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Christian Gruenberg

Fotografía de Alberto Rea

“Hay que enfrentar a otros varones”. Christian Gruenberg sobre feminismos y masculinidades

Liberarse de la masculinidad es un beneficio para todas, todes y todos, dice Christian Gruenberg.

Sujaila Miranda / Corriente Alterna el 2 de agosto, 2020

En 2002 el Foro Económico Mundial vaticinó que el joven abogado Christian Gruenberg sería uno de los 100 líderes mundiales del futuro por su participación en la lucha anticorrupción en su natal Argentina. Sin embargo, Gruenberg dio un giro a su vida: se volcó al activismo feminista, militó en el movimiento abortista, fue abogado de trabajadoras sexuales y deconstruyó su propia identidad, es decir, cuestionó su ser varón heterosexual. Radicado en México, ofrece talleres de detox de masculinidad y forma parte de la junta directiva de Fundar, un centro de análisis de políticas públicas.

En entrevista con Corriente Alterna, Gruenberg recorre las principales polémicas del feminismo, del movimiento #MeToo a la deconstrucción del deseo sexual, pasando por el abolicionismo. El #MeToo, dice, es la reacción a la falla de la justicia. Las instituciones fueron incapaces de sancionar el abuso sexual y las mujeres recurrieron a la tecnología. Afirma, por ejemplo, que el abolicionismo y el trabajo sexual son compatibles porque ambos luchan contra la trata, y aboga por un feminismo de alianzas, pues “el activismo construye identidades feministas masculinas”.

La principal responsabilidad del hombre, dice Christian Gruenberg, es enfrentar a otros varones: al varón violento, al macho, al abusador. “El feminismo tiene como objetivo un cambio social de tal profundidad que podamos eliminar el patriarcado como norma general de la humanidad”.

Christian Gruenberg
Foto: Alberto Rea

Como abogado, ¿qué opinas sobre el espacio de trabajo, el acoso sexual y el MeToo?

Cuando las mujeres intentan desafiar las norma de género aparece el mansplaining (machoexplicación); el dejarte afuera de los proyectos, el maltratarte. Ese acoso sexual en realidad es un dispositivo patriarcal de disciplinamiento para las mujeres y también para las maricas, los jotos o las lesbianas que cuestionan los privilegios de la masculinidad hegemónica del espacio de trabajo.

Las feministas de la década de 1970 tuvieron que inventar la palabra acoso sexual (para nombrarlo). ¿Por qué? Porque para litigar casos y para exigir justicia social y el reconocimiento de un hecho naturalizado como la violencia de género en el espacio de trabajo había que ponerle nombre. Casi medio siglo después, el #MeToo confirma que la ley no fue suficiente. El litigio, el reclamo legal, no fue suficiente para cambiar la cultura patriarcal y esto lo dice Catherine Mackinnon en un articulo hace dos años en el New York Times: lo que no pudo la ley lo logró el #MeToo.

¿A partir de éste movimiento ha habido mas autocrítica en los varones privilegiados y heterosexuales?

Ha generado resistencia y agrupamiento de muchos varones que tienen miedo de ser denunciados, porque las conductas (violentas) son tan naturalizadas que uno no se da cuenta. Las mujeres dicen: “eso es acoso sexual” y los hombres respondemos: “¿Dónde hay acoso? No, aquí no hay acoso”. Es un momento muy crítico porque se vuelve visible lo invisible y hay muchos varones que han reaccionado conservadoramente criticando al #MeToo con los dispositivos tradicionales del patriarcado: la revictimización. Se culpa a la víctima: “son mentirosas, son exageradas, no les creemos porque se defienden a través del anonimato”, etcétera.

 Hay otros hombres, que son con los que yo trabajo, que tienen dudas: “¿por qué el anonimato?”, que no entienden que el anonimato en realidad es confidencialidad. Yo trabajo con esos hombres para que entiendan que el #MeToo es la reacción frente a la complicidad del Estado. Si no hay acceso a la justicia hoy, pues tenemos la tecnología.

¿Cuál es la responsabilidad de los hombres profeministas con sus congéneres?

