Elaine Bearer:  hallar en un sótano la conexión entre música y ciencia
La neurocientífica y compositora Elaine Bearer y el cuarteto de cuerdas del Instituto Kwapisz. Foto: Mariana Zúñiga

Fue durante su infancia, cuando la estadounidense Elaine Bearer comenzó a vislumbrar que ciencia y música podían convivir en un mismo espacio. Su padre,  ingeniero eléctrico, transformó el sótano de su casa en un laboratorio. Ahí diseñaba circuitos y experimentaba con bocinas para lograr el mejor sonido posible. La niña Elaine participaba en esas aventuras científicas, además de estudiar el violín y el corno francés. 

En ese sótano, la ciencia y la música se conectaban. 

Elaine Bearer decidió, primero, adentrarse al mundo de los sonidos. Estudió teoría musical en la Escuela de Música de Manhattan. También realizó una maestría en artes en la Universidad de Nueva York. Tocó el corno francés con la Orquesta de París y enseñó composición en San Francisco. A los 25 años, decidió explorar el universo de la ciencia, estudió biología humana en Stanford y luego cursó el programa combinado de doctorado y medicina en la Universidad de California San Francisco. 

“Para mí no se sintió como un cambio enorme”, dice Bearer sobre su tránsito de la música a la neurociencia, aunque admite que fue aterrador: “Escribía música muy seria. Usaba un lápiz para poner en una partitura lo que pensaba. Y de pronto pensé: quiero saber más sobre lo que ocurre ahí adentro. Para eso necesitaba estudiar biología, neurociencia. Necesitaba entender cómo funciona mi cabeza”.

Elaine L. Bearer posa frente a una proyección de estructuras neuronales.
Imagen de Elaine Bearear proyectada al inicio de la conferencia “La danza de las neuronas y la música del universo”, durante El Aleph. Festival de Arte y Ciencia. Foto: Mariana Zúñiga

Ahora, a sus 76 años, Bearer es profesora titular de Patología en la Universidad de Nuevo México, editora en jefe de la revista de acceso libre Natural Sciences, publicada en Wiley, además de compositora. En su repertorio musical hay desde cuartetos de cuerdas hasta un oratorio sobre María Magdalena. En el campo científico, sus investigaciones han documentado la presencia de microplásticos en cerebros de personas que padecen demencia. También ha explorado cómo el miedo agudo afecta el cerebro de adolescentes que vivieron traumas en la infancia.

Esa trayectoria musico-científica, hizo que Bearer viajara a la Ciudad de México para participar como conferencista inaugural en el décimo aniversario de El Aleph. Festival de Arte y Ciencia que fusiona las artes y las ciencias, una iniciativa de la Coordinación de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

“No hay suficientes festivales así”, lamenta Bearer. Y una de las causas, explica, es que las disciplinas se encierran en silos: quienes hacen fotógrafía, en su silo; los que hacen escultura, en el suyo; quienes exploran la arquitectura, en otro. En  la música, dijo, sucede algo similar: las personas compositoras, intérpretes e historiadoras rara vez se juntan. “Intentar cruzar las disciplinas es casi tan difícil como tratar de hablar inglés y español al mismo tiempo”.

Proyección artística de redes neuronales y conexiones cerebrales utilizada en la investigación sobre música y neurociencia.
El violín neuronal que une dos disciplinas: arte y ciencia. Foto: Mariana Zúñiga

Con su trabajo, la compositora y científica ha buscado romper esas barreras. Y así lo mostró en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, donde el 8 de mayo habló de la música en el área de las neurociencias, durante la conferencia “La danza de las neuronas y la música del universo”. 

Al terminar, el Cuarteto de Cuerdas del Instituto Kwapisz interpretó composiciones originales de Bearer, piezas escritas a partir de los patrones eléctricos del sistema nervioso central, esas señales que tienen ritmo, tiempo e intensidad, los mismos elementos que hacen posible una partitura.

Elaine L. Bearer participa en una presentación escénica acompañada de músicos durante un evento que une arte y ciencia.
El Cuarteto de Cuerdas del Instituto Kwapisz interpretó composiciones originales de Elaine Bearer. Foto:Mariana Zúñiga

Disciplinas que no se hablan 

Intentar conectar dos áreas, como la música y la ciencia, es una tarea ardua. Bearer lo sabe. No consiguió financiamiento cuando intentó resolver las preguntas sobre cómo y de dónde surge la imaginación musical. “Nadie puso dinero en los Institutos Nacionales de Salud para hacer los experimentos carísimos que yo habría necesitado”, recordó durante la conferencia de prensa donde habló de su participación en El Aleph. 

