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Nancy Cárdenas, icono del feminismo y la diversidad sexual

Foto: Eunice Adorno

Rodar con Cariño: ciclistas por la vida y contra el ‘Patriar-carro’

Carlos Acuña, reportero, y Fernanda Vega Osnaya, becaria / Corriente Alterna el 31 de enero, 2021

Cada año mueren, en accidentes de tránsito, 450 ciclistas en el país. En ciudades diseñadas para servir al automóvil, las bici-activistas despliegan acciones contra la indiferencia de autoridades y automovilistas. El caso de Carolina Espinosa nos recuerda los pendientes en materia de género en las políticas de movilidad.

Hacía un año que Carolina Espinosa se había subido a la bicicleta. Consciente de su poca experiencia, pedaleaba con cautela. Además del casco, usaba chaleco fosforescente, respetaba los semáforos y rodaba por las ciclovías.

Carolina vivía en clave política: cantaba cumbias de protesta; militaba en una organización feminista. Así se relacionaba con la bicicleta: como un medio de transporte seguro en tiempos de pandemia. Pero, también, como un vehículo para vincularse con activistas del ciclismo: las que postulan que la bicicleta emancipa a las mujeres; las que enseñaban a otras mujeres mecánica de bicis para no depender de hombres; las que organizan rodadas cuando un ciclista muere atropellado. Para ellas, como para muchas otras compañeras y compañeros de distintas causas,  Carolina Espinosa también era Cariñx.

La señal

La señal desapareció en abril de 2016. Acaso un auto se estampó contra ella o, quizás, alguien la robó; no se sabe. Al año siguiente los funcionarios de la alcaldía Benito Juárez instalaron un monolito de concreto pintado de azul que marca los límites de su jurisdicción:

Gracias por tu visita.

Siente el cambio

Alcaldía Benito Juárez

Carolina Espinosa: "vuelva pronto"
Foto: Eunice Adorno

Nadie reinstaló la señal de vuelta prohibida. Al poniente de la Ciudad de México, a unos cuantos metros de la plaza comercial Metrópoli Patriotismo, justo en el cruce de Avenida Patriotismo con Puente de la Morena, debería brillar una placa que prohíba a los automovilistas dar vuelta en U. Pero la madrugada del sábado primero de agosto aquella señal no estuvo en su lugar.

«Me estoy volviendo loco»

En su cabeza se repite la escena. Vuelve a ver el auto negro, un Chevrolet Trax, que aparece de la nada, en sentido contrario a él. De nuevo siente el cofre que golpea la llanta trasera de su bicicleta, el giro de 180 grados que lo hace caer. Las luces de la gasolinería lo deslumbran. Carolina Espinosa también está en el suelo, justo al centro de la calle, intentando levantarse después de salir disparada por el impacto del mismo coche.

Otro carro llega de golpe, un Volkswagen Polo color rojo que, después de arrollarla, se da a la fuga. Él corre detrás convertido en un grito.

Quien recuerda es Fausto Hermida, novio de Carolina y guitarrista de La Sonora Criminal. Era sábado, primero de agosto de 2020, 2:45 de la madrugada; él y Carolina, regresaban de un ensayo con la banda. Unos días antes habían lanzado su nuevo disco y preparaban nuevas presentaciones.

—Es como si me hubiera pasado un tren encima —dice Fausto un mes después. Está sentado en un café del Centro Histórico, no se quita el casco—. Y estoy lleno de rabia, mal pedo. Hoy que salí de terapia un auto estuvo a nada de darme un llegue. ¿Cómo crees que reacciono? Lloro todo el tiempo, me tengo que contener para no bajarme de la bici y agarrarme a golpes. Siento que me estoy volviendo loco.

Cumbia, pedal y activismo

Tenía entonces 34 años y una voz difícil de encontrar; dulce, pero capaz de desgarrarse sin perder color. Por eso la aceptaron de inmediato en La Sonora Criminal, un grupo de cumbia cuyas canciones suelen abordar temas como la desaparición de los 43, los feminicidios, el zapatismo.

Además de cantar, Carolina Espinosa escribía arreglos armónicos y tocaba percusiones. Era 2018 y su presencia combinaba bien con el resto de los integrantes de la banda: nueve o diez jóvenes sudamericanos y chicanos involucrados en distintas formas de activismo.