Creo que la responsabilidad de los varones en el feminismo es enfrentar a otros varones, es cuestionar los privilegios y sobre todo enfrentar la violencia de otros varones y también educar a otros varones. No es responsabilidad de las mujeres —tanto cis como trans y otras entidades sexogenéricas— educar a los varones. Eso es un pedido que muchas veces hacen los varones: “ay, ¿me podés explicar por qué no puedo ir a (la marcha del) 8 de marzo?”

La idea de pedir explicaciones tiene que ver con la naturalización de esos privilegios. Uno no debe pedir explicaciones a aquellos grupos que son oprimidos por uno mismo. Esa es una vieja lección de la experiencia nefasta de la esclavitud, que viene desde el feminismo negro: “el esclavo educaba al amo”, además de trabajar para el amo, el esclavo educaba al amo cuando le debía explicar la experiencia de ser esclavo.

Fundaciones para hombres que buscan hacerse responsables
Imagen: Denisse Martínez

Tú no provienes de una clase obrera. ¿Tus talleres de masculinidades abordan también las diferencias económicas?

Mi trabajo es situado, es decir, yo trabajo desde mi privilegio. Yo esto lo aprendí en la teoría más clásica de interseccionalidad, que es un tipo de conocimiento situado de la opresión. La interseccionalidad de las feministas negras, de las feministas indígenas, de las feministas chicanas. Trabajo justamente con la deconstrucción de los privilegios de las masculinidades más privilegiadas.

Yo nunca iría a un población, a una comunidad o a un movimiento indígena a explicarles qué es la masculinidad porque nunca podría, desde mis privilegios, colonizar la experiencia de las masculinidades de las clases populares. ¿Cómo atravesar esa línea de clases? A través de alianzas. Pero la deconstrucción de mi masculinidad siempre es desde mi propia experiencia privilegiada.

Sobre la incomodidad que ocasiona un hombre al llamarse feminista: si el feminismo fuera una gran marcha y ya organizamos todo las mujeres, ya lo teorizamos, y llegan los hombres y se quieren apropiar del nombre. ¿No sería necesario que crearan su propia teoría y su propio modo de nombrarse?

Yo me presento como varón feminista y lo primero que recibo en algunos espacios es el cuestionamiento. Para evitar que la discusión se vaya ahí digo: “soy un abogado, una persona o un varón profeminista. El “profeminismo” resuelve eso. Yo me defino como feminista con una fuerte reflexión autocritíca. Si supiera que estoy borrando de la historia la experiencia de las propias mujeres que construyeron el feminismo, si yo creyera que estoy construyendo un movimiento de varones feministas que vamos a colonizar el feminismo, no me llamaría de esa manera.

Pienso que también puede ser peligroso darte a ti una tarjeta del club cuando alguien más puede usarla con malas intenciones. Me viene a la mente el caso de un feminicida que fue al velorio de su víctima con una playera que decía Ni una menos”. Por el grado de violencia sí creo que podría ser pertinente hacer esas divisiones y a veces tener mucho cuidado con el lenguaje y cómo nos afirmamos a nosotres mismes.

Siempre va haber varones fraudulentos, masculinidades fraudulentas. Sobre todo en un momento de denuncia pública. Si yo fuera un varón con denuncias de acoso y de violación, ¿cómo hago para reducir al máximo que me denuncien públicamente? Me hago pasar por feminista.

Yo creo que el feminismo de los varones hay que analizarlo desde cualquier punto de vista pero sobre todo desde las alianzas del activismo. El activismo construye identidades masculinas feministas.

El feminismo tiene como objetivo generar un cambio social de tal profundidad que podamos eliminar el patriarcado como norma general global de la humanidad. Para eso hace falta alianzas. Yo milito y soy parte de distintos grupos de feminismos que creen que sin alianzas no vamos a lograr nada. Existen masculinidades que son más desafiantes que muchas feminidades cis género: los varones trans son masculinidades que cuestionan profundamente el orden heteropatriarcal, por ejemplo.

taller de detox de masculinidades
Cortesía: Christian Gruenberg

¿No te ha pasado que robas protagonismo de las compañeras feministas?

Cuando lanzamos la línea telefónica de aborto más información menos riesgos yo, ya por mi trabajo anterior, tenía relación con periodistas y me empezaron a llamar a mí para hacer una nota. Nosotros teníamos designada una vocera, entonces yo le di el teléfono de la vocera, “no, no queremos hablar con vos” me dijo. Yo dije “no, tenemos una vocera y hay que respetar esas reglas”.

