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El día que amaneció dos veces
Margaret Radall

Foto: Eunice Adorno

PODCAST: Margaret Randall, el hogar de la memoria

Fernanda Negrete, estudiante; Carlos Acuña, mentoría / Corriente Alterna el 5 de noviembre, 2022

Escucha aquí el podcast:

La poeta Margaret Randall piensa que su hogar está dentro de ella. A lo largo de los años ha tenido la suerte de vivir en diversos lugares: México, Cuba, Nicaragua y, claro, Estados Unidos, su patria. Pero nunca se ha sentido lejos de casa.

–Para mí, el hogar uno lo lleva dentro –dice–. Uno puede mudarse de país en país, de casa en casa, de lugar en lugar. Pero siempre he sentido que llevo dentro mi hogar. El hogar es lo que lo calienta a uno, donde una se siente cómoda, donde se puede trabajar. Yo llevo eso conmigo siempre: mi hogar es viajante.

Randall ha estado recordando todos los lugares y países que ha visitado o habitado. Hace unas semanas presentó la traducción al español de su libro Nunca me fui de casa (editorial Heredad), que recopila sus memorias desde que era una niña en Albuquerque, Nuevo México, hasta el día de hoy.

Con motivo de su vista a México, la activista, feminista, poeta, editora, periodista y fotógrafa nos concede una entrevista en casa de su hija, Ximena, un departamento silencioso al sur de la capital donde sólo se alcanzan a escuchar los aviones que esporádicamente cruzan el cielo.

Sentada en una de las sillas del comedor, vestida con sencillez –un suéter negro de cuello de tortuga, jeans y unos aretes color turquesa–, Randall entrecruza los dedos y se toma su tiempo para saborear mejor los recuerdos que acuden a su mente: Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti en Nueva York o en San Francisco, por ejemplo, durante aquella explosión cultural que significó la generación beat en los años cincuenta.

La generación beat era un movimiento de contracultura norteamericana que criticó con fuerza los valores estadounidenses y se atrevió a tocar temas tabú de la época como la libertad sexual, el consumo de sustancias psicoactivas, el rechazo al trabajo y a la guerra, la reivindicación del arte afroamericano o del pensamiento no occidental. Escritores como Jack Kerouac, William Burroughs, Gary Snyder o el mismo Ginsberg han sido, durante décadas, los principales exponentes beat. Mujeres como Diane Di Prima, Joan Vollmer y otras escritoras fueron relegadas durante décadas del reconocimiento público pese a haber participado en el movimiento, pues la industria privilegió a los varones. A pesar de esto, Randall se define como una poeta beat.

—Para mí los beat eran muy importantes porque eran revolucionarios del lenguaje y de las actitudes –cuenta Randall–. Yo me considero, en cierto modo, una poeta beat. Soy de esa generación. Los poetas beat y los escritores de narrativa también luchamos en contra de la hipocresía, de esa sociedad sofocante que fue producto del macartismo, que era aplastante, era esa caza de brujas que costó a mucha gente su trabajo, su libertad y hasta su vida.

Margaret insiste en que su participación en el movimiento beat se remonta a cuando era todavía muy joven y que su trayectoria se nutrió de otras corrientes como la de Black Mountain College –una universidad experimental en Carolina del Norte– o la misma poesía latinoamericana. Pero, aunque su afán poético nació allí –en la convivencia con aquellas y aquellos poetas que se atrevieron a desafiar la moral de una época–, la vida y obra de Randall atraviesa muchas otras épocas, países y corrientes.

Poeta ante todo

Los recuerdos habitan su memoria como huéspedes de una casa, su casa. Hoy, también, se pasean por su memoria todos aquellos poetas latinoamericanos que conoció en la Ciudad de México durante los años sesenta, como Ernesto Cardenal y Sergio Mondragón.

—Una de las cosas que trata de hacer siempre el enemigo es borrar nuestra memoria –dice–. No quiere que recordemos que tenemos pasado porque sin pasado no puedes tener futuro. Tenemos que luchar por la memoria.

El enemigo, afirma tajantemente. Y vaya si ella ha visto al enemigo en acción. Ya sea en el México de 1968, cuando militares y paramilitares masacraron estudiantes en Tlatelolco; o en Vietnam, donde el ejército norteamericano violaba mujeres o destruía aldeas enteras.

