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Nancy Cárdenas, icono del feminismo y la diversidad sexual
Panteón civil "Xico" de Valle de Chalco.

El panteón civil "Xico" de Valle de Chalco fue ampliado por el creciente número de inhumaciones registradas en la entidad por la pandemia. Foto: Mario Jasso /Cuartoscuro.

Vivir la muerte sin despedirse

La pandemia de COVID-19 ha trastocado los rituales para despedir a los muertos, lo que obstaculiza que las familias inicien el duelo.

Dulce Soto, reportera, y Pablo Padilla, becario / Corriente Alterna el 1 de noviembre, 2020

Este 2 de noviembre se cumplen cuatro meses de la muerte de Luis Rey Calderón Leal, médico del Hospital Naval de Veracruz. Para recordarlo, su viuda Zaira Hernández le prepara su platillo favorito como ofrenda de muertos: una mojarra empapelada al horno.

No puede visitarlo en el panteón en el Día de Muertos porque esta celebración también fue trastocada por las medidas sanitarias impuestas para reducir los contagios de coronavirus. Sin embargo, Zaira se esfuerza para conmemorar la fecha, para concretar una despedida que considera incompleta.

El 2 de julio, a un mes de cumplir 41 años, el médico falleció de COVID-19 tras contagiarse mientras atendía a pacientes con esta enfermedad. Zaira pudo ver su rostro por última vez, al identificar el cadáver por el cristal de la sala del hospital. Después, organizó un funeral con algunos de sus familiares.

“Pero estando en casa el ataúd estuvo cerrado y no me le pude acercar. Aunque él estaba ahí, yo no podía acercarme al ataúd, ni mis hijos. Por eso para mí no fue normal. Yo me quería despedir de él, abrazarlo, pero no se pudo”.

Zaira se consuela con dos recuerdos. El primero: la última vez que escuchó la voz de su esposo, gracias a una llamada telefónica desde el hospital. Sus hijos y ella pudieron hablar con el médico un día antes de que fuera intubado.

“En la llamada telefónica que tuvo mi esposo conmigo también les llamó a mis hijos, porque venía el cumpleaños de ellos y solamente le dijeron a su papá que se recuperara, que querían que estuviera con ellos porque se acercaba su cumpleaños y eso fue todo. Ya mis hijos no lo volvieron a ver”.

El otro recuerdo que la reconforta sucedió el pasado 16 de septiembre. Su esposo fue postulado por sus compañeros del hospital para obtener de manera póstuma la Condecoración Miguel Hidalgo y Costilla que el Gobierno federal entregó a 58 profesionales de la salud para reconocer su labor en la atención de la pandemia. En el Zócalo de la Ciudad de México, antes de que iniciara el Desfile Militar, Zaira recibió la presea a nombre de su compañero.

“Me sentí orgullosa porque lo estaban reconociendo, y muy triste porque me hubiese encantando que él lo hubiera recibido en sus propias manos. Ahora mi hija dice que ella quiere ser doctora y mi hijo igual, porque él se quiere ganar una medalla para que su papá se sienta orgulloso de él”.

Médico Luis Rey Calderón León..
El médico Luis Rey Calderón Leal atendía a pacientes con COVID-19 en Veracruz, antes de fallecer por esta enfermedad. Foto: Cortesía.

Con 91 mil muertes confirmadas y 106 mil estimadas por COVID-19, el país llega al 2 de noviembre. La pandemia superó ya el escenario catastrófico dibujado por la Secretaría de Salud, en el que calculaba un máximo de 60 mil muertes. Al principio de la emergencia sanitaria, la dependencia estimó incluso un escenario optimista con sólo 6 mil víctimas fatales, mientras que otros modelos matemáticos preveían cifras más cercanas a lo que ocurrió y proyectan que para diciembre sumarán 130 mil muertos en México.

