jornaleras del plátano
Foto: Marco Polo Guzmán / Cuartoscuro.

¿Por qué hay plátanos todo el año?, o cómo las jornaleras trabajan con lluvias y pandemia

Alondra Reséndiz Ascencio, becaria / Corriente Alterna | publicado el 21-11-2020

Las jornaleras agrícolas del sector platanero no se detienen. Ni las inundaciones ni la pandemia de COVID-19 frenan una actividad que produce, solo en Chiapas y Tabasco, un millón de toneladas de plátano. 

Sin seguridad social, con sueldos de 200 pesos por jornal de hasta 12 horas y expuestas a plaguicidas tóxicos, las trabajadoras sostienen una industria que abastece 43 destinos internacionales, entre ellos Estados Unidos, los países de la Unión Europea y China.

En el municipio de Teapa, Tabasco, se destinan siete mil 440 hectáreas para el monocultivo del banano: el equivalente a mil 217 canchas del Estadio Azteca. 

—No hay apoyo de nada, sólo lo que tú ganas y nada más —afirma “Amelia” (las jornaleras que aceptaron hablar para este reportaje se cambiaron el nombre por temor a represalias laborales).

Denuncian que los propietarios de los ranchos plataneros no proveen ningún beneficio más allá del salario. Las únicas acciones de cuidado provienen de ellas mismas. 

—He trabajado en varios ranchos y en ninguno hay vacaciones, prestaciones, nada. Si trabajas, te pagan, y si no trabajas no te pagan —agrega “Amelia”, jornalera desde hace 12 años—. En cambio, los patrones y los encargados sí tienen su regla de que, si no vas un día, te quedas castigada, te cancelan el trabajo por una semana. Si eres de planta tienes que ir, estés enferma o en cama.

Con cubrebocas sencillos y hacinadas en camiones de redilas, las jornaleras se trasladan a los platanares de Teapa, Tacotalpa, Jalapa y Pichucalco. 

El techo de cristal del monocultivo

Plantas de plátano, una tras otra; trailers cargados que van a la Central de Abastos de la Ciudad de México; bodegas que almacenan materiales agrícolas; entradas a las plataneras El Remedio, Bronco Bananas, San Carlos o San Antonio. Así es el paisaje durante el recorrido por la carretera Villahermosa-Teapa. El monocultivo del banano se ha impuesto a la mirada y a la selva. 

Foto: Alondra Reséndiz Ascencio / Corriente Alterna.

—Nacimos en el platanar, allá vivimos. Hablar del plátano es mi mero mole —dice “Laura” al referirse a su infancia en Chiapas, estado vecino de Tabasco; la región fronteriza entre ambas entidades es productora de banano.

Como varias familias, llegó a Tabasco con sus padres y hermanos porque en Chiapas no tenían vivienda propia y buscaban mejores condiciones de vida. Se asentaron en una comunidad de Teapa y, desde entonces, “Laura” es jornalera en el sector platanero. 

En las plantaciones hay una división sexual del trabajo: las mujeres ganan menos y no tienen acceso a los puestos de mando. Según la Encuesta Nacional Agropecuaria 2019 del Inegi, las trabajadoras agrícolas ganan en promedio 164 pesos por jornal y los hombres 178 pesos. Ellas desfloran los racimos y lavan y seleccionan los frutos que serán empacados en los camiones de carga. Es muy raro encontrar una jefa de empaque, una encargada del rancho, una caporal o una dueña de plantación. De cada 100 tomadores de decisiones en las unidades de producción agrícola, 17 son mujeres.

—Hay mujeres empacadoras, muy pocas, pero hay. Sin embargo, es raro que veas a un hombre selectando —comenta “Laura” —. En la región se considera que la selección del plátano, el desflore y el armado de cajas son trabajos de mujeres.

Ellas selectan: cortan con una cuchilla los pinzotes (la rama vertical que sostiene plátanos en una penca) para formar pequeños racimos; revisan la fruta y la depositan en una charola. Este proceso es rápido. Por las manos de cuatro o cinco selectoras pasa todo el banano que se produce en una platanera. Al final de la jornada, que puede llegar hasta las doce horas, el dolor se hace presente en la espalda y en los brazos.

—Al menos, el área de selección es todo el día paradas; no hay mucho espacio; sólo donde entras, y de ahí no sales —dice “Laura”.

La cuchilla: herramienta de trabajo y de defensa

“Marina” trabajó diez años en una platanera. Se levantaba a las cuatro de la mañana y preparaba su desayuno. Una camioneta pasaba por ella una hora después y se subía a la redila junto a otras personas. No faltaban ni los días de lluvia, aunque el camino se inundara. Así lo hacen también ahora, en noviembre de 2020, pese a las inundaciones en Tabasco y Chiapas, cada vez más recurrentes y sorpresivas, porque el plátano no es de temporada, se cosecha todo el año.

—Ve a qué hora va un termo [tráiler] ahorita, ve la hora, cuánta gente viene —señala “Marina” al escuchar el motor del camión—. Y todavía vi pasar en carreta a la gente, porque está crecido el río y se inundó el paso. Empezaron a las seis de la mañana, ya son como las siete de la noche, ¿te imaginas? Y por 200 pesos, no es nada.

Ella selectaba la fruta de lunes a sábado en una plantación. La penca se corta con las cuchillas, creando “manos” de seis, siete u ocho frutos; a cada uno se le conoce como “dedo” y debe ser cuidado; antes del corte le aplican masajes para que no se peguen dos plátanos, y así evitan que se manche o se raye la cáscara.

Foto: Alondra Reséndiz Ascencio / Corriente Alterna.

—Mira, cuántas cicatrices tengo —dice mientras enseña su dedo índice—. Estas cicatrices son de cuchilla. Tres en el mismo dedo porque con éste se agarra la penca y con la otra mano se agarra la cuchilla para quitar la corona. Yo me lastimé y seguí trabajando, sólo me amarré una bolsa y dejó de salir sangre. Tuve que seguir trabajando.

“Laura” y sus compañeras han multiplicado la utilidad de su herramienta de trabajo: la usan para protegerse del acoso sexual o laboral de compañeros y patrones; cuando hacen algún trato hablado, acuerdan el monto del salario; si al final de la jornada les quieren pagar menos de lo acordado, ellas —cuchilla en mano— detienen los camiones de carga que transportan los plátanos. No los dejan salir hasta que se cumpla el acuerdo. Con la cuchilla también se salvaguardan de los asaltos.

—Ya se los he dicho a las demás: el día que usen la cuchilla, úsenla para bien, que son ellos o somos nosotras —dice “Laura” —. Te tienes que aprender a mover en ese mundo de hombres, porque ese mundo es de hombres machistas.

Doble amenaza: plaguicidas y COVID-19

Las jornaleras se exponen a plaguicidas y, ahora, al coronavirus también. Tabasco es la décima entidad del país con más casos de COVID-19: acumula 35 mil 994 contagios y tres mil 27 defunciones al 18 de noviembre. Tiene un índice de mortalidad de 117 defunciones por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con el tablero de datos de Conacyt. Si Tabasco fuera un país, sería el tercer país en el mundo con el más alto índice de mortalidad, sólo detrás de Bélgica y San Marino. 

Las trabajadoras agrícolas están en contacto con vinagre, cloro y otros líquidos vertidos en la pileta donde lavan la fruta. Aunque su trabajo está constantemente expuesto a riesgos sanitarios, carecen de atención médica. No reciben apoyos en casos de accidentes o fallecimiento. De los casi tres millones de personas trabajadoras eventuales del campo en México, solo 7.5% está registrado en el IMSS, como lo indica el Primer Informe de la Red Nacional de Jornaleros y Jornaleras Agrícolas. “El problema no solo es que los patrones se niegan a asegurar a las jornaleras que contratan, sino que, además, ni la Secretaría del Trabajo, ni el IMSS han hecho campaña para que todos los jornaleros tengan los documentos que requiere el IMSS para su afiliación”, expone el informe.