Había estudiado la Licenciatura en Historia en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) e impulsaba un proyecto de educación autónoma en la comunidad de Amilcingo, Morelos, al lado de otros activistas, entre ellos Samir Flores, quien fue asesinado en febrero de 2019. Vivía de dar clases de inglés y otras materias a personas en contextos marginales para ayudarles a terminar la secundaria y el bachillerato. También había contribuido a crear una pequeña casa productora con la cual planeaba hacer documentales.

Foto: cortesía Voces Afectivas

Ella pensaba en la música como una manera de acompañar las luchas sociales con algo más que rabia e indignación, cuentan sus amigas. Se presentaba junto a La Sonora Criminal en todo tipo de escenarios, desde foros feministas hasta plantones.

—En 2018 viajamos a Chiapas al Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, del EZLN —dice María Fernanda—. Fuimos las tres mujeres que estábamos en la Sonora en ese momento: Carolina, yo y Erandi Villavicencio, acompañada de su hija de pocos años. Caro se entregó al cuidado de la más chiquis de la familia. Escuchar su voz en el escenario de ese espacio de mujeres, lejos de la ciudad, me impactó mucho. Agradezco ese momento junto a ella. 

La voz de María Fernanda se endurece, truena los labios con hastío. “Es increíble todo lo que se puede perder por una estupidez”.

Una ciudad contra ciclistas y peatones

Mientras la familia de Carolina atravesaba el súbito duelo e intentaba organizar un funeral se les asignó un defensor que nunca se presentó al Ministerio Público. Al mismo tiempo, el abogado del conductor aceleró la primera audiencia con el fin de no esperarlos. A Fausto, principal testigo de los hechos y todavía impactado por ver morir a su pareja unas horas antes, el Ministerio Público le tomó declaraciones sin protocolo y le entregaron documentación errónea.

El conductor del auto rojo, el que terminó matando a Carolina, estaba en “completo estado de ebriedad”, según informó el policía que reportó los hechos. Lo confirmó más tarde el médico del Ministerio Público.

Actualmente lleva el proceso en su contra desde casa.

Responsabilidad compartida

Paco de Anda tiene la cara pegada al asfalto. Parece que olfatea algo con su nariz afilada. Pelirrojo y de frente redonda, no teme empolvarse la barba con la tierra que sopla con fuerza. Rasguña con las manos para despejar el área. Con la lámpara de su celular intenta iluminar un pequeño agujero. Quiere averiguar si, en este punto de la calle, algún día hubo algún poste o cerillo vial, como algunos lo llaman, algo, cualquier cosa que buscara impedir que los autos circularan por aquí.

Foto: Eunice Adorno

Estamos, de nuevo, en el cruce de Puente de la Morena y Patriotismo.        

—Justo en este punto no, nunca lo instalaron —dice levantándose del suelo, sacudiéndose el polvo de las manos—. Pero hay rastros, un poco más al norte, de postes que ya no están. Es posible que hayan sido retirados en alguna remodelación. O que hayan sido dañados por algún choque, quién sabe. 

“En este punto exacto”, dice de Anda, “sí sería pertinente colocar algo, una barrera, un impedimento físico para desincentivar que los conductores den vuelta, algo que les impida físicamente invadir la ciclovía”.

Paco es director de la asociación civil Movilidad Desarrollo México. Diseña estrategias de infraestructura urbana y promueve espacios de tránsito menos peligrosos.

—Miren esto —señala la placa que indica el límite de velocidad: “50 kilómetros por hora” —. Es una señal muy clara, la puedes ver desde muy lejos. Pero 50 kilómetros por hora es una velocidad incompatible cuando tienes un paso peatonal y una ciclovía tan cerca.

A diferencia de la señal de velocidad, precisa, las advertencias de pasos peatonales y pasos ciclistas se ubican tras el follaje de los árboles: escondidas al ojo del conductor. La ciclopista tampoco es visible.