Tú has sido abogado de varias colectivas feministas, ¿cómo fue tu experiencia activista con el abolicionismo?

Hace más de 20 años conocí a una activista abolicionista contra la prostitución, Sonia Sánchez, y ahorita estamos situados en polos opuestos. Yo ya era abogado y leí un libro de ella, Ninguna mujer nace para puta, y un capítulo se llamaba “El Estado proxeneta”. Ella analizaba cómo el Estado en términos estructurales era también un agente proxeneta. Fui a un taller de ella, obviamente era el único varón, y yo siempre me presentaba como un varón que había sido entrenado para ser violento y que estaba en el proceso de deconstruir ese entrenamiento que es el típico entrenamiento patriarcal que recibe toda persona masculina. Yo veía a la prostitución como una forma de violencia y de tortura.

Quince años después yo terminé siendo abogado del sindicato de trabajadoras sexuales. Dejé de ser abolicionista y vi que las dos posturas son compatibles desde la perspectiva de la deconstrucción de la masculinidad. Sobre todo para reconocer la autonomía, la agencia política y los derechos de las trabajadoras sexuales.

¿Cómo conviven las dos posturas?

Hay muchas personas que relacionan la trata con la prostitución y está demostrado que muchas trabajadoras sexuales son las principales activistas en contra de la trata. Negarles la voz a las trabajadoras sexuales es muy poco feminista. Sobre todo a las trabajadoras sexuales callejeras, que son, como ellas se definen, obreras, negras, migrantes y que en general una parte de las mujeres abolicionistas, no todas, pero una gran parte son mujeres académicas que hablan de la prostitución desde la academia. Hay un cruce de raza y de clase que hay que tener muy en cuenta.

Es muy poco feminista hacerle con ellas como cuando el Estado las cosifica y desde una postura paternalista les dice: “es que ustedes son víctimas” y ellas dicen, “no, no somos víctimas”. “Sí son víctimas pero no se dan cuenta”.

Estoy en contra de la trata, yo soy abolicionista pero también estoy a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales. Es ahí donde no se contradice porque el abolicionismo lo que busca es prevenir la trata y el trabajo sexual dice también lo mismo.

Hoy en día se discute mucho sobre el consentimiento y el deseo, ¿cómo articulas tú tu deseo fuera de la heteronorma?

Hoy lo que se discute como consentimiento afirmativo implica una conversación, una comunicación sexual sobre lo que queremos, sobre lo que no queremos, sobre lo que nos gusta.

De las primeras acciones políticas (profeministas) es la deconstrucción del deseo, porque el deseo no existe en el vacío, el deseo es una construcción cultural, que puede ser también una construcción hetero-cis-patriarcal. El deseo básicamente refuerza la heteronorma. El deseo queer es donde justamente se deconstruye ese régimen del deseo patriarcal y podemos desear de manera mucho más libre y diversa. Pero también siempre (estando) atentas a la dominación y a la violencia, porque la violencia no es sólo patriarcal.  El deseo puede ser no heterosexual y ser violento también. Estoy atento a que el deseo sea un deseo amoroso, solidario y basado en lazos de amistad y de amorosidad y nunca de dominación y de asimetría de poder, porque siempre estamos inclinados a tener ese tipo de conductas.

¿Acaso no sería imposible tener un deseo sano entre un hombre y una mujer si nunca va haber esa ruptura de jerarquía de poder, porque socialmente el poder siempre lo tendrá él?

Si me decis ¿cuál es el cambio más importante que generó el feminismo en mí? Fue deconstruir la heterosexualidad. Tener una sexualidad polisexual abierta que viene de la deconstrucción de la heterosexualidad. He tenido esta discusión con muchos amigos varones cis género que dicen “no, no me toques, yo soy heterosexual”. Políticamente si uno se define como feminista nunca puede decir “yo soy” porque el feminismo es antiesencia. Después de leer a Paul Preciado entendí que no hay nada más formateado, híper regulado y legislado que la sexualidad. Tuve que deconstruirla porque si no, no me podía definir como feminista.