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Arricifes

Los arrecifes, junto con los manglares y dunas, sirven como una barrera de contención (Ilustración René Zubieta).

Guardianes del arrecife: al rescate de los corales del Caribe Mexicano

Alejandro Castro y Eduardo Cordero, reporteros / Corriente Alterna el 3 de marzo, 2024

Cuando un huracán golpea las costas del Caribe Mexicano, un grupo de 41 voluntarios está preparado para salvar corales que fueron impactados por la fuerza del mar en el Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos.

Las aguas de Puerto Morelos casi siempre son calmadas. El movimiento del mar se asemeja al de una gran alberca que los bañistas disfrutan en este destino turístico ubicado al norte de Quintana Roo.

Desde el puerto principal, de frente, a unos dos kilómetros, se puede observar el rompimiento de grandes olas. Pierden fuerza al hacer contacto con la barrera de coral situada frente a la costa.

Las aguas son tranquilas, pero “al mar hay que tenerle respeto”, dice un pescador a la orilla del muelle de madera, al que le faltan tablas que se tragó el mar durante el huracán Delta, en octubre de 2020. Un emblemático faro inclinado también resguarda la memoria de los estragos que dejó el huracán Beulah en 1967.

Malecón de Puerto Morelos. Foto: Alejandro Castro

La calma de la playa se debe a la contención que brinda la barrera arrecifal, pero ¿quién protege al arrecife cuando la naturaleza desata su furia?

Desde 2018, en el Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, un grupo de voluntarios se organiza para rescatar corales  tras el impacto de una tormenta o huracán.

Ellos son los Guardianes del Arrecife, una brigada conformada, principalmente, por biólogos, pescadores y buzos, que busca hacer frente al deterioro del arrecife ocasionado por la actividad humana y el cambio climático.

Además de la protección de la costa, la barrera coralina situada frente a las costas de Puerto Morelos es clave para las dos principales actividades económicas de la comunidad: la pesca y el turismo, afirma María del Carmen García Rivas, directora del Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, decretado como área natural protegida en 1991.

Con fenómenos naturales cada vez más intensos, los ecosistemas también necesitan ayuda para resistir, agrega García Rivas.

La brigada, que nació con el impulso de la organización The Nature Conservancy, ha pasado por un proceso de capacitación para salvar la mayor cantidad de corales posibles, explica Aysha Carolina, buza certificada y actual coordinadora del colectivo.

Cuando un huracán se avecina, los Guardianes del Arrecife activan el protocolo de actuación inmediata: primero se verifica la disponibilidad de los integrantes; luego identifican los sitios más vulnerables y las especies más frágiles, como los corales ramificados.

Una vez que el huracán se degrada se realiza un primer recorrido para examinar los daños y decidir acciones. La más inmediata es pegar con un cemento especial los fragmentos de coral más grandes, para que continúen creciendo y “formando estructura” en el arrecife.

Los fragmentos más pequeños son recolectados y trasladados a un vivero marino que cuenta  con las condiciones idóneas; ahí crecerán para, más tarde, ser “sembrados” en zonas afectadas.

Un día de restauración con los Guardianes del Arrecife

Aysha Carolina, coordinadora de la brigada Guardianes del Arrecife, da instrucciones al equipo. Foto: Eduardo Cordero.

Son las 9:30 horas y la temperatura ya alcanza los 29 grados centígrados. La brigada se prepara en el muelle principal de Puerto Morelos para realizar una “siembra masiva de corales”, rescatados tras el paso de los huracanes Delta y Zeta, en octubre de 2020.

Preparan sus pertrechos, con su traje de buzo negro. Algunos van descalzos, caminan sobre las tablas del muelle. Otras suben a la embarcación los tanques de oxígeno, el cemento, una tina, una hielera con alimentos —las jornadas suelen durar más de seis horas— y otra con algunas rejillas de plástico adentro.

Se enciende el motor e inicia la aventura.

Los fragmentos se encuentran en el vivero La Ceiba, uno de los tres que hay en el Parque Nacional. Es el primer punto del recorrido.

Sentada en estribor, con las aletas colocadas y el tanque sobre la espalda, Arcelia Romero deja caer su cuerpo hacia el mar: las demás personas le siguen, con rejillas de plásticos donde colocarán los corales, pinzas de poda y una bitácora de registro.

Juanfra García, guía de buceo y esnórquel en el Parque Nacional, trabaja debajo del agua, removiendo el sedimento incrustado de la estructura de PVC donde están los fragmentos de coral, que son cortados y colocados en las rejillas negras de plástico.

