a su nieta mientras le muestra una foto de su hijo desaparecido.

—¿Y qué le pasó? —pregunta la niña de 5 años que nunca conoció a Christian.

—Se lo llevó la policía.

Y la niña, asegura don Clemente, desde ya, señala a los policías que ve en Tixtla.

—Pinches policías ¿por qué no entregan a mi tío Quitian? —les reprocha, con coraje, la niña que aún no pronuncia correctamente el nombre de su tío.

“No encontrar a mi hijo me va matando en vida, poco a poquito”, agrega don Clemente. Pero las nietas le dan ánimos y le recuerdan “la vida alegre” que llevaba antes de la desaparición de Christian. Los días en la sala de su casa, donde su hijo zapateaba al ritmo de la melodía de Pávido Návido.

Christian tenía 19 años cuando lo desaparecieron en 2014. Su padre iba a cumplir 47. El tiempo pasa, pero el dolor continúa: “Tenemos el mismo sufrimiento, el mismo coraje”. Hoy, el señor Clemente tiene 54. El pasado 9 de agosto, Christian Rodríguez Telumbre, el normalista, el bailarín de danza folclórica, el hermano, hijo y tío, cumplió 26 años y hace siete que no regresa a casa.