Durante más de dos décadas, Isabel Aparicio asumió el cuidado de su hermano mayor, quien lleva cuarenta años enfrentando una adicción al alcohol. Ella se encargó de acompañarlo en los grupos de Alcohólicos Anónimos a los que asistió, pagó su ingreso, cubrió los costos del tratamiento y se mantuvo atenta ante cualquier urgencia médica o necesidad que él tuviera.
No solo tuvo que sobrellevar el alcoholismo de su hermano; la mujer, de 58 años, durante trece años también asumió la responsabilidad de cuidar a sus dos sobrinas.
En ese tiempo reorganizó su vida y modificó sus dinámicas familiares para recibirlas en su hogar, garantizarles un techo, alimentación, educación y contención emocional. Todo lo hizo mientras cuidaba a sus tres hijos y lidiaba con la ausencia emocional y económica de su hermano.
“En alguna ocasión sí le dije que se llevara a sus hijas para que él se diera cuenta realmente de la responsabilidad que él tenía y que no estaba cubriendo, pero después yo me arrepentía porque la verdad es que él no cumplía con esa responsabilidad; al contrario, las ponía en riesgo”, contó.

Isabel no es la única mujer atravesada por el alcoholismo de un familiar. Como ella, muchas quedan al cuidado de un ser querido con una adicción. Además de sostener el proceso de recuperación, cubrir los gastos médicos y emocionales, cargan con otras responsabilidades: mantener una jornada laboral, encargarse del hogar y atender a otros integrantes de la familia.
En México, las tareas de cuidados recaen sobre todo en las mujeres. De acuerdo con la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) 2022, en el país hay 31.7 millones de personas dedicadas a estas labores, y tres de cada cuatro son mujeres. Esta tarea —que alcanza casi 38 horas semanales en promedio— se traduce en agotamiento, menor tiempo de sueño, reducción del tiempo libre y obstáculos para el desarrollo académico y profesional.
Las cifras de la ENASIC no especifican cuántas de estas mujeres cuidan a familiares con adicciones. Sin embargo, tras entrevistas realizadas con dos responsables de grupos de Alcohólicos Anónimos, ambas coincidieron en que la mayoría de los usuarios de estos centros llega acompañado por mujeres.
Miguel Palma, tesorero de un grupo de Alcohólicos Anónimos en la alcaldía Xochimilco, calcula que alrededor del 80 por ciento de las personas que fungen como apoderadas —es decir, quienes asumen legalmente la responsabilidad del proceso de recuperación— son mujeres: esposas, madres y hermanas que enfrentan una carga desprovista de reconocimiento.
Esperanza, secretaria de otra agrupación de Alcohólicos Anónimos de la misma alcaldía, coincide en que la mayoría de los hombres que llegan a estos espacios de recuperación son ingresados por mujeres. “Casi siempre la mujer va a anexar a la persona, a su enfermo […] Es muy poco que vayan los hijos o un hombre; van más las mujeres”.
Al preguntarle si sobre ellas también recae la carga económica del hogar, confirmó: “Sí, la mayoría sí, porque, ahora sí que el que lleva a anexar a alguna persona es porque se va a ser responsable al 100 %, tanto económica como moralmente”.
En México, 1.6 millones de personas padecen dependencia al alcohol, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT 2025). Más del 80 por ciento son hombres.
El cuidado que no aparece en las políticas públicas
En el país no existen políticas públicas enfocadas específicamente en el cuidado de familiares de personas con adicciones. Una revisión del Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados (SNPC) muestra que los apoyos dirigidos a personas cuidadoras se definen según el grupo poblacional al que brindan atención: niñas, niños y adolescentes; personas mayores con dependencia; o personas con discapacidad. Estos sectores concentran alrededor del 45 por ciento de los 128.9 millones de habitantes del país.
Si bien el Sistema busca promover la corresponsabilidad entre mujeres, hombres, comunidad y Estado para reducir la carga que históricamente ha recaído en las mujeres, los programas existentes —como Pensión Mujeres Bienestar, Salud Casa por Casa, la Pensión para Personas Adultas Mayores y la Pensión para Personas con Discapacidad— están diseñados en función de la edad o condición física, y no en situaciones derivadas del consumo problemático de alcohol u otras sustancias.
