Bárbara Eguiarte intenta abrirse camino en el mundo del cine, y aunque todavía no llega a su objetivo, su vida se ha convertido en una historia que parece de ficción, marcada por la crisis de vivienda que enfrentan jóvenes en la Ciudad de México. Los últimos tres años, ha tenido que compartir baño y cocina con gente que no conoce, soportar largos periodos sin agua y limitar la cantidad de ropa y objetos personales que posee porque no tiene dónde guardarlos.
Originaria de Aguascalientes, estudió la carrera de Artes Cinematográficas Audiovisuales y en 2023 se mudó a la Ciudad de México. En estos años, cuenta, ha diversificado sus ingresos al trabajar como cineasta, guía de turistas, niñera y editora de video para un youtuber. Esto le ha permitido tener un lugar donde vivir, aunque no se ha traducido en un espacio que cumpla con las condiciones mínimas recomendadas por ONU-Hábitat para considerarse una vivienda “adecuada”.
Actualmente vive en la colonia Tabacalera de la alcaldía Cuauhtémoc, una de las más céntricas de la ciudad. Cerca tiene una estación de metrobús y metro, que le permiten una rápida movilidad. Pero esa comodidad tiene un costo: el espacio. En enero de 2026, las imágenes de su vivienda se viralizaron luego de que publicó un vídeo mostrándolo.
En casi tres minutos muestra la “cocina”, que se compone de un mueble con tarja, una mesa plegable y diversas repisas, en una de ellas tiene su mini colección de seis cajas de cerillos entres las que destacan marcas como Clásicos, Flamas, Faraón y Andes.

Frente a la tarja, hay un frigobar y arriba un mueble dividido en dos: un espacio para el microondas y otro con puertas en donde guarda suéteres y ropa en vez de sartenes.
“Sé que no puedo tener muchos zapatos porque no tengo espacio para guardarlos, ni mucha ropa, porque no tengo espacio para guardarla tampoco. No puedo tener mucho de nada en realidad porque no hay espacio”, dice Bárbara en entrevista con Corriente Alterna.
El departamento mide seis metros cuadrados. La cama, de tamaño individual, se encuentra junto a la entrada, en un tapanco. El espacio del techo a la cama mide un metro, por lo que es imposible estar de pie. En los 2 metros que hay entre la cama y el piso, Bárbara instaló un espacio de trabajo en lo que funcionaba como mesa de comedor. El baño mide un metro 60 centímetros de largo y 80 centímetros de ancho, y a pesar de lo reducido, es el único espacio con puerta.

“Luego van mis amigos o a veces que viene mi familia a visitar, se impactan, me dicen: ‘¿es que, cómo puedes vivir en un espacio tan pequeño?’ Y no sé, siento que a todo te acostumbras”, dice.
Bárbara es parte de una generación de jóvenes que al tratar de conseguir su independencia, enfrentan diversos problemas para acceder a un espacio digno en medio de la crisis de vivienda. Candy Hurtado, socióloga urbana y profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), señala que hay un mercado de alquiler que no solamente está desregulado ante la carencia de leyes que controlen los precios, sino que deja fuera a los jóvenes.
“Mientras que generaciones, como la generación X (las personas nacidas entre 1965 y 1980), accedieron a la propiedad mediante salarios estables y créditos y prestaciones, los jóvenes actuales no, y no solamente por esta especulación de vivienda, sino porque además ya no contamos con los mismos recursos, con toda la serie de reformas que se hicieron, por ejemplo, ya no podemos acceder a un crédito superior que nos permita adquirir una vivienda digna”, explica.
Hurtado añade que las y los profesionistas jóvenes no tienen acceso a los mismos bienes que tenían sus padres, y tampoco cuentan con prestaciones que les puedan hacer factible conseguir una vivienda de mejor calidad en la Ciudad de México.
“Entonces, el acceso, al menos en la Ciudad de México, se está repatrimonializando. Esta repatrimonialización, es decir, quien logra independizarse, suele hacerlo mediante el capital social y económico que es heredado o apoyado, por ejemplo, por los padres”, destaca.
