Natan Barrientos y Saúl Ramírez, nacieron en Yucatán, crecieron escuchando a los lancheros de la zona contar historias sobre el pulpo maya, una especie endémica que habita desde Campeche hasta Quintana Roo, y que hoy se encuentra amenazada por la sobreexplotación y la contaminación.
Esta especie, que se distingue por su tamaño, su capacidad de reproducirse, su tonalidad rojiza y por dos manchas debajo de cada ojo, es fundamental para la economía local y para el equilibrio del ecosistema, cuenta Saúl Ramírez, egresado de la licenciatura en Gestión Intercultural en la UNAM.
“Forma parte de la identidad de las comunidades pesqueras, cuando visitas estos lugares, te cuentan recuerdos de cómo aprendieron a pescar con su familia, sus abuelos, y esos relatos reflejan una memoria ligada tanto al entorno natural como a la especie misma”, dice.
Natan Barrientos, que estudió Ciencias de la Tierra en la UNAM, dice que con el paso de los años, gente de su edad ha atestiguado cómo la contaminación y la sobreexplotación pusiero en riesgo a esta especie marina: “El pulpo no solo tiene importancia económica, sino cultural. Es parte de la memoria de las comunidades pesqueras”.
Fue a partir de esa preocupación que estos amigos idearon un proyecto para fomentar la pesca sustentable. “La región está muy afectada, se ve cierta desesperanza en las poblaciones y uno de los principales recursos es el pulpo maya”, cuenta Saúl.
El Jardín del Pulpo, como nombraron a su proyecto, trabaja en la comunidad pesquera de Dzilam y sus alrededores. “Nos preguntamos cómo podíamos actuar y mejorar la situación. Así, con un equipo interdisciplinario, surgió el proyecto, que empezó como investigación y educación ambiental y ahora se está extendiendo a ámbitos científicos y tecnológicos”, añade Saúl.
La propuesta combina talleres, materiales informativos y actividades donde las infancias aprenden cómo cuidar al pulpo maya y garantizar la continuidad de la especie.
“Queremos que las comunidades pesqueras se apropien de la información, que sepan por qué el mar está cambiando y qué pueden hacer desde su realidad”, dice Saúl. Su trabajo no se limita a las aulas: visitan puertos, colaboran con pescadores y promueven una relación más consciente con el entorno marino.
Natan dice que el objetivo es compartir conocimiento y fortalecer la relación entre las comunidades y el mar: “Todo lo que hacemos tiene que ver con cuidar la memoria del lugar. Si perdemos el mar, perdemos también nuestra historia”.
No sólo en Yucatán, sino también en estados como Chiapas, Sonora y el Estado de México, las juventudes están ideando soluciones para mitigar los efectos del cambio climático desde sus propias comunidades. Estudiantes de distintas regiones trabajan en proyectos que buscan proteger ecosistemas, prevenir desastres y restaurar el entorno dañado.
Algunas de estas iniciativas coincidieron en el Climatón 2025, un encuentro organizado por la Revista de la Universidad, donde equipos de todo el país compartieron sus ideas, recibieron mentorías y mostraron cómo se puede actuar frente al cambio climático desde sus comunidades.
“Somos los que tenemos la energía; tenemos las ganas de hacer un cambio. Somos los que tenemos nuevas ideas, los que hacemos nuevos proyectos. Realmente los jóvenes somos la base de la acción climática. Actualmente está empezando a haber un movimiento juvenil relacionado al cambio climático a nivel nacional y a futuro va a seguir creciendo”, dice Saúl.

Juventudes que rompen esquemas
Desde la ingeniería, la enfermería o la pedagogía, los proyectos han surgido de la memoria, entorno y cultura de cada grupo, para proponer formas distintas de relacionarse con la naturaleza: más cercana, más justa, más consciente.
En Tlalnepantla, Estado de México, las estudiantes Bárbara Oyarzabal, Fernanda Paz y Leonora González diseñaron un proyecto que combina tecnología y pedagogía para enfrentar los desafíos que acarrean las lluvias intensas.
“Queremos brindar herramientas a las juventudes e infancias para poder adaptarse al cambio climático”, explica Fernanda, estudiante de Relaciones Internacionales de la FES Acatlán.
En su localidad, la temporada de lluvias trae algo más que agua: provoca encharcamientos e inundaciones que obligan a suspender clases y generan miedo. “Los jóvenes somos los únicos y los que deberíamos estar más informados acerca de esto, ya que es nuestro planeta y debemos buscar nosotros las alternativas hacia este problema”, comenta Bárbara, estudiante de la preparatoria INDO Americano.
Para ello, las jóvenes desarrollaron EPIA (Eco Pioneros para la Innovación Ambiental), un sistema de captación de agua pluvial que está acompañado de talleres de educación ambiental para niñas, niños y sus familias, donde se promueve el manejo responsable del agua y la prevención de desastres.
Las jóvenes están convencidas de que el aprendizaje ambiental ofrece la oportunidad de pensar y actuar distinto. “Nos permite conocernos más; conocer nuestro entorno, nuestra comunidad. Y sobre todo conocer cómo estamos viviendo y qué podemos hacer para cambiar la realidad en la que vivimos”, concluye Fernanda.