De Anda fue contratado por el Centro de Derechos Humanos “Zeferino Ladrillero” para elaborar un dictamen sobre la infraestructura vial en este punto exacto de la ciudad, el cruce de Puente de la Morena y Patriotismo, donde murió Carolina Espinosa. El 19 de noviembre de 2020 su dictamen, acompañado de otra serie de documentos, testimonios, fotos, videos y reconstrucciones en 3D, fue integrado en una denuncia civil dirigida contra la alcaldía Benito Juárez, la Secretaría de Movilidad (Semovi) y el gobierno de la Ciudad de México.

Foto: Eunice Adorno

—En un homicidio culposo por atropellamiento, con un agravante por conducir en estado de ebriedad, la responsabilidad es del conductor —explica Esther Flores, la abogada que tomó el caso—. Pero en ciertos casos la responsabilidad es compartida con las autoridades. En el caso de Carolina Espinosa existen muchos elementos ausentes en la infraestructura vial, además de políticas públicas que no contemplan a todos los ciudadanos. Acusamos a las autoridades de no implementar las medidas adecuadas para que puedas ejercer tu libertad de tránsito sin arriesgar tu vida.

Identificación del enemigo: el Patriar-carro

Las ciclo-activistas esgrimen una cifra: de acuerdo con la Secretaría de Seguridad Ciudadana, 80% de los responsables de incidentes y muertes viales son hombres.

Del total de personas juzgadas durante los últimos 10 años, el 93% de las personas juzgadas como responsables de  muertes viales son hombres, según datos del Tribunal Superior de Justicia de la capital obtenidos por Corriente Alterna mediante una solicitud de información.

La movilidad es un tema de poder adquisitivo, cruzado por el género: los hombres con suficiente poder económico para comprar un auto son una minoría si se comparan con peatones, ciclistas, además de usuarias y usuarios de transporte público. Sin embargo, la ciudad está diseñada para que ellos sean los protagonistas de la calle.

Si se considera que tres de cada diez hombres implicados en accidentes viales presentan signos de ebriedad (y pensando que, quizás, el porcentaje sea mayor —pues 15 de cada 100 conductores se da a la fuga), no resulta extraño que en alguna rodada feminista se haya bautizado al enemigo: el Patriar-carro.

Desde la muerte de Carolina Espinosa las manifestaciones ciclistas se han multiplicado. El domingo 18 de octubre se instalaron 450 bicicletas en la plancha del Monumento a la Revolución: el estimado nacional de muertes ciclistas por año. Colectivas como La Jauría o grupos de cicloactivistas como La División del Norte convocan a pedalear hacia Ecatepec o Azcapotzalco para exigir cambios en la infraestructura en las periferias. Las redes feministas de bicimensajeras convocan a “rodadas de acción directa” para invadir el carril del Metrobús y detener el flujo pedaleando a baja velocidad, con carteles en la espalda:

“Tu  prisa no vale mi vida”

La organización #NiUnRepartidorMenos comenzó a convocar a “cacerías” para bloquear calles, identificar conductores ebrios y exigir en redes sociales la renuncia de funcionarios de la Semovi. Para detener el tráfico, sobre el asfalto dibujan bicicletas con gasolina y les prenden fuego. En ocasiones acuden a las oficinas de la Semovi, acompañados por los familiares de las víctimas de atropellamientos, y lanzan cubetas de pintura roja para simular sangre.

La bicicleta es más que un medio de transporte. Para miles, la bicicleta es una plataforma desde la cual construir comunidad y replantear la metrópoli. A las rodadas multitudinarias acuden, sobre todo, jóvenes. Algunos han intervenido sus bicicletas adaptando remolques donde llevan a sus hijos o a sus perros. Para hacer sonar cumbias y consignas, hay quien adapta bocinas que se alimentan de electricidad generada en el pedaleo. La gente se tatúa pequeñas bicicletas en los nudillos y porta rines diminutos como aretes o collares.

La necesidad de sobrevivir a la violencia vial se ha convertido en una declaración de moda: visten con colores chillones, fluorescentes de ser posible, que combinan con sus cascos y chalecos, con el fin de que los automovilistas puedan verlos en la oscuridad.

Cuando una rodada multitudinaria circula por un túnel vehicular, los ciclistas aprovechan para hacer sonar sus campanillas. El tintineo metálico, amplificado por la resonancia del túnel, hace pensar en un enjambre veloz y colorido que recorre la ciudad.