–La lucha del 68 aquí, en México, me enseñó muchas cosas. Me enseñó de lo que es capaz un gobierno cuando se siente amenazado, lo que es capaz de hacer a su propio pueblo. Vietnam fue un momento clave en mi vida. Yo soy de la generación en Estados Unidos que, prácticamente, creció con la guerra, ¿no? Entonces, marcó nuestras vidas. Yo luché siempre en contra de la guerra con mucha gente de mi generación. Luchamos de muchas maneras.

Tal vez porque se asumió combatiente desde niña, Margaret Randall ha dedicado buena parte de su obra a registrar las voces de otras mujeres que combaten. Si su poesía es heredera de las vanguardias norteamericanas, su prosa es un registro amplio de voces revolucionarias: mujeres sandinistas que impulsaron la revolución en la Nicaragua de los años ochenta; vietnamitas que resistieron la ocupación estadounidense en Vietnam o mujeres que enfrentaron la censura y la represión en Cuba.

—Hubo todo un movimiento de historia oral, sobre todo en América Latina –explica–. Muchos movimientos de cambio social en que se daba cuenta que la voz auténtica es la voz del pueblo, es la voz de los que hacen y viven esos acontecimientos.

Sin el afán de “darle voz al pueblo”, en libros como Mujeres en la Revolución (México, Siglo XXI, 1972), La mujer cubana ahora (La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972) o Todas estamos despiertas (México, Siglo XXI, 1980) ha intentado registrar la historia oral de quienes combaten y se esfuerzan por cambiar el mundo. Margaret ha creado un modo de relacionar esas voces y la palabra escrita –reservada, muchas veces, a las voces hegemónicas– para así preservarlas y construir una memoria diversa. Accesible para todos y todas.

—Yo escucho siempre. No sé… [escuchar a las personas] es como una música para mí –dice Randall sobre la experiencia de escuchar antes de escribir–. Yo soy poeta. Ante todo, soy poeta. Es la identidad que considero más importante de las muchas que tengo. Me apasiona el lenguaje, sus cambios, su riqueza. Por eso, todas estas voces encuentran lugar en mi poesía y también en mi narrativa.

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Margaret Randall nació en Nueva York en 1936, pero desde muy niña ella y su familia se trasladaron a Albuquerque, Nuevo México. Recuerda sus primeros años en la escuela: sabía que quería ser escritora, pero la poesía no era algo que, en la educación pública estadounidense, tuviera alguna relevancia. No en aquellos tiempos.

Fue hasta que cumplió 20 años cuando, en alguna fiesta, alguien comenzó a recitar en voz alta el poema “Aullido”, de Allen Ginsberg:

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriéndose de un hambre histérica y desnuda,

arrastrándose a sí mismas al amanecer a través de las calles de los negros buscando una dosis iracunda

Nada volvería a ser lo mismo. Esos versos le revelaron a Margaret Randall el poder de la poesía y la descubrieron a sí misma como poeta.

–Le escribí a Ginsberg a la editorial que había publicado el libro, City Lights. Le dije: Te encuentro en tal esquina, en tal fecha, en tal hora, en San Francisco… Y fui desde Albuquerque, 18 horas por carretera, conduciendo a San Francisco. Por supuesto, él no apareció. Años después lo conocí cuando vivía ya en Nueva York. Yo vivía en la Calle 9, él vivía en la Calle 3. Hicimos una amistad que duró hasta su muerte en el 97. Para mí, Ginsberg es una figura importante de nuestra poesía y, también, un ser social importante por haber externalizado su homosexualismo en un momento en que eso era bastante tabú, ¿verdad? Él tenía mucho coraje en ese sentido y nos ha dejado poemas importantísimos.

Actualmente, Margaret Randall cuenta con una extensa producción literaria. Más de 40 libros conforman una obra variada que va desde los libros de historia oral, ensayos y poemas, hasta su trabajo editorial en antologías y traducciones.

Fue en los años 60 cuando Randall llegó a México e hizo de este país su hogar durante ocho años. La Ciudad de México, recuerda, estaba llena de exiliados y refugiados políticos: pocas ciudades albergaban tanta vida cultural y bohemia.

–La recuerdo como una ciudad de tremenda cultura, de mucha cultura –dice–. Una ciudad que recibía mucha gente con mucha generosidad. México, como país, recibía refugiados del nazismo, de las dictaduras latinoamericanas. Llegaban muchos artistas escapando de situaciones de violencia, de muerte. Y daban lo mejor de sí acá. Hasta el corte del 68, que fue un golpe terrible, hasta ese momento México, quizás, era una de las ciudades donde mejor se podía vivir en el mundo.

Con cuidado y minucia, Randall conduce la charla como si nos guiara a través de las calles de la Zona Rosa o estuviésemos junto a ella en las tertulias de Philip Lamantia, otro poeta beat que, entonces, vivía en la colonia Cuauhtémoc.

Fue aquí donde Margaret fundó El Corno Emplumado, revista bilingüe de poesía, arte y epístola (cartas y misivas entre poetas) que fundó junto a Sergio Mondragón, poeta mexicano que se convertiría también en padre de sus hijas.

–Funcionó ocho años. Tuvimos 31 números en los que publicamos, por ejemplo, por primera vez Ginsberg en español, por primera vez Cardenal en inglés y muchos otros poetas y escritores. Éramos poetas jóvenes todos. Y aunque algunos de nosotros, norteamericanos, sabíamos algo de español, y algunos latinoamericanos sabían inglés, no era suficiente para comprender a cabalidad la obra de la otra parte. Tampoco conocíamos las influencias: la obra de Neruda, de Vallejo, de Huidobro, no la conocíamos. Los latinoamericanos tampoco conocían la obra de Pound, de Williams, de Ginsberg.

Escucha:

Tras el ambiente de persecución y vigilancia que vivió buena parte de la comunidad intelectual después de la masacre del 68 –se prohibieron conciertos de rock, cualquier expresión de inconformidad u organización social era motivo de espionaje–, Margaret huyó a Cuba, donde comenzó el contacto con las revoluciones latinoamericanas.

–Tuve la suerte o la dicha de vivir en Cuba por una década, la segunda década de la Revolución. Fue una década realmente importante porque los grandes cambios del principio ya habían tenido lugar, pero todavía no llegaban los problemas tan agobiantes que llegaron después.

Durante su tiempo en Cuba fue invitada por la Asociación de Mujeres de Vietnam del Norte para entrevistar a las mujeres vietnamitas y documentar su lucha. Años después haría lo mismo con las mujeres de la revolución sandinista en Nicaragua.

–Fue importante para mí esa visita y Vietnam siempre ha tenido un lugar muy especial en mi corazón. Pero te digo una cosa más de Vietnam: la experiencia fue tan fuerte en mí, que nunca pude escribir un poema sobre Vietnam.

Su vida y su obra están marcadas por la guerra, afirma, y por los intentos colectivos de construir y luchar por un mundo mejor. La energía de Margaret Randall es contagiosa. Su amabilidad serena se expresa en palabras pronunciadas con dulzura y calma con un ritmo y una cadencia que invitan a la intimidad, a la hospitalidad.

La vida de Margaret Randall no se puede medir en palabras, versos, líneas o libros, sino en las memorias que su obra resguarda. Memoria personal, pero también colectiva: la de las mujeres en Cuba, Nicaragua, Vietnam; la del estudiante mexicano, el guerrillero, las feministas, las y los activistas, los campesinos. La memoria de quienes se atrevieron a oponerse a la guerra o de quienes osaron defender la libertad.

Cuando me haya ido esta pintura de pequeñas islas,

árboles y pájaros en miniatura

flotando en un mágico azul del océano

colgará en la casa de alguien más.

¿Esa persona contará la historia

de campesinos nicaragüenses pobres

enriquecidos por el arte y la revolución?

Le recuerdo a Margaret la frase dicha por el filósofo judío alemán, Theodor Adorno, después de la Segunda Guerra Mundial: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.

—Es difícil decir esas cosas en la poesía. Eso es cierto –admite–, pero yo no estoy de acuerdo con que no podemos escribir sobre eso. Yo creo que es cuando más debemos escribir.

The poem is always waiting around the corner

ready to tell me who I am.

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