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Clemente Rodríguez en el campo militar número 1

Foto: Eunice Adorno

Clemente Rodríguez: el incansable caminar por Ayotzinapa

Tania Meza e Ethan Balanzar reporterxs; Carlos Acuña, mentoría / Corriente Alterna el 3 de marzo, 2024

De los poco más de 100 estudiantes reunidos en el auditorio del Instituto de Educación Media Superior (IEMS) “Melchor Ocampo”, en Azcapotzalco, ninguno aparenta más años que los que tenía Christian Alfonso Rodríguez Telumbre al momento de sufrir desaparición forzada en 2014. El padre de Christian, don Clemente Rodríguez, se desata el paliacate rojo que lleva al cuello, toma asiento frente a una mesa de mantel verde y empuña el micrófono.

“Lo que yo no quiero es una repetición más para ustedes”, dice. Recuerda que su hijo, uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 en la ciudad de Iguala, Guerrero, tenía sólo 19 años la última vez que se le vio. “Por eso estoy hoy aquí: no quiero que nunca le pase algo así a jóvenes como ustedes”.

Hoy es viernes 22 de septiembre de 2023. Un par de días antes, las familias de los normalistas sostuvieron una reunión de tres horas con el presidente Andrés Manuel López Obrador y le exigieron la entrega de información que, de acuerdo con el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), la Secretaría de Defensa Nacional (Sedena) se ha negado a proporcionar. Por ejemplo, las intervenciones telefónicas que ubican a 17 estudiantes en un paraje conocido como Brecha de Lobos, o los últimos reportes del sistema de monitoreo C4 y de las agencias de Inteligencia Militar que mantenían un seguimiento sobre los estudiantes.

Han pasado nueve años y don Clemente, como el resto de las 43 familias, no deja de reparar en el paso del tiempo. Hoy les preocupa que exista una nueva generación de estudiantes a quienes Ayotzinapa les suena como un tema demasiado lejano. Desde hace tiempo el comité de madres y padres de los 43 insisten en la necesidad de “brigadear” con las nuevas generaciones.

Don Clemente Rodríguez mira a su público satisfecho. Este puñado de adolescentes inquietos y alegres reunidos en el auditorio lo escucha con atención. Ninguno tenía más de ocho años cuando Ayotzinapa se convirtió en noticia internacional. 

Pinta sobre Paseo de la Reforma en la marcha del 26 de septiembre.
Pinta sobre Paseo de la Reforma en la marcha del 26 de septiembre / Foto: Tania Meza

Un par de maestras le han explicado que, desde hace tres semanas, han revisado con los estudiantes algunos de los crímenes de Estado en Latinoamérica, con Ayotzinapa como uno de los casos pendientes. Eso le da confianza para repetir la historia en voz alta y hablar, otra vez, de cómo su hijo Christian participaba en los grupos de danza regional en las plazas de Tixtla; de cómo en la primaria reprobó cuarto año y tuvo que esforzarse para mejorar su promedio; de cómo vio crecer en él las ganas de convertirse en maestro o veterinario. 

Les cuenta, además, que el entonces procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, y el titular de la Agencia de Investigación Criminal, Tomás Zerón, se prestaron a fabricar una mentira –la “verdad histórica”– para no tocar a militares y altos mandos presuntamente involucrados en la desaparición. Y, también, que el primero está preso y el otro, prófugo en Israel. Les explica que, en estos nueve años, el Ejército ha intervenido los teléfonos celulares de sus abogados, de los defensores de derechos humanos que decidieron acompañarlos y, seguramente, de él mismo y de todas sus familias. 

–Nosotros le echábamos la culpa a la policía y a los soldados, pero no teníamos pruebas –narra Clemente Rodríguez–. Nos pusimos a caminar los campos, los montes, los cerros, buscando… Y medio mundo nos decía: “Pregúntenle al Ejército, ellos saben”. Ahora sabemos que teníamos a soldados infiltrados entre los normalistas; uno de ellos está, hoy, desaparecido. El Ejército debe entregarnos esas comunicaciones que mantenían con ellos. 

Cuando López Obrador asumió la Presidencia volvieron las promesas de, ahora sí, resolver el caso, no volver a ocultar la verdad, castigar a los responsables y encontrar a los muchachos. 