Según datos oficiales, casi el 70% de los jóvenes entre 18 y 29 años de edad viven con estrés financiero, un estado de preocupación y ansiedad ante una situación económica difícil o de incertidumbre, que puede producir afectaciones de tipo fisiológico, psicológico y en las relaciones interpersonales, como ansiedad, frustración, dolor de cabeza y falta de sueño.
Unos 6.6 millones de jóvenes tienen estrés financiero alto (28.6%) y 9.5 millones un nivel moderado (40.9%), según datos de la Encuesta sobre Salud Financiera 2023 realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
Crisis de vivienda: Azoteas ofrecidas como “depas”
Durante un año y medio Yeni vivió en la colonia Roma Norte, uno de los barrios con los precios de vivienda más elevados de la ciudad. Ahí pagaba 3 mil pesos mensuales por un cuarto de azotea de 9 metros cuadrados ubicado en la parte superior de un viejo edificio
En esos años estaba por terminar la Licenciatura en la Escuela Superior de Turismo en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y debido a que el trayecto desde la casa de sus padres le tomaba hasta dos horas y media, decidió buscar un lugar más cercano a la universidad.
“Pues, como era un cuarto de azotea estaba muy ventilado e incluso cuando hacía mucho calor era muy caluroso. Estaba muy pequeño y era solo para dormir”, señala.
Dice que mientras vivió en este lugar se sentía excluida y marginada. En el edificio, cuenta, quienes vivían en los cuartos de azotea eran principalmente estudiantes o personas que solo usaban el espacio para dormir, y no eran tomados en cuenta por el resto de los inquilinos.
“Había bastante gente pero nosotros estábamos hasta arriba o sea se puede decir éramos marginados. Nosotros no convivimos al 100% con ellos porque no nos tomaban en cuenta”, menciona Yeni.

Yeni trabaja hoy en día como subgerente en un restaurante en el centro histórico de la Ciudad de México, lo que le ha permitido sostenerse económicamente y apoyar a su madre. Decidió dejar el cuarto en la Roma Norte debido al alto costo que representaba para un espacio tan reducido.
Hoy renta un departamento de 54 metros cuadrados en la colonia Electricistas, en la alcaldía Azcapotzalco. El lugar, que habita ella sola, es más espacioso: cuenta con recámara, baño propio, sala, comedor y cocina (en una misma habitación).
Aunque vive más cómoda, este cambio le ha traído otras implicaciones: como trayectos de hasta 45 minutos en los que tiene que tomar una combi y metro para posteriormente caminar 10 minutos y así llegar desde su casa al trabajo. Además ella asume por completo los gastos de renta y servicios, enfrentando una mayor carga económica.
Para la maestra Andrea Alvear, profesora de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, muchas de estas prácticas se sostienen en la ausencia de prohibiciones explícitas en la normativa, lo que abre la puerta a que se utilicen espacios residuales de las viviendas –como las azoteas– para alquiler.
“La gente (pone en) renta los espacios que tienen residuales. Y entonces, pues también pasa eso que cuando en algún momento decían, ‘Lo que no está prohibido, está permitido`. Entonces, hasta que no exista esta prohibición, de decir, ‘No se pueden rentar cuartos en la azotea'”, agrega la maestra Andrea.
Alvear, quien también es integrante del Laboratorio de Vivienda de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, resalta que una vivienda es mucho más que cuatro paredes y un techo. “Es un lugar en donde tienes acceso a descansar, a estar y a poder tener parte de tu vida guardada en un lugar. Puedes desarrollarte intelectualmente, sentimentalmente, y es la célula que compone la ciudad”.
La vivienda inclusiva y digna es un derecho humano universal, reconocido como fundamental en diferentes tratados internacionales. De acuerdo con ONU-Hábitat, se habla de una vivienda adecuada cuando ésta cumple con siete elementos: seguridad de la tenencia; disponibilidad de servicios, materiales, instalaciones e infraestructura, asequibilidad, habitabilidad, accesibilidad, ubicación y adecuación cultural.
