¿A ti qué te viene a la mente cuando piensas en el son jarocho? Tal vez músicos vestidos de blanco, paliacate rojo y una versión de La bamba que parece inmortalizada en la historia de México. Pero esta música es mucho más que eso: es identidad, comunidad y resistencia.
“El son jarocho, es una música del sur de Veracruz. Es el sincretismo de las culturas: africana, indígena y europea. En los últimos tiempos, es una forma de expresión de las nuevas generaciones”, señala Ramón Gutiérrez, uno de los músicos más importantes de este género y fundador del grupo Son de Madera.
Primero en los muelles y después en los campos, esta música fue tomando forma como una expresión comunitaria que combina poesía improvisada, zapateado y el sonido de instrumentos artesanales como las jaranas, el requinto, la leona o incluso la quijada de burro. Su corazón es el fandango: una fiesta que toma forma alrededor de una tarima, donde cualquiera puede cantar, tocar o zapatear.
“El fandango llegó a cubrir una necesidad no solamente de México, sino global, de tener estos lugares de comunión, de comunalidad, de convivencia entre gente”, asegura el Dr. Rafael Figueroa, investigador y académico de la Universidad Veracruzana.
Son jarocho blanco y movimiento jaranero
A pesar de que los orígenes y la identidad del son jarocho son tan profundas, muchas veces se le encasilla como música folclórica. Para Ramón, esa idea es errónea: “yo no creo que sea folclore. Es música tradicional que se renueva a sí misma y que está en constante cambio cuando la gente lo retoma”.
La confusión tiene su raíz en la llegada del son a la Ciudad de México, cuando en los años 40’s —época del cine de oro y la radio— se convirtió en espectáculo. “Esa vertiente empezó a vestirse de blanco. Algunos de los mismos jarochos dicen que lo copiaron de los bailadores de danzón, así hasta con zapatos blancos”, menciona el Dr. Figueroa. A esta vertiente del son jarocho se le conoce como Son blanco.
La reacción para regresar a esta música sus raíces y esencia tradicional fue hasta los años setenta, cuando un grupo de jóvenes interesados por el son jarocho tradicional iniciaron el movimiento jaranero. Ramón Gutiérrez fue uno de esos jóvenes y al respecto menciona lo siguiente: Lo que uno siempre quiso —o por lo menos mi generación— es que la música mexicana se pudiera involucrar en todo. Que no se tomara solamente con un aspecto folclórico, un aspecto que tenga que ver con celebraciones de aniversario de la revolución”.
El movimiento jaranero permitió que el son jarocho se mantuviera vivo no solo como tradición, sino como una expresión de resistencia comunitaria. “Seguramente el son jarocho es la música de más resistencia y que va a estar siempre contraponiéndose contra toda esa perversidad”, afirma Ramón.
Hoy, nuevas generaciones de jóvenes han retomado esta música como forma de convivencia, logrando que el son suene en cualquier lugar —incluso fuera de México— y que todos llevemos un poquito de jarocho en el corazón.
¿Te gustaría conocer más sobre la historia y transformaciones del Son Jarocho? Escucha el podcast Los viajes del son jarocho.