En la actualidad, ya hay iniciativas que exploran ese campo. En el año 2022, por ejemplo, se creó el programa Sound Health, dentro del National Institute of Health y con la ayuda del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas. Ahí se estudian los circuitos cerebrales involucrados en cómo percibimos la música. También se comienza a explorar si la musicoterapia puede ayudar a quienes presentan desórdenes neurológicos. Sin embargo, Bearer señala una paradoja sobre este último punto: quienes practican la terapia musical no hacen ciencia, y las personas científicas todavía no se han involucrado a fondo en esa área. El problema no es solo de presupuesto, es epistémico.

Cada disciplina habla su idioma, valida el conocimiento con sus propios métodos y publica en sus revistas. Cruzar esas fronteras exige algo más que curiosidad, requiere una disposición a sentirse perdido, a ser principiante otra vez. 

Elaine L. Bearer escucha y conversa con músicos.
Elaine Bearer en conversación con músicos del Cuarteto de Cuerdas del Instituto Kwapisz. Foto:Mariana Zúñiga

La tecnología enlazando dos mundos

Sobre el futuro del arte y su relación con otras disciplinas, Bearer no propone grandes teorías; para ella, la respuesta está en la computadora. Como ejemplo menciona su propia experiencia: ella escribía sus partituras con programas de composición musical muy primitivos, hasta que conoció Unicorn, software creado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). 

Para Bearer, las computadoras son lo que permite hacer el enlace entre arte y ciencia; están transformando tanto la música como la evolución conceptual de la ciencia.

Sobre la inteligencia artificial (IA) es cautelosa, pero directa. No la usa para componer —”ya me cuesta bastante lidiar con mi propia imaginación, no quiero usar el compilado de las imaginaciones de muchas otras personas”—, pero sí la emplea en su trabajo científico, principalmente para buscar literatura académica y evitar repetir lo que ya se ha publicado. 

La gran pregunta que quienes hacen arte deben hacerse hoy, considera, es cómo la Inteligencia Artificial (IA) transformará su oficio. Por ahora, no cree que la IA pueda escribir música verdaderamente emocional, pero tampoco lo descarta: “Tal vez en el futuro. Aprende de nosotros todo el tiempo”.

Elaine L. Bearer explica el origen de la investigación científica en la música con imágenes sobre cerebro, percepción y música.
Elaine Bearer expone el origen de la investigación científica alrededor de la música. Foto: Mariana Zúñiga

Pensar el futuro

En tiempos en que los gobiernos de todo el mundo recortan presupuestos para la ciencia y las artes, cuando la hiperespecialización fragmenta el conocimiento en áreas cada vez más diminutas y la inteligencia artificial promete (o amenaza) con hacer todo, la historia de Elaine Bearer recuerda algo elemental: todavía falta resolver muchas preguntas sobre aquello que nos hace humanos. 

¿De dónde viene la imaginación? ¿Qué nos hace sentir belleza? ¿Cómo se conectan el cuerpo y la mente? Las respuestas no se encontrarán si no se construyen puentes entre diferentes disciplinas. 

Elaine L. Bearer sonríe al finalizar su presentación sobre los vínculos entre ciencia y música.
Elaine Bearer, neurocientífica y compositora estadounidense, durante su participación en el Festival El Aleph 2026. Foto: Mariana Zúñiga

Bearer menciona algunas de las preguntas clave que siguen sin respuesta: “¿De dónde vienen los sueños? ¿A dónde va nuestra mente cuando morimos?”, y añade algo que desarma cualquier reduccionismo: “No pienso en el cerebro aislado del cuerpo. Pienso en el cerebro como parte del cuerpo, el cuerpo hablándole al cerebro y el cerebro hablándole al cuerpo. Y entendemos muy poco de esa conversación”.

Todas esas preguntas no surgen en el ámbito de una sola disciplina. Quizá las respuestas solo aparezcan cuando dejemos de exigir a la curiosidad que elija un solo camino: la partitura o el microscopio. Cuando tengamos sótanos que, al mismo tiempo, sean laboratorios y salas de concierto.