¿Qué tendría que pasar para que una persona dedicara 16 años de su vida a escribir un diccionario desde su casa? Para el escritor Andrés Neuman, la respuesta está en una mujer que parecía estar siempre un poco fuera de lugar: María Moliner.
Historiadora, bibliotecaria y lexicógrafa, Moliner publicó y editó entre 1966 y 1967 el “Diccionario de uso del español”, que incluye más de 80 mil palabras. Pero lo que hizo especial a esta obra no fue consignar significados. Moliner quería saber cómo se usaba cada palabra, en qué contexto y qué había detrás de cada expresión. Salía a la calle, escuchaba conversaciones y tomaba notas para después regresar a casa y trabajar con todo lo que había encontrado.

Fue justamente esa manera de acercarse al lenguaje lo que llamó la atención de Neuman y terminó convirtiéndose en el punto de partida de “María Moliner: Hasta que empiece a brillar”, su novela más reciente.
“Hay que estar en el más genial de los sentidos loca, loca como un Quijote para que tú creas que puedes hacer tú solo un diccionario”, dijo el escritor durante el conversatorio que ofreció en la Feria Internacional del Libro de las y los Universitarios (FILUNI). Para Neuman, Moliner es casi un personaje mitológico, alguien que decidió emprender una tarea que parecía imposible y, contra todo pronóstico, la terminó.

María Moliner no llegó al mundo de las palabras desde un centro de poder. Fue huérfana de padre; pertenecía al bando perdedor de la Guerra Civil española, el republicano, y era mujer en una época en la que el conocimiento académico y político estaba profundamente masculinizado. Además, no era filóloga, sino historiadora; su trayectoria estuvo marcada por distintas posiciones periféricas que, de acuerdo con Neuman, contribuyeron a formar una particular conciencia de clase y una manera descentralizada de entender la lengua: “María Moliner es incómoda se la vea por donde se la vea”.
La Real Academia Española llegó a considerar su incorporación, pero fue rechazada por voto mayoritario frente al lingüista Emilio Alarcos Llorach en 1972. Un año después, la RAE le concedió el “Premio Lorenzo Nieto López” por sus trabajos en favor de la lengua, pero Moliner lo rechazó. Para Neuman, su respuesta fue una muestra de dignidad, su gran obra no estaba en una lista de reconocimientos, sino en el diccionario que había construido.
Ahí está la razón por la que Neuman insiste en verla como un personaje “mitológico”, porque si hacer un diccionario ya era una tarea extraordinaria, hacerlo mientras ocupaba una posición periférica dentro del mundo académico, parece aún más improbable. Y sin embargo, ocurrió.

La palabra ‘madre’
Para Neumann, el Diccionario de uso del español está “sutilmente impregnado” de la intimidad de su autora y del clima político y social de la época. Es decir, aparece también la vida de quien la observó, porque la forma en la que definía ciertas palabras ya implicaba una postura y una de las mejores formas de entenderlo es la palabra: “Madre”.
En el diccionario de la Real Academia Española de 1956 se definía como “hembra que ha parido”. Moliner propuso, en cambio, “mujer que tiene o ha tenido hijos”. Esta definición no reducía la maternidad al acto de parir y, además, reconocía que una mujer podía seguir siendo madre aunque hubiera perdido a un hijo. Neuman relacionó esta decisión con la propia experiencia de Moliner, cuya primera hija murió.
Algo parecido ocurrió con la palabra “cuidar”, la RAE lo define como: “acción de poner atención, proteger, asistir y preservar la vida o el bienestar de alguien o algo”. En el diccionario de la lengua española se mencionaba la acción, pero no quién la realizaba, Moliner decidió hacer visible al sujeto y a la definición añadió: “una enfermera cuida a sus pacientes” o “una abuela cuida a sus nietos”.
Para Neuman, el diccionario de Moliner puede leerse como una respuesta al lenguaje de su época y, al mismo tiempo, como una forma de rebeldía frente al franquismo.
Haciendo referencia a una frase del escritor y poeta Juan Ramón Jiménez, que llamaba “marineros del entusiasmo” a los misioneros pedagógicos de la Segunda República española, responsables de llevar educación y cultura a comunidades rurales; Neuman define a Moliner como “la capitana del entusiasmo”, y admite que quizá esa sea una de las razones por las que decidió escribir una novela y no otra biografía.

¿Por qué convertirla en ficción?
La vida de Moliner ya había sido investigada y documentada, lo que faltaba, según Neuman, era convertirla en personaje literario.
Para él, la ficción permite que una persona pase a formar parte de la memoria colectiva de otra manera, por eso no quiso limitarse a contar qué hizo Moliner, sino imaginar qué había detrás de las palabras que eligió, de los ejemplos que escribió y de la manera en que construyó su diccionario.
Y hay una coincidencia que terminó acercándolo todavía más a ella: Neuman trabajó en la novela mientras su hijo aprendía a hablar. El escritor dijo que observar ese proceso le hizo pensar en la forma en que descubrimos el mundo a través de las palabras. “Solamente hay tres casos en los que nos planteamos el mundo palabra por palabra: la lexicografía, la poesía y la infancia”, explicó.
Quizá por eso la novela “Hasta que empiece a brillar” no habla solamente de una mujer que pasó 16 años escribiendo un diccionario, sino de alguien que escuchó cómo cambiaba el lenguaje y decidió dejar constancia de ello. La novela no se limita a mirar a Moliner desde el pasado; también busca devolvernos a una pregunta mucho más cercana: ¿en qué momento una palabra empieza a significar algo para nosotros?
María Moliner no fue filóloga, no perteneció a la Real Academia Española y trabajó durante buena parte de su vida desde lugares que parecían estar lejos del centro cultural y político de España. Pero, aun así, terminó construyendo una obra que desafió las definiciones establecidas y que, décadas después, sigue provocando que nos preguntemos hasta dónde puede llegar el significado de una palabra.

Y ahí hay otra parte importante de la historia, definir 80 mil palabras fue revolucionario, pero también demostrar que se puede redefinir el mundo desde la manera en que lo nombramos.

