57 años.
Angela Davis visitó México por última vez en 1969. Hoy, 26 de agosto de 2026, está de regreso.
Entre aquella visita y esta caben casi seis décadas. Yo solo tendré que esperar unas cuantas horas.
12:00
Mido la altura del Centro de Exposiciones de la UNAM pensando cuánto me dolería caer desde el punto más alto. Mucho. Dejo este pensamiento y entro. No camino; más bien me escurro entre los cuerpos.
Para ser honesto, mi interés no está en este lugar. Me voy después de cinco minutos. Camino.
13:00
Una sombra afilada me parte por la mitad; es la Sala Miguel Covarrubias. Faltan cinco horas para que comience el diálogo magistral “Abolición, feminismo, ¡ahora!”, pero aquí no cabe una persona más.
Estoy al inicio de la fila. Sobre algunas mantas deslavadas y prendas de ropa, cientos de cabezas forman un camino del que es imposible señalar su final. La mayoría son mujeres que se sonríen las unas a las otras e intercambian tuppers llenos de botana.
Todo en este lugar es júbilo, emoción y camaradería. Nadie espera con impaciencia.
14:00
“Una sola fila”, gritan las autoridades.
Vítores al aire. El eco tiene un efecto inmediato: de una en una, todas las personas de la fila se ponen de pie.
Noto que alguien está comiendo a un lado mío: es un niño. A diferencia de los demás, su mirada no está clavada en los boletos, sino en la mitad de mollete que le falta por terminar.
Empiezan a repartir los boletos. Uno. Dos. Tres. En contra de los principios de la física, hay dos o tres cuerpos que ocupan el mismo espacio: caras de tres ojos y siluetas de cinco brazos. Todos buscan quedarse con un boleto.
“¡Sí se pudo! ¡Sí se pudo!”, gritan las y los afortunados mientras zarandean sus boletos en el aire.
Entre las personas que reciben boleto hay de todo: desde aquellas que lo reciben con estoicismo hasta quienes zapatean como verdaderas profesionales del malambo.
15:00
Entre empujones y reclamos a las autoridades de la sala, se acabaron los boletos.
Ante la dimensión de la marea humana, las autoridades deciden abrir las salas de cine. Quienes ya tienen boleto asegurado canalizan su emoción de distintas formas: se comen las uñas o rebotan la cabeza de un hombro a otro.
16:00
Esta banca aparece como un regalo después de horas de estar parado. No recordaba que el cemento fuera tan cómodo. Por lo que alcanzo a escuchar, estoy frente a la entrada de artistas. Angela Davis pasará por aquí. Sí, seguro.
Al costado de la entrada hay una decena de personas formadas. Les piden su nombre. Un intercambio de sonrisas apresuradas y ya está. Entran.
Otros debemos esperar.
Un batallón de niñas acompañadas por sus padres y abuelos espera a pasar. Hay clase de ballet.
Desconozco si Angela Davis pasará por aquí, pero elijo creer.
No ocurre nada. Ella nunca pasa por aquí.
17:50
Esta vez corro.
Benditas redes sociales. Una chica que comparte la banca conmigo me muestra un video de Angela Davis realizando pruebas dentro de la Sala Miguel Covarrubias. Sí.
Entró por otra puerta.
Ya no corro; ahora troto mientras jadeo. Después de seis horas comienzo a ser consciente de mi propio peso. La ropa se me pega al cuerpo y lo único que me refresca es la brisa que anuncia el atardecer.
Este es el plan C del evento: la explanada de La Espiga abarrotada de sillas. Y sí, todas ocupadas. Me recargo en una de las bardas y fijo la mirada en la pantalla.
El frío me carcome las puntas de los dedos y recorre en un instante mi espina dorsal.
Una chispa se enciende.
“Se va a caer, se va a caer…”
“La lucha feminista de América Latina”
Una tras otra las consignas feministas sacuden la explanada. La voz de unas cuantas mujeres pronto se convierte en un coro feroz.
Miles de LEDs se prenden al instante. Angela cobra vida en la pantalla. Todos nos fundimos en un grito: “¡Uhhh!”.
Davis aparece con Dent y parece que la espera por fin termina.
Tendremos que esperar más. Un hombre sube con un megáfono y comienza a hablar. Sus demandas apenas son audibles en la transmisión. “UNAM es criminal y paramilitar” se lee en un cartel.
Tardo segundos en reaccionar: tomo la pluma y la estampo contra la libreta. Miro la pantalla, anoto en la libreta; vuelvo a mirar, vuelvo a anotar, así durante los próximos quince minutos.
El caso de Arturo Lugo “Shevek”. Las muertes de mujeres en el penal de Santa Martha Acatitla.
Una manta. Discusiones. Gritos. Rechiflas. Consignas.
Mientras tanto, Angela Davis y Gina Dent permanecen sentadas. No intervienen.
Después de unos minutos, Rosa Beltrán consigue mediar. Los manifestantes bajan del escenario entre chiflidos y gritos.
Es momento.
Angela toma el micrófono.
Dejo de escribir.
Miramos la pantalla.
Silencio.
Angela comienza a hablar. 57 años después, las horas dejan de importar.