Marcha por los 9 años de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Foto: Hugo Salvador

Se creó una Unidad Especial de Investigación y Litigio para el Caso Ayotzinapa (UEILCA) dentro la Fiscalía General de la República y una Comisión para la Verdad y Acceso a la Justicia en el caso Ayotzinapa (CoVAJ) en la Secretaría de Gobernación. 

También regresó a México el GIEI, gracias al cual se sabe que el Ejército realizó investigaciones internas contra sus propios elementos sobre lo sucedido en Iguala durante 2014, sin informar de ellas a los familiares ni a las autoridades que intentaban seguir el caso. A la fecha siguen negando que esa investigación exista, pese a los documentos que prueban lo contrario. 

Entonces llegó junio de 2020: en un laboratorio de Innsbruck, Austria, identificaron el ADN de Christian en un pequeño fragmento óseo encontrado en un lugar conocido como la Barranca de la Carnicería.

–Llegó a mi casa el señor Alejandro Encinas –les dice Clemente Rodríguez a los jóvenes–. Me dijo: “¿Sabes qué? Tu hijo ya no va a regresar. Está muerto, lo mataron”. Así, con esa pinche frialdad me lo dijo.

Don Clemente traga saliva, extiende el silencio. Los jóvenes lo escuchan.

–El dolor de ese momento es lo que me hace estar aquí: que nunca más vuelva a sentir algo así alguien. Que ni soldados ni policías vuelvan a hacer eso contra jóvenes como ustedes. 

Administrar los fragmentos 

Un chico tímido. Así recuerda Clemente Rodríguez a su único hijo varón. Fue a partir de que Christian se sumó al Club de Danza Xochiquetzal, en tercero de secundaria, que ganó poco a poco confianza, popularidad, amistades. 

“Comenzó a desenvolverse”, dice Rodríguez y con su mano imita los pétalos de una flor que se extiende. “A algunos les gusta el futbol, a otros el básquet; mi hijo descubrió que él tenía la habilidad del zapateado”. En casa conserva intacto su traje de domingo, su sombrero de tres pedradas, sus botines blancos.

Christian Alfonso Rodrìguez Telumbre, hijo de Clemente Rodríguez
Christian Alfonso Rodrìguez Telumbre, hijo de Clemente Rodríguez

–Es muy fuerte. Cada que toco sus botines es como si lo tocara a él –nos cuenta don Clemente en las instalaciones del Centro de Derechos Humanos “Miguel Agustín Pro Juárez”–. Él era muy, muy, muy solidario. Sus amigos lo iban a ver: “Oye, pásame la tarea de álgebra”, le decían. Y él les daba las tareas. Yo le llamaba la atención. “Bueno, tú, ¿qué está pasando?”. “Es que ellos están tontos”, me dice. “¡Estás más tonto tú! Mira, te voy a dar una clave: ya que le estás pasando la tarea… cuando venga el recreo, que te inviten las tortas”. Así le hizo y yo, luego, ya no le daba dinero para sus gastos, porque él se lo ganaba.

Insiste en que el caso no está resuelto. “Es parte de nuestra victoria”, dice. Que el caso Ayotzinapa no haya sido archivado a pesar de todos los esfuerzos; que Christian Alfonso Rodríguez Telumbre permanezca en la investigación como persona no localizada.

–Alejandro Encinas nos llevó al lugar donde dicen que encontraron a mi hijo –cuenta molesto–. Nos dijo que lo encontraron dentro de unos costales, en el fondo de la barranca. Que esos costales rodaron durante cinco años hasta llegar allí. “Bueno, pues si ya lo encontraron, denme a mi hijo”, les digo. “Es que no lo tenemos, pero encontramos este fragmentito”, me respondieron. 

El hallazgo, unos cuantos centímetros de hueso que pertenecen a una falange del pie derecho, se obtuvo gracias a la información proporcionada por un testigo protegido: “Juan”, presumiblemente Gildardo Astudillo, uno de los sicarios de Guerreros Unidos, liberado en 2019. 

–Yo puedo vivir sin un dedo –dice don Clemente–. Mientras a mi hijo no me lo entreguen completo, pues para mí mi hijo sigue vivo. Porque tampoco hay un duelo por mi hijo, no lo hay. 

Tanto los expertos del GIEI como investigadores del Centro de Investigación de Ciencias Forenses de la UNAM coinciden en que el uso del material genético no debería sustituir los procesos de justicia en un país que supera ya las 110 mil personas desaparecidas en 2023

–“Restos” –dice don Clemente–. Así le llaman ellos a lo que querían darme de mi hijo: “restos”, como si fuera cualquier cosa.