Así llegamos a la celebración de la muerte, con un distanciamiento social que impide que la mayoría de las personas pueda velar, enterrar y honrar a sus muertos; con profesionales de la salud agotados física y mentalmente, que vuelven a salir a las calles a protestar por la falta de insumos médicos. Hasta octubre, Salud registraba mil 744 fallecimientos de trabajadores sanitarios, lo que coloca a México como el país con el mayor número de médicos muertos por la pandemia, según un informe de Amnistía Internacional.

Y aunque el presidente Andrés Manuel López Obrador decretó tres días de luto nacional, el cierre de los panteones, las medidas de sana distancia y el repunte de la enfermedad dificultan vivir un luto social.

La sana distancia y el duelo

Todos los deudos quisieran el cuerpo de su familiar, “no para poner punto final”, sino para iniciar el duelo, una necesidad que permite, pese al dolor, retomar la vida”, explica en entrevista el médico y escritor Arnoldo Kraus, profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM. Y agrega:

“Con los muertos, cuando no hubo una despedida amorosa, cordial, como suele ser en México, y cuando no se pudo acompañar a la persona, o cuando la persona murió en un santiamén, en dos o tres días —personas sanas—, no hay tiempo ni de vivir la muerte del otro ni de acompañar ni de tocar, y entrar en el duelo es complicado”.

Esa imposibilidad de la despedida amorosa, con abrazos, apapachos y llorando juntos, dice, desemboca en un daño anímico y psíquico, primero individual, pero que configura también un trauma colectivo a medida que crece la incertidumbre sobre cuándo terminará la pandemia y la posibilidad de que alguien cercano enferme o muera nos pisa los talones.

“Sí va a haber una especie de trauma colectivo, en donde las muertes de otros de repente nos pertenecen, aunque sean lejanas. Estoy convencido que se describirán una serie de síndromes vinculados con el problema psicológico-psiquiátrico del aislamiento, del miedo, del temor por los seres que están cerca de nosotros, por la soledad que tienen los viejos”.

Vivir la muerte sin tocarla

“Yo no he regresado a la casa de mis papás desde marzo. Todavía no he sentido ese impacto que seguramente va a ser ver la casa vacía, ver su recámara y ver las fotos y sus objetos. Yo creo que eso sí va a ser muy fuerte para mí”.

Quien habla es Juan Solís, un periodista de 46 años que perdió a su padre y a su madre por COVID-19. Ambos fueron internados en el Hospital Primero de Octubre del ISSSTE el 25 de junio, cuando su salud se agravó después de recibir atención médica desde su casa.

Con 70 años y sin enfermedades crónicas diagnosticadas, el padre de Juan fue intubado en cuanto llegó al hospital y falleció al día siguiente. Su madre, internada en otra área, no supo que su esposo había muerto.

“Yo me moví al hospital para recibir a los de la funeraria y vi a mi hermana. Lo más feo fue verla y no poder abrazarla. No poder consolarla. Digamos que ahí el duelo comienza a ser bastante extraño”.

Del hospital partió el cuerpo en una carroza que siguieron Juan y su esposa. Sin velorio ni despedidas, al otro día sólo recogieron la urna con las cenizas de su padre.

Nueve días después, el 2 de julio, murió su madre.

Juan tuvo que “identificar la bolsa” que contenía los restos. Acudió a una bodega al lado del hospital, a donde ubican a los fallecidos por COVID. Esperó a que los encargados de la funeraria entraran por el cadáver y se lo mostraran. No se acercó demasiado ni abrió la bolsa. Sólo corroboró que la cinta con datos personales, pegada en la mortaja de plástico, coincidiera con el nombre de su madre.

“Es terrible no verla por última vez. Yo entendí que puede ser un foco de infección, por más cruel que se escuche. Sé también que muchas personas, en un rapto de desesperación, pueden tratar de besar el cuerpo”.

Sin embargo, señala, podrían implementar otras alternativas, como realizar una videollamada con los familiares para que vean el cuerpo antes de trasladarlo a la bodega de cadáveres.