Abajo el Patriarcarro:
“Abajo el Patriar-carro” / Foto: Eunice Adorno

Durante meses, los grupos activistas exigieron una cita con Andrés Lajous, titular de la Secretaría de Movilidad. No tuvieron éxito. Pero con la muerte de Carlos Rivera, el ciclista arrollado en la Calzada de Tlalpan el 21 de enero de 2021 por un conductor que se dio a la fuga, los grupos ciclistas comenzaron a bloquear arterias y avenidas principales.

En más de una ocasión obstaculizaron el paso al Metrobús y a los RTP’s que dan servicio  a los usuarios de las líneas del Metro cerradas por un fallo eléctrico. Sólo entonces el titular de la Secretaría de Movilidad recibió, el lunes 25,  a un grupo de ciclistas. Fue un encuentro ríspido pero esa misma semana la Semovi presentó el Plan de Atención y Cuidado del Ciclista, además de una serie de medidas en coordinación con la Secretaría de Seguridad Ciudadana y la Fiscalía capitalina, con el fin de atender algunas de las principales demandas del grupo.

Un ajolote sobre una cebra

El 14 de noviembre de 2020, 23 personas de cinco colectivos distintos, agrupados en torno a la Liga Peatonal y Estrategia Misión Cero, intervinieron el cruce de Puente de la Morena y Avenida Patriotismo: la esquina donde murió Carolina Espinosa. Hoy, la pinta de un ajolote sobre la cebra vial indica el lugar donde los peatones deben cruzar. Luego de siete horas de trabajo y 30 mil pesos gastados en pintura, el paso peatonal y la ciclovía quedaron marcados de azul y rosa fosforescente de esquina a esquina. La señal de vuelta prohibida también ha regresado a su lugar.

–Pero no es suficiente –advierte Sergio Andrade, de la Liga Peatonal, principal responsable de la intervención.

En gran parte de la cuadra, explica, no existe la banqueta peatonal sobre avenida Patriotismo. En su lugar hay una bahía para permitir la entrada de los autos hacia la estación de combustible. La ciclovía está completamente expuesta. Más adelante, los autos hacen fila para ingresar a una plaza comercial, para evitar que los autos se atasquen, el semáforo deja apenas un minuto y medio de tiempo al cruce de peatones. Es común ver a la gente cruzar corriendo en el mismo espacio en que muchos autos dan una vuelta prohibida para cargar gasolina.

Carolina Espinosa: Ternura, cumbia y revolución
Foto: Eunice Adorno

—Existe todavía un desequilibrio en las políticas de movilidad —opina Sonia Medina, coordinadora de Movilidad Activa y Diseño Urbano en la organización civil Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo—. A los autos se les otorga mucho más espacio, carriles más anchos, porque la ciudad se ha diseñado con la perspectiva de que los autos tienen que ir rápido.

Más de la mitad de las muertes viales sucedan en avenidas principales, ejes viales o vías de acceso controlado, aunque este tipo de vías representen menos de 8% del total de calles de la ciudad.

La ciclovía de Bucareli, la ciclovía de Insurgentes anunciada como “emergente”, la ciclovía en Milpa Alta o el bici-estacionamiento en el Rosario hablan de la voluntad de crear infraestructura. Sin embargo, tan sólo en 2020 se contaron 80 accidentes con bicicletas involucradas ocurridos sobre o muy cerca de ciclopistas recién inauguradas.

—La muerte de Carolina sucedió en una ciclopista. Esto nos indica que la infraestructura no basta —dice Paulette González, activista ciclista—. El problema es la conducta de los automovilistas. Necesitamos políticas públicas que ayuden a cambiar esas conductas.

Las propuestas de la comunidad ciclista van desde regresar al sistema de fotomultas, por ejemplo. O aplicar exámenes de manejo antes de otorgar carnets de conducir y endurecer las penalizaciones hacia los conductores que reinsidan en conductas peligrosas. Vigilar los procesos judiciales en torno a las muertes viales y que se instale un Consejo Asesor de Movilidad y Seguridad Vial, previsto en la Ley de Movilidad de la ciudad.