Fragmentos de seres humanos, fragmentos de información: fragmentos de justicia.

Del Campo Militar a Ciudad Universitaria: los pasos de Clemente Rodríguez

Cinco carpas blancas improvisadas bloquean la Avenida del Conscripto, frente al Campo Militar número 1, en Naucalpan, Estado de México. Hoy es domingo, 24 de septiembre. Un grupo de madres y padres de los normalistas desaparecidos se han instalado en plantón desde hace tres días, acompañados de una comitiva de estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

“Ellos son los perpetradores”, se lee en una manta negra colocada en la puerta principal del Campo junto a las fotos del actual titular de la Sedena, Luis Crescencio Sandoval, y de su predecesor, Salvador Cienfuegos. También están los rostros de los generales José Martínez Crespo y José Rodríguez Pérez, ambos presos bajo las acusaciones de delincuencia organizada, presuntamente vinculados al caso Ayotzinapa.

Normalistas en el Campo Militar Nùmero 1 /
Normalistas en el Campo Militar Nùmero 1 / Foto: Eunice Adorno

Don Clemente sonríe con cansancio cuando le dicen que esto es inédito, que nunca antes alguien había hecho un plantón en este punto de la ciudad. Él sólo agradece al cielo que no haya llovido en estos días porque “todo el barco se nos hubiera hecho agua”. Ha dormido poco. El frío cala recio en la madrugada y pocas veces en su vida había tenido que lidiar con un enjambre tan fiero de mosquitos. “Yo creo que son dronecitos que nos manda el Ejército”, bromea. 

Le preguntamos qué opina de las últimas declaraciones del presidente López Obrador, quien niega que las Fuerzas Armadas se resistan a colaborar con la información requerida y, en cambio, acusa a los abogados y organizaciones que acompañan el caso de manipular a las familias. “Ha sido un asunto manejado por los conservadores en contra nuestra –dijo en su conferencia matutina–. Y también un grupo de pseudo-defensores de derechos humanos aliados con organismos internacionales (…) que se han dedicado a medrar con el dolor de la gente”. 

–Yo creo que ninguno de nosotros es ignorante –responde don Clemente–. Porque como que eso nos quiso decir: “ignorantes”. El señor dice que la ONU y que la OEA, que nuestros propios abogados nos manipulan a nosotros. A mí nadie me manipula, señor. Eso le digo. Y yo se lo he dicho en otras reuniones: “Usted tiene miedo”. Él tiene el poder, como una varita mágica, para levantar el brazo y señalar al ejército para que entregue esa información. Tiene el poder, pero lo invade el miedo.

Desde su llegada a la capital Clemente Rodríguez no ha parado de caminar. Camina del Campo Militar al Metro Cuatro Caminos para llegar al IEMS de Azcapotzalco; después a Ciudad Universitaria para reunirse con sobrevivientes de la masacre del 68, y de regreso al plantón. 

Al otro día, a bordo de uno de los camiones Costa Line tomados por los normalistas, llega al Hemiciclo a Juárez para participar en uno de los “actos político culturales” programados durante la Jornada de Acción Global por Ayotzinapa, donde ayuda a reparar una planta de luz con el puñado de destornilladores y llaves que carga siempre en su mochila. Luego corre al Centro Prodh para darse un baño, tomar un respiro. A veces prefiere no comer porque le molesta la manera en que los capitalinos preparan la salsa con ingredientes crudos, en una licuadora, sin cocerlos ni freírlos ni usar un molcajete. No soporta, tampoco, el pozole con lechuga que acostumbran ingerir los chilangos en estas fechas, ni el exceso de aceite quemado en cada esquina. 

Clemente Rodríguez sostiene el retrato de su hijo en la marcha del 26 de septiembre.
Clemente Rodríguez sostiene el retrato de su hijo en la marcha del 26 de septiembre. / Foto: Ethan Balanzar

A todos lados carga una mochila enorme o una caja de cartón amarrada con un mecate. Adentro guarda botellas de mezcal decoradas, tazas con forma de tigre, monederos y aretes de palma o carteras bordadas. Con la venta de artesanías ha logrado sustentar algunos de sus gastos personales y los de su familia en Tixtla. No se queja; la gente lo apoya y hay quien le hace pedidos de cientos de tazas o decenas botellas, pero le molesta cuando sus vecinos o gente de su propia familia insinúan que se ha beneficiado económicamente de la tragedia de su hijo.