Voluntarios de la brigada Guardianes del Arrecife realizan “poda” de corales en el vivero “La Ceiba”. Foto: Alejandro Castro

En esta “poda”, Juanfra obtuvo 200 fragmentos, cortando uno por uno, cargando un tanque de oxígeno sobre la espalda.

Transcurridos 35 minutos, el equipo va de regreso con los fragmentos de coral en la rejilla, nadando hacia la embarcación. Luis, el capitán de la embarcación, los recibe y coloca los corales en una hielera con agua marina para resguardarlos.

Una vez dentro de la embarcación, las personas que integran la brigada se quitan el visor y sonríen. El sol del mediodía indica que deben partir a “sembrar”.

El motor arranca otra vez y la proa comienza a romper el agua en calma. Se dirigen hacia el arrecife Bocana, un sitio poblado principalmente por corales de la familia Acrópora, conocidos comúnmente como “cuerno de alce” y “cuerno de ciervo”, de esqueletos con ramificaciones que pueden verse con detalle por la claridad del agua.

Mirar el arrecife a través de la máscara del esnórquel es inundar los ojos con los vivos destellos de un caleidoscopio. El lapislázuli de los peces, los amarillos iridiscentes de las algas, las sinuosidades del arrecife que es hogar, protección y sustento de esta vida que no para de fluir: cientos de peces, esponjas y moluscos viven en armonía dentro de una danza azul.

Sobre la lancha, cuatro de los voluntarios comienzan a trabajar alrededor de una tina donde preparan cemento con adhesivo que servirá para unir los fragmentos de coral.

Voluntarios preparan cemento con adhesivo para la siembra de corales en el arrecife. Foto: Eduardo Cordero.

El cemento se va moldeando para formar pequeñas bolas de masa que son colocadas en bolsas amarradas con ligas y colocadas en rejillas.

Comienza, nuevamente, la inmersión. De espaldas van cayendo, uno a uno, dentro del agua. El capitán les proporciona el material: rejillas con cemento, rejillas con corales y cepillos negros de cerdas gruesas para limpiar la base donde serán colocados.

Aysha Carolina es la encargada de convocar a “salidas de restauración”, como esta, y de activar el protocolo de actuación en caso de emergencias climáticas. Verifica la asistencia, asigna tareas, da indicaciones y toma registro de las acciones realizadas.

María del Carmen García, directora del área natural protegida, participa como una integrante más de la brigada. Toma una bolsa de cemento y comienza a pegar fragmentos de coral en el fondo marino.

La funcionaria explica que los corales ramificados son los más vulnerables ante la furia del mar, con fenómenos naturales cada vez más intensos.

María del Carmen García Rivas, directora del Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, limpia superficie en el fondo marino para sembrar un nuevo coral. Foto: Alejandro Castro

Ecosistema clave, en riesgo

Lorenzo Álvarez Filip, responsable del Laboratorio de Biodiversidad y Conservación Arrecifal (BarcoLab) del Instituto de Limnología y Ciencias del Mar de la UNAM, refiere que hablar de corales es ahondar en seres vivos complejos.

Se trata de animales coloniales formados por pequeños organismos llamados pólipos, parientes de las medusas y las anémonas. Estos forman colonias de miles, que son los que dan estructura al coral, ya que crean una estructura de carbonato de calcio. Dentro de los pequeños pólipos viven, en simbiosis (relación de mutua ayuda), las microalgas llamadas zooxantelas, que le dan color a los corales.

De acuerdo con el académico, los corales son los principales formadores de estructura arrecifal. Es decir, esas formas tridimensionales complejas que funcionan como hábitats marinos y brindan bienes y servicios ambientales, como la protección costera.

“En términos generales, los arrecifes son ecosistemas altamente diversos. Tienen gran cantidad de organismos que viven en ellos; son considerados los ecosistemas más diversos del planeta”, afirma.

La bióloga Arcelia Romero, también brigadista, detalla que los corales tienen dos formas de reproducción: sexual y asexual.

“La sexual es como la que todos conocemos, en donde dos gametos, un espermatozoide y un óvulo se fusionan y crean un nuevo individuo. La asexual tiene más que ver con la fragmentación de los corales. Los fragmentos, a los que también les llamamos ‘coral madre’ o ‘coral donador’, tienen la capacidad de regenerarse. Y, a la vez, los fragmentos pueden formar un nuevo individuo genéticamente idéntico en un sitio diferente”, puntualiza.

En esta restauración, los corales fueron reproducidos asexualmente, es decir, con fragmentos que se desprendieron de un coral más grande durante los huracanes.