Foto: Galo Cañas / Cuartoscuro

­—No sólo es muy difícil hacer que el responsable de la muerte de Carolina termine en la cárcel —dice Marina Ameida, abogada y percusionista de La Valentina Conde & La Voluntad, otra de las bandas donde Carolina cantaba—. Es que lograrlo no arregla el problema de fondo.  No se trata ya de meter a un borracho a la cárcel sino de cambiar todo lo que sostiene esa conducta fatal. La única forma de hacerle justicia a Caro es lograr que esto no se repita. Por eso es que sus amigos, la comunidad que la rodeaba, decidimos demandar al gobierno de la Ciudad de México por su muerte.

Carolina Espinosa: militante del cuidado y la ternura

Fania intenta cantar mientras mira cómo la familia de Carolina carga en hombros una bicicleta blanca. Alguien recarga una escalera en lo alto de un poste de luz en la maraña de cables.

Es sábado, 8 de agosto de 2020. De nuevo estamos aquí, en el cruce de Patriotismo y Puente de la Morena.

Fania intenta improvisar un hip-hop mientras rasga su jarana. Escucha el rumor los motores a lo lejos, las bocinas lanzando mentadas de madre. Avenida Patriotismo es una de las 20 vías más transitadas de la ciudad; pero, desde hace varias horas, con los manubrios y las sillas apoyadas sobre el asfalto, las ruedas apuntando al cielo, cientos de bicicletas bloquean cada uno de los carriles.

Carolina Espinosa: #RodarConCariñx
Foto: Archivo Cuatroscuro

Son las 4 de la tarde. Frente a la estación de gasolina se han conectado bocinas y amplificadores: un ritmo cumbiero brota de congas, güiros y guitarras.

—Va a ser bien difícil sonar sin la Caro —piensa Fania—. Todo va a ser más difícil sin ella.

Le gustaba su ánimo bailador y cumbiero y su capacidad de multiplicarse: su energía para cantar, escribir artículos, organizar encuentros feministas, crear proyectos educativos, tocar en tres o cuatro bandas, crear una productora audiovisual.

A Carolina Espinosa sus amigas le decían Cariño porque procuraba confianza y seguridad a sus cercanos. Además de un rasgo de carácter, para ella el cuidado era una bandera: lo privado, lo íntimo, los afectos, tienen una dimensión política desde el feminismo. Así lo repiten las mujeres con las que Carolina sostenía la Red Latinoamericana Feminista y la colectiva Voces Afectivas: Carolina se asumía militante del cuidado y la ternura.

Caro era “lo que le sigue de prudente, hasta doble cubrebocas usaba”. Y aquel sábado, el semáforo estaba en verde mientras ella circulaba a baja velocidad de sur a norte por la ciclovía de Avenida Patriotismo: llevaba las luces prendidas, el casco bien ajustado y hasta un chaleco naranja.

Una tonelada y 92 kilos. Ese es el peso del auto que embistió a Carolina por segunda vez, el Volkswagen Polo color rojo que terminó pasándole encima. A veces Fania piensa en esa cifra. Ella también es ciclista y no concibe cómo es posible que aquellas bestias de metal circulen a toda velocidad sin que los conductores piensen en la mole que los lleva.

“Al final Caro murió por eso, por dos machitos jugando a ser Big Daddy”, dice.

Tan sólo aquí, en la esquina de Patriotismo y Puente de la Morena, se han registrado 12 atropellamientos desde 2015. Diez peatones y dos ciclistas, según datos de la organización Misión Cero. Poco antes de la muerte de Carolina un peatón había muerto atropellado en este mismo punto.

Carolina Espinosa: homenajes en la calle
Foto: Eunice Adorno

En la cima de un poste de luz frente a la estación de gasolina, entre las marañas de cables, la familia de Carolina Espinosa, instala una bicicleta blanca. Sobre el cuerpo blanco de la bicicleta puede leerse:

“Cariñx:

Ternura, Cumbia y Revolución”

A las pocas semanas, Voces Afectivas, una de las tantas organizaciones a las que pertenecía Carolina, anunció un seminario en su memoria: “Pedagogías del Cariñx”.

(Con información de Metztli Molina y Diego Alvarado).