–Hace cinco años, cuando me dijeron que habían encontrado el hueso de Christian, a mí me ofrecieron dinero, mucho dinero, como yo nunca había visto, para ya olvidarme del caso. Lo rechacé. Mi hijo no se vende, cabrones.

De tanto caminar ahora le duelen las rodillas y los tobillos; a veces, la espalda; y en su caminata lo acompaña, a toda hora, un zumbido en su oído izquierdo: “Como una olla exprés”, explica. Ha visitado médicos y acupunturistas, sin resultados; le explican que es por estrés y le recomiendan relajarse. Las molestias aumentan dentro de casa: necesita estar afuera, aquí, en el movimiento, conociendo gente solidaria que apoya la lucha; viajando a Centroamérica en donde ha hecho amistad con otras familias buscadoras; o cultivando limas, limones y ciruelas en su huerta, en el barrio de Santiago, en Tixtla. 

Pero en estos días relajarse es imposible. Sobre todo cuando tiene que dormir dentro de una casa de campaña infestada de mosquitos, en un lecho de sarapes y cobijas prestadas, a unos pocos metros de un campo militar rodeado de avenidas oscuras y solitarias 

Ahora son las nueve de la mañana. Una fila de normalistas espera en formación la partida de los camiones. Algunos escuchan, en su celular, noticias de estaciones de Guerrero. Se dice que un funcionario de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas fue acribillado en Chilpancingo y que otro grupo de normalistas se enfrentó a la policía en Acapulco. 

Algunos de los que hoy bostezan en el Campo Militar aparecerán mañana en distintas fotografías, con el rostro cubierto, lanzando bombas molotov al Centro Nacional de Inteligencia (antes, CISEN). Por ahora, reina la calma. En los linderos de la verja, un par de madres colocan carteles fosforescentes con los rostros de sus hijos: “No duele la muerte, duele el olvido”. 

Dentro del Campo Militar ondea una bandera de México. Bajo su sombra, otros jóvenes, también en formación, miran con atención a los normalistas y a las familias. La simetría asusta: afuera, los chavos encapuchados; adentro, los jóvenes que han jurado lealtad a esa bandera cuya cuna, se dice, es la ciudad Iguala, en Guerrero, el mismo sitio donde hace nueve años, un 26 de septiembre, corporaciones de los tres niveles de gobierno participaron de una u otra forma en la desaparición forzada de 43 normalistas rurales. 

La gallina y la culebra: una fábula de Clemente Rodríguez

En días como hoy, don Clemente Rodríguez recuerda una vieja fábula que escuchó de niño: 

–Pues resulta que este campesino –narra– tenía tres animales en su parcela, cada uno en su corralito: una gallina, un borrego y una vaca. Una noche, una culebra se metió a la parcela y empezó a rondar el corral de la gallina. La madre fue al corral de la vaca a pedir ayuda. “No es mi problema –le dijo–. Yo estoy muy feliz aquí”. La gallina desesperada fue con el borrego: “No es mi problema, aquí todo está muy bien”. Esa noche la culebra se escabulló a la casa del campesino y mordió a su esposa. Y aunque el campesino le cortó la cabeza a la víbora con el machete, su esposa murió envenenada. El pueblo acudió a velar el cuerpo de la mujer, pero como el campesino era pobre y es costumbre dar de comer durante un funeral a los invitados, pues resolvió matar a la vaca y así todos comieron en la velación. Pero como todavía quedaba el entierro y también debía dar de comer, se decidió a matar al borrego y hacer un guiso para las personas… 

“A veces yo me siento así”, concluye. “Siento que somos esa gallina. Que estamos advirtiendo que hay una culebra suelta y nadie nos hace caso”.

Hoy es 26 de septiembre, aniversario de la tragedia de Iguala, otra vez. Don Clemente Rodríguez camina por avenida Reforma junto al contingente de madres y padres. Exhibe en una manta la foto de su hijo Christian. El día de ayer, el comité de madres y padres sostuvieron otra reunión con autoridades de la Secretaría de Gobernación. En ella se les volvió a negar la información solicitada y se les leyó una carta enviada por Luis Crescencio Sandoval, titular de la Sedena, en la que asegura que se ha “puesto a disposición toda la información disponible”; y recomienda, en todo caso, preguntarle al testigo Gildardo López Astudillo, el sicario protegido como testigo. 