“Y quizá con la mediación de la imagen digital podrías identificar que sí es tu familiar a quien están metiendo en esa bolsa. Es muy duro, porque a tu familiar ya no lo están tratando como sujeto, como una persona querida a la que tienes que despedir, la están tratando como un cadáver infectado”, dice.

Juan recogió también las cenizas de su madre y conserva en su casa las dos urnas. Junto a sus dos hermanos inició un ritual de despedida virtual: anunciaron por Facebook su pérdida, realizaron rosarios y misas a través de zoom y se sintieron acompañados en la distancia; sin embargo, afirma, le queda la sensación de que algo falta pues en su casa era tradición hacer el novenario, cenar después de rezar, afrontar las pérdidas en familia.

“Siento que queda una deuda, como que quedan cosas pendientes y no es la despedida. A pesar de que rezas, de que sigues lo que dicta el rosario, hay cosas que quedan sin saldar. Al final, mis familiares y amigos dijeron: ‘pues ojalá que cuando acabe esto podamos reunirnos para despedir a tus papás como se debe’”.

Ofrenda de Día de Muertos de la familia Solís.
Con una ofrenda de muertos, Juan Solís recuerda a sus padres que murieron por coronavirus. Foto: Cortesía.

Por ahora, con ayuda de un tanatólogo, Juan y sus hermanos buscan reiniciar su vida, enfrentarse a una casa que tuvieron que desinfectar dos veces, en la que perduran los recuerdos.

Juan ilustra lo que siente: “En una imagen: estás con tu carro y te pegan durísimo y no hay seguro, entonces te tienes que ir con tu golpe. Y así, con el golpe, vamos a seguir”.

Un México enfermo

Aunque el surgimiento del virus SARS-CoV-2 no es responsabilidad del gobierno, sí lo es la respuesta para atender la crisis sanitaria, explica el doctor Kraus.

Si las personas perdieron a sus familiares que fueron rechazados en varios hospitales; porque no alcanzaron a llegar a una unidad de terapia intensiva; porque faltaron insumos médicos, dice, se puede generar encono e ira contra las autoridades políticas y sanitarias, pero también desesperanza y tristeza.

“El impacto que genera la enfermedad, la incertidumbre, la muerte, el no contar con dinero suficiente para atenderse de forma adecuada sí genera un impacto negativo en la sociedad.

“Hay mucho encono en muchos países en este sentido contra las autoridades políticas y sanitarias porque nunca estuvieron a la altura de lo que ha representado esta pandemia. Si lo alargamos a los asesinados, desaparecidos, todo esto, lamentablemente, está transformando a México en un país muy enfermo”.

Las políticas del duelo, es decir, aquellas acciones y discursos desde el poder que contribuyen a reconocer o negar las pérdidas, pueden facilitar los procesos de luto social, pero también pueden inhibirlos.

En el texto “Políticas del duelo: entre lo psíquico y lo social”, publicado en agosto de 2019 en la revista Argumentos. Estudios críticos de la sociedad, los académicos Ximena Antillón y Mauricio González exponen que en el País, durante el sexenio de Felipe Calderón, se negó este duelo social al estigmatizar a las víctimas de la violencia. 

Con Enrique Peña Nieto cambió el discurso ante los familiares de los 43 normalistas de Ayotzinapa: exhortó a superar la desaparición, un nuevo discurso que también niega las pérdidas al “prescribir la obligación” de dejarlas atrás.

En el marco de la pandemia de COVID-19, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha rendido homenaje a los fallecidos con minutos de silencio; ha ordenado a las dependencias de la Administración Pública federal hacer lo mismo todos los días a las 12:00 horas, y ha decretado jornadas de luto nacional.

Pero desde junio, a cuatro meses de confirmar el primer caso de COVID-19 en México, el Mandatario lamentaba los decesos y al mismo tiempo llamaba a “seguir adelante” y a “vencer el miedo de salir a la calle”.