En el Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, el Instituto de Limnología y Ciencias del Mar de la UNAM y el Centro Regional de Investigación Acuicola Pesquera (Criap) también están probando la reproducción sexual de corales de forma asistida.

La experta indica que, pese a tratarse de un método más lento, también es necesario para tener variabilidad genética entre los corales, lo que les ayuda a ser más resistentes a enfermedades o cambios de temperatura.

Álvarez Filip apunta que los corales del Caribe mexicano sufren un deterioro desmedido desde hace 50 años, cuando comenzó el desarrollo de la infraestructura turística de la zona. Por su parte, María del Carmen García indica que entre los principales problemas está el mal tratamiento de las aguas residuales y las malas prácticas de los visitantes, como el uso de bloqueador solar.

Pero desde 2018 el panorama es aún más grave. A mediados de ese año se detectó, por primera vez en los arrecifes del Caribe mexicano, la pérdida de tejido de coral duro (SCTLD, por sus siglas en inglés), enfermedad conocida localmente como “síndrome blanco”.

En dos años, esta rara enfermedad arrasó con más de 40% de la población de corales de 25 especies. Algunas de estas, como el coral “pilar” (Dendrogyra cylindrus), quedaron al borde de la extinción local, según datos del BarcoLab.

Enfermedad del Síndrome Blanco en un coral ‘laberinto’. Foto: DGCS UNAM

El programa de restauración que llevan a cabo los Guardianes del Arrecife ha logrado sembrar más de 50 mil corales, expone García Rivas.

Para Álvarez Filip, los esfuerzos de restauración son indispensables para ayudar al arrecife. Sin embargo, enfatiza que las pérdidas, estimadas en millones, son muy superiores a la capacidad de siembra.

“En un año, probablemente, solo en esta costa murieron más de 80 millones de corales. Cuando nosotros hablamos de acciones de restauración estamos hablando, en el mejor de los casos, de unos pocos miles de corales plantados”, sostiene.

La esperanza los une

Durante el recorrido de restauración, los voluntarios intercambian anécdotas.

—La otra vez vimos una familia de manatíes. ¡Estuvo bien bonito! —dice Aysha Carolina.

—¡Ay!, ojalá que aparezcan de nuevo —responde Lara Virginia, otra de las voluntarias.

Para ser parte de la brigada se necesitan tres cosas, enumera Aysha: habilidades en el agua para el esnórquel y el buceo; compromiso y dedicación; amor y respeto por el mar.

“Para mí, este proyecto significa muchísimo. Amor, muchísimo amor, y respeto hacia nuestra madre mar y hacia toda la vida marina, que se encuentra debajo en las profundidades”, comparte la líder de la brigada.

Juanfra García cuenta que la mayor parte de su tiempo se la pasa en el mar, trabajando, como voluntario o por diversión.

“Prácticamente, dependo del arrecife. Mi vida gira en torno al arrecife. De ahí viene la idea de actuar con las brigadas. Y, pues, el compromiso de mantener el arrecife lo mejor que se pueda, para poder seguir trabajando y dejar un legado a las siguientes generaciones”, dice en entrevista.

Son las 14:00 horas. Agotados después de nadar durante horas con un tanque sobre la espalda, los alimentos —sándwiches, agua de horchata— son compartidos entre pláticas y

sonrisas, con el brillo del cielo tropical destellando en las pupilas.

El cielo comienza súbitamente a encapotarse, las nubes grises forman una compacta masa que avanza rápidamente sobre la costa. El trabajo ha terminado y el capitán arranca la embarcación para regresar a la costa rápidamente y evitar el chubasco. Es inútil: el cielo se rompe en precipitadas agujas de agua fría que caen sobre la tripulación.

Logran llegar al muelle. Mientras la tormenta arrecia, anclan. Juanfra le sugiere al grupo saltar al mar, ahí el agua está menos fría que la de lluvia. Las demás personas le siguen con alegría. Las bromas y risas abundan.

Cuando la intensa lluvia pasa, los brigadistas empapados descargan el equipo. Se ríen de la situación.

Aysha asegura que vale la pena hacer lo que hacen. Es un rayo de esperanza para el futuro de los corales del Parque Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, que padecen condiciones cada vez más adversas.

“La verdad es que es un honor y un orgullo poder ver que todos los esfuerzos que ponemos aquí tienen repercusiones positivas. Podemos ver, cuando llegamos al arrecife, que ya tiene un cierto tamaño este coral, que ya creció, está fuerte, está resiliente, está brillante. Eso nos motiva a seguir”, concluye la coordinadora de los Guardianes del Arrecife.

*Este reportaje fue producido con el apoyo de la Earth Journalism Network de Internews.