ONU-Hábitat apunta que la seguridad de la tenencia garantiza protección jurídica contra desalojos forzosos y hostigamiento; la disponibilidad de servicios e infraestructura se refiere al acceso a agua potable, saneamiento y energía; la asequibilidad implica que el costo de la vivienda no compromete otros derechos básicos (idealmente, no más del 30% del ingreso del hogar); la habitabilidad alude a condiciones seguras, salubres y con espacio suficiente; la accesibilidad considera las necesidades de grupos vulnerables; la ubicación supone acceso a empleo y servicios, además de estar fuera de zonas de riesgo; y la adecuación cultural respeta la identidad y las prácticas culturales de sus habitantes.
Espacios como los que han habitado Yenni o Bárbara no pueden considerarse realmente viviendas, señala la académica. “Pueden resolver o considerarse como algo temporal, pero no pueden ser una vivienda, porque una vivienda tiene que ver con tener las condiciones adecuadas para poder descansar, sentirte seguro, invitar a alguien si quieres, desarrollarte, hacer tu tarea, leer, bañarte o comer; en fin, realizar todas estas actividades”.
El sueño de vivir solo… y el costo de intentarlo
Aylin tiene 25 años y está en trámites de titulación de la carrera de Medicina, actualmente no tiene empleo y renta un departamento que paga con ayuda de su hermana, mientras que sus gastos de manutención son costeados con apoyo de su mamá.
Ella migró de Guerrero a la Ciudad de México hace una década para cursar la preparatoria y luego la universidad en la UNAM. Durante ese proceso, se vio obligada a vivir en una casa de estudiantes en condiciones poco favorables, ya que priorizó la cercanía con su escuela por encima de la comodidad.
El cuarto que rentaba en la zona de Copilco no contaba con iluminación ni buena ventilación. Era tan reducido que los amigos que iban a visitarla y medían más de 1.80 se tenían que agachar para estar en su habitación. “Entonces, entre que los techos eran muy bajos, había mucha humedad, no pegaba nada el sol, se empezaban a pudrir las paredes”.

Aunque tenía baño propio y cocina independiente, nunca se sintió cómoda en el lugar, lo que derivó en un desgaste psicológico y emocional, relacionado también con la crisis de vivienda. “Siento que sí tuvo un impacto dentro de mi salud mental, no me estaba yendo bien en la universidad, me sentía muy triste y traté de pedir ayuda. Siento que sí fue algo que me impactó porque ni siquiera en mi casa me sentía cómoda”, dice.
El departamento donde vive hoy en día, ubicado en la alcaldía Coyoacán, es más espacioso y tiene una distribución funcional: sala, cocina, baño y dos cuartos. A pesar de esto, tiene una ventilación deficiente y mala iluminación, pues debe mantener la luz encendida gran parte del tiempo. También tiene problemas de humedad que han provocado moho en las paredes, especialmente en la cocina y el baño.
Inicialmente, Aylin compartía el departamento con su hermana, pero ella tuvo que mudarse por cuestiones de trabajo.
Según datos del INEGI y la Comisión Nacional de Vivienda (CONAVI), en 2022 alrededor del 38 por ciento de los hogares encabezados por jóvenes en México vivían en renta, y casi uno de cada cinco destinaba más del 30% de su ingreso al pago de vivienda.
Aylin comenta que, sin el apoyo económico de su hermana, su situación sería mucho más complicada. Explica que, para poder incorporarse formalmente al ámbito laboral necesita contar con su cédula profesional, y ésta aún está en trámite.
Aunque dice que en el campo médico hay oportunidades laborales, estas no siempre están bien remuneradas como comúnmente se cree.
Aylin se enfrenta a una realidad que no está diseñada para facilitar sus primeros pasos hacia la independencia. El encarecimiento de la vivienda se contrapone con salarios insuficientes y precariedad laboral, lo que impide acceder a una vivienda digna, explica Candy Hurtado.
“Somos el sector más afectado debido a una desconexión entre el mercado inmobiliario y el capital global y un mercado laboral local que está estancado, o sea, sigue demandando mucho, pero pagando menos”, subraya la especialista.
Eric Jiménez, profesor de la materia Psicología del habitante urbano en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, menciona que la crisis de vivienda se trata de un problema más estructural que coyuntural.
“Es un problema importante, los jóvenes tienen pocas posibilidades. Lo veo en mis estudiantes, sobre todo los de posgrado. Siempre les pregunto cómo están sus condiciones y son muy precarias. Entonces, yo creo que sí es un problema estructural”, menciona.