Para Evelyn Pinot, una joven chiapaneca que desde hace varios años busca formas de contribuir a la conservación de la flora y fauna polinizadora, una de las problemáticas más grandes de la crisis climática es la inseguridad alimentaria: “De los polinizadores dependen alrededor del 75% de nuestros cultivos a nivel mundial”.
En la región del Soconusco, en Tapachula, Chiapas, donde ella vive, la pérdida de vegetación nativa ha reducido los refugios y fuentes de alimento para los polinizadores, poniendo en riesgo la biodiversidad y la seguridad alimentaria de las comunidades, explica.
Sin abejas, colibríes, murciélagos y mariposas, muchos alimentos dejarían de producirse y los ecosistemas se volverían frágiles y fragmentados, agrega Azul Altuzar, compañera de Evelyn y estudiante del Centro de Investigación de Sistemas Costeros y Continentales de la Universidad Autónoma de Chiapas.
Ante este panorama, las jóvenes crearon el Corredor Biológico Ts’unu, una iniciativa que busca recuperar las áreas verdes urbanas mediante la creación de jardines polinizadores para que abejas, colibríes, murciélagos y mariposas puedan refugiarse, alimentarse y reproducirse. “La idea es mejorar la conectividad entre las pocas áreas verdes que tenemos”, explica Evelyn.

Cuando el agua dejó de inspirar confianza
Cada uno de estos proyectos refleja la realidad de las regiones donde habitan sus creadores, pero refleja la capacidad y el impulso para transformar la preocupación en soluciones innovadoras y creativas.
“Tenemos la formación profesional que nos permite la mirada técnica para poder resolver un problema, pero además hemos sido víctimas de un sistema que nos ha oprimido durante generaciones. Eso nos da una mirada completamente distinta a los problemas: nos impulsa la creatividad, nos impulsa a romper esquemas”, señala William J. Knape, un ingeniero bioquímico de Sonora.
William asegura que desde 2014, cuando la mina Buenavista del Cobre, de Grupo México, derramó millones de litros de ácido sulfúrico en el Río Sonora, las comunidades de esa región han presentado problemas de salud derivados de la contaminación del agua por metales pesados.
Ese hecho es considerado el peor desastre ambiental provocado por la industria minera en México.
“El derrame de 2014 por Grupo México hizo una crisis hídrica en todo Sonora, desde Cananea hasta la costa de Hermosillo… muchas personas requieren del agua del río Sonora o de pozos que también lo alimentan, y no pueden abastecerse por miedo, por incertidumbre”, añade Luis Carlos Duarte, enfermero de 25 años también originario de Sonora .
Junto con otros estudiantes de medicina, enfermería, biotecnología, ingeniería y bioquímica Luis Carlos y William se organizaron para pensar cómo podían aportar sus conocimientos para mitigar los daños en las comunidades afectadas.
De esa inquietud surge Ziix Haac, que en lengua comcáac —lengua originaria de Sonora— significa “agua dulce”. El proyecto busca limpiar el agua contaminada con filtros elaborados con residuos naturales como cáscara de huevo y exoesqueletos de camarón.
“Nuestro proyecto es producir un filtro que utiliza materiales biológicos que tienen la capacidad de absorber metales pesados e incorporarlos a su estructura para que sean removidos del agua”, explica William.
Sonora es uno de los principales estados de la industria camaronícola, destaca, y el exoesqueleto de este crustáceo es un desecho sin aprovechamiento alguno. “Lo que nosotros hacemos es tomar un desecho que es un problema y transformarlo en una herramienta que ayude a las personas”, describe William.
“Son cosas que tenemos a la mano, que se consiguen fácilmente y que pueden ayudar a las comunidades cercanas y a los ríos contaminados”, añade Luis.
La idea es distribuir estos filtros de manera gratuita a las comunidades afectadas en la zona del río Sonora para intentar devolverles la confianza en el agua de su región.
En cada proyecto hay un intento por reparar lo que otros dieron por perdido. “Somos la generación que junta la preparación profesional con la innovación y la mirada disidente, para que podamos tener soluciones para los problemas de hoy, porque las soluciones de ayer no nos van a servir para los problemas que vamos a enfrentar en un futuro”, concluye William.