También existen centros de cuidado preventivo, servicios diurnos, residencias o albergues, comedores comunitarios y espacios de capacitación y rehabilitación para el trabajo. Sin embargo, ninguno ofrece atención especializada para familiares que sostienen el proceso de recuperación de una persona con dependencia al alcohol.
Este vacío deja a las familias sin apoyo emocional o respaldo económico, obligándolas a enfrentar solas estas problemáticas, como le ocurrió a Isabel. Ella cuenta que el padecimiento de Candelario comenzó cuando él tenía 16 años y en al menos tres ocasiones ella asumió el rol de apoderada, a pesar de que esto le generó conflictos con su exesposo y otros familiares, quienes le cuestionaban el “dedicarle tiempo a una persona que no entiende”.
Aunque reconoce que a veces se sentía enojada, frustrada y triste, decidió que una forma de apoyarlo era haciéndose cargo de sus sobrinas, incluso sin recibir dinero para su manutención. Así Isabel se convirtió de nuevo en cuidadora de dos pequeñas que llegaron a su casa a la edad de 4 y 5 años.
Durante ese periodo fue tutora y ama de casa de tiempo completo, con algunos periodos ocasionales donde tomaba trabajos como secretaria de medio turno. Su rutina incluía preparar alimentos para ocho personas, recoger a las niñas de la escuela, limpiar y sostener el funcionamiento cotidiano del hogar. Estas responsabilidades obstaculizaron su desarrollo profesional.

Isabel siempre quiso estudiar una carrera universitaria. Sin embargo, a los 15 años dejó la secundaria para aportar económicamente en su hogar. En una familia de ocho hermanos —donde tres enfrentaban alguna adicción y el padre no estaba presente— se vio forzada a dejar su proyecto para aligerar la carga de trabajo de su madre. No fue sino hasta los 50 años cuando pudo concluir su educación básica.
A los 56 años, la responsabilidad del cuidado de su hermano Candelario dejó de recaer en ella y pasó a manos de sus hijas. Por primera vez en décadas, Isabel ya no tenía a otro miembro de su familia bajo su tutela directa. Con ese tiempo recuperado, acreditó la preparatoria e inició la compra de un terreno para gestionar la construcción de su propia casa .
A partir de entonces, empezó a participar en proyectos comunitarios, como entregas de juguetes en el Día de Reyes y festivales para celebrar el Día de las Madres.
Este 2026 inició la carrera de Derecho en una universidad privada, donde obtuvo una beca. Aún no tiene claro en qué área se especializará, pero después de más de 40 años logró retomar sus sueños.
El mandato de ser para los otros
Para Nelly Lara Chávez, doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una clave para entender por qué a las mujeres se les sigue asignando el rol de cuidadoras se encuentra en lo que filósofas y antropólogas feministas han denominado “la noción del ser para los otros”.
“La implicación del ser para los otros en el caso particular de las mujeres se ha convertido en un impedimento para su libre desarrollo y se expresa en una constante atención hacia quienes las rodean”, explica.
Desde esta perspectiva, a las mujeres se les transmiten habilidades asociadas al cuidado: atender, apoyar, sostener. Sin embargo, esa misma formación implica que, al volcarse prioritariamente hacia las necesidades ajenas, “se les impide conocer en gran medida cuáles son sus propios intereses e incluso sus deseos”.
La profesora Nelly Chávez, que también imparte la materia Violencias contra las mujeres en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, plantea entonces una pregunta incómoda: “¿Los hombres perpetúan esa posición de privilegio o de malestar para seguir siendo soportados?”. Desde su criterio, algunos hombres que padecen una adicción reconocen que existe una red femenina —madres, parejas, hermanas— que continuará respaldando, incluso después de recaídas frecuentes.

El caso de Maribel Vázquez ilustra el apoyo incondicional que socialmente las mujeres brindan a parientes que atraviesan alguna adicción. Ella asumió durante años el cuidado de su hermano, quien falleció hace seis años a causa del alcoholismo. Durante gran parte de su vida fue su apoderada legal. Lo recibía en su casa, y parte de sus dinámicas familiares giraban en torno a él: sus reincidencias, su alimentación, su higiene y su recuperación.
Para Maribel, de 51 años, convivir con una persona con alcoholismo fue una experiencia traumática y marcada por la impotencia: “Dentro de lo que vives o compartes con ellos, siempre estás queriendo entender, ¿qué es lo que los lleva a ser así?”, relata.
