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El día que amaneció dos veces

Guadalupe Peláez ingeniera y arquitecta con discapacidad visual (Foto: Eunice Adorno)

Discapacidad visual y tecnología: cuatro historias

Eduardo Cordero, reportero; Sergio Rodríguez-Blanco, mentoría / Corriente Alterna el 1 de diciembre, 2023

Escucha aquí el podcast:

La discapacidad visual no limitó a Guadalupe Peláez para terminar su carrera como ingeniera en arquitectura. Ni a Marlén Castro para crear una comunidad; tampoco a Estela Cortés y Juan García Villegas para hacer sus actividades cotidianas. La tecnología ha sido su aliada. En el marco del 3 de diciembre, Día Internacional de las Personas con Discapacidad, contamos estas historias.

Lupita Peláez: la ingeniera arquitecta que tiene un “civic”

Guadalupe Peláez estaba por graduarse en la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura (ESIA, Unidad Tecamachalco) del Instituto Politécnico Nacional (IPN). A la vez, trabajaba en el negocio familiar de mantenimiento preventivo a pozos y cárcamos. Se quedó sin visión tras un accidente inesperado y atroz.

Un golpe: desprendimiento de retinas. La sombra. Quedó ciega a los 30 años. 

Al principio toda su familia negó la situación. Nadie se atrevía a regalarle un bastón, cuenta. Lupita llegó a salir a la calle sin ayuda, buscando a tientas las siluetas de los objetos, guiándose por las paredes.

La ceguera le arrebató su trabajo familiar; los empleados no querían estar con ella porque sentían que debían “cuidarla”. Era la representante legal del negocio y, de repente, ya no podía hacer cheques, facturas, transferencias bancarias; confundía los billetes y no podía supervisar los materiales.

“En la noche salí a la tienda y un vecino me gritó que iba a caer a un pozo. Iba directito a la trampa de lodos. Son espesas y te puedes ahogar ahí”. El negocio perdió la licitación de ese mismo pozo debido a su ceguera. 

Durante aquella temporada llegaba llorando a casa. En una de sus expediciones sin bastón regresó con las manos completamente espinadas. La negación acabó cuando se dio un golpe de lleno con la cortina metálica de una panadería; con la nariz sangrante, comprendió que necesitaba ayuda. 

Un profesor del IPN, y hoy su mejor amigo, le regaló un bastón. 

Ella se ofendió al tomarlo entre sus manos, atenazada por el enojo; no sabía cómo utilizarlo. Lo lanzó al suelo en cuanto se fue el maestro, jurando que no lo usaría.

Pero esto cambió. Convencida de que debía seguir su carrera profesional, entró a rehabilitación.

En la Escuela Nacional de Ciegos “Ignacio Trigueros”, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México, una psicóloga le sugirió que debía “casarse” con su bastón. Incluso, que le pusiera un nombre. Al primero lo llamó Pinky —porque ella es Cerebro—. Al siguiente, Benji, y le escribió un cuento llamado “La boda”. El bastón que la acompaña ahora se llama Civic. “No puedo tener un carro, pero puedo tener bastón”, dice entre risas.

La rehabilitación fue total. Primero, orientación y actividades de la vida diaria. Después aprendió escritura y lectura de braille.

Cuando contrajo la discapacidad estaba en el propedéutico de titulación en la ESIA, donde estudió arquitectura; y, a la vez, cursaba el último semestre en la Escuela Mexicana de Electricidad, Unidad Ecatepec, para ser técnica electricista. 

El reto de titularse como ingeniera en arquitectura

Para retomar su carrera se rehabilitó en braille, pero al regresar a la ESIA encontró muchas barreras. Sus profesores no sabían braille y ella no utilizaba los lectores de pantalla para personas con discapacidad visual. Debió hacer una pausa para adiestrarse en el uso de tecnología desde la ceguera: aprendió a usar NVDA, Word, Excel, Google drive, etcétera. 

Además, debía dominar el idioma inglés: le negaron clases particulares cuando vieron que era ciega. Encontró cursos gratuitos en la UNAM, donde la incluyeron. 

Durante la tercera ola de la pandemia de covid-19 en México (de junio a septiembre de 2021), entró al seminario de titulación de Inmuebles y Restauración. No mencionó que tenía ceguera hasta que estuvo inscrita. Tomó sus clases por una plataforma de videollamadas.

Fue en un encuentro presencial con su grupo —en el templo de San Bartolomé Apóstol, en Tequisistlán, estado de México— para realizar un levantamiento fotográfico, cuando sus compañeros notaron que tenía discapacidad visual. Lupita empezó a hablar sobre el templo. Lo conocía desde niña.

Como parte de otra actividad en grupo, también visitó la Fototeca Nacional en Pachuca, Hidalgo, con apoyo del lector de pantalla NVDA, para utilizar la computadora. Subió con su bastón hasta las cúpulas para tomar medidas. El equipo se integró completamente a ella y ella a su equipo. 

Lupita Peláez, como la conocen sus amigos, se recibió como una ingeniera arquitecta ciega. El proceso para titularse fue un gran aprendizaje: “Ahí aprendí que los límites pueden ser muy difíciles, pero no imposibles de resolver. Ese es el proceso por el cual me titulé. Tengo mi título y mi cédula profesional. Me reintegraré a mis actividades laborales como ingeniera arquitecta este año”. 

Adaptarse a una nueva vida y crear una comunidad

Marlen Castro adquirió glaucoma juvenil severo a los 17 años, cuando apenas llevaba dos semanas estudiando la licenciatura en Contaduría Pública en la Universidad del Valle de México. Fue un diagnóstico repentino, sin antecedentes de problemas visuales. 

Los doctores le dijeron que no sabían en cuánto tiempo perdería totalmente la vista: podían ser dos, cinco o veinte años. Ofrecieron tratamiento para regular su presión ocular, ya que el glaucoma consiste en la afectación del nervio óptico por la presión intraocular. 

Los tratamientos incluyeron una operación llamada trabeculectomía, para ayudar al ojo a drenar el líquido acuoso: no funcionó. Siguieron más tratamientos durante quince años, visitando al oftalmólogo cada mes. Desde entonces, toma medicamentos para contener el problema y evitar la presión intraocular.

Perdió la vista en 2018. Ella y su familia debieron adaptarse por completo a su nueva vida. Todo fue reiniciar: aprender a desplazarse por la ciudad, a cocinar, a estudiar; las actividades que pudieran parecer sencillas cambiaron con la llegada de la baja visión, primero, y la ceguera, después. 

Cuando perdió la vista por completo, Marlén dejó su trabajo en el área de contabilidad y se dedicó a alimentar la nueva página de Facebook. Con las herramientas tecnológicas al alcance, Marlén fundó en abril de 2015 el proyecto “En foro Mujeres con discapacidad visual”. Ahora ya tiene cuenta en YouTube, Instagram, Spotify y TikTok. La red de apoyo de Marlén ha crecido: hoy se enlaza con personas de 22 países, en su mayoría mujeres. 

Las principales causas para adquirir una discapacidad visual son: la degeneración macular relacionada con la edad (la mácula es una parte de la retina), cataratas, glaucoma y errores de refracción no corregidos (miopía, hipermetropía, astigmatismo). 

La tecnología, una base para las personas con discapacidad

El uso de la tecnología permite la inserción de las personas con discapacidad visual en las actividades cotidianas. Este es el caso de Juan García Villegas, de 40 años: perdió la vista por aplicación de cortisona cuando su diagnóstico fue de conjuntivitis primaveral. Se rehabilitó en el Comité Internacional Pro-Ciegos para después seguir sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. 

En ese tiempo, antes de la llegada de los teléfonos inteligentes, debía pedir a sus familiares que le leyeran libros completos para que él pudiera grabarlos y retenerlos en su memoria. Debía utilizar grabadora y muchos casetes para seguir sus clases. 

Hoy utiliza la tecnología para hacer cosas aparentemente “sencillas”, como pedir un taxi, leer libros, enviar correos electrónicos y usar la banca móvil.

El teléfono inteligente también le cambió la vida a Estela Cortés, originaria de Oaxaca. Ahora tiene 43 años de edad; perdió la vista a los 16 años, por glaucoma adquirido a partir de un medicamento mal administrado.

No pudo acceder a una buena rehabilitación. Aprendió braille de manera autodidacta, por medio de manuales. Completó su educación en 2002, en la Ciudad de México.

“La tecnología es, a las personas con discapacidad visual, lo que la silla de ruedas es a las personas con discapacidad motriz”, resalta el ingeniero Salvador Ángeles Ramírez, coordinador desde 2007 del programa de Tecnología en Ilumina, ceguera y baja visión, una escuela de Programación enfocada en personas con discapacidad visual, ubicada al sur de la Ciudad de México, en la delegación Álvaro Obregón. 

El uso de la tecnología por parte de las personas con discapacidad visual no es algo nuevo. Ángeles Ramírez menciona que “la han usado desde antes del año dos mil”. 

Las personas con baja visión, por ejemplo, utilizan magnificadores de pantalla, que agrandan el tamaño de los objetos. Las personas con ceguera usan lectores de pantalla con sintetizador de voz, por medio de comandos —combinaciones de teclas—, y pueden acceder, incluso, a editores de carácter científico.

El apoyo de la tecnología contribuye a que las personas con discapacidad visual lleven a cabo sus actividades cotidianas; sólo necesitan la capacitación y el equipo adecuado para lograrlo.

Desde luego, la tecnología no es la única alternativa para las personas con discapacidad. Su derecho a una vida digna debe ser garantizado por el Estado y la sociedad debe comprometerse a una inclusión plena de este sector. Las herramientas tecnológicas, cuando están al alcance de la población con discapacidad, contribuyen a facilitar el ejercicio de sus derechos.

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