La duda de cuántas personas realmente han muerto por COVID-19 —de la mayoría no se sabe públicamente quiénes son, no se mencionan sus nombres—, obstaculiza también la construcción de una narrativa gubernamental sobre la pandemia aceptada por toda la sociedad.

Aunque es doloroso, Juan comprende las reglas para el manejo de cadáveres con coronavirus, tiene una explicación: prevenir el riesgo de contagio. Pero no encuentra razones válidas para que las autoridades gubernamentales reduzcan a una cifra a las víctimas letales de esta pandemia: 91 mil 753 muertos hasta el 31 de octubre.

“Yo no puedo culpar al gobierno de la muerte de mis papás, es un factor biológico y, desgraciadamente, el virus fue muy agresivo con ellos, pero creo que sí tendría que haber una mayor seriedad en el tratamiento que se le da a la pandemia desde las tribunas públicas. Creo que es tener poco respeto el hecho de que el presidente siga apareciendo sin cubrebocas. Creo que es tener poco respeto a las víctimas reducirlas a una cifra. No son pocas personas (91) mil, si es que son esas, para salir con una sonrisa todas las mañanas y decir ‘vamos muy bien’”, reprocha.

La esperanza detrás del duelo

En la sala de su casa, donde lo vio por última vez, Ana María Lorenzo colocó un altar con flores, una imagen de la Virgen de Guadalupe, y fotografías de quien fuera su compañero desde la adolescencia. 

“Así mis hijos pueden ver su foto y recordarlo”, dice por teléfono desde Nueva Jersey, Estados Unidos, donde vive desde hace una década tras emigrar de Puebla. 

Su esposo, Miguel Mestiza, de 32 años, murió a causa del virus SARS-CoV-2, causante de la pandemia más mortífera de los últimos 100 años.

Miguel solía tener poco trabajo como pintor de casas durante la temporada invernal y eso le permitió resguardarse con su familia durante unos meses, pero no se libró del contagio. Comenzó con tos el 12 abril. No se alarmó porque no tenía otros síntomas hasta que el 16 de abril despertó con dificultades para respirar.

Ana María llamó al 911 y paramédicos acudieron a su casa a atenderlo. Lo postraron en el piso de la sala, intentaron brindarle oxígeno y reanimarlo.

“Un paramédico hispano se me acerca, me toma del brazo y me dice: ‘señora, tiene que ser muy fuerte porque su esposo falleció’”, recuerda.

Además de ver morir a su compañero, Ana María enfrentó el dolor de no poder despedirlo con un funeral. La aislaron en su casa con sus hijos de cinco, siete y nueve años por sospecha de coronavirus. 

“Mi duelo lo pasé sola en mi casa. Es muy duro así, sin que tu familia pueda venir y estar un rato contigo”.

Altar de muertos de Ana María Lorenzo.
Ana María Lorenzo colocó un altar en la sala de su casa para recordar a su esposo Miguel, quien falleció por COVID-19. Foto: Cortesía.

Por correo electrónico realizó los trámites para recuperar el cuerpo que fue llevado a la morgue. Quería traerlo a México para darle sepultura y que los familiares de Miguel tuvieran una tumba en donde visitarlo. Pero de la morgue lo llevaron a la funeraria y lo cremaron.

A través del Consulado mexicano logró enviar las cenizas a Puebla. Los padres de Miguel recibieron la urna en el municipio de Tlatlauquitepec, donde hace 14 años lo vieron por última vez antes de que partiera a Estados Unidos.

“Es triste, pero tengo la satisfacción de que él pudo llegar a México y está descansando en el lugar que lo vio nacer, a donde quería volver en algún momento”.

Esther Rodríguez Durán, coordinadora de la Clínica Virtual de Duelo que creó el Instituto Nacional de Psiquiatría en el marco de la pandemia, dice que el duelo puede durar meses o incluso años. Pese a lo difícil que es perder a un ser querido en el contexto actual, asegura que se puede reiniciar la vida.