Con el tiempo, dice que llegó una etapa de resignación. Las recaídas y las ausencias por meses terminaron por normalizar la dinámica. “Si ya volvió a tomar, bueno, ya me la sé, hay que darle de comer, bañarlo con alcohol, darle sus dosis pequeñas y después llevarlo al grupo de ayuda. Ya ni tratas de hablar, ni de regañarlo; porque llega un punto en que dices: `Lo sé, ya, es un alcohólico y aquí se queda`”.
Tras la muerte de su hermano, Maribel decidió regresar a la agrupación de Alcohólicos Anónimos donde José Luis estuvo internado, para acompañar a otras personas que atraviesan la misma situación. Algunos días a la semana acude al grupo para preparar alimentos y participar como oyente en las reuniones.
Las consecuencias del abandono
Cristina Acosta, de 29 años y operadora en una compañía de diseño industrial, también vivió la carga desproporcionada que representa apoyar a un familiar alcohólico.
Cuenta que cuando el consumo problemático atraviesa una relación, como le ocurrió a ella con su expareja, el cuidado, la contención emocional y las consecuencias materiales suelen recaer en las mujeres. “Vivir con una persona alcohólica es complicado y frustrante. No sabes en qué momento va a llegar bien o en qué estado de ánimo estará”, relata.
Recuerda que comenzó su relación cuando ambos tenían 15 años. Tiempo después nació su primera hija y, cuando llegó la tercera —que tiene siete años—, el consumo de alcohol de su pareja se volvió crónico.
“Al principio no lo tomé tan grave porque tomaba, pero no se ponía agresivo; era tranquilo. Después su impulso era seguir tomando. Si yo le decía algo, se molestaba, se enojaba y se ponía violento”.
Los episodios la obligaban a mantener distancia y a concentrarse en proteger a sus hijas. Aunque no era ella quien lo ingresaba a centros de rehabilitación —esa responsabilidad la asumió su suegro—, a Cristina se le pedía sostener emocionalmente: visitarlo, motivarlo y acompañarlo. Incluso intentaba distraerlo con actividades que a él le gustaban, como jugar fútbol, o involucrar a sus hijas para animarlo.

Él ya no forma parte de su vida. Sin embargo, las consecuencias de su ausencia y su falta de responsabilidad repercuten en la rutina familiar. Cristina es el sostén económico del hogar. Su jornada laboral le absorbe casi todo el día. A veces cuenta con el apoyo de sus padres para el cuidado de sus hijas, pero aún así, debe pagar porque alguien las recoja de la escuela. En promedio, apenas pasa una hora diaria con ellas.
La experiencia de Cristina ilustra cómo, incluso cuando el vínculo se rompe, la carga no desaparece: se transforma. La ausencia masculina no elimina el cuidado, lo intensifica y lo configura en aspectos económicos y emocionales. Para la académica Lara Chávez, este patrón responde a una lógica más amplia donde el cuidado sigue asignándose como una obligación de las mujeres y no como una responsabilidad colectiva.
Para la académica, el problema no radica en el cuidado en sí, sino en su distribución desigual. “Los cuidados son vitales y fundamentales para los seres humanos, porque sin cuidado no puedes vivir”, sostiene. Por ello propone horizontalizarlos: que no recaigan exclusivamente en las mujeres —ni siquiera entre ellas mismas cuando se organizan en redes de apoyo—, sino que también los hombres asuman esa responsabilidad.
Redistribuir el cuidado permitiría que las mujeres desarrollen mayor autonomía y no que posterguen sistemáticamente sus propios proyectos de vida. Aunque el Estado mexicano ha impulsado algunas acciones —como campañas y pláticas para combatir estereotipos de género en torno al cuidado—, estas iniciativas aún no transforman de manera estructural la desigualdad que sostiene esta carga.
Como advierte Chávez, “muchas resistencias se presentan por parte de la masculinidad para hacer tareas y prácticas de cuidado; no quieren apelar, por ejemplo, a llevar a cabo actividades consideradas de mujeres porque entonces se van a devaluar. En México mucho se habla, ¿no?, de ‘te pegan en tu casa’. ‘mandilón’”. Estas expresiones cotidianas, señala la profesora, refuerzan la idea de que cuidar es una tarea femenina y que asumirla implica perder estatus.

