Hay exposiciones de arte contemporáneo que invitan a subirse en ellas, habitarlas y jugar con el entorno que plantean. Eso sucede con la instalación “Con todo y mi tristeza” que, durante casi tres meses, llenó de formas geométricas, colores pastel y lámparas colgantes el patio central del Museo Tamayo. La creadora de esta propuesta es Fátima Rodrigo, artista peruana que con su trabajo reflexiona sobre la fuerza de lo visual en la construcción de identidades.
Fátima Rodrigo nació en 1987 y estudió en la Pontificia Universidad Católica del Perú. En el Centro Cultural Ricardo Palma, de la ciudad de Lima, presentó su primera exposición individual titulada “Romántico elegante” (2013), en donde comienza su exploración sobre los escenarios televisivos.
En 2019, la artista presentó “Fiesta en América”, una muestra de 144 cuadrados, la mitad de ellos reproducían piezas emblemáticas de arte europeo, el resto eran tocapus, nombre que se le da a los diseños geométricos bordados o pintados en textiles y que eran utilizados en el periodo inca. Con esto, la artista buscó confrontar a los espectadores sobre los conceptos de arte y belleza.

Rodrigo explora cómo el arte en Latinoamérica se influenció por las corrientes artísticas de Europa, cómo es que se ha impuesto ciertas formas de mirar y crear. “A través de mi trabajo, siempre estoy cuestionando cómo se construyó la narrativa de la historia del arte”, comenta en entrevista durante una visita que realizó a la Ciudad de México.
Con la instalación “Con todo y mi tristeza”, Rodrigo recreó la estética utilizada en los escenarios televisivos de programas musicales y de concursos que tuvieron éxito en Latinoamérica. “Es un proyecto que está hecho en el espacio y para el espacio”, dice. Y es por ello que la instalación tiene tres capas: desde elementos que cuelgan del techo, estructuras geométricas que toman el espacio y una alfombra de tonos pastel.
La instalación se inauguró en julio y estará montada hasta el próximo 27 de septiembre. Además, desde finales de agosto y hasta el 24 de octubre de 2026, Fátima Rodrigo también presenta “¿Cuántas visiones más de mí tienen que morir?” en la galería Pequod Co., ubicada en Lancaster 29, colonia Juárez. En esa exposición, la peruana aborda cómo la televisión ha sido generadora de narrativas sobre lo que significa ser mujer en América Latina.
En esa exposición, por ejemplo, hay una reproducción del pastel de la telenovela Quinceañera: “Hay un capítulo en esta telenovela en el que las protagonistas cumplen quince años y les hacen un pastel, entonces, en la galería estamos haciendo este pastel gigante”.

—¿Qué te llevó a crear “Con todo y mi tristeza”?
—Esta exposición es la entrega más grande de un proyecto que desarrollo desde hace más de 10 años, a través del cual observo cómo los escenarios de música latinoamericana, o de programas de variedades en América Latina, absorbían diferentes estéticas de las corrientes de vanguardia europea y qué significaba eso. ¿Qué pasaba cuando esos modelos importados llegaban a América Latina? Me parece interesante observar las grietas que se pueden encontrar cuando se trata de copiar un modelo extranjero, cuando tenemos formas muy distintas de sentir y de producir imágenes. También me parece interesante plantear cómo, a través de la cultura popular, el público que no estaba inscrito dentro de la élite intelectual podía consumir este tipo de estética.
—¿Por qué nombrarla así, “Con todo y mi tristeza”?
—De hecho es el título de una canción de Juan Gabriel. Siempre juego mucho con los títulos, generalmente los extraigo de alguna canción o de alguna frase de ese universo; los descontextualizo y cobran otro significado. En este caso, yo estaba en un momento muy complejo emocionalmente y me gustó esta idea de que, con todo y mi tristeza, lo voy a reconstruir. También es hacer una vinculación entre el universo sentimental y la arquitectura.
—¿Por qué decidiste que la exposición abordara solo los escenarios televisivos de la segunda mitad del siglo pasado?
—Porque a partir de esa época es que empieza el boom de la televisión latinoamericana. En esa época, la cultura pop se volvió muy importante y México fue casi el epicentro de ese momento; la cultura popular permeó a la sociedad latinoamericana de una manera muy consistente. Además, esa época también está vinculada a procesos históricos que son importantes y contundentes en la región. Este imaginario o este catálogo de sentimentalismo se fue instituyendo cuando los países latinoamericanos tuvieron gobiernos militares, represión. Es interesante ver qué pasaba en la televisión durante estos contextos políticos complejos.