Los pequeños ritos, aunque modificados, ayudan en este proceso y permiten no negar el recuerdo de la persona, sino recordar el momento de enfermedad, de la tristeza o los momentos agradables sin que esto nos altere o nos bloquee la vida.

“Esa situación de dolor es importante que se viva. También se aprende del dolor. Hay que experimentar la pena, culpa, miedo, resentimiento, experimentar la tristeza, el desinterés, la apatía y, a partir de ahí, surge la esperanza y la conducción de la vida”, afirma.

“Si sobrevivimos, regresamos”; la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México

Cuidar la música y el arte. Pero cuidar la vida: la salud de todas y todos. “Si sobrevivimos, regresamos”, dijo Roberto Mejía Murillo, director operativo de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), cuando iniciaba el verano de 2020, a Corriente Alterna. El pasado 18 de agosto, Mejía falleció por complicaciones relacionadas con COVID-19. Ningún músico u otro trabajador de la orquesta ha fallecido por razones similares; en gran parte, gracias a las medidas que el director operativo —cuyas funciones eran administrativas y no artísticas— tomó desde el primer momento.

Cuidar un grupo de músicos que en su mayoría rebasan los 60 años. Forman parte de la media de riesgo, con enfermedades crónicas, hereditarias y genéticas. Por eso, la orquesta canceló ensayos, presentaciones y actividades administrativas desde el 20 de marzo, días antes de que iniciara la Jornada de Sana Distancia

Muchos de estos músicos son de origen europeo y regresan cada verano a sus ciudades natales; aprovechan el descanso entre temporadas de la orquesta. En el verano, Roberto Mejía Murillo reflexionaba la necesidad de explorar si, al regreso de la OFCM a los escenarios, sería óptimo traerles de vuelta.

En cambio, durante los meses de confinamiento, la orquesta participó en el programa Contigo en la distancia, de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Desde sus casas, ofrecieron un programa especial a través de redes sociales. A finales de agosto, estas transmisiones incluyeron un homenaje póstumo para Roberto Mejía. La sección de metales interpretó, en memoria de su director operativo, la Variación No. 9 “Nimrod” de las Variaciones Enigma del compositor británico Edward Elgar.

Quedaron más aspectos en el aire. Precisamente: ¿qué pasa con los instrumentos de viento?, ¿qué papel podrían jugar en los contagios?  Los primeros estudios no mostraban evidencias concluyentes de que aquéllos incrementen el riesgo de transmisión del COVID-19. Pero definitivamente eran una fuente de preocupación, pues al tocar instrumentos como la flauta pueden esparcirse partículas de saliva a 80 centímetros de distancia. Y ahora, ya casi en noviembre, el papel de los aerosoles en el contagio es cada vez más relevante en los papers médicos.

Cuidar a los músicos, y cuidar al público. 

Mejía Murillo planeaba: cuando abra el Auditorio  Ollin Yoliztli para la Filarmónica, los boletos solo podrán comprarse en línea. Ya no habrá charlas de vestíbulo; pero sí habrá dos asientos vacíos entre cada asistente, sin importar si van acompañados o no. De las mil 200 butacas en la Sala Silvestre Revueltas, solo serán ocupadas alrededor de 300. Desinfectar la sala antes y después de cada función. Así lo planeó Mejía Murillo, tras conversaciones con los directores de otras orquestas como la Sinfónica Nacional y la de Cámara de Bellas Artes.

“No hemos dejado de trabajar”

A diferencia de lo que sucede con ensambles musicales independientes, los sueldos de la OFCM para este año no se interrumpieron. Su nómina estaba contemplada dentro del presupuesto de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y no depende de los ingresos en taquilla.

La OFCM continúa bajo el mando de Scott Yoo, su director artístico. El mejor homenaje para su exdirector operativo estará en las medidas que tomen para su regreso a los escenarios, todavía sin fecha determinada. Sus palabras y su ética de trabajo, perdurarán en los músicos a quienes quiso proteger:

“No hemos dejado de trabajar y haremos música con lo que tenemos”.