En contraste a la etnografía tradicional, que se apoya de la grabadora y la libreta de notas para estudiar a los grupos sociales, la etnografía digital se sumerge en chats de foros especializados, sitios web y redes sociales para mapear cómo se comporta la sociedad en internet. Porque una es la vida offline, la de carne, y otra la online –la digital–, aunque cada vez más están conectadas entre sí.
Desde los años noventa del siglo pasado, un grupo de investigadoras y académicas de universidades estadounidenses aventuraron estudios sobre las formas en las que se desenvolvía la gente en el mundo digital. No eran simples gestos, eran personalidades totalmente distintas –la real y la virtual–, con lo que se abrían nuevas posibilidades para el estudio de la interacción humana.
A este tipo de estudios les llamaron de distintas maneras: netnografías, etnografía de pantalla, ciberantropología, sociología del internet o etnografía digital, como decide nombrarle la doctora Gabriela Ortuño, profesora del Colegio de Estudios Latinoamericanos, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y experta en investigaciones sociales desde medios digitales.
Las etnografías digitales básicamente son una adaptación de los métodos de investigación usados por antropólogas y científicas sociales para estudiar comunidades, culturas y espacios nacidos en internet.
Etnografías digitales en Latinoamérica
En 2023, Gabriela Ortuño presentó una ponencia titulada “Etnografía digital y pensamiento situado en América Latina” en el Quinto Coloquio de Profesoras y Profesores del Colegio de Estudios Latinoamericanos, donde además de explicar a grandes rasgos en qué consistía esta disciplina emergente, dió algunos ejemplos de investigaciones situadas en América Latina.
Entre estos estaban el surgimiento de influencers de comunidades indígenas como los saraguro en Ecuador o los wayúu en Colombia, los grupos emergentes de activismo digital vinculados al K-Pop (los cuales ayudaron a las presidencias de Gabriel Boric y Gustavo Petro) y análisis de cómo los grupos de ultraderecha de la región se forman y organizan.
Estas comunidades se reprodujeron exponencialmente durante la pandemia. “Estamos pensando en generaciones que tuvieron que pasar parte de su infancia o parte de su adolescencia en entornos digitales, no socializaron en escuelas, porque eran clases virtuales”, explica la profesora en entrevista.

Después de la pandemia, muchas personas lograron reincorporarse sin dificultades a los espacios de socialización no virtual. Sin embargo, para quienes el aislamiento modificó de forma profunda sus maneras de relacionarse y su regulación emocional, los entornos virtuales se convirtieron en un refugio.
La profesora Ortuño explica que las etnógrafas digitales han desarrollado los conceptos online y offline para tratar de explicar la relación entre la vida cotidiana material y nuestra identidad digital. Pues muchas veces las comunidades del espacio virtual repercuten contundentemente en la realidad política o económica de un país.
“Es una cosa muy interesante y que tiene que ver con todas estas comunidades digitales, tanto este ejemplo del K-pop como los jóvenes que apoyan a Milei que también son muy cercanos a las comunidades que se denominan otakus o como fans también de la cultura coreana, pero ubicados en el Sur Global, que tienen en términos materiales, condiciones laborales, de vivienda, cada vez más precarizadas, pero que encuentran una comunidad en los espacios digitales y creo que ahí está el punto”, explica.
Disputa del territorio digital
Para la Dra. Ortuño, los espacios digitales también son territorios de disputa política, desde la programación de los espacios hasta el contenido que se comparte en ellos: “Los sesgos que tengan las personas que programan cualquier algoritmo, sean raciales, sean de clase, sean de género, van a estar reproducidos en los espacios virtuales.” Y no podemos ceder el espacio virtual a los discursos radicales, neoconservadores y ultraderechistas, señala.
El primer paso, dice, es entrenar a nuestro algoritmo: “Es una responsabilidad que no podemos eludir de la misma forma que no podemos eludir generar otro tipo de contenido que no sean los discursos hegemónicos, clasistas, racistas, masculinistas, sexistas.”
Ortuño advierte que lo que sucede en internet no se queda en la dimensión digital, “son discursos que no se quedan en el espacio virtual, tienen condiciones materiales, tienen interpelaciones corporales, están encarnadas.”

Desde 2010, el número de dispositivos conectados a internet supera al número de personas en el mundo, de acuerdo con reportes de Cisco IBSG (Internet Business Solutions Group, división estratégica de la empresa Cisco Systems) y según estadísticas de AT&T y Verizon, la información que comparten las máquinas entre sí —sin intervención humana— rebasa por mucho la que generan y comparten los usuarios humanos.
Estos intercambios son realizados principalmente para monetizar nuestros patrones de conducta en línea; el espacio virtual contemporáneo es necesariamente mediado por un algoritmo que personaliza publicidad, mejora las ventas y radicaliza políticamente.
“Cada vez que me aparece algo así pongo ‘no me interesa este contenido’. Una parte porque de verdad no me interesa, pero otra parte también para ver cuál es el resultado. Y el resultado es que te los ocultan dos, tres semanas y vuelven a aparecer. También tiene que ver con el factor emotivo que han aprendido a trabajar muy bien las redes sociales. Enójate para pelearte y estar enganchado en la plataforma”, dice Ortuño.
La importancia de la etnografía digital es que invierte esta fórmula: recoge aquellos patrones repetitivos y les da una explicación, un sentido humano.