—Haces una crítica a la influencia cultural que ha tenido la televisión. ¿La televisión moldeó la identidad en Latinoamérica?
—La televisión y la música popular definitivamente moldearon nuestras identidades. Y creo que es problemático, porque de alguna forma nos enseñaron cómo deberíamos comportarnos en el mundo, cómo deberíamos tener ciertas identidades, ciertas maneras de pensar, de existir o de entenderse en el mundo.
—¿Por qué crees que los escenarios televisivos son un espacio para estudiar la jerarquía de culturas?
—Me parece que la historia del arte se construyó desde una narrativa muy eurocéntrica, muy masculina, que excluía muchas prácticas que están relacionadas a ciertas geografías, géneros e identidades. Siempre estoy buscando estas grietas en las que puedo ahondar y hablar de este tema. Creo que los escenarios son una herramienta que me sirven para hablar de ello, porque me permito plantear diferentes formas de entender la modernidad, no desde un lugar tan normativo y eurocéntrico, sino desde un lugar en el que existen muchas otras formas de entender el mundo, de producir imágenes y de sentir.
—¿Te gustaría explorar desde otro medio visual la jerarquía de culturas?
—En realidad lo hago siempre. Mi trabajo tiene diferentes líneas de investigación y casi todos mis proyectos parten de ahí. Tengo un proyecto, por ejemplo, que investiga cómo los artistas de la Bauhaus —que era esta escuela artística muy importante en Alemania— fueron a América Latina e hicieron un intercambio cultural con culturas mesoamericanas y precolombinas; de alguna forma, se apropiaron de sus estéticas y de sus técnicas, luego las usaron para su trabajo. Cuando uno lee un artículo sobre este intercambio cultural, nunca encuentras los nombres de las personas específicas que transmitieron ese conocimiento. Entonces, tengo un proyecto sobre eso que pone en evidencia el borramiento de identidades desde Europa a América Latina.

—¿Cuál es el momento que vive el arte realizado en Latinoamérica?
—Es un buen momento, igual siempre es complicado. Por ejemplo, México y Perú no son comparables. La escena cultural en México es enorme y creo que es más sostenible hacer una carrera artística en México o en Brasil que en otros países de América Latina. También creo que sí se han abierto más las puertas del mundo a los artistas latinoamericanos, muchas veces desde el esteticismo, desde también cumplir una cuota, lo cual es problemático porque eso puede desaparecer y simplemente quedar como una tendencia. En los últimos años, los países poderosos con instituciones más sólidas tienen un interés, un poco más grande, hacia lo que se está haciendo no solo en América Latina sino en otros países del sur global. No podría decir que radicalmente ha cambiado la narrativa, pero vamos a ver qué pasa en los siguientes años y ojalá cambie poco a poco.
—Ahora tienes una residencia en Alemania, ¿qué proyectos que realizas ahí?
—Estoy haciendo una investigación muy parecida. Me interesa conocer qué rol tuvieron las mujeres y las personas queer en el mundo del espectáculo, tanto europeo como latinoamericano, para transgredir estas formas modernas, como por ejemplo Raffaella Carrà o incluso Juan Gabriel. Personas que crearon un lenguaje de códigos femeninos o queer que estaba camuflado dentro de esta normativa del espectáculo, o que eran permitidos porque estaban en un escenario. Creo que estar en Alemania, que es una de las cunas del modernismo europeo, enriquece mucho al proyecto, porque puedo señalar obras de arte que se han repetido en escenarios específicos y crear líneas de tiempo o esquemas visuales mucho más concretos.

—Con las redes sociales, ¿cómo percibes la interacción de los jóvenes con el pasado?
—Las redes sociales son un canal importante para difundir estas estéticas, porque hay una infinidad de contenido que ayuda a revisitar el pasado. También es complejo porque en las redes sociales tienen una inmediatez; no sé si esta información llega realmente a calar o si el consumo llega a ser profundo. Creo que tiene sus pros y sus contras: por un lado nos permite tener la información muy rápido. De hecho, para mi investigación casi todo ha sido a través de YouTube, pero claro, yo sí me siento a ver el video entero; ahora es muy fácil ver solo clips y luego pasar al siguiente y pasar al siguiente. Entonces, no sé qué tanto se absorbe a través de las redes sociales la información, pero también creo que es un medio que facilita muchísimo las cosas.
—¿Cómo te gustaría que tu arte sea mirado?
—Para mí es importante que la gente pueda relacionarse con mi trabajo más allá de la industria, sobre todo en el proyecto de los escenarios, es por eso que los hago habitables, es por eso que la gente se puede subir, se puede tomar fotos, los puede tocar, eso para mí es importantísimo. Es muy lindo si alguien luego quiere investigar y saber de dónde vienen, pero para mí el vínculo con el público es a través de lo sensorial. También es importantísimo y creo que mi trabajo no existiría, no tendría el valor que yo creo que tiene, si no tuviera ese vínculo tan directo con la gente.