Por este tipo de detalles es que él ha dejado de confiar en casi todos. Clemente Rodríguez le otorga su confianza al GIEI, al ex fiscal Omar Gómez Trejo, a la gente de Tlachinollan. A pocas personas más. Más de una vez, testigos clave o gente con información sobre el caso fueron asesinados. Más de una vez se enteró que las autoridades tenían un doble juego.

Marcha por los 9 años de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Foto: Hugo Salvador

Esta mañana, el reportero John Gibler hizo público el testimonio de Omar Gómez Trejo, extitular de la UEILCA, quien detalló cómo la actual administración operó activamente para desbaratar la investigación en curso, lo cual lo llevó a renunciar a su cargo en 2022 y huir del país. Unas horas antes de la marcha, la Comisión encabezada por Alejandro Encinas dio a conocer un informe en el que la participación del Ejército queda desdibujada y se sugiere que uno de los estudiantes tenía relación familiar con un grupo delictivo de la zona, además de incluir versiones de los hechos basadas en mensajes de texto que ya habían sido desestimados por el GIEI por sus inconsistencias.

–El presidente ha decidido respaldar al ejército –dice Vidulfo Rosales, abogado del Centro de Derechos Humanos de la Montaña “Tlachinollan”, desde el Ángel de la Independencia–. Que se diga que el móvil de la desaparición obedece a una disputa entre grupos delictivos, infiltrados entre los estudiantes, son afirmaciones más cercanas a la “verdad histórica” que a las nuevas investigaciones. 

Más de cinco mil personas marchan por Ayotzinapa este martes, de acuerdo a las cifras oficiales. Aunque asistentes calcularán muchos más. Consignas nuevas suman nuevos gritos: “¡Donde manda general no gobierna presidente!”. Otra vez las pintas en los muros exudan rabia: “QUIERO ESTUDIAR Y NO MORIR EN EL INTENTO”. Un grupo de encapuchados cargan tres ataúdes en honor de los estudiantes caídos la noche del 26 de septiembre. Poco antes de las seis de la tarde un contingente cambia el nombre de la estación del Metrobús El Caballito por Antimonumento 43.

–No nos verán derrotados ni de rodillas. Por el amor de nuestros hijos seguiremos de pie –dice Hilda Hernández, madre del normalista César Manuel González Hernández.

La marcha desemboca en el Zócalo. Don Clemente Rodríguez sube al templete junto al resto de madres y padres de los 43. Esta vez él no toma el micrófono pero el resto de padres señalarán el informe de la CoVAJ como una “Nueva Verdad Histórica” y señalarán la contradicción del partido oficial (Morena) de lanzar como candidato a jefe de gobierno de la Ciudad de México a Omar García Harfuch, extitular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, quien como mando de la Policía Federal habría participado en reuniones con Jesús Murillo Karam, donde, presuntamente, se fabricó las primeras versiones que intentaban encubrir a las autoridades involucradas.

Padres y madres de los 43 en el Zòcalo de la capital.
Padres y madres de los 43 en el Zócalo de la capital / Foto: Hugo Salvador

–¿Por qué está Omar García Harfuch para la candidatura de la Ciudad de México cuando se sabe que él recibía dinero de Guerreros Unidos? –pregunta Mario César González, padre de uno de los muchachos–. Él estaba en la libreta negra de Sidronio Casarrubias. ¿Por qué, en vez de investigarlo, lo protegen?

–No puede ser que sigan protegiendo al Ejército –dice Hilda Hernández–. Sabían los de Inteligencia Militar, sabía el CISEN, sabían los funcionarios de Guerrero, y nadie hizo nada por localizar a nuestros hijos.

–Escondieron información que puede ayudar a dilucidar el paradero de, por lo menos, 17 estudiantes –acusa el abogado Vidulfo Rosales–. Eso no es de un gobierno progresista, mucho menos de izquierda.

La Jornada de Acción Global por los nueve años de Ayotzinapa culminará con esta marcha, alrededor de las ocho de la noche. Con el Palacio Nacional a sus espaldas, rodeado de dos hileras de vallas metálicas, las madres y padres exhiben de nuevo los rostros de sus hijos: 43 jóvenes campesinos de escasos recursos que aspiraban a convertirse en maestros rurales. Madres y padres que, hoy, se sienten traicionados por el gobierno que enarboló la consigna: “Por el bien de todos, primero los pobres”.