—Te salen ronchas o se te pela la piel y pensamos “es normal, es por el agua”. Pero yo siento que, a largo plazo, sí te afecta porque, a cada nada, salen químicos para el plátano y no faltan los ranchos que quieren probar y cambian de químicos. Obvio que, en algún momento, nos tiene que afectar —dice “Laura”.

Foto: Isabel Mateos / Cuartoscuro.

Los plaguicidas químicos se utilizan en la agroindustria para evitar plagas y  enfermedades. Mediante la fumigación se aplican agroquímicos insecticidas como fentrol y diazinón; herbicidas como paraquat, faena y uniquat; formol para evitar el moko del plátano —una bacteria que enferma las hojas del banano—, y fertilizantes inorgánicos como sal urea y triple 17. Además, se hacen fumigaciones aéreas con resinal y manzate. El paraquat es un herbicida que está prohibido en 38 países, de acuerdo con el estudio “Perspectivas de las importaciones y las exportaciones de plaguicidas en México”, publicado por el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático en junio de 2020. Pero en México, según el mismo documento, representó el 61.6% del total de las importaciones de plaguicidas de 2019.

“El glifosato ha estado en la agenda y ha sido muy mediático, pero los agricultores y agricultoras se exponen a muchísimos plaguicidas que también tienen capacidad tóxica y debemos ir limitando su uso”, comenta en entrevista la doctora Julia Blanco, investigadora del Instituto Nacional de Salud Pública.

Blanco documentó los efectos de la exposición a plaguicidas agroquímicos en floricultoras del Estado de México y determinó que las mujeres embarazadas expuestas a plaguicidas tienen alteraciones en las hormonas de la glándula tiroides, importantes en el neurodesarrollo de los bebés. Un déficit de éstas puede provocar trastornos del desarrollo intelectual durante los primeros años de vida o malformaciones congénitas. Investigadores de distintas universidades del país publicaron en la revista Environment International que las personas que habitan en zonas rociadas con plaguicidas tienen un mayor riesgo de desarrollar tumores del sistema nervioso, leucemia o cáncer de huesos.

Por lo regular, las jornaleras agrícolas no aplican de forma directa los plaguicidas. Sin embargo, la doctora Blanco expuso en su investigación que las personas que no tienen exposición directa a los plaguicidas también están en riesgo, porque las sustancias tóxicas pueden adherirse a la ropa y a las herramientas de trabajo y trasladarse a las casas. Lavar a mano las prendas que se usaron para trabajar se considera otro tipo de exposición. Pero las normas para proteger a las personas jornaleras consideran únicamente a quienes trabajan en contacto directo con los plaguicidas. 

Corriente Alterna buscó la postura de algún portavoz de la Unión Agrícola Regional de la Sierra del Estado de Tabasco-Productores de Plátano sobre la falta de atención médica para las jornaleras y la ausencia de normas de prevención de riesgos de trabajo, pero no aceptaron una entrevista en el transcurso de esta investigación ni concretaron llamadas telefónicas.

La doble jornada

—Una tiene que venir a ver la casa: los trastes, qué vamos a llevar el otro día, hacer tarea con las hijas. Somos las que temprano nos levantamos y tarde nos acostamos —cuenta “Laura” —. Y no puedes estar cansada.

Son otras mujeres, ya sean las mamás, hermanas, cuñadas, tías o amigas, quienes proporcionan cuidados a sus hijos e hijas mientras las jornaleras están en las plataneras.

Foto: Isabel Mateos / Cuartoscuro.

La producción continúa, las mujeres seguirán selectando banano bajo los criterios de consumidores internacionales: si la fruta tiene un acabado plástico, sin manchas, sin cortes, mejor. Hay banano para todo el año, con o sin lluvias torrenciales, con o sin pandemia. Las jornaleras no se detienen.

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