Flor de Piña: encuentro de mujeres 
Horas antes de la presentación final, las bailarinas, emocionadas, tuvieron su ensayo general. (Ilustración: Cecilia Falcón)

La convocatoria era un reto: reunir a 50 mujeres y montar, con solo tres ensayos, el baile tradicional Flor de Piña -cuyo entrenamiento habitual suele demorar seis meses-, para después presentarlo ante el público. Esto como parte del encuentro TRAC Tradición y Actualidad en los cuerpos danzantes.

Las mujeres que acudieron a la convocatoria pertenecían, en su mayoría, a la comunidad de la UNAM -maestras, alumnas, trabajadoras-, aunque también hubo un grupo de jóvenes del Instituto Universitario de Bellas Artes de la Universidad de Colima. Sin importar de dónde vinieran o sus edades -que iban de los 20 a los 60 años-, todas tenían en común haber bailado danza folklórica alguna vez en su vida, y conocer, al menos de vista, la tradicional danza oaxaqueña. 

El secreto detrás de Flor de Piña

El baile suele presentarse en la Guelaguetza, el mayor festejo de las tradiciones oaxaqueñas, y para que cada año suceda el espectáculo, existe una preparación especial. 

Primero se realiza una audición en donde se seleccionan a las 36 mujeres que tradicionalmente lo integran. Luego, durante seis meses, se lleva a cabo un entrenamiento riguroso y estricto que busca, no sólo la perfección en los movimientos, sino que los cuerpos aguanten los ensayos más allá de los 12 minutos de función y que resistan a los cambios de altura que se viven cuando viajan de una región a otra. La práctica incluye la parte teórica: conocer la historia, iconografía e indumentaria que rodean a la danza.

El maestro Héctor Arturo Hernández Villar y la maestra Marsel Toledo, ambos bailarines de danza folklórica, viajaron desde Oaxaca a la Ciudad de México para montar el baile, que se presentó el pasado 20 de septiembre .

El éxito de esta danza, dicen los maestros, se debe a “la fascinante y poderosa imagen de ver a tantas mujeres bailando juntas” fusionada con la presencia de los distintos elementos que la conforman que, en general, buscan ser alegres y llamativos.

Otro de los secretos de Flor de Piña está en su rigor físico y complejidad coreográfica. 

“Hay un rigor bien fuerte en la condición física que hace que el cuerpo se siga viendo como que no le pesa nada y que puede ser ligero y que puede correr y saltar y generar estas imágenes tan bellas de cuando parece que las chicas van volando en el escenario”, explicó Toledo. 

Hay un rigor bien fuerte en la condición física que hace que el cuerpo se siga viendo ligero

Para Hernández, la experiencia en TRAC fue única, pues para ellos fue un reto montar la coreografía en “tiempo récord” de tres días para luego presentarla en la explanada frente al Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC).

A pesar de las pocas horas que tuvieron, dijo, trataron de llevar a cabo la preparación, tanto física como teórica, en la manera en que lo hacen con sus propios grupos de baile.  

Identidad y danza

A finales de la década de los cincuenta, cuando se reestructuraron las regiones del estado de Oaxaca y surgió la necesidad de resaltar las raíces originarias de Tuxtepec, el entonces gobernador Alfonso Pérez (1956-1962) pidió que se realizara una coreografía representativa de la región. 

Fue así como comisionaron a la maestra Paulina Solís Ocampo, profesora y coreógrafa originaria de Tuxtepec, para darle cuerpo a la danza que, años más tarde, sería reconocida internacionalmente como “Flor de Piña”. Esta historia fue contada por los maestros.

Para esta creación, explicaron, era importante la representación de la identidad. Los huipiles, por ejemplo, son los principales representantes de las diferentes etnias: chinanteca, mazateca y, posteriormente, la mestiza. O la piña que van cargando, un producto agrícola del municipio de Loma Bonita, en la cuenca de Papaloapan. 

La indumentaria, es decir, el vestuario y los accesorios que dan color a los movimientos, son importantes para la pieza de danza. El maestro Hernández dijo que en su región tienen la fortuna de contar con artesanas tradicionales que aún hacen huipiles, como el de la india chinanteca, de origen prehispánico. En clase se mostraron algunas de estas prendas y se lucieron las trenzas con listones, también representativas de la región. 

Los huipiles, además de mostrar la raíz regional, son un elemento que visibiliza la historia y tradición de las mujeres originarias. Con la creación de la danza, el uso del huipil aumentó y pasó de ser algo exclusivo de quienes los hacían, a ser de uso común para pobladoras mestizas. 

Hernández señaló que “a raíz de que nace este baile, ha aumentado al 500% la producción de huipiles, ¿por qué? Porque cada año van 36 muchachas a presentar este baile. Cada una lleva mínimo cuatro huipiles o seis. Entonces, eso lo multiplicamos por 36, ¡imagínese cuántos huipiles son!”

La bailarina tuxtepecana, Marsel Toledo, contó que ahora hay niñas que van creciendo con el deseo de ser parte de esta danza, así, con ese anhelo, se involucran en los procesos de creación de los huipiles y generan cierta cercanía con las artesanas, así como con su propia indumentaria: “Sí pasa que como que el huipil te elige, ¿no? Entonces, es bien bonita también la conexión que se hace entre pues la bailarina y su indumentaria, pero esto solo tiene que ver con que conoce el proceso” 

Su música, según dijo el maestro, también forma parte de la identidad, pues se trata de un son mazateco realizado por el músico Samuel Mondragón, que va acompañado por el poema “Flor de Piña”, que introduce a la pieza. 

Traspasar barreras

“He bailado Flor de Piña desde hace aproximadamente unos 2 años, ya tenía un conocimiento, nunca tan profesional como con el profesor Héctor y la maestra Marsel. Pero realmente me encanta Flor de Piña, es una danza extremadamente alegre donde puedes bailar, brincar; cansadísima, claro, pero bellísima”, dijo Sarah San Juan, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras.

“Conozco la danza desde hace tiempo y le tengo mucho afecto a Flor de Piña, es lo primero que yo llegué a bailar de Oaxaca”, contó Estefania Castillo, egresada de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. 

El poder de esta danza, cuenta Toledo, radica en la elegía, que hace que no sólo sea agradable a la vista, sino que también sea una danza que muchas personas quieran bailar: “Es un baile que nace en el escenario, pero que pasó y permeó a la vida cotidiana de muchos tuxtepecanos, muchos oaxaqueños”, agregó.

Es un baile que nace en el escenario, pero que permeó la vida cotidiana de muchos tuxtepecanos

El maestro Hernández reconoce que a pesar de que todo México es un país multicultural, rico en folklore, Oaxaca podría ser de los estados que más aportan con sus tradiciones y costumbres. 

Esta danza, como lo dijeron los profesores y lo confirmaron las asistentes al taller, es bailada en escuelas, fiestas o reuniones locales, así como en compañías profesionales a nivel internacional:  “La verdad, ha sido algo muy especial el fenómeno que ha causado Flor de Piña, ¿no? Y lo decimos con orgullo, pero también con mucha humildad del fenómeno en que se ha convertido este baile. Orgullosamente ha nacido en Tuxtepec”, dijo Hernández.

Sus orígenes también son razón para sentirse identificadas. Valentina Melchor, estudiante de la Facultad de Derecho, compartió que: “Es una danza que tiene mucha algarabía, destaca mucho la belleza de la mujer, las cosechas, la fertilidad y creo que hace conectar con tus raíces”.

La experiencia de las mujeres reunidas en el taller fue del todo satisfactoria, así lo describen dos de ellas:

“Para mí como bailarina profesional es muy importante la teoría y la justificación de este tipo de danzas que son un legado histórico. Entonces, tener de primera mano esta información es super valioso para nosotras que estamos en formación”, contó Corina Ramos, estudiante de la Universidad de Colima. 

Tais Bautista, estudiante del Sistema Incorporado a la UNAM, dijo que haber tomado clase con informantes originarios fue muy valioso, ya que tuvieron la paciencia necesaria para compartir su conocimiento con personas que tenían distinta experiencia